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En Cuestión De Segundos

Título original: En cuestión de segundos Primera edición: Junio 2015 © 2015, Abraham Stern © 2015, megustaescribir Ctra. Nacional II, Km 599,7. 08780 Pallejà (Barcelona) España Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia. Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a Thinkstock, (http://www.thinkstock.com) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. ISBN: Tapa Blanda 978-8-4163-3993-8 Libro Electrónico 978-8-4163-3994-5

A mis padres, por el regalo de la vida misma. A mis cuatro hijos, Moi, Jonathan, Shana y Dan, por haber completado todas las piezas de mi corazón. A mi esposa Rina, de quien he aprendido el significado de amar incondicionalmente.

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.” François Mauriac

“Hay quienes dicen que entre cielo y tierra nada se oculta. Es dentro de ese espacio transitorio que deambulan las verdades a medias, las mentirillas blancas, los engaños amorosos, el beso escondido y la mano asesina. Dentro de sus innumerables laberintos se esconde el marido infiel, la esposa ingrata, el hijo desvergonzado y los padres agresores. Es allí donde se exponen las vergüenzas y pecados que tuvieron un comienzo prometedor pero no un buen fin, o las que se levantaron sobre malévolas intenciones pero con resultados extraordinariamente convenientes. Entre cielo y tierra todo se sabe, y es allí donde en cuestión de segundos, nacen las verdaderas historias y mueren la gran mayoría de los engaños.” Ricardo Galán Extracto de la última página de su cuadernillo de terapias.

I Sobre la mesa yacían los residuos de una batalla gastronómica y dos botellas de vino vacías que mostraban el efecto en sus rostros abrasados. Uno frente al otro entrelazaban las manos como con miedo a perderse y conversaban como dos adolescentes enamorados. En un intento por engrosar su propina, el mesero planificó infructuosos avances por mercadear un último aperitivo pero los ojos de los Galán ya tenían el horizonte reservado solo para ellos. —¿No te parece increíble cómo vuela el tiempo? Ya tengo treinta y cuatro años y me siento como si los minutos a tu lado no tuvieran ninguna importancia —recordó Ricardo mientras acariciaba sus manos—. ¿Sabés que te amo con toda mi alma, verdad? —Por supuesto que me amás —dijo Daniela con dicción borrosa—. Creo que se me subieron los vinos. —Pues pidamos la cuenta y nos vamos a casa —le contestó él. No en vano y con cierto aire de desesperación, Ricardo agitó su mano como tratando de conseguir consuelo en uno de los meseros. Sus mejores encuentros pasionales con Daniela fueron siempre el resultado de una buena botella de vino, y en siete años de matrimonio ya había aprendido que era la mejor inversión para 1

Abraham Stern una noche de amor. «Nos la vamos a pasar bien rico llegando a casa», se decía a sí mismo insistiendo en la atención inmediata de un camarero. El tiempo de llegada entre la salida del restaurante y la recámara de su habitación debía ser preciso, ya que un retraso inesperado echaría por la ventana los efectos del mágico brebaje y abriría nuevamente la posibilidad de varias semanas de penitente espera. —Ricky —murmuró Daniela con un timbre de voz somnoliento—, apurate que ya se me están durmiendo hasta las piernas. —¡Mesero! —gritó él con desespero. El viaje de regreso a casa fue una mezcla de ansias pasionales con velocidad temeraria que por poco termina en las laderas de un barranco. Ricardo intercambiaba su mirada entre el volante y su hermosa mujer, quien se balanceaba en el asiento del acompañante haciendo un intento por no cerrar sus párpados. —No te durmás —le decía algo inquieto. —Dejame cerrar un rato los ojos que estoy cansada —replicaba Daniela con más reflejos que intención. Finalmente su cuerpo cayó en un profundo letargo víctima de las muchas noches de desvelo que inocentemente su pequeño Luis Ricardo le prodigaba. Ya en su habitación y justo cuando Ricardo había desechado cualquier posibilidad de coronar lo que hasta ese momento había sido una noche perfecta, Daniela lo sorprendió con un beso tierno que encontró concordancia en sus labios. Se estrecharon en un abrazo sincronizado. El beso inocente se transformó en una cascada de caricias que recordaban una danza exótica ancestral y el anuncio de una guerra de cuerpos en 2

En cuestión de segundos la que solo habría ganadores. Las manos de Ricardo encontraron instintivamente sus pechos, plenos, de piel ardiente y de una suavidad delicada, sobre la cual podía percibir el ritmo de sus latidos. Aún mezclados en el beso, la mano derecha de Ricardo logró desprender la tira del ropaje que aún envolvía su desnudez. El gemido inevitable no tardó en invadir sus gargantas y lentamente subía de tono al tiempo que los dedos de Ricardo palpaban su inequívoca humedad. El escaso vello de Daniela acrecentaba su debilidad y la necesidad intensa de fundirse uno con el otro. Con más apuro que sensatez el dedo índice de Ricardo encontró el camino hacia las profundidades de la gloria. La humedad de su contorno recordaba el rocío de una mañana que recién iniciaba. A pesar del cúmulo de sensaciones que la invadían Daniela recobró por un instante la cordura, interrumpiendo ese tropel de sacudidas que la invadían. —Cerrá la puerta con llave que no quiero que al enano se le ocurra pasarse a nuestra cama y nos agarre en estas —se dejó decir mientras aprovechaba para recuperar el aliento. Ricardo, quien a esas alturas mostraba su torso al descubierto, unos calzoncillos de algodón en los que era imposible ocultar la rigidez y la cintura del pantalón a la altura de los tobillos, se apresuró hacia la puerta de la recámara. —¡No se te ocurra moverte un centímetro! —exclamó justo antes de que Daniela se dejase caer sobre la cama—, te dije que no te movieras, no ves que me cuesta mucho caminar con los pantalones por abajo. Daniela no pudo ocultar su risa al verlo en semejante estado de excitación y con los pantalones al ras mientras hacía acrobacias para escaparse de sus zapatos. Finalmente logró superar el reto y antes 3

Abraham Stern de que ella pudiese decir palabra, se postró desnudo exponiendo orgullosamente su erección al filo de la cama. —¿Mi vida, sabés de qué tengo ganas? —preguntó él tímidamente como si ya supiese de antemano la respuesta. —Dejate de inventos —contestó algo incómoda—. Vos sabés que a mí esas cosas no me hacen... —¡Pero hoy es mi cumpleaños! —interrumpió. —Puede ser el fin del mundo que no pienso meterme eso en la boca —sentenció ella con fastidio. —Bueno pero por lo menos dejame a mí... —suplicaba. —¿Qué es lo que te pasa hoy? —preguntó molesta—. Eso tampoco me gusta y vos ya lo sabés. ¿Por qué la insistencia, hombre? D-os nos regaló el cuerpo para algo y cada cosa tiene un lugar y una razón de ser... Subite a la cama que se me están quitando las ganas. Con su orgullo magullado y aquello a media asta, Ricardo obedeció con más resignación que placer. Su yo íntimo pedía un auxilio lúbrico e impotente y ninguno de sus sentidos clamaba por otra noche de recato de las tantas que ya había experimentado. «¿Será posible mantener intacta una relación en estas circunstancias?», se preguntaba. Y aunque algo de consuelo encontraba en las quejas similares de sus amigos, se recordaba a sí mismo que a pesar de las limitaciones eróticas impuestas, la pureza de su amor se sustentaba en otras virtudes extraordinarias de Daniela. Su amor no fue un amor de alcoba pero sí legítimo y cristalino, inexplicable pero real. Ella se arrinconó a un extremo y Ricardo se recostó a su lado. Lentamente él reinició su peregrinaje hacia ese rinconcito complejo 4

En cuestión de segundos pero apetecido. Acarició con sus labios la redondez perfecta de sus pechos y sin más preámbulo fijó una de sus manos en la entrepierna. Daniela separó lentamente sus extremidades y pudo sentir dentro de sí ese tacto maravilloso del que tanto disfrutaba pero que difícilmente podría reconocerle. Los gemidos regresaron como si hubiesen estado esperando la invitación y sus cuerpos se fundieron de nuevo en uno solo. Tan evidente era la tensión de su miembro como la piel de gallina que se apoderaba de Daniela cada vez que Ricardo movía sus dedos de una forma armoniosa. Los gemidos eran ahora más intensos y descontrolados. Ella lo volteó de espaldas y se encimó sobre él sin resistencia alguna. Recostó sus suaves muslos sobre los de él, tomó su sexo con la mano y lo colocó en el lugar preciso. Ricardo la penetró lentamente produciendo en ambos una conmoción deliciosa. Daniela le tomó sus manos y las colocó sobre sus pechos endurecidos. Él sintió que no podría contener por mucho la explosión de sus entrañas y cambió el ritmo con penetraciones más sutiles y delicadas. La suavidad de sus nuevos movimientos no hicieron mella en sus lascivas percepciones y el descontrol de sus cuerpos continuó intacto. Él percibía con total agrado el roce húmedo que recibía sensiblemente con cada impulso y ella le daba una grata bienvenida a ese cuerpo que había llenado su cavidad más íntima. El placer fue total y por unos instantes olvidaron todo cuanto les rodeaba. Como metal ardiente se unieron el uno con el otro y el tiempo les pareció detenerse. Repentinamente un golpeteo en la puerta interrumpió el momento, seguido del llanto insistente del pequeño Luis Ricardo que se había despertado con una horrenda pesadilla y buscaba el refugio maternal. —...Me lleva putas, esto es increíble... —reclamó Ricardo. —¿Acaso es mi culpa? —preguntó ella mientras apresuradamente cubría sus carnes. 5

Abraham Stern —No, Daniela, es culpa de la vida —se exasperó él. Ricardo le abrió la puerta al niño, lo tomó en sus brazos, le dio un beso en la frente y se lo entregó a Daniela para que lo acurrucase. Sin más que hacer, se refugió en el baño de la habitación y emprendió contra el suelo la rabieta que le brotaba del alma; permaneció tendido sobre el frío suelo marmolado por varios minutos y trató, sin lograrlo, de que la helada superficie le absorbiera las ganas de lo que pudo ser y no se dio. Enfurecido, cerró los ojos y pensó en sus primeros días. Como tantos otros, Ricardo Galán llegó a este mundo por mero accidente y por la ignorancia sexual de unos jóvenes inmaduros y arruinados que, ante la imposibilidad de mantenerlo, renunciaron abruptamente a ese regalo de la existencia y lo abandonaron a las puertas de un orfanatorio cubriendo su cuerpecito con las hojas amarillentas de un viejo periódico. Allí convivió sus primeros meses en compañía de un centenar de almas ignoradas, que aún no entendían sus desdichas pero le sonreían a la vida como si lo tuvieran todo. Los juguetes que ya no causaban gracia a los bienaventurados de las barriadas adineradas, llegaban arruinados a la guardería, para desbordar de emoción su inocencia y hacerlos soñar con lugares inimaginables. Dentro de aquellas paredes húmedas y despintadas respiró sus primeros alientos, saboreó sus primeros bocados, derramó sus primeras lágrimas y proyectó en sus inocentes labios las primeras sonrisas de una vida que no había empezado con buen tino. Dio sus primeros pasos rodeado de hermanos temporales y prestados que repentinamente desaparecían, luego de las visitas semanales de un puñado de extraños, que los obligaba a lucir sus mejores atuendos y a tomar un baño adicional con esa agua helada incómoda que les calaba los huesos y les ponía la piel de gallina. La docena de madres postizas que cambiaban de turno cada ocho horas para cuidarlos y generaban cierto grado de confusión en sus frágiles conciencias, eran las mismas que coordinaban aquellos 6

En cuestión de segundos encuentros: los enfilaban en perfecta formación para que aquellos invitados los pudieran apreciar de primera mano, y así escoger, entre ellos, la tímida mirada que les robare el corazón. En una cálida mañana de enero le tocó su turno, y en medio de un llanto inconsolable se esfumó de aquellos pasillos en compañía de una joven pareja de clase media que lo acogió como propio ante el impedimento de engendrar a los suyos. Fue así como a los tres años, sin ton ni son, dejó de lado todo lo que conocía, cargando consigo una maletita llena de desconcierto y un nudo en su garganta. Aunque en su memoria no guardaba ese recuerdo, en aquel momento pensó que la existencia se le iba, sin saber realmente que en ese preciso instante más bien empezaba. Pasó así de ser un accidente del destino a una oportunidad de vida. En ellos encontró una fuente de amor inagotable y no tardó más que un par de semanas en olvidar para siempre el lugar en donde creyó haber nacido. Los cimientos de su nuevo hogar se apoyaban en las generosas tierras de Santa Bárbara de Heredia, rodeado de una pequeña aldea en donde todos se conocían y compartían alegrías y tristezas, con una solidaridad que contrastaba con la grosera renovación de la ciudad capital. Siempre llevaría en su memoria aquellas calles adoquinadas con un sabor colonial que erizaban la piel con solo caminarlas, las hortensias celestes que adornaban la entrada de su pequeña morada, el olor al pinto, el plátano maduro y la olla de carne, las paredes de adobe y techos rojizos que absorbían mágicamente los calores del verano y los abrigaban de los fríos vientos de diciembre. Tampoco olvidaría lo amplio que se le hacían los escasos sesenta metros cuadrados donde vivió los mejores años de su infancia, el color azulado de las montañas que lo rodeaban y ese olor a vida que brotaba de los puñados de tierra fértil que de vez en cuando recogía con sus pequeñas manos. Luis Galán, el único padre que conoció y amó, trabajó toda su vida en un puesto de gobierno que le robó los mejores años y 7

Abraham Stern lo avejentó a destiempo. Su madre, Julieta, ocupó sus días como enfermera en el Hospital de Niños, cuidando durante más de veinte años a un millar de críos a quienes siempre atendió como si fueran el suyo propio. Con más esfuerzo que vocación lograron llevar una vida acomodada, mas no colmada, y Ricardo experimentó así un comienzo relativamente grato pero sin excesos. Dentro de aquellas limitaciones, siempre recordaría cuando su padre llegó a casa en un viejo carro importado, que había pagado con diez años de ahorro y un puñado de billetes bien trabajados. En aquella carcacha que a ellos se les revelaba como un gran lujo, recorrieron los rincones más hermosos de una Costa Rica llena de monumentos naturales, ríos cristalinos y de playas vírgenes y boscosas que aún no sufrían los embates de un turismo consumidor y destructivo. Sobre el capote de aquel coche pasaron una centena de atardeceres a las orillas del Aeropuerto Juan Santamaría, mirando con admiración y asombro cómo levantaban vuelo los aviones que dejaban en el cielo una estela blanca y bajo sus pies una tierra estremecida. «Algún día subirás al cielo encima de uno de esos aparatos y conocerás tierras nuevas y lugares extraordinarios», decía su padre con algún grado de nostalgia. Años después recordaría aquellas palabras a sabiendas de que al menos le había cumplido uno de sus sueños. Desde siempre sus padres renunciaron a los gustos propios y a un puñado de placeres que nunca conocieron con tal de proveerle a Ricardo la mejor educación y dejarle así las herramientas para que pudiese llevar una vida un tanto más holgada de la que ellos tuvieron. Siguiendo el camino trazado, terminó la secundaria y de inmediato empezó a estudiar Ingeniería Civil en la Universidad de Costa Rica, la academia pública más destacada del país. Con una facilidad natural por los estudios y como si supiera de antemano que de la universidad dependía todo su futuro, Ricardo logró los mejores promedios de su clase y así la admiración y respeto de sus profesores y compañeros de aula. Se graduó con los mayores honores y gracias al apoyo del decano de su facultad, logró una beca en 8

En cuestión de segundos Italia donde obtuvo una maestría en estructuras sismo-resistentes. Se fue a Europa aún jovencito y regresó siendo todo un hombre. En pocos años ya era reconocido como un destacado profesional en su campo y sin mucho esfuerzo, los clientes empezaron a llenar su mesa de trabajo y unos bolsillos que no llevaban la costumbre de cargar tanto billete. Su apariencia física, promedio, poco extravagante –contextura recia, piel acaramelada, castaño oscuro en sus ojos y negro intenso en la cabellera–, le hizo caer en cuenta desde muy joven que aquella no sería elemento suficiente. Fue así como se convenció que en la vida las relaciones se iniciaban con la primera impresión y se terminaban de consolidar por su contenido. No siendo tan guapetón como para robar suspiros, se dispuso entonces a conquistar la vida con un redoble de esfuerzo en todo lo que hiciera, acompañado de un verbo elocuente y refinado y una manera bondadosa de actuar, con la que generalmente lograba conquistar el corazón de las personas. Fue justo en sus primeros años de universitario que Ricardo percibió el dolor de una Costa Rica machista, descarrilada moralmente y que permitía silenciosamente la agresión contra sus mujeres. En su mente quedaría para siempre el recuerdo de aquel domingo de diciembre, y a partir de entonces se prometió a sí mismo que jamás agrediría, física o moralmente, a ninguna dama. Recién terminaba de ver la final del campeonato nacional de futbol cuando un golpeteo incesante estremeció la puerta principal de su casa. —Mamá abrí la puerta —pidió Ricardo mientras escuchaba en el televisor las entrevistas con los jugadores. Solo pasaron algunos segundos para que escuchara el grito de alarma que emitió su madre. Allí frente a la puerta, con la cara 9

Abraham Stern ensangrentada y un ojo moreteado cerrado por la inflamación, se postraba su tía, Catalina Galán. Sin saber hasta ese momento que el asunto era cosa de todos los fines de semana, Ricardo se enteró de que el desgraciado de su marido tenía la odiosa costumbre de salir a beber guaro por la noche y regresar de madrugada a su casa a repartir puñetazos endemoniados contra su mujer. Esa misma noche acompañó a su padre a casa del desdichado, se arrollaron los nudillos de las manos con los cintos de cuero que les sostenían los pantalones y entre los dos le dieron una paliza que nunca olvidaría. Catalina Galán nunca más tuvo que soportar tales abusos y desde ese día se le abrió un rinconcito especial en aquella casa humilde que la acogió como suya. —¿Ricardo estas bien? —le interrumpió Daniela el pensamiento mientras golpeaba sutilmente la puerta. —Dejame un rato a solas —le rogó. —No te enojés conmigo —replicó ella desde el otro lado—. Ven a la cama que no me gusta dormir sin vos. —En unos minutos salgo —le contestó él con apatía. Cuando finalmente logró recuperar la calma, salió del escondite, vio como Luis Ricardo abrazaba afanado a su madre y como ambos dormían placenteros, uno cerca del otro. Apagó las pocas luces que lo iluminaban, se echó a su lado y sin afán por dormir, recordó la noche en que la conoció a ella. Recién cumplía los veintisiete años y en una fiesta de amigos creyó ver a una amiga de barriada con la que había compartido sus primeras experiencias íntimas; con el pudor perdido se acercó desde atrás y sin aviso le pellizcó una de sus nalgas. Menuda sorpresa se llevó cuando descubrió que el rostro asombrado de su 10

En cuestión de segundos vieja amiga revelaba la identidad de una mujer a la que jamás había visto en su vida. —¿Quién diablos se ha creído? —reclamó indignada la señorita, lanzándole simultáneamente una bofetada directa a su pómulo izquierdo. —Lo lamento mucho —dijo ruborizado—. Me he confundido de persona. —¡Definitivamente se ha confundido de persona! —reclamó furiosa, al tiempo que con su mano derecha apaciguaba el ardor que aún sentía en la posadera agredida. No habían transcurrido dos segundos cuando los invitados más cercanos estallaron en una risa burlesca. La risotada agudizó la vergüenza pero Ricardo logró sacar pecho, y luego de tres mil disculpas consiguió que la desconocida le devolviera al menos una ínfima sonrisa. «¿Será posible enamorarse por un pellizco?», se preguntó durante el resto de la noche. Al día siguiente se dio a la tarea de indagar todo sobre ella y en pocas semanas había logrado conseguir su número de teléfono, la dirección de su casa y el origen de sus cepas. Durante varios días le siguió el rastro con astucia detectivesca y se ocupó de que al final de cada día recibiera un ramo de rosas con una tarjeta que decía exactamente lo mismo: «Me confundí de persona pero encontré el amor, ¿será posible que me perdonés? Hasta yo merezco una segunda oportunidad». Aunque al principio a ella el acercamiento le pareció abusado, extraño e incómodo, fue calando de a poco y despertándole un interés fresco. Ante sus amigas confesaba cómo era acosada por aquel extraño que le había puesto mano sin conocerla y, aunque aparentaba lo contrario, el simple recuerdo le causaba un sonrojo 11

Abraham Stern encantador. El galanteo continuó a punta de sutiles mensajes hasta que, finalmente en una tarde de setiembre Ricardo pudo confrontarla. La esperó bajo un torrencial aguacero, sin flores ni tarjetas pero con la esperanza a flor de piel. Su corazón enloqueció cuando la vio acercarse, y a pesar de estar empapado, percibía el sudor que emanaba descontrolado por todos sus poros. Suspiró profundo y fijó sus ojos en los de ella. Se acercó hasta que pudo palpar su respiración y la besó suavemente en los labios. —Esta vez no fue accidente —dijo Ricardo con la voz un tanto quebrada—. Y no pienso disculparme por haberle dado el beso que más he deseado en toda mi vida. —Ya me estaba cansando de las flores —respondió ella sonriente. Sus labios se encontraron nuevamente y disfrutaron con las manos entrelazadas ese instante que la vida regala solo una vez. Ricardo Galán y Daniela Beltrán vivieron desde ese día un amor puro pero un tanto accidentado. El noviazgo transcurrió en medio de forzadas escapadas para liberarse del control desmedido de don Ignacio Beltrán, quien permanentemente protegía a su hija de la misma deshonra que él, en su momento, le había encajado a la que hoy se lucía como su señora. Las restricciones llegaron a ser intolerables y tuvieron que esconderse, como un par de rufianes, pues solo en la clandestinidad encontraban sosiego. Fue tal la intimidación que, con tal de poder respirar un poco de libertad y vivir ya casados un noviazgo al que no pudieron tener acceso, ambos se propusieron matrimonio al mismo tiempo. 12

II La casa de los Galán se alzaba en los altos de una verde colina con abundante vegetación en uno de los residenciales más cotizados de San José. Sin abusar de sus dimensiones, la residencia se adornaba de lujos importados de muy buen gusto y desde sus ventanales se veía una soberbia vista de la ciudad. Los vientos alisios susurraban a sus alrededores con serenidad y frescura e invitaban a respirar ese aire que rejuvenecía el ánimo. Para Ricardo, ese acogedor refugio representaba la esencia misma de un verdadero hogar y en él se sentía completamente a gusto. Todas las mañanas caminaba por sus balcones, cubiertos de helechos, hermosas orquídeas y algunos colibrís que tímidamente se asomaban a saludarlo. Con una taza de café recién chorreado, respiraba ese aire mágico y se recordaba a sí mismo de dónde venía y hacia dónde debía llegar. Con cara de pocos amigos y con una furia interna por el desenlace de su cumpleaños, Ricardo salió de su casa sin tazas de café ni ventoleras que le repararan el enojo. El vehículo importado descapotable del año invitaba a los extraños a pensar que su conductor amasaba más fortuna de la que realmente tenía, ocasionando precisamente la reacción que se pretendía. Su vida transcurría entre derroches, gracias al dinero que le llegaba con cierta facilidad pero que no era inagotable. Ricardo se aprestaba a llegar lo antes posible a su oficina y aplicó afanado la reversa del vehículo; de reojo vio salir de la puerta a Daniela, quien regresaba de su clase diaria de ejercicios. 13

Abraham Stern A pesar de su molestia le resultó imposible ignorar la perfección de sus curvas acentuadas por debajo del leotardo, y disimulado tras unas gafas de sol la deseó una vez más. Ya habían pasado siete años desde que intercambiaron los anillos y a pesar de seguir amándola como el primer día, en ese momento no sentía el mínimo deseo de reiniciar un dialogo que enmudeció la noche anterior. —Esperame para darte un beso —gritó ella. —¿Qué pasó, Daniela? —No, nada, solo quería despedirme. De verdad que me la pasé muy bien anoche —dijo sin lograr mucha atención—, yo sé que no terminó como vos esperabas pero no es mi culpa que Ricardito se haya despertado. Creeme que yo también quería... —Mejor no hablemos del tema —interrumpió él. Por raro que pareciese, su molestia no nacía del enojo. La apatía que mostraba era un acervo de frustraciones por las batallas que perdía constantemente en el reducido espacio de su intimidad. El sexo nunca fue el mejor departamento en su relación de pareja y aunque no era del todo escuálido, se hacía extrañar un tanto de malicia y picardía, de atrevimiento y de entrega total del uno con el otro. Recordaba cómo, en un puñado de ocasiones, había sentido que dormía al lado de una desconocida y no de la esposa aventurera que tanto necesitaba. En el camino de su sexualidad cabalgaba a solas sobre un corcel que ignoraba el jaloneo de sus bridas y el punzón tenaz de sus espuelas. Fue así como desde muy temprano, Ricardo aprendió a cubrir esa carencia con las virtudes no eróticas de Daniela. Su buen vestir, la facilidad de socializar y su buen verbo llenaban de cierta forma ese vacío, al igual que la luz del amanecer eventualmente logra esbozar todos los espacios 14

En cuestión de segundos de un rincón desolado. Con el pasar de los años y con tal de evitar confrontaciones que no lograban ningún cambio, Ricardo renunció voluntariamente a una vida sexual sofisticada, como la que él realmente quería, y cedió sus deseos mundanos a cambio de la compañera amable y educada que sin llenar la alcoba lo hacía sentir como el hombre mejor acompañado del mundo. Y es que la vida había sido generosa con Ricardo y le dio como esposa a una mujer de veinticuatro años increíblemente bella y talentosa. A diferencia de su marido, Daniela poseía una belleza extravagante que embriagaba a quien tuviera la dicha de cruzarse en su camino. Su silueta no tenía nada que envidiarles a las modelos de moda y su rubia cabellera hacía una mezcla perfecta con el tono azul marino de sus ojos. Su estilizada delgadez se mezclaba en armonía con el contorno de sus curvas, y las dos hermosas protuberancias que resaltaban de su tórax despertaban en la misma timidez, pensamientos incontrolables. Con esas ventajas físicas causaba una reacción favorable en las personas, y con el paso de los años desarrolló una personalidad un tanto egoísta y solapada. Aunado a ese derroche de atractivos, la mujer contaba además con una maestría en administración de negocios que había obtenido más por adorno e insistencia de sus padres que por necesidad; su apellido se codeaba con el de las familias más adineradas de la ciudad. Como hija única fue siempre la consentida de su padre, en cuyos brazos encontró permanentemente una respuesta inmediata e ilimitada a sus problemas y necesidades. A diferencia de Ricardo, Daniela tuvo una infancia llena de lujos e ingratos derroches. Subió a un avión por primera vez antes de cumplir los seis meses y más tarde, con la excusa de ir a conocer la tierra de sus abuelos, cruzó el Atlántico en un asiento de primera clase que le quedaba grande. A partir de ese momento sus viajes a Europa fueron cosa de todos los años y con ellos, la empalagosa costumbre de traerse de regreso un par de maletas cargadas de caprichos. Sus zapatos italianos 15

Abraham Stern de charol recorrieron las diez hectáreas de pastizales sobre los cuales se levantaba una de las haciendas más cotizadas del país y que recordaba, con sus ocho columnas blancas en la entrada, las mansiones en las plantaciones del sur de Nueva Orleans. Así vivió Daniela los primeros veinte años de su vida, sumergida en una burbuja de cristal que la protegía de todos, bajo el control militar de un padre que no entendía las artes de educar a una jovencita, con agendas que se planificaban con meses de anticipación, y cursos en internados europeos que la obligaban a ausentarse de casa durante meses. En aquella prisión ostentosa Daniela aprendió francés, inglés e italiano, a montar caballos de alta escuela y a bordar manteles de finos linos, pero extrañó los pequeños detalles que le daban sabor a una existencia carente de sorpresas. No fue casualidad que en Ricardo topara con esa brisa de espontaneidad que desconocía, y que junto a él descubriera un mundo de novedades que la desbordaba. Tampoco fue coincidencia que en Ricardo encontrara el espíritu de lucha para sobrevivir un noviazgo vilipendiado por don Ignacio desde sus inicios; aunque amaba a su padre con toda la fuerza de su corazón, llegó a amar aún más a su pretendiente, y sobre todo, esa nueva forma de libertad que solo lograba vivir junto a él. Su complicado nacimiento le robó a su madre –doña Gloria– la posibilidad de tener más hijos, frustración que compensó sobreprotegiéndola aún más. Dentro de esa perfección casi completa, su único defecto fue haber sido criada en un hogar en donde lo libidinal fue tabú: en su inconsciente Daniela desarrolló una aberración por todo aquello que podía ser considerado sexualmente incorrecto o desmesurado; su virtud siempre fue la belleza; su pecado, el recato. Así que los primeros años de matrimonio fueron tranquilos y agradables, sin sorpresas ni sinsabores. A partir del momento en 16

En cuestión de segundos que intercambiaron sus anillos, las hojas del calendario empezaron a dar vuelta más de prisa. Ricardo había logrado consolidar una importante empresa constructora con ingresos suficientes para independizarse parcialmente del abolengo de sus suegros y, aunque nunca pudo competir con la fortuna de don Ignacio, en tan solo un par de años ya llevaban una vida de comodidades que hacían que Daniela no extrañase las suntuosidades de infancia. Cuando las manecillas del reloj marcaron el cuarto año de matrimonio, la cigüeña tocó la puerta de los Galán y, con casi ocho libras de peso, el color de piel de su padre y los ojos de su madre, Luis Ricardo se instaló como el nuevo habitante de la casa y de los corazones de todos, y se convirtió en el centro de atención de sus padres y abuelos, haciendo que el péndulo marcara su inevitable paso aún más de prisa. Entre las desveladas de cada noche, el cambio de pañales, el gateo de un cuerpecito que mostraba sus primeros signos de independencia y el dulce balbuceo de sus primeras palabras, los siguientes años pasaron totalmente desapercibidos. Ricardo la miró desde el auto, pensando en el tiempo transcurrido junto a ella y a pesar de querer reclamarle por esa apatía sexual que se repetía una y otra vez, se tragó su furia, una vez más. —De verdad no te preocupés Daniela, es parte de la vida y entiendo perfectamente que estas cosas pasen —continuó con más sosiego—. Voy tardísimo para la oficina y no puedo llegar tarde, ¡los amo! —Te llamo en un rato para que me ayudes a organizar el viaje —le recordó ella. Ricardo asomó su cabeza por la ventana y le regaló un beso tímido de despedida. La mañana resultó más fría de lo común, y la capota de lona salió de su retiro con un extraño movimiento 17

Abraham Stern mecánico que rechinaba con la fricción de los tornillos aún adormecidos. El camino hacia la oficina no presentó novedad; un centenar de mortales se enfilaban sobre la autopista como un improvisado batallón de hormigas con rumbo predeterminado y sobre sus espaldas la carga de llevar sustento. En la lentitud del tráfico y refugiado en la intimidad estrecha de su vehículo, inició un monólogo sin percatarse de que un conductor a su costado lo miraba con intriga y sospecha. —¿Nadie te dijo que el matrimonio era fácil, verdad? —se preguntaba en voz alta. —Eso te pasa por meterte en cosas de hombre —continuaba. —¿Estoy siendo malagradecido con la vida? —se cuestionaba nuevamente. Su mente viajaba a más revoluciones que su medio de transporte y repasaba con memoria visual aguda cada momento de la infructuosa celebración. Sus gestos se hacían acompañar de instintivas sonrisas, bravuras y hasta jalones de pelo. «Está completamente loco», pensó el conductor de al lado. Sin darse cuenta del tiempo se encontró frente a las oficinas de la Constructora Galán y Carrillo. Un rótulo de cobre sobre la fachada anunciaba, silenciosa pero efectivamente, a sus fundadores. Su estructura era moderna, minimalista y con un retoque de cubismo clásico. Sus vastos espacios internos se acompañaban de pasillos lineales cubiertos con divisiones de vidrio claro opaco sobre las que se expandían gigantescas fotografías de las edificaciones creadas por el talento de sus profesionales. La recepción resultaba pequeña pero elegante, y detrás de la recepcionista se apreciaba una repisa de granito sobre la que relucía una colección de premios. Ricardo ingresó por la puerta principal llevando un rollo abultado de planos. 18

En cuestión de segundos —Buenos días, Karla, ¿algún mensaje? —preguntó. —Hola, don Ricardo, no hay nada nuevo, la mañana ha comenzado algo tranquila, señor —contestó. —Hágame un favor, envíele de inmediato estos planos al arquitecto Robles y recuérdele que mañana tenemos la presentación con la junta directiva de la cervecería... ¡Ah!, regáleme un cafecito por favor. Su oficina se ubicaba al final del pasillo central, en el mejor espacio del complejo, derecho adquirido al conceptualizar el engranaje de la empresa. Allí se ubicaba un escritorio de vidrio temperado con soportes de acero inoxidable que parecían nacer del mismo piso marmoleado gris. Sobre éste, un computador conectado a una pantalla plasma, no menos de una docena de fotos familiares con finos marcos de plata tallados a mano y el teléfono de rigor. En el centro, una mesa de reuniones de ocho plazas y un sistema de video-conferencias de última generación. A un costado, un sofá rojo de extraña forma, regalo de un famoso arquitecto sueco que conoció en Italia mientras realizaba sus estudios de maestría. Sin prestar atención a su entorno Ricardo encendió la computadora, revisó una veintena de emails de los cuales se vio obligado a contestar tan solo cuatro y chequeó con esmero su agenda. Inmerso en su quehacer no se percató de que su socio, Carlos Carrillo, descansaba sobre el sillón tratando de recuperar algunas horas de sueño. —¿Qué cuenta el marido más oprimido de todos? —preguntó Carlos adormecido mientras Ricardo trataba de sobreponerse al susto de su aparición. —¡Dejá de fastidiarme la vida que estoy que me lleva putas! —sentenció Ricardo—. Tengo treinta y cuatro años, jamás 19

Abraham Stern le he sido infiel a mi esposa y ni siquiera puedo echarme un polvo cuando estoy de cumpleaños. —Cabrón, eso te pasa por ser tan bueno. Llevo años diciéndotelo —aleccionaba Carlos como si estuviera dando cátedra de sociología—, a las mujeres les gusta que las maltraten y siempre hay que tenerlas a mecate corto para que no abusen de uno. —¡No se te ocurra volver a aconsejarme que maltrate a mi mujer! —protestó Ricardo, recordando a su tía—. Ya te he dicho muchas veces que no necesito de tus consejos para ser feliz. —¿Entonces por qué tanto melodrama? Si estás tan contento dejá de llorar como un chiquillo —dijo Carlos con frialdad calculada. Sus palabras se hundían como dedo opresor que invade una herida fresca en la piel. Carlos Carrillo era un hombre con limitadas amistades y un personaje de imaginación refinada. Espontáneamente bravucón y ordinario pero de buen corazón, a pesar de sus extraviados principios. De su boca a menudo salían palabras pasadas de tono y con insinuación burlesca conscientemente destructora. El tamaño de su machismo no cabía en su metro sesenta de estatura. Esa limitada corpulencia generaba un contraste con su complejo de grandeza y lo convertía en un ser odiosamente incómodo. De contextura delgada, a excepción de los centímetros extra de cintura que acumulaba gracias a sus noches de fiesta cargadas con muchas onzas de alcohol, coleccionista versado de aventuras amorosas sobre las que se jactaba indecoroso al grado de faltarse el respeto a sí mismo, sus escasas virtudes humanitarias se compensaban por el manejo militar con el que trataba a los peones de las obras y el control casi perfecto de los tiempos de entrega; elementos que lo hacían un socio ideal mas no el mejor confidente. A pesar de sus defectos y los diez años de más que le 20

En cuestión de segundos llevaba, Ricardo había aprendido a entenderlo y le tenía un aprecio inexplicable. Evidentemente con él podía hablar sin tapujos y limitaciones morales; su verbo hacia él era más relajado y callejero. —Viejo, no tenés idea del antro que encontré ayer con Felipe —dijo Carlos con cierta aceleración en su voz—. En mi vida había visto una colección tan grande de hembras ricas. Pero mejor ni me desgasto que, de por sí, sos medio maricón. —¡No seás tan cabrón! —exclamó Ricardo—, el hecho de que no vaya a esos lugares no significa que sea marica. ¿O acaso ahora para ser hombre hay que andar en esas? Quizás un día de estos me les arrimo. —Dejate de promesas falsas, ¡florcita de manantial! —sentenció Carlos—, si aquí hay alguien que te conoce soy yo y sé que sos puro cuento... —Con esa quejadera te me estás pareciendo cada día más a mi suegro —interrumpió Ricardo. Aunque no era de andar juzgando esas andanzas, Ricardo siempre se había alejado de ellas como si se tratase de algo que hacían otro tipo de personas. Quizás por la frustración que sentía en ese momento o por una mala pasada que le jugaban sus instintos animales, en ese momento sintió ganas de haber vivido con ellos esa aventurilla. No era la primera vez que Carlos subía al podio de su masculinidad y describía con precisión uno de sus tantos enredos sexuales. A pesar del camino andado y de su innata facilidad por compartir sus escapadas, hoy se sentía un tanto más inspirado. Ricardo, quien en innumerables ocasiones había tenido que soportar sus relatos con paternal paciencia, escuchaba a medio oír, ocupando despistadamente su mente en asuntos más productivos. 21

Abraham Stern Sus palabras fluían como el agua de un manantial en espera del animal sediento. «Es el mejor cuchitril de toda la ciudad —decía con convicción genuina—. Con solo pensar las cositas que se ven en ese lugar... ¡No tenés idea! Literalmente hablando es un refrigerio vaginal..., hay culos de todo el mundo: dominicanas, ecuatorianas, colombianitas divinas, y hasta se dieron el lujo de contratar una rusa con un par de tetas perfectas». Ricardo asentía con su cabeza y subía su mirada ocasionalmente para no parecer apático hacia una historia que ya había escuchado un centenar de veces. —Tengo mucho trabajo pendiente —le advirtió Ricardo tratando de dar por terminado el canturreo. —Suave, que eso no es nada —prosiguió Carlos. Ricardo se enfocaba ahora más en la revisión de un presupuesto que en el recital improvisado y a pesar de hacer un esfuerzo por bloquear el retumbo de sus palabras, aún percibía distante el coloquial relato. «En el lugar hay tres pistas de baile. En las dos primeras siempre hay una nena de estás haciendo un baile erótico que te saca la baba —decía Carlos de pie haciendo extraños ademanes—, y en la pista de baile del centro está el mismo paraíso; si lo ves te morís. A eso de la medianoche dan un show de lesbianas que yo en mi vida he visto algo más erótico que eso, ¡esas hembras de verdad se aman!». —Carlitos, no quiero ser grosero pero mañana tenemos que presentar el proyecto de la cervecería, y el presupuesto que mandó Felipe se me hace muy caro —dijo Ricardo. —No me interrumpás que todavía me falta la mejor parte —le contestó él—. En la sección trasera del Night Club tienen como diez cuartos y por la módica suma de ciento cincuenta dólares te podés terminar comiendo a cualquiera de esas ricuras. 22

En cuestión de segundos —¿Cómo se te ocurre cogerte a una puta estando casado? —le preguntó Ricardo—. ¿Estás loco? —Loco estás vos, que llevás siete años de matricidio y todavía te masturbás como un mocoso con tal de no serle infiel a la doña. No me jodás la vida, esas nenitas son bien limpias y con el condón no te pasa nada —contestó enfadado. —¿Y con qué cara ves a tu mujer al día siguiente? —interpeló Ricardo sorprendido con la respuesta. —Con una cara de satisfacción que la pobre debe pensar que es el mejor polvo del mundo —señaló Carlos a carcajadas—. De verdad, no seás tan comehuevos, ¿acaso sería mejor tener una amante a tiempo completo? ¡Eso sí que sería un tremendo problema, mi brother! A pesar de aparentar lo contrario y con una boca de donde solo salían inventos y mentiras, Carlos sabía perfectamente que su vida familiar estaba en ruinas. Su esposa raramente lo determinaba, llevaban más de tres años de no compartir el lecho y cada uno de sus revoloteos sexuales aniquilaban lentamente un matrimonio que desde hacía años no tenía ningún sentido de ser. A Ricardo le resultaba difícil entender cómo dos personas con conductas morales tan opuestas lograban encontrar un espacio físico neutral para llevar una relación profesionalmente exitosa y amena. «Cada uno con su vida y cada quien con su conciencia», pensaba. Daba la impresión de que en el contraste evidente lograban desafiar principios de química básica, y el agua ahora se mezclaba con el aceite como si hubieran renunciado a su propia esencia. El timbre del teléfono empezó a sonar creando un retumbo que calaba en su cabeza. Tomó el auricular cubriendo con su mano la salida de voz para evitar que entre sus líneas se infiltrasen alguno de los improperios que a bocanada suelta difundía su compinche. 23

Abraham Stern Escuchó atento la voz de su recepcionista. «Sosténgame la llamada unos segundos que ya la tomo», le dijo. —Bueno hombre, dejame contestar la llamada, que es mi esposa y tengo que arreglarle un asunto. Carlos se alejó lentamente imitando un caminar afeminado que buscaba una mofa adicional; su salida le ocasionó un sosiego a Ricardo. La luz roja intermitente del teléfono se coló en la retina recordándole la llamada por poco olvidada. —Disculpá que te dejé esperando tanto tiempo pero estaba en larga distancia con unos clientes, ¿qué pasó, mi vida? La distorsionada voz de Daniela se escuchaba sin poder descifrar claramente sus palabras. Era evidente que giraba una serie de instrucciones, seguidas de una cascada de respuestas y afirmaciones aleatorias de Ricardo: «...No, no he llamado..., pero cómo voy a llamar si no sé cuándo es que querés irte y menos cuando es que querés regresar... Despacio que estoy apuntando..., no, con mucho gusto... ¿Y el hotel?... perfecto. Te dejo que estoy ocupadísimo... Un beso... Yo también te amo». Recién empezaba su faena y Ricardo ya se sentía exhausto; decidió finalmente colgar el aparatejo. Suspiró un par de veces y en un afán por liberarse unos segundos oprimió el auxiliar de manos libres que tanto odiaba utilizar. —Karla soy yo otra vez —dijo. —Sí señor, en qué le puedo servir. —Necesito que llame a la Agencia de Viajes y me saque tres tiquetes a Miami para Daniela, Luis Ricardo y doña Gloria —ordenó—. Salen el miércoles de la próxima semana y regresan el miércoles siguiente. Asegúrese de que salgan en el 24

En cuestión de segundos primer vuelo de la mañana y que regresen en el último de la noche, por favor. —¿Necesitan hotel? —preguntó ella precavida. —No, gracias, doña Gloria se va a encargar de eso. —¿Algo más señor? —Sí, que me lo carguen a la cuenta corporativa, que tenemos que meter gastos —señaló—. Apenas tenga la confirmación me la envía. —Con gusto... —Karlita —interrumpió Ricardo sin tanto formalismo—, no me ha traído el cafecito y se me revienta la cabeza. Algunos minutos más pasaron para que su paladar pudiese finalmente deleitarse con unos sorbos de café que se le desplegaban como un regalo ante el comienzo de una atribulada mañana. Su negra esencia le hacía recordar la intensidad de una noche bajo las estrellas, solo, pero acompañado del brillo de los pocos cristales de azúcar que lograban sobrevivir a su calor humeante. El sabor amargo de una cosecha bien trabajada se mezclaba en perfecta sintonía con un puñado de aromas que escalaban el espacio vacío de su olfato. En la soledad de su recinto se sintió mejor acompañado, agradeciéndolo con la simple satisfacción de cada sorbo. 25

III E l resto de la mañana transcurrió sin mayores sorpresas, con los oficios típicos de un día común, las reuniones de planificación con los diferentes equipos de coordinación de obras y una que otra llamada de cortesía buscando captar los nuevos proyectos que se rumoraban en el mercado. Daba la impresión de que el comienzo de una mañana algo accidentada había terminado. Justo cuando Ricardo saboreaba su habitual ensalada del mediodía, un compendio de vegetales, dos huevos duros rebanados y algunos trozos de atún, el timbre del teléfono volvió a sonar. Con sus manos ocupadas y la boca a medio llenar, oprimió obligado el altavoz. —Don Ricardo, disculpe que le interrumpa el almuerzo, pero lo busca don Ignacio Beltrán —advirtió su recepcionista—. Dice que es urgente. «¿Don Ignacio Beltrán? ¡Urgente!», se preguntó al tiempo que su garganta dejaba pasar con obligada plasticidad el puñado de alimentos a medio procesar. La presencia de Ignacio Beltrán en ese lugar no era común, en parte por la relación distante que mantenían y también porque a ninguno de los dos se les hacía agradable frecuentarse. Ricardo hizo un intento sincero por recordar cuándo fue la última vez que su suegro se había dejado ver en la oficina, pero su memoria no le trajo respuesta. Trató de encontrar una explicación que justificara el abordaje sin lograrlo. 26

En cuestión de segundos Se dio por vencido, retiró el almuerzo a medio terminar y le contestó a su secretaria, ya impaciente por la espera. —Hágalo pasar. Con setenta años sobre sus espaldas, don Ignacio Beltrán se mostraba recio y con una entereza envidiable. Sus finos cabellos blancos se ocultaban con disimulo bajo un sombrero chambergo de refinadas pajas. La flacidez de una piel que vivió mejores días se resguardaba en una tradicional guayabera blanca finamente bordada. Ambas prendas fueron uno de los tantos legados que le dejó su padre y le imprimían a su figura un aire de nobleza ya de por sí natural. De caminar firme pero limitado por un accidente que sufrió de niño al caer de un hermoso caballo andaluz mal amansado, el cual terminó pagando su innata reacción con tres balazos que lo dejaron tendido sobre el pasto. Su marcha quebrantada se apoyaba en un suntuoso bastón rojizo de cristóbal y empuñadura de marfil, con el que transmitía más imperio que dificultad de andar. «Nunca dejes escapar a quien te haga daño», le dijo su padre segundos después de la caída y cargándolo sobre sus regazos, al tiempo que jalaba el gatillo aniquilador del caballo. «Cualquiera que intente maltratarte debe ser tres veces castigado», continuaba mientras la sangre del animal cubría el verdor de la yerba. El dolor que le causó aquella bestia terminó de robarle para siempre la amabilidad del rostro y le despedazó la rodilla derecha, justo donde se apoyaba. Fue tal el daño que permaneció hospitalizado cuatro meses, se expuso a cinco operaciones, todas inefectivas, y estuvo a punto de ser amputado por una infección que le fue tiñendo de negro una piel que moría de a poco con el pasar de los días. De no haber sido por la intervención milagrosa de un médico que su padre mandó a traer de Europa, el chiquillo hubiese perdido la pierna. En ese sanatorio perdió la dulzura de una infancia que nunca volvió a ser la misma, dejó extraviada para siempre la cortesía y los buenos modos y floreció en su alma una sed de venganza dispuesta a reclamar 27

Abraham Stern hasta con sangre, derecho que según él se había ganado por ese acontecimiento. Su madre, quien desde que abandonó Europa vivía en un mundo de surrealismo mágico mezclado con algunas onzas de demencia, creía en el ligamen espiritual forjado entre el amo y la bestia. Con ese argumento aseguró durante años que ese día, el caballo se había llevado en su alma la inocencia de su hijo, y que el muchacho heredó para siempre la bravura, el matoneo y la soberbia de aquel animal. Tal fue su convencimiento de aquel cruce de personalidades que cuando el niño Ignacio regresó a casa, luego de permanecer tanto tiempo en el hospital, lo puso a caminar de nuevo a punta de latigazos, usando el mismo con que trataron de domar al potro. Cada vez que el niño se atrevía a quejarse, su madre lo silenciaba a punta de llagas que se le iban cicatrizando en sus piernas. «¡No parí a un varón para que ande llorando como una mujercita! —le gritaba como si lo estuviera domando—. Levántese y camine, que en esta casa no hay espacio para minusválidos». Fue tal el abuso corporal al que fue sometido, que luego de dos meses de recibir semejantes azotes y en medio de una nueva paliza, Ignacio dejó un día tirada la muleta sobre la que se apoyaba, tomó a su madre por el cuello y le dijo: —¡Ya es suficiente! Me vuelve a dar con el látigo y le quiebro el pescuezo. La mujer, que sintió la fuerza de sus manos en la garganta, dejó caer la fusta con una sonrisa y le contestó como si la agresión fuese algo extraordinario para ella: —Se ha completado el ciclo, mi pequeño. Ahora sí lleva la furia de ese animal en las venas y nadie me lo verá jamás como a un desvalido. Ignacio la soltó sin entender bien y antes de que pudiese recobrar la calma recibió un manotazo que lo dejó tendido nuevamente en el piso. 28

En cuestión de segundos —Y no se le ocurra volver a levantarme la mano, que aún soy su madre —sentenció ella mientras se retiraba con el orgullo encrespado. Ese fue el último rasguño que recibió el muchacho y a partir de ese día, nadie se atrevió a tocarlo. Cierta o no la teoría de su madre de que el alma de aquel animal se terminaría amalgamando con la de su hijo, desde entonces Ignacio se comportó como si fuese una fiera salvaje. Su padre, Antonio Beltrán, había tenido la visión de fundar la primera fábrica de cervezas del país, convirtiendo un viejo granero de su hacienda en una empresa pujante y con un futuro prometedor. Para esa época, en Costa Rica solo se consumía el guaro que monopólicamente producía el gobierno a través de la Fábrica Nacional de Licores, y otro centenar de recetas clandestinas que se hervían en las boscosas montañas que rodeaban a la capital, y que con su veneno le quitaron la vida a un millar de almas que lo engullían buscando un escape a sus angustias cotidianas. La ley prohibía, con justa razón y para evitar que su frágil población muriese a causa de alcoholes artesanales comprometidos, la destilación de licores, y don Antonio logró -con medio litro de astucia y otro tanto de principios químicos- demostrar que la cerveza no se destilaba, se fermentaba. Pasaron varios meses de una batalla intelectual entre alquimistas, físicos, abogados, regidores y congresistas, hasta que finalmente el gobierno de la República tuvo que aceptar que aquella cebada se encontraba a derecho. A partir de ese momento la ebullición constante de las calderas fermentó los bolsillos de la familia, y en pocos años el apellido ya se reconocía y respetaba en todo el valle. La muerte anticipada de don Antonio a causa de una neumonía fulminante, les dejó a todos sus hijos una sustancial fortuna y a don Ignacio, el menor de ellos, la obligación de llevar 29

Abraham Stern las riendas del lozano imperio. Con una astucia comercial innata, un temperamento impenetrable y un ansia por acumular más de lo que ya tenía, catapultó los sueños de su padre convirtiendo aquel pequeño granero en una empresa multinacional que ahora exportaba su lúpulo a más de veinte países alrededor del mundo. Su obsesión por amasar fortunas llegó a tal extremo que en forma hostil y desabrida, sacó de a poco a cada uno de sus familiares, quienes terminaron con un cheque simbólico en sus cuentas, la necesidad de buscar vida en otras lides, y sin volver a cruzar palabra alguna con ellos. El dinero era el eje de su vida así como la reputación severa de su nombre. —Pase adelante don Ignacio —dijo Ricardo, mientras le extendía una mano que no fue correspondida. —No vengo de visita familiar —replicó riguroso—. Tenemos que hablar de la nueva planta para la cervecería. La razón de la visita quedaba al descubierto. —No tiene de qué preocuparse, tenemos todo listo para la presentación de mañana —dijo Ricardo—. De hecho acabo de terminar de revisar el presupuesto y bajamos el costo total en... —No me diga nunca de lo que me debo preocupar —interrumpió con aspereza—. ¿Acaso tiene usted idea de lo que es manejar una empresa de la que dependen cientos de personas? —Disculpe, pero no me refería a eso —contestó valiente—. El proyecto está listo... —Se lo advierto Ricardo —interrumpió de nuevo—. No se te ocurra hacerme quedar mal con la junta directiva ni con los socios. Recuerde que está aquí gracias a mis contactos y recomendaciones, y que la única razón en el mundo para que usted haga este trabajo 30

En cuestión de segundos ha sido la insistencia permanente de mi hija. Si no fuera por ella, dejaría que se muriera de hambre. —Siempre le he agradecido sus contactos y recomendaciones —enfatizó Ricardo con molesta serenidad—, pero no estoy aquí por su gentileza, don Ignacio. Todo lo que me he ganado ha sido con el sudor de mi frente y con el trabajo respetuoso y cordial que siempre les hemos dado a todos nuestros clientes. Incluyéndolo a usted, señor. —Cuidado se me pone fresquito Ricardo, ¡cuidado! —dijo apuntalándolo con su bastón al aire. «¡Qué ganas de mandar a este viejo al carajo de una vez por todas!, ¡quién putas se ha creído!», pensó con furia. Ricardo era un hombre que difícilmente perdía sus casillas y ahora se esforzaba por contener su ira. En ese instante recordó la primera vez que se presentó como el novio de Daniela: «¿Novio? —preguntó don Ignacio extrañado—. Yo todavía no les he dado mi consentimiento». Desde ese día supo que con ese hombre nunca iba a tener una relación sincera y familiar, de esas que lo harían sentir en casa propia aunque fuese ajena; y así fue. Evitaba, hasta más no poder, compartir con él, y las visitas se daban solo por la insistencia de Daniela, quien defendía a su padre bajo una desgastada disculpa sin ningún efecto: «Papá sí te quiere pero nunca ha sabido cómo mostrarle cariño a la gente». La verdad es que en don Ignacio nunca germinó el afecto paternal de quien recibe en su casa a un nuevo hijo, y siempre lo vio como el extraño sujeto que a hurtadillas le arrebató a su Daniela. Hay quienes cuentan que algunas horas antes de la boda, le rogaba arrodillado a su hija que la cancelara, ya que merecía a un mejor hombre, de esos con un linaje digno de ser contado, y no a un don nadie que nació de por sí olvidado. Su súplica fue ignorada, reprendida y a regañadientes acompañó a Daniela en su camino al altar, derramando lágrimas de rabia. 31

Abraham Stern —Don Ignacio, con todo el respeto del mundo, no entiendo para qué vino a buscar pelea —dijo Ricardo contenido. —No vine a buscar pelea, jovencito —contestó con aires de grandeza—. Estoy aquí solo para recordarte con quién estás lidiando. —Debería estar lidiando con mi suegro, con el abuelo de mi hijo, pero parece que no somos más que un par de desconocidos —le reclamó Ricardo buscando una vez más un acercamiento—. ¿Por qué le cuesta a usted tanto verme como parte de la familia? Por un instante, la pregunta tomó por sorpresa a don Ignacio. Lo miró fijamente a los ojos, con ganas de abrirle un poco más su alma petrificada, pero no pudo sincerarse y en su lugar recordó nuevamente aquel caballo andaluz, los latigazos de su madre, la infancia que nunca tuvo y esa rabia que desde niño sentía contra todos aquellos que -con o sin razón- le incomodaban la existencia. —En los negocios no hay familia —le rebatió don Ignacio pensando en sus hermanos—, pero eso no creo que usted lo pueda llegar a entender —suspiró con una mirada endiablada y concluyó—: ¡Le recomiendo que repase bien sus cálculos y numeritos! —Copiada la advertencia, mi querido don Ignacio —respondió Ricardo—. Ahora le agradecería me dé un espacio para revisar todo nuevamente. No vaya a ser que lleve razón y termine equivocándome en algo. —¿Me estás echando? —preguntó indignado. —Jamás, don Ignacio —contestó Ricardo jocoso—. ¿Cómo voy a echarlo si todo esto se lo debo a usted? 32

En cuestión de segundos La conversación terminó pues don Ignacio supo en ese momento que había logrado su cometido. «Todavía sabe quién manda», pensó. Sacó del bolsillo de su guayabera un estuche de plata, hermosamente adornado y le prendió fuego a uno sus cigarrillos, sin filtro, como desde joven acostumbraba, y con media sonrisa en su boca se retiró dejando una estela de humo que terminó de asfixiar el ya pesado ambiente. Cerrada la puerta, Ricardo golpeó con furia su escritorio, provocando un breve sangrado en sus nudillos y un estruendo que llegó alegre a los oídos de su suegro. —Llévele un vaso de agua al muchacho, que está algo alterado —le sugirió don Ignacio a la recepcionista. La sangre de Ricardo hervía, provocándole un caldero de rabietas que debió reprimir con esfuerzo. Haciéndosele difícil olvidar lo que acababa de escuchar, respiró profundo, aquietando temporalmente el orgullo herido. Trastornado por el tono de aquellas palabras, volvió a revivir instintivamente un pasaje de su noche de bodas, como si la estuviese repitiendo en carne viva, ocasionándole el mismo sinsabor de aquel momento. La ceremonia religiosa recién terminaba y Daniela le limpiaba con su mano la boca pintorreteada a causa de ese beso que anunciaba el final de un rito pero el principio de una nueva vida. Al igual que en cualquier casamiento, la joven pareja se retiró algunos minutos para que el recuerdo se perpetuara en una sesión fotográfica: con el reflejo de cuatro luces incandescentes esta les empobrecía un tanto la mirada y les dejaba marcado en sus rostros una sonrisa necesaria para sugerir la evidente alegría del momento. Como si se tratara de un tema de rango o distinción, el maestro de ceremonias iba acomodando a los familiares y amigos según la cercanía que tuviesen con los festejados y así no más, los menos importantes encabezaron la fila, dejando de últimos a los que interesaban. Con un ritmo algo acelerado se fue disipando la hilera hasta que solo quedaron doña Gloria y don Ignacio. El camarógrafo midió 33

Abraham Stern la luz para asegurarse una perfecta exposición. Primero fotografió a Daniela a solas con sus padres, de seguido acomodó a doña Gloria al lado de su hija y a don Ignacio junto a su yerno, como buscando la imagen benévola de una nueva familia que nunca se dio y que requirió la intervención forzada de un asistente para entrelazar sus brazos. Finalmente le tocó el turno a Ricardo. Doña Gloria se paró a su lado, esperando instrucciones mientras se retocaba el maquillaje. Don Ignacio tomó el otro extremo sin sentir deseo alguno de hacerlo, y desde el visor el artista cuadró la escena esperando capturar la mejor imagen. «Véngase para acá mi hijo», le dijo don Ignacio a Ricardo buscando un abrazo que fue inmediatamente correspondido. En aquel apretón, don Ignacio le tomó la cara con sus dos manos, como si fuese a darle un beso en la mejilla, se le acercó al oído y le susurró con una sonrisa en su boca: «aproveche mientras pueda desgraciado, que esto no va a durar mucho». Ricardo se quedó perplejo, desanimado y con una herida que no sangraba pero que le descuartizaba el alma. Aún enganchado de esas manos agresoras, Ricardo repitió la escena. Le tomó la cara a don Ignacio, buscó su tímpano y se dejó decirle: «acostúmbrese don Ignacio, que esto es para siempre». La respuesta tomó totalmente por sorpresa al suegro. Jamás se esperó un acto de hombría de aquel desavenido y, aunque trató de alejarse, no pudo. El pequeño forcejeo pasó desapercibido y antes de que terminara, Ricardo le tiró un beso en la mejilla que le dejó saliva en el cachete. El fotógrafo captó el preciso momento dejando sobre el papel una imagen paternal y de afecto que nunca existió, pero que a simple vista se percibía como grata. 34

IV Con excepción de la anunciada presentación en la cervecería, que resultó todo un éxito y por supuesto no contó con gesto alguno de aprobación por parte del distinguido don Ignacio, los siguientes siete días pasaron inadvertidos. La costumbre ya se había apoderado de los Galán, quienes repetían una vida tediosa aprendida de memoria desde hacía años. Como dos cuerpos robotizados cumplían al pie de la letra un guión lleno de escenas repetidas ante una audiencia ya acostumbrada a la cotidiana simpleza de un reparto bien conocido: Mañanas madrugadoras acompañadas del mal aliento de un nuevo día; la deyección de una vejiga a reventar que acumulaba religiosamente las toxinas de una noche mal dormida; la hora rogada de ejercicio en busca de unos años más de vida no garantizados; el desayuno apresurado para evitar llegadas tardías; la laboriosa faena que llenaba a saciedad el alimento de un plato bien comido; la lectura silenciosa de dos cuerpos agotados que aprovechaban su ocio con los últimos destellos de luz y, finalmente, media hora de televisión que cada día perdía algunos segundos en busca de una pizca más de sueño. Los fines de semana presentaban una anatomía similar, con la salvedad de un par de horas adicionales de descanso, el tiempo compartido con el pequeñín de la casa a quien la rutina todavía no lograba alcanzar, unas horas con los amigos de turno que se 35

Abraham Stern quejaban precisamente de la misma monotonía, y quince minutos de pasión que se asomaban ocasionalmente para recordarles que estaban hechos de carne y hueso. La película de sus vidas se proyectaba a diario sobre una pantalla que concluía con la misma leyenda: «Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren»; ésta los perseguía silente, oculta, disfrazada, y los hacía ignorar infantilmente que con el despertar de cada día se acercaban más al desfiladero del último respiro de sus existencias. La emoción de un nuevo viaje resultaba el antídoto para inyectar unas onzas de improvisación a esos días revividos una y otra vez. La aventura de un destino diferente les creaba un sentimiento de liberación espontánea cargado de sorpresas aún por descubrir. La conmoción se había apoderado de Daniela, Luis Ricardo y doña Gloria, mientras Ricardo conducía un todo terreno que se enfilaba apresurado hacia el aeropuerto. Daniela revisaba afanada los documentos de viaje para evitar un atraso de último momento y doña Gloria se maquillaba insistentemente pretendiendo borrar con unas cuantas manos de base el embate de los años. Luis Ricardo hacía simplemente lo que sabía hacer y con una de sus manos imitaba el vuelo del avión que lo llevaría a esa tienda de juguetes que tanto disfrutaba. Aunque no participaría de la travesía, desde el retrovisor Ricardo observaba con emoción la algarabía del pequeño. A pesar de haber sido remozado para provocarles a los turistas un espejismo de primer mundo, en las afueras del Aeropuerto Juan Santamaría se vivía el desorden de un país aún en desarrollo y de pintoresco folclore pueblerino. Después de tres minutos de espera, dos pitazos de advertencia y la mirada amenazante de un oficial de tránsito, Ricardo logró aparcar su vehículo a un costado de la acera. 36

En cuestión de segundos —¿Querés que le pida ayuda a un maletero? —preguntó Daniela al salir apresurada del automóvil. —No, tranquila —contestó él—, son solo dos maletas y además a la suegrita le hace bien hacer un poco de ejercicio. —Yo sabía que no te ibas a poder ir de aquí sin agarrarla conmigo —exclamó risueña doña Gloria—. Eso me pasa por haberte alcahueteado siempre. Además, mientras que Ignacio no se queje, ¿para qué tanto ejercicio? Una intrusiva idea abordó su pensamiento: «De seguro tienen más sexo que nosotros». La imagen de los dos cuerpos maltrechos en la intimidad le resultó insoportable. —Mamá, no le hagás caso —intervino Daniela—, no ves que te está molestando. —No se lo tome tan a pecho, doña Gloria, no ve que usted es mi suegra favorita —dijo Ricardo chisteando. — ¡Cosa más grande es la vida, Ricardo, no sabía que tenías más de una! —contestó ella siguiéndole el juego. —Usted es la única —dijo sonriente con una leve caricia que fue bien recibida—, ¡y ojo que fue por decisión propia! A diferencia de su trato con don Ignacio, Ricardo le profesaba un verdadero cariño a doña Gloria Jiménez de Beltrán. Sus sesenta y cuatro años se diluían mágicamente sobre la delgadez de un cuerpo que denotaba aún una renombrada belleza y que aparentaba un trayecto menor al recorrido; de impecable vestir, un porte europeo y una cabellera castaña ondulada que bajaba con suavidad hasta la altura de sus hombros, la belleza de Daniela provenía definitivamente de su lado, y para un desconocido, doña 37

Abraham Stern Gloria podía hacerse pasar fácilmente como su hermana mayor. En ambas se remarcaba un sorprendente parecido que hacía aún más sencilla y agradable la comparación. Doña Gloria nació bajo el umbral de una familia adinerada pero de entrañable humildad. Su abuelo había salido de Cataluña buscando una mejor vida en el nuevo mundo y se trajo en su fardo el secreto para producir garrafas de todo tipo. Con el transcurso de los años se asentó en el Valle del Guarco y, gracias al consejo desinteresado de su hermano menor, quien desde España lo mantenía al tanto de las últimas novedades, logró reproducir un envase de vidrio que se conocía en el viejo continente como “la botella de cuello Codd”. A partir de ese momento se convirtió en un reconocido productor de frascos y logró desplazar lentamente los obsoletos recipientes que se utilizaban en los poblados del terruño. El pequeño imperio empresarial fue creciendo en manos de aquel aventurero catalán y al heredarlo de su padre, don Roberto Jiménez mantuvo intacta la producción; con una fortuna que aseguraba sobradamente el sustento para sus futuras generaciones, dedicó los últimos días de su vida a un centenar de obras de caridad que lo convirtieron en uno de los filántropos más reconocidos del país. La humanidad de aquel hombre superaba por mucho las hazañas de otros que teniendo más riquezas, eran incapaces de desprenderse de unos pocos centavos sin suspirar adoloridos. Su desprendimiento quedó demostrado por primera vez justo cuando terminaba la segunda guerra mundial. Las mieles de España perdieron de a poco su dulzura en las manos del general Francisco Franco, quien con su movimiento fascista le robó a la península ibérica la esencia misma de una vida en libertad, y a los primos hermanos de don Roberto, una herencia que les había tomado más de dos siglos levantar. Aquella descendencia del tío que le había abierto el camino a su padre, vivía ahora un estado de hambruna y terror que le hacía deambular a él por la noche intranquilo, hasta que decidió retribuir lo que sentía deberles. En una mañana de mayo, 38

En cuestión de segundos rodeado de un sol brillante y el canto de cien pajarillos en el aire, le anunció a su esposa que se iba a España: «Preparará la casa, que me los traigo a todos», le dijo. Con pasaporte diplomático en mano, conseguido gracias a la estrecha amistad con el entonces Presidente de la República, y una maleta llena de sobornos, regresó a la tierra que vio nacer a su padre y que ya no guardaba parecido con los recuerdos de sobremesa que durante años le oyó contar. No le tomó más que un par de semanas poder comprar la libertad de aquellos desvalidos que esperaban impacientes la oportunidad de tomar el navío hacia el nuevo mundo, y que aunque ya no era tan nuevo, se les ofrecía como la única posibilidad de nacer otra vez sin haber muerto. De los veintitrés parientes regresó con veinte, y todos encontraron, con la ayuda de aquel primo hermano salvador y la democracia de una Costa Rica que apenas florecía, la coyuntura necesaria para rehacer sus vidas. Los que no subieron a la travesía se quedaron creyendo que pronto vendrían mejores días y que la fortuna robada sería justamente reintegrada; nunca más se volvió a saber de ellos. Gloria Jiménez entendió, desde niña, el regalo milagroso de la bondad y en manos de su padre aprendió a no juzgar a los demás por lo que ya tenían sino por lo que podían llegar a tener. «El éxito de un hombre no solo depende de su esfuerzo y su trabajo», le enseñaba don Roberto al tiempo que donaba una veintena de casas en Cartago. «Todos necesitamos de un poquito de suerte y del empujón desinteresado de alguien que está mejor que uno», continuaba mientras un grupo de empobrecidos lo abrazaba en agradecimiento. Su enamoramiento con Ignacio Beltrán pareció espontáneo, pero con el paso de los años descubrió que había sido un movimiento calculado para asegurar, en los envases de su padre, un pote necesario para comercializar el preciado fermento de su marido. A pesar de que lo amaba mucho, sabía en el fondo de su corazón que 39

Abraham Stern el amor de Ignacio guardaba más reposo en aquellas botellas que en la compañía incondicional que ella a diario le prodigaba. En Gloria Jiménez de Beltrán sí germinó ese afecto maternal innato, y desde el primer día recibió a Ricardo como a un segundo hijo. En esa compasión que heredó de su padre, ella sí pudo desprenderse de las estirpes, albergándolo no por lo que era sino por lo que podía llegar a ser. Fue la propia doña Gloria quien sermoneó a su marido horas antes de la boda, al punto que amenazó dejarlo si seguía con aquellas posturas feudales e ingratas. A diferencia de su marido, entregó a Daniela en el altar con semblante de orgullo y felicidad, en homenaje póstumo al hombre que la vio nacer y le dejó la semilla de una sencillez esperanzadora. —Ya está bueno —intervino Daniela—, dejen de hablar tantas tonterías que vamos a perder el vuelo. Ricardito, vaya dele un beso bien grandote a papá. —Véngase mi campeón y me da un abrazo de oso —le dijo Ricardo con ganas de no soltarlo—. Hágale caso a mamita y no vea mucha tele. Luis Ricardo respondió con su cabecita y se aferró al abrazo pensando que todavía había tiempo para que papá se les uniera al recorrido. —Ven con “tito” —pidió inocente. — Papito tiene que trabajar —contestó. —Te “quiedo” papito —dijo el niño finalmente. Aquel apretujón de brazos lo hizo pensar en sus padres y un escalofriante recuerdo le inundó todo el cuerpo. Le tocó a la tía Catalina buscar a Ricardo entre los pasillos universitarios para llevarle la noticia. Sin aviso previo, un golpe de infortunio les 40

En cuestión de segundos había arrebatado la vida antes de que pudiesen hacerse viejos. El conductor de un camión de carga se durmió sobre el volante y los embistió de frente. Juntos presenciaron cómo liberaban los cuerpos lacerados de entre un amasijo de metales y eran llevados a la medicatura forense para el análisis de rigor. El patólogo que los recibió en la morgue judicial no tardó en reconocer a aquel joven que hacía algunos años se hacía visitar con un joven psiquiatra y con más humanismo que protocolo le permitió pasar a la sala de examen. A escasos quince metros de las mesas de acero inoxidable, Ricardo vio cómo el bisturí se adentraba en los cuerpos inertes de aquellos padres con quienes en la mañana había compartido el desayuno y de quienes había aprendido todo en la vida. Lloró como nunca antes y cuando ya no pudo derramar más lágrimas, siguió llorando en seco. Con los ojos enrojecidos e hinchados y con el olor a muerte en sus fosas nasales, observó con dificultad al doctor que le había permitido acompañarlos y escuchó su tenue voz explicando lo inexplicable: —Siento mucho tu pérdida —le dijo apesadumbrado—. Sé que no hay nada que pueda hacer para aliviarte el dolor que sentís, pero debés saber que tus padres no sufrieron, la muerte fue instantánea. Ricardo escuchó las palabras sin que le causaran efecto alguno, se levantó de la silla y se acercó a los dos cuerpos cubiertos por un par de bolsas negras, las abrió con una extraña serenidad, miró por unos instantes sus rostros pálidos, y le regaló a cada uno un último beso en la frente. Con el mismo sosiego cerró las coberturas, le dio un abrazo de agradecimiento al médico y salió lentamente del aposento. El funeral fue como cualquier otro, triste, solemne y con una mezcla de sentimientos que no encontraban refugio en los cientos de abrazos que pretendían consolarlo. El dolor de la partida lo acompañó por siempre y a partir de ese día se colgó del cuello un amuleto de plata algo abultado, en el que portaba una 41

Abraham Stern foto de antaño con sus rostros; de esa forma los recordaría a diario y los llevaría más cerca de su corazón. —Ahora le toca a usted suegrita —dijo Ricardo tambaleante y con sus ojos humedecidos—, véngase para acá y me da un buen abrazo. Doña Gloria soltó por un instante su maletín de mano y se le acercó con autenticidad. Aferró la cabeza de su yerno con sus manos y le impregnó un beso en la frente, como la madre que bendice. Ricardo palpaba el cariño sincero que recibía y la abrazó como a su propia madre. —Cuídemelos mucho —comentó—, y no deje que gaste mucha plata en shopping... —Eso va por mi cuenta —interrumpió cariñosa—. Si te da tiempo pasá a visitar a Ignacio, que no soporta quedarse solo. Ricardo asintió sabiendo que esa visita nunca se daría. El estruendo de una sirena emanaba de la grúa policial que rondaba los alrededores, interrumpiendo una despedida que ya llevaba varios minutos de más. —Apúrense que nos van a terminar poniendo multa —advirtió Daniela. A pesar de que solo se ausentarían por unos días, Ricardo ya los empezaba a extrañar y sabía que un silencio macabro lo acompañaría en la soledad de una casa que sin ellos perdía toda importancia. Sin poder evitar lo inevitable, se acercó a Daniela, la abrazó afanadamente y la besó con ternura. Sintió la huella que dejaba la pintura de sus labios y dejó que se le filtrara por los poros de su piel. 42

En cuestión de segundos —Pásenla bonito —gritó mientras se alejaba buscando el asiento de aquel coche que ya no quería conducir—. Me llamás apenas lleguen al hotel. ¡No se te olvide comprarme las corbatas... Los amo! Ya frente al volante, vio cómo sus cuerpos se perdían entre la muchedumbre, extrañándoles aún más. Suspiró un par de veces tratando de recuperar la compostura y se alejó cabizbajo. Sin haber rodado siquiera quinientos metros notó el sonido de su celular que advertía una llamada, «se les habrá olvidado algo», pensó. Se detuvo unos segundos para activar el manos libres y contestó, algo decepcionado al percibir la voz de su recepcionista. —Buenos días, don Ricardo —le dijo Karla como de costumbre—. Don Carlos y don Felipe necesitan reunirse urgente con usted. —Dígales que tengo una inspección en la casa de don José y que llego a la oficina a eso del mediodía. —Perfecto —asintió ella—. Ya les paso el recado. 43

V Luego de una mañana algo crispada y con un hambre que pedía a gritos un bocadillo, Ricardo ingresó a su oficina con familiaridad. Sobre la mesa de reuniones, impecablemente vacía, sobresalían las medias desgastadas de Felipe quien apoyaba sus gordos pies con relajo. A su lado Carlos lanzaba hacia el basurero un puñado de papeles con mala puntería. Su oficina nunca permanecía cerrada pero el abuso permanente de sus socios lo estimulaba a ponerle candado. —¿Cuál es la urgencia? —preguntó Ricardo—. ¿Perdimos algún cliente grande? ¿Se nos cayó algún edificio? ¿Qué pasó? Una mirada amenazadora les advirtió a ambos que reprochaba lo que hacían, Felipe bajó los pies de la mesa y Carlos se levantó a recoger la veintena de papeles arrugados del suelo. —¿Quién habló de urgencia? —preguntó Carlos con sospecha—. Esta no es una reunión de urgencia, es una reunión de ¡necesidad! ¿O acaso no sabés cuál es la diferencia? Ricardo no entendía la dirección de esas palabras. Tratando de evitar una sorpresa, meditaba mientras se acomodaba en una de las sillas, tomó el teléfono y le pidió a Karla su almuerzo. 44

En cuestión de segundos —Hablando de Karlita, le has visto las piernas. Parece una gacela. Estoy por pedirle que me acompañe a hacer una inspección de obra y una prueba de estructuras —continuó Carlos mientras se agarraba afanosamente los genitales. —No se te ocurra meterte con Karla —exclamó Ricardo—. Las tres últimas recepcionistas se fueron por tus inspecciones de obra, ¡cabrón! Además, ¿cuántas veces te tengo que decir que no debés andar manoseando la planilla? —Tiene razón Ricardo —intervino Felipe—, con la nueva ley de acoso sexual hay que tener más cuidado. —Tranquilos, son solo ideas al aire —replicó Carlos sabiendo que el tema no lo llevaría a nada. El crujido que emitían las bisagras de la puerta principal interrumpió el parloteo. —Discúlpenme —dijo Karla, sosteniendo una pequeña bandeja con un plato recalentado de pasta y un fresco de moras espumeante. Sin decir palabra, cruzó cuidadosamente el aposento y acomodó la vianda frente a Ricardo. Sin hacer mucho ruido se marchó, percatándose de la mirada perversa de Carlos. —Ahora sí, ¿me pueden explicar cuál es la urgencia? —preguntó Ricardo con su boca a medio llenar. —¡Necesidad! —corrigió Carlos nuevamente. —Bueno, bueno... entonces explíquenme ¿cuál es la fucking necesidad? —repreguntó molesto. 45

Abraham Stern —En vista de que estas sin la mujer, hoy en la noche vamos a tener el honor de llevarte a una de nuestras escapadas de puro sexo y finalmente vas a poder matar esas necesidades que te tienen tan amargado —contestó Carlos. —¿No me digás que el poco hombre de Ricardo nos va a acompañar? —preguntó Felipe con cierta incredulidad. —Suave, suave... —dijo Ricardo defensivo—. El huevón de Carlos me dice virgo y el gordo de Felipe me titula de poco hombre. La mirada aguda de Ricardo se dirigió a los ojos de Felipe quien algo amedrentado la regresó de reojo. —Yo no soy el que ando de burdel en burdel porque es la única forma de que una mujer soporte semejante barriga —continuó. Sin perder de foco a Felipe, sus ojos se desplazaron hacia Carlos, quien esperaba el inevitable ataque. —Y tampoco me alimento de putas para saciar el ego de un enano mal querido —concluyó con furia. La reacción no tardó en llegar y ambos estallaron en una carcajada sarcástica. Ricardo no reconocía si su molestia nacía del propio irrespeto o de la reacción irónica a sus palabras. Por otra parte, ya entendía la razón de la convocatoria y ahora se tambaleaba entre sus principios y esa presión social que lo invitaba a hacer algo que no quería. En la debilidad de sus instintos, su mente escudriñaba ahora una escapatoria honrosa. En la búsqueda de la respuesta logró detener el tiempo. Rápidamente descartó a Carlos, quien con su agudeza hubiese resultado un rival impenetrable y se enfocó en Felipe, pensando que en él encontraría un campo de batalla más accesible. A pesar de sus esfuerzos la charada continuó 46

En cuestión de segundos y se autorreprochó por tener que jugar ese juego del que no quería participar. —Ya sabés lo que dicen de los enanos, mi querido Ricardo —replicó Carlos formando con el dedo pulgar e índice de su mano la imagen de una pistola—, ¡mucha mecha para tan poca dinamita! —... Y yo regordete pero con los huevos bien cargados de triglicéridos —apuntó Felipe equivocadamente. La observación resultó tan retorcida que los tres enmudecieron por unos segundos. Felipe González era un bonachón con más penurias que glorias. Vivía rodeado de amigos que se le juntaban para burlarse de sus evidentes carencias físicas. Tímido por naturaleza, de verbo truncado que generaba pocas ideas, sin saberlo era el hazmerreír de quienes lo acompañaban. Su cuerpo inmenso se desbordaba en casi trescientas libras que pretendía esconder sin éxito en una estatura igualmente desproporcionada; su amorfa figura hacía recordar a los elefantes de circo que se paseaban por las calles pueblerinas anunciando un espectáculo que todos querían ver, pero sin atreverse a pasar un minuto a solas con aquel gigantesco animal. Comedor insaciable que devoraba cuanto se le pusiera al frente y dejaba los platos tan limpios que ni siquiera hacía falta pasarles una lavada; de sus poros brotaba permanentemente un molesto sudor como anuncio de que su cuerpo no soportaría más abuso y que pronto le cobraría tanto exceso. Su soltería era el resultado lógico de una figura maltratada que espantaba incluso a las mujeres más feotas de la ciudad y quienes, a pesar de sus carencias, aspiraban a un mejor pretendiente. En las mujerzuelas de Carlos, Felipe había encontrado escape a sus alteraciones corporales y recurría a ellas en busca de unos minutos de sexo que de otra forma le hubiesen resultado imposibles. Empero, tenía la habilidad innata por las matemáticas, probidad que logró perfeccionar al 47

Abraham Stern grado de convertirse en un genio a la hora de elaborar presupuestos. Su ingreso en la constructora fue el resultado de una agobiante insistencia de Carlos, que terminó por convencer a Ricardo para que lo recibiera. Comenzó trabajando como un asalariado de alto nivel, pero con el paso de los años y por la presión de Carlos, acabaron por hacerlo socio con un diez por ciento de las acciones de la empresa. El porcentaje no representaba mayor poder de decisión de su parte pero al menos le daba un cierto sentido de pertenencia y con ello, se evitaba que aquel pródigo matemático buscara casa ajena para hacer sus diabluras numéricas. Su relación con Ricardo fue siempre algo rezagada y a pesar de los años que llevaban juntos, nunca llegaron a entablar una verdadera amistad. —Bueno caballeros, a lo que vinimos —reasumió Carlos—. ¿Cómo nos vamos a organizar para hoy en la noche? —No hay nada que organizar —explicó Felipe—. Como de costumbre Carlos alquila el carro... —¿Cómo que alquilar carro? —interrumpió Ricardo buscando una explicación a algo que le resultaba ilógico a todas luces. —Sí hombre, no ves que en el lugar no hay parqueo y tenemos que dejar el carro en media Avenida Segunda “—explicaba Carlos como el general que alista a su tropa antes de la emboscada—. Se imagina que pase algún conocido y reconozca el carro de alguno de nosotros frente a semejante putero. ¡Se nos acaba la vida ahí mismo! Ricardo no podía procesar tan repentina información y fruncía el ceño de tal manera que se le llenaba la frente de arrugas que no llegaban a ninguna orilla. Su intriga era tan vasta como un barco a la deriva que no logra divisar el puerto de su arrepentimiento. «Avenida Segunda, carros alquilados, puteros... ¿A quién se le pueden ocurrir semejantes ideas?», pensó preocupado. Ante el 48

En cuestión de segundos dilema, trataba de concebir una escapatoria honrosa y justificada, de esas que no permiten respuesta al más audaz chismoso. En su búsqueda se encontró a ese diablillo perverso que todos cargamos al hombro, susurrándole un centenar de razones para llevar adelante sus malvadas intenciones. «No seas pendejo, demuéstrales de qué estás hecho, eres más hombre que los dos juntos. ¡Anímate!», percibía imaginariamente en su tímpano izquierdo. A escasos centímetros, el ángel de las buenas obras que se asentaba seguro en su hombro derecho, le rebatía una a una sus debilidades, y le murmuraba centenares de propuestas para compensar su lujuriosa anemia. «No seas cobarde, mantente fiel a tus principios, la hombría verdadera está en la rectitud. ¡Aléjate!», escuchaba como magia a su diestra. El bien y el mal se debatían en una contienda de buenos argumentos que le hacían imposible inclinarse en favor de uno u otro. Ante el empate inapelable, sucumbió débil a su instinto animal, ese que no reprocha ni juzga y que lo acompañaría reservado e indiferente en el camino finalmente elegido. —¿Alguna otra información que necesite saber antes de tomarme un calmante para controlar los nervios? —preguntó Ricardo. —No, tranquilo —contestó Carlos—, el resto es cortesía de la casa. Los condones te los regalan las hembritas y lo único que nosotros tenemos que hacer es pagar el guaro y los ciento cincuenta dolarcitos para poder meterla. —¡Nada de condones, ni de meterla! —exclamó incómodo. —Felipe, por qué mejor no te llevás a este desahuciado a la misa de las seis —apuntó Carlos. —No, en serio. Dejen de andar fastidiándome. Si voy con ustedes es para pasármela bien pero no me presionen para que haga 49

Abraham Stern cosas que no quiero... Ustedes a lo suyo y yo a lo mío. Si no, me les zafo —terció Ricardo suplicando. —Tranquilo Ricardo, ya te dije cincuenta veces que ahí cada quien hace lo que le da la gana. Nadie te va a forzar a nada. Relax my friend —concluyó Carlos con un inglés criollo mal acentuado. Sin haber hecho nada ya se sentía perruno, miserable, avergonzado. La doble moral que jugaba no mezclaba bien con las buenas costumbres que le inculcó aquella madre que no lo vio nacer pero que parió junto a él cada una de sus noches de angustia, y su indiferencia intoxicaba la sangre distinta de aquel padre que durante años le curó sus temores con anticuerpos reconfortantes. «¿Qué pensarían de mí si estuvieran vivos?», cavilaba en el acertijo de su yo íntimo al tiempo que un timbrazo del teléfono desenredaba momentáneamente su sombra atrincherada. Confundido en sus malabares presionó accidentalmente el altavoz. Disculpe que los moleste don Ricardo pero es la señora Daniela de larga distancia —dijo Karla algo apenada. Páseme la llamada por favor. Sin fuerza ni reacción se percató tardíamente de la escucha compartida y con ademanes advirtió un toque de queda obligado. Carlos y Felipe sellaron sus labios y presenciaron estáticos la conversación. —Sorry que te interrumpa —dijo Daniela a la distancia—, pero quería avisarte que ya llegamos al hotel. —Te tengo en el speaker —advirtió Ricardo en procura de evitar alguna palabrota—, es que estamos en reunión de socios. ¿Qué tal el vuelo? 50

En cuestión de segundos —Bastante tranquilo, solo que a Luis Ricardo le dolieron como siempre los oídos —relató—. Estamos en la habitación doscientos cuatro. ¿Me llamás en la noche? —Recordá que hoy tengo la cena de negocios con don José y eso va para largo —mintió avergonzado—, mejor te llamo mañana temprano. —Con suerte y no te toma tanto tiempo. Si no llegás muy tarde nos hablás —insistió Daniela—. Si no, de fijo nos hablamos en la mañana. —Bueno mi vida, un besote a todos. —Te amo —concluyó ella—. Saludos a todos en la oficina. La llamada había quedado atrás con esa resonancia repetitiva que advertía el fin de la comunicación. Sin percatarse, dejó abierta la línea como queriendo retomar una conversación honesta, pero el retintín quisquilloso le hizo caer en cuenta de que la sinceridad había sido burlada por una farsa que recién florecía. En la indiferencia de un pecado cometido reiteradamente, Carlos y Felipe se entrelazaban sus manos en una chota que ya se les había hecho costumbre y que no hacía gracia. La mentira era tan habitual que ya ni notaban la diferencia, y terminaban creyendo lo que era falso y desvirtuando lo que era verdad. —Gorda, eres el amor de mi vida —le decía Carlos a Felipe con timbre afeminado. —Lo sé puchito —susurraba Felipe en reciprocidad. —Ya me tienen harto con tanta jodedera —reclamó Ricardo encrespado—. No puede ser que todo se lo tomen a chiste. ¿Me pueden decir de una vez por todas cuál es el plan? 51

Abraham Stern Carlos notó finalmente que se había sobrepasado y se enfocó para mantener el resto de la charla en un ámbito respetuoso. Trató de separar su mano de la de Felipe pero la gordura de sus dedos generaba un efecto de vacío que las succionaba. «Soltame ya, gordinflón», se le escuchó, mientras Ricardo observaba sin poder pasar por alto la diferencia abismal en el tamaño de sus manos. —Es muy sencillo —contestó Carlos ya liberado de aquella manota—. Te paso a recoger a las nueve de la noche y luego nos topamos con Felipe aquí en la oficina. No llevés mucho efectivo, nada de tarjetas de crédito y, por el amor a D-os, no se te ocurra llevar el celular. 52

VI Aquella noche de agosto resultó particularmente lluviosa para una ciudad acostumbrada a mañanas bien radiantes seguidas de un cielo que lentamente se iba recargando de nubes borrascosas, y que a eso de las dos o tres de la tarde reventaban en un diluvio descomunal que no duraba más de sesenta minutos. Ese miércoles amaneció con una leve llovizna, la tarde fue horriblemente acalorada, con cielos despejados que mostraban el contorno semirredondo de una media luna, y en la noche sobrevino un verdadero acantilado de agua. Carlos conducía un pequeño sedán color azul metálico, algo maltratado, de esos que se veían por cientos a lo largo de la pequeña ciudad. A su lado, Ricardo observaba silencioso el aguacero y pensaba que se podía tratar de una señal divina, advertencia furibunda de las consecuencias de una noche que no debía estar sucediendo. En la parte trasera, Felipe trataba infructuosamente de acomodarse en un espacio estándar pero que a él le apretujaba la existencia. Sus movimientos en procura de un poco de confort no cesaron durante todo el trayecto y su cara denotaba el sufrimiento de casi media tonelada de cuerpo apretujada en una lata de sardinas. Los tres vestían similares ropajes; jeans vaquero azulado, la camisa de punto larga arrollada por las mangas y las faldas a la deriva tratando de ocultar el paso y peso de los años. 53

Abraham Stern Desde la radio se modulaba una pieza de rock de los años setenta, ya desgastada, pero que los regresaba a aquellos años de juventud nunca olvidados y los hacía tararear melodías avejentadas. Ricardo recordó sus viajes de infancia al “puerto” y revivió la escena de sus padres canturreando a galillo esa pieza de un tal Armando Manzanero que llevaba por título “Somos Novios”. Cuando la escuchó por primera vez le pareció anticuada e ingrata a sus oídos, y sintió algo de pesar por ver la algarabía que les provocaba, pero una treintena de años después se reflejó instintivamente en ellos y entendió que la pieza que ahora entonaban, se les hubiera hecho igualmente ingrata y anticuada a los muchachitos de turno. «¡Como te ves me vi, como me ves te verás!», pensó con algo de nostalgia. —Ahora sí papá... ¿listos para una noche de sexo, sudor y lágrimas? —preguntó Carlos. —El que va a lagrimear soy yo, no te das cuenta que no entro en este carrito de mierda —dijo Felipe con evidente dolor—. No he llegado al antro y ya tengo los huevos por la garganta. ¿No podías alquilar algo más grandecito? —Traté, pero ya tenían alquiladas todas las grúas. ¡Eso te pasa por gordo! —contestó. Ricardo permanecía mudo y miraba el goteo incesante de la lluvia. Su cuerpo estaba allí con ellos pero su mente distante, extraviada. Se reclinaba en el asiento como aquel niño de primaria que ante la pregunta ignorada que hacía la maestra, se momificaba encogiendo todos sus músculos en busca de pasar inadvertido. Carlos notó el distanciamiento y trató de romper un hielo que ya se tornaba denso. —¿Y a vos qué te pasa? Parece que viste a un muerto —exclamó. 54

En cuestión de segundos —Dejalo en paz —intervino Felipe en defensa de Ricardo—. Está nervioso. —Ustedes dos me van a terminar matando. Mejor me regresan a casa que me siento muy incómodo con todo esto —apuntó Ricardo pesaroso. —No seas tan pendejo, ya solo estamos a tres cuadras y no pienso regresarme con este torrencial —le recordó Carlos. Ricardo devoraba sus uñas y el borde ya mostraba la carne viva. Se sentía como un extraño ante dos viejos conocidos y su corazón latía con pulsaciones silenciosas pero afligidas, rítmicas pero descoordinadas, fluidas pero llenas de un extraño vacío. —Viejo, en serio..., por favor llevame de regreso. La doña piensa que estoy cenando con uno de mis mejores clientes y en su lugar ando a escondidas con ustedes. Ni siquiera la llamé a ver cómo estaba —recordó acongojado. —¡Ojos que no ven, corazón que no siente! —citó Felipe el viejo refrán en procura de resolver la intriga—. Ya dijiste que solo venís a ver, y eso no tiene nada de malo. Imaginate que alquilaste una porno y la estás mirando en casa. La comparación no le resultó odiosa. Cuántas veces no gozó un manojo de cintas rojas como un escape a sus mundanas necesidades y cuántas otras no recurrió a una gratificación pasajera pero agradable. La estadística de tales encuentros había perdido sentido desde hacía años y no lo agobiaban como ahora. La tranquilidad le regresó al cuerpo y lentamente recuperó el color en la tez pálida. —Sí, hombre, no arruinés la noche —acusó Carlos—. No has hecho nada malo y ya tenés goma moral. Quedate por lo menos un rato y si no te gusta, agarrás un taxi y te devolvés a la casa. 55

Abraham Stern —No te angustiés tanto y disfrutá un rato —reafirmaba Felipe, quien se sentía asombrado de su elocuencia—. Ya sabés lo que dice el dicho, “embarrado el dedo, cagada la mano”. La taquicardia regresó. Le resultaba increíble que una misma persona tuviera la capacidad de serenarlo con un par de palabras y segundos después mortificarlo nuevamente con otro estribillo desentonado. La incandescente luz de un rótulo de neón que parpadeaba una gama de colores pastel, le robó la atención por un instante, y le hizo caer en cuenta de que había llegado a su destino y peor aún, que sus arrepentimientos serían ahora doblemente ignorados. La confrontación con esa realidad que había tratado de evitar por horas lo liberó de sus remordimientos y finalmente decidió vivir el momento sin autocensurarse. En el cristalino de su ojo se percibía el contenido del colorido epígrafe que anunciaba la bienvenida al “PINK PARADISE”. «Al menos el nombre lleva ingenio», pensó en sus adentros. El turbión hacía difícil precisar lo que ocurría en sus alrededores pero Ricardo pudo distinguir no menos de diez carros estacionados al frente del lugarejo y, con ese morbo natural que llevamos dentro, hizo un esfuerzo consciente por tratar de descubrir si uno de ellos le pertenecía a algún conocido. El ejercicio le trajo un nuevo desaliento, «¿qué pasa si me topo con uno de ellos?», se preguntó sabiendo que la duda carecía de importancia; fuera quien fuera estaría igual que él, disfrutando en el anonimato y con una memoria tan estrecha que su nombre sería rápidamente ignorado y olvidado. Sin haberlos visto venir, tres dependientes del escondrijo, vestidos todos con pantalón negro, camisa blanca y un corbatín rojo encendido, abrieron simultáneamente las puertas del vehículo 56

En cuestión de segundos cubriéndolos con gigantescas sombrillas a salvo del constante goteo que aún bajaba del cielo, y avanzaron con ellos hasta alcanzar un pequeño toldo improvisado que cubría la entrada. En el pequeño trayecto, Ricardo olvidó sus congojas y empezaba a disfrutar su atrevimiento. De inmediato reconoció una pista sonora de la película “Del Crepúsculo al Amanecer”, que había memorizado desde la primera vez que vio la cinta y que repetía con buen ritmo —No que no —dijo Felipe asombrado del recital—. Ni siquiera hemos entrado y ya te siento ambientado. —Apuesto lo que sea que no entendés ni una palabra de lo que acabo de decir —le inquirió Ricardo. —¡Qué voy a entender nada! —contestó—. ¿Acaso yo vine a oír música? Ricardo no tardó en tratar de explicarle el argumento de la película; como conocedor de cine lo ilustraba con la intención de que entendiera el significado de lo que acababa de cantar. Después de un par de minutos notó que Felipe perdía interés y se fue directo al grano: —Resulta que los tipos llegan a un antro como este pero en México y el anfitrión, interpretado por “Cheech Marin”, les da la bienvenida con esa pieza que acabás de escuchar. —¿Y de qué trata? —preguntó Felipe. —Pues el hombre está en la puerta del lugar tratando de convencer a los hombres para que entren al Night Club —le explicó Ricardo— ...Y recita toda una colección de diferentes tipos de coños: blancos, negros, amarillos, calientes, fríos, mojados, apestosos, peludos, sangrientos, que crujen... 57

Abraham Stern —¡...Y yo que pensé que estaban hablando de gatitos! —exclamó Felipe con una carcajada. Sobre la entrada al Pink Paradise, se postraba una enorme pérgola curveada de concreto revestido con un centenar de tiras flexibles de luces led que atrofiaban la mirada. Desde el fondo, dos faroles estroboscópicos emitían miles de destellos por segundo que daban la sensación de movimientos en cámara lenta, creando en conjunto una impresión surrealista que terminaba por confundir al resto de los sentidos. En tal barullo visual se hacía difícil distinguir los rostros de quienes ansiosos formaban una pequeña hilera para pagar el derecho de admisión. La voz de uno de los dependientes interrumpió aquel derroche de efectos visuales. —Don Carlos, don Felipe, qué gusto volver a verlos. Veo que traen a un nuevo amigo —dijo cordialmente el gerente del lugar mientras les condonaba la fila y los hacía pasar en directo, sin necesidad de tanto protocolo. —Buenas noches, Octavio Artavia para servirle —dijo Ricardo en un intento por proteger su identidad. —¿Octavio qué? —pregunto Carlos consternado—. No seas tan ridículo, Jaime es de lo más discreto. Aquí las únicas que usan nombres falsos son las chicas, no los clientes. Además te conviene conocerlo bien. Él es el toro que más mea en este lugar y siempre nos da un trato especial. Ricardo no podía creer lo que estaba escuchando y con sus dos manos se cubría la boca haciendo un gesto de desaprobación con su cabeza. Quería pasar desapercibido y de buenas a primeras lo anunciaban dejando desnuda su personalidad. —Jaime, este es mi socio Ricardo Galán —continuó Carlos—. Las disculpas del caso pero es nuevo en estas aventuras. 58

En cuestión de segundos Jaime, quien acumulaba más de veinte años en ese oficio, entendía bien la naturaleza de su trabajo y manejaba a la perfección los seudónimos de la distinguida clientela. Durante su largo trayecto, había hecho pasar por moldeados a un centenar de adolescentes que, sin siquiera haber cumplido los quince años, se paseaban por los corredores con el pecho envalentonado como cualquier adulto. En contraposición, otro tanto igual de abuelos ya bien consagrados, encontraban en él la pubertad que renegaban esos mismos chiquillos mágicamente agrandados y que los hacía sentir, aunque fuese por solo un par de horas, como niños de barrio en busca de su primer lance. Dentro de sus parroquianos se levantaba una larga lista de hombres casados, algunos que, como Carlos, nacieron sin morbo, y muchos otros que resguardaban sus rostros bajo el anonimato. En su elenco se presentaban igualmente varones que lo visitaban en vísperas de sus nupcias y en busca de una despedida memorable a una vida a la que ya nunca más tendrían acceso, pero que con el paso de los años, los hacía regresar con más pena que gloria. En el callo áspero de su amplia experiencia no existía cuento alguno que lo sorprendiera y los aceptaba sin cuestionamientos. —Tranquilo don Octavio —le dijo Jaime a Ricardo con tranquilidad—, aquí adentro cada quien se llama como quiere, hace lo que quiere y cuando salen, dejan su nombre y lo que hicieron en el olvido. Pasen adelante que Candy los va a revisar. Frente a ellos, una hermosísima trigueña que difícilmente había cumplido sus veintidós, se mostraba tentadora con malévola inocencia. Su cabellera rubia de farmacia se mezclaba armoniosamente con el atuendo de fatiga que llevaba encima. Ricardo la examinó de pies a cabeza asombrándose de su evidente belleza. Sobre sus carnes vestía un pantaloncillo militar corto que combinaba a la perfección con las botas militares negras y la boina color vino de medio lado, acentuando unas espigadas piernas color 59

Abraham Stern canela. En su torso una camisa verde olivo, abierta hasta la boca del estómago, dejaba escapar sutilmente el encaje blanco de un pequeño sostén que no ofrecía resistencia a unos pechos torneados a punto de reventar. Sus delicadas manos esculcaban sutilmente el cuerpo de Carlos en un ficticio intento de palpar un arma oculta; Ricardo esperaba nervioso su turno. —A ver ricura, manos arriba y piernitas abiertas —dijo sensualmente. Ricardo obedeció en estricto acatamiento a las órdenes recibidas. Levantó sus manos, extendió sus piernas y palpó sobre su piel el tacto inquisidor de sus manos. El manoseo fue recibido con agrado y de igual forma, el tenue pellizco que sintió sobre una de sus nalgas ocasionándole un brincoteo. —Quieto, caballo, quieto —susurró la joven. La osada pesquisa continuó y sin aviso previo, la mano de ella se posó agradable sobre sus partes nobles apretándole ligeramente su sexo que ya empezaba a reaccionar. —¡Santa Cecilia, madre de D-os!–exclamó ella. Sin soltarlo un segundo y con cara de alarma, su otra mano tomó un walkie-talkie y se lo acercó a sus carnosos labios. —Acá cuarenta y siete a Alfa Zulú, acá cuarenta y siete a Alfa Zulú —repitió afanada. Tenemos un problema, sospechoso porta bazuca llena de municiones, repito, sospechoso porta bazuca llena de municiones. Ricardo perdió por un instante el hilo de lo que acontecía y miró un tanto extrañado a la joven militar, quien ante el asombro 60

En cuestión de segundos le sonrió sensualmente, no sin antes regalarle un tierno beso en su mejilla. —Es una broma cosita rica —murmuró—. Nos vemos adentro. Sus socios miraban a menos de un metro y disfrutaban a más no poder de la manoseada. Carlos, en especial, sintió un aire de orgullo y se reconfortó al pensar que había hecho un acto de bondad y que así liberaba finalmente a Ricardo de tantos años de represión autoimpuesta. —¿Qué pasó, don Octavio, no que solo venía a ver? —preguntó Carlos sonriente. 61

VII Allá, a muchos kilómetros de distancia, el viaje había resultado fatigoso para Daniela y doña Gloria y se vislumbraba en sus rostros desmejorados. Luis Ricardo dormía placenteramente al lado de una de las dos camas de la lujosa habitación. La televisión, situada en el centro de la recámara, transmitía en silencio un canal de dibujos animados y a su costado se amontonaban los residuos de una cena que no tuvo buena acogida. Doña Gloria, con una copa de vino tinto en mano y un cigarrillo en la otra, disfrutaba en el balcón de la luz de la luna que se mezclaba con la inmensidad del océano atlántico y una brisa caribeña relajante y acogedora. Daniela decidió tomarse una ducha en procura de una noche más fresca y salía del baño en una nube de vapor que rápidamente se diluía con la humedad ribereña que se colaba desde el ventanal. Su refinado rostro se escondía bajo una espesa máscara color espinaca que prometía diez años más de juventud y una primera impresión un tanto desagradable. Su cuerpo, aún humedecido, se abrigaba en una bata turca de fino algodón blanco que hacía juego con unas pantuflas. Su prestancia había visto mejores días pero perdían importancia en la comodidad de una compañía familiar con la que había compartido peores facetas. Observó con cierto orgullo el sueño tranquilo del pequeño y sin necesidad de ser convidada, tomó una copa vacía de vino, vertió sobre ella lo poco que aún quedaba y se sentó junto a su madre. 62

En cuestión de segundos —Finalmente se me durmió el enano —dijo Daniela—. ¿Desde cuándo volviste a fumar? —Solo cuando estoy de viaje y a solas —contestó doña Gloria—. Es uno de mis secretitos y de aquí no sale. La imagen de su madre con un cigarro en la boca le causaba un repudio que no podía ocultar y aunque en su juventud la vio fumar un centenar de veces, creía que ya lo había dejado. —Mamá, no soporto verte fumando —reprimió Daniela. —Ya te dije que solo lo hago ocasionalmente y no voy a permitir que me regañés por hacer algo que siempre he disfrutado —contestó—. Además, a tu padre lo ves fumando todo el día y nunca le reclamás. —Ya sabes que le tengo miedo —le recordó Daniela—. No comparés una relación con la otra. Doña Gloria sabía perfectamente las consecuencias de su debilidad, pero no le causaba gracia discutir el tema con una muchacha nacida en una época con valores y costumbres opuestos a los suyos. La explicación, fuese la que fuese, jamás hubiera sido entendida, ya que a pesar de que ambas compartían la misma sangre no iban a poder conjugar las diferencias de dos generaciones criadas con conceptos y prejuicios completamente distintos. «Si supieras que hace tan solo unos años la gente fumaba en los aviones y era bien visto», pensó para sus adentros. La idea le resultó agradable y se percató por un instante de cuánto extrañaba aquellos años. El fumado era inexcusable, tanto ahora como antes, y aunque lo sabía perfectamente, a doña Gloria no se le hacía tan grave el desliz y podía darse el lujo de practicarlo a hurtadillas. Durante su vida había tenido la desdicha de enterrar a un puñado de amistades que jamás tuvieron vicio alguno y a los que simplemente se les fue 63

Abraham Stern la vida porque así estaba escrito. Para ella, la de su generación fue una vida menos sana pero más sabrosa, menos informada pero más espontánea, menos estudiada pero más sorprendente. Era una vida menos calculada que la de ahora y donde la muerte se aceptaba sin retarla o desafiarla, sin pretender esa inmortalidad inexistente que las nuevas generaciones creían poder alcanzar a base de dietas, restricciones y cuerpos definidos. Inhaló fuertemente una última bocanada y dejó caer la colilla en un cenicero improvisado y, con la ayuda de unas gotas de vino, extinguió el vicio y el tema de conversación. —¿Te puedo hablar con confianza? —preguntó doña Gloria—. Así como de madre a hija, sin tapujos. —Por supuesto que podés, siempre has podido mamá —contestó. Daniela era una reconocida escuchadora social pero eso no significaba que les prestara mucha atención a los mensajes que recibía. Su madre sabía muy bien a quién tenía enfrente y la arrogancia de esa personalidad que quizás ella misma había generado. La tarea no se mostraba sencilla pero sí necesaria. —Vos sabés perfectamente que amo a Luis Ricardo como si fuera mi propio hijo... —dijo doña Gloría antes de ser interrumpida. Mamá, al grano, que ya van a ser las doce de la noche y estoy despierta desde las cuatro de la mañana. Un pensamiento invadió la memoria de doña Gloria. «Cuando vino al mundo empecé mi labor de parto a las cuatro de la mañana y terminé cerca de la medianoche —alcanzó a recordar—. Si supieras que esa noche perdí para siempre el regalo de ser madre otra vez.» Entonces, en una mezcla de recuerdos olvidados, 64

En cuestión de segundos revivió el terror de aquella noche. Siguiendo la recomendación de su ginecólogo, dormía recostada de lado apoyando el peso de un abdomen bastante abultado y con una almohada entre sus piernas, que le brindaba algo de soporte a una espalda que ya no podía cargar más peso. Una humedad extraña entre sus piernas la hizo despertar pensando que se había hecho pipí en la cama y avergonzada se fue al baño a cambiar de ropa interior. Ya más aseada, notó que un hilo líquido tibio aún chorreaba de su vientre y fue ahí que cayó en cuenta: «¡Se me ha roto la fuente!», exclamó emocionada. Despertó a un joven don Ignacio, quien en un principio no se percató de lo que sucedía y se rehusaba a abandonar ese sueño cálido en el que se acurrucaba. Quince minutos más tarde y en uno de los pocos Mercedes Benz que se conocían en aquellas tierras, salían en la oscuridad de una noche sin luna con rumbo a la Clínica Santa Rita, el único hospital privado de la ciudad que atendía partos en forma preferencial. Ya en el cuarto, con más ansiedad que comodidad, siguió lo que tenía que seguir: la bata celeste a medio cerrar que fácilmente dejaba al aire el trasero de la primeriza, el ardor agudo de la aguja abriendo el camino de la vía intravenosa, el rasurado obligatorio del vello púbico, el enema en procura de evitar accidentes intestinales y esas contracciones siempre dolorosas. Las siguientes horas se le hicieron eternas y no llegaba la dilatación necesaria para iniciar la labor de parto, mas sí el dolor, que aumentaba con cada segundo. Cada cuarenta y cinco minutos, el doctor repasaba el ritmo cardiaco y los otros signos vitales y, luego de la décima ronda, ordenó aplicarle unos mililitros de oxitocina que aumentaron en forma inmediata la intensidad y duración de las contracciones. Más minutos, más contracciones, más dolor, más de todo y nada; la espera era ya inmanejable. Cerca de las tres de la tarde, once horas después de haber ingresado al hospital, el galeno revisó nuevamente la dilatación de ese cuello uterino que se rehusaba a darle campo a una criatura que desde hacía rato ya debería haber nacido. Con esa amabilidad que solo se adquiere con los años de experiencia, 65

Abraham Stern levantó las sábanas que apenas cobijaban a doña Gloria y sin necesidad de decir palabra sus manos la guiaron a separar sus ya cansadas piernas. Un manto de sangre brotaba abruptamente de sus extremidades y otro de preocupación cubría el rostro del médico. Ella nunca olvidaría esa expresión de angustia y las palabras que le siguieron: «¡traigan la camilla y alisten el quirófano! —gritó el doctor—, ¡necesito operar de inmediato!» Tampoco olvidaría los minutos de zozobra, angustia y confusión que tuvo que soportar hasta que finalmente la anestesia la dejó inconsciente. Cuando despertó se sintió magullada, maltratada, disconforme. Las manos de su Ignacio acariciaban las suyas y escuchaba el retumbo de una voz lejana que se dejaba decir: «Gloria, tuviste una hermosa niña». Trató de levantarse pero le resultó imposible y un cansancio incontrolable la puso a dormir de nuevo. Pasó casi una semana en cuidados intensivos y otro tanto en aquel hospital que nunca más volvería a visitar. Cuando estuvo lista para irse a casa escuchó, con más dolor en su corazón que en su vientre, la explicación del médico, quien apenas tuvo el tiempo suficiente para salvarle la vida. «Tuviste un caso de placenta accreta —le explicaba—. Tu placenta se adhirió a la pared del útero y eso te ocasionó la pérdida excesiva de sangre. Después de que nació la niña, tuvimos que extraerla quirúrgicamente y extirparte el útero». Doña Gloria no sabía mucho de medicina, pero entendió en ese preciso instante que nunca más volvería a tener hijos. —Al grano entonces —dijo doña Gloria con un serio semblante—. Tenés demasiado consentido a Luis Ricardo. Ya tiene tres años y con costos habla. Todo el día quiere que lo estés alzando en brazos, se te pasa a la cama todas las noches y para dormirlo tenés que acostarte junto a él por una hora... Ya lo sé mamá —interrumpió Daniela—. Hemos sido muy suaves y a veces siento que no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo con él. 66

En cuestión de segundos Otra vez doña Gloria se sintió cómplice de esa confesión. Cómo iba a tener la menor idea de lo que se debía o no se debía hacer, si Daniela misma había sido criada en una esfera de cristal que la protegía de todo y todos. En su infancia compartió únicamente consigo misma todo cuanto quiso, y cuando eso no fue suficiente, tuvo a su disposición el monopolio de un padre y una madre que rara vez le negaron sus infantiles caprichos. Ese no saber qué hacer con su hijo llevaba nombre y apellido, y era una carga que acrecentaba su peso con cada una de las mimadas que lentamente atrofiaban la personalidad del niño y que se le mostraban a doña Gloria como una amonestación a sus propios errores de antaño. —Creeme que sé lo que sentís —dijo su madre—. No se trata de saber o no lo que estás haciendo. Los niños no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo. —¿Entonces de qué se trata? —preguntó Daniela. La respuesta ponía a doña Gloria en una situación que hubiera preferido evitar. Su semblante se sintió rígido y algo apretado. Un consejo sincero implicaba revelar un pasado oculto que para ella no tenía sentido pero que a don Ignacio se le hacía ingrato. «Daniela jamás se puede enterar de que no pudimos tener más hijos después de su nacimiento —advertía el padre cada vez que se trataba el tema—. No quiero que piense por un segundo que ella tuvo algo que ver con un problema que solo fue tuyo». El pensamiento equivocado de su marido nunca le hizo gracia y en su conciencia no existía razón alguna para secretear un simple accidente del destino y que en lugar de crear vergüenza o morbo, debían más bien ser tomados como lecciones de vida que amoldan mejor a las personas. A pesar de ello y con tal de no causar pelea, doña Gloria se fue tragando de a poco el secreto. Ahora, el mismo destino que en su momento le había jugado una mala pasada, le daba la oportunidad de enmendar más de un cuarto de siglo de un 67

Abraham Stern engaño absurdo y machista. Un fuerte impulso la tentaba a abrirse en completa sinceridad con su hija y otro tanto de aquel miedo a ese marido controlador, la encerraba nuevamente en una prisión emocional que se le hacía difícil de soportar. Respiró profundo, como quien sabe que se sumergirá más de la cuenta bajo el agua, y se dejó decir lo que ya no podía callar más. —Es más sencillo de lo que parece —dijo nerviosa—. Lo único que tenés que hacer es embarazarte nuevamente. —¿Y qué gano quedando embarazada? —contestó Daniela con una pregunta—. —De verdad que todavía sos una chiquilla —replicó doña Gloria con cierta frustración—. Luis Ricardo está como está porque sabe que toda la atención le toca a él solito. En el momento en que tenga un hermanito va a dejar de ser el centro de todos y va a madurar más rápido de lo que te imaginás. Creeme lo que digo. — Ricardo no quiere tener más hijos todavía. La última vez que le traté de sacar el tema terminamos peleados por varios días y la verdad es que él está muy enfocado en el trabajo como para andar pensando en más niños —le contó sin reparo—. Además, ¿qué sabés vos de hermanitos si a mí me criaron sola? Evidentemente, Daniela no sabía el dolor que ocasionaba con ese diálogo. Doña Gloria respiró hondo y con lágrimas en sus ojos le contó su historia, la misma que la había acompañado y que le partía el alma a diario. Fue así como finalmente Daniela escuchó aturdida el relato de la noche en que nació y de cómo su madre perdió para siempre la facultad de volver a engendrar de nuevo. En un principio sintió un extraño enojo por esa falta de sinceridad que le destrozaba el respeto que durante años le había tenido, pero la rabieta fue perdiendo fuerza conforme escuchaba los detalles y, de a poco, abrigó por las palabras de su madre esa compasión innata 68

En cuestión de segundos que solo brota en aquellas mujeres que han tenido la dicha de traer una vida al mundo. La perdonó antes de poder juzgarla y se solidarizó con ella sintiendo en sus entrañas un dolor compartido y un poquito de rencor contra ese padre que reiteradamente se mostraba frío, calculador e indiferente. A pesar del agotamiento de un viaje que ya acumulaba muchas horas, se preguntaron todo lo que se tenían que preguntar, reparando así el daño de un silencio que nunca debió darse, y luego hablaron un puñado de trivialidades. Ya con la idea de un nuevo hijo en su conciencia, Daniela le reveló a su madre la preferencia por una niña y hasta le confesó lo difícil que a ella se le hacía complacer a su marido en esas cosas raras que a él tanto le gustaban. —No son cosas raras cuando hay amor verdadero de por medio —le corrigió su madre, algo asombrada—. ¿Por qué nunca me hablaste de esto antes? —Me daba vergüenza —le confesó Daniela—. Además, papá siempre me hizo sentir que el sexo era algo prohibido. —No es prohibido Danielita —le dijo con un sentimiento de culpa en sus palabras—. Lo que sí es prohibido es lo que le estás haciendo al pobre de Ricardo. Entonces, juntas concibieron cómo rescatar aquella timidez sexual y volver a encender esa llama pasional que de alguna forma había quedado prisionera en las propias limitaciones que Daniela había impuesto. El primer paso sería comprar ropa íntima un tanto atrevida para despertar nuevos bríos y una hombría un tanto atrapada en la cotidianidad. El resto ya sería cuestión de tiempo, un par de gramos de esa infalible astucia femenina y un poquito de suerte. El planeamiento la hizo extrañarlo y se acordó nuevamente de él. «Qué raro que Ricardo no me haya llamado», se preguntó en 69

Abraham Stern silencio. Tomó el teléfono y le marcó con un verdadero deseo de oír su voz. Después de varios timbrazos un mensaje automatizado se dejó escuchar desde el auricular: «El celular al que usted ha llamado se encuentra apagado o fuera del área de servicio, por favor intente su llamada más tarde». No le dio mayor importancia al fallido intento, se fue directo al baño, tomó una de las tres pastillas anticonceptivas que aún le quedaban, a sabiendas de que serían las últimas que tendría que ingerir. Volvió donde su madre y se durmió junto a ella, como cuando era niña. 70

VIII E l interior del Pink Paradise resultó ser menos ordinario y estrecho de lo que se podía prever. El piso, cubierto de una alfombra marrón con un lineado negro, ya mostraba cientos de pequeños agujerillos producto de las colillas de cigarro que terminaban ahogadas entre la suela de sus fumadores. Los espejos que cubrían todas sus paredes, hacían imposible descifrar en dónde comenzaban y terminaban sus espacios, dando la impresión de que el lugar no tenía fin alguno. A pesar del evidente olor a un aerosol desinfectante de baratillo, sobresalía un tufo extraño que mezclaba en un solo respiro el recuerdo de un cenicero añejo con la humedad de cientos de tragos desperdiciados que terminaban colándose en las fibras de un tapete que ya pedía cambio. Una luz tenue, que permitía apenas ver lo suficiente sin necesidad de revelar más de la cuenta, envolvía la poca claridad de un antro que escondía el arduo trabajo de una treintena de chiquillas sin otra forma de ganarse la vida, y el pecado de un centenar de machos agrandados que ocultaban su equivocada hombría en la penumbra. Ricardo inspeccionó visualmente el entorno y recordó la descripción precisa que Carlos le había compartido hacía tan solo unos días; se trataba de un relato hablado en donde no se dejó de lado ningún detalle. Lo primero que le saltó a la vista fueron las tres pistas de baile a unos cuarenta centímetros del suelo, situadas estratégicamente para que todos pudiesen ver el show, sin importar la butaca que les tocara. La primera y más grande de ellas se extendía en el centro 71

Abraham Stern del local y las otras dos en cada uno de sus extremos. Un tubo vertical cromado que guardaba en su brillo las huellas dactilares y el sudor de las chicas que recién terminaban sus bailes, surgía de cada una de las pistas dando la impresión de nacer de la tierra misma y terminar en los bordes del cielo. La tarima central se mostraba vacía pero dejaba la impresión de que era allí donde se desarrollaban los espectáculos más selectos, aquellos por los que realmente se pagaba un derecho de admisión. Igual suerte corrían sus mesas más cercanas, las cuales exponían una desocupación extraña y un rótulo de reservado para una manada de favorecidos. En ambos extremos, se escuchaba una música ruidosa y de géneros diversos que brotaba de una docena de altavoces, y la imagen difusa de dos mujeres haciendo un desnudo en sus ya acostumbradas estaciones de trabajo. Un equipo de luces bien robusto y distribuido las iluminaba en forma intermitente y en todas direcciones, permitiendo ver a ratos lo que se venía a ver, sin exponer aquella desnudez al linchamiento visual de los comensales. Quizás a causa de esa lluvia caprichosa que no dejaba de caer o porque recién iniciaba la noche, de las cuarenta mesas que se mostraban a lo largo y ancho del lugar, solo quince estaban ocupadas. Aunque pareciera descabellado, dentro de la clientela mayoritariamente masculina se dejaban ver los rostros de un pequeño grupo de mujeres que acompañaban a sus hombres o bien, se atrevían a vivir esa aventurilla a solas. De especial curiosidad resultó la mesa que ocupaban más de veinte gringos escandalosos, ya algo borrachos, luciendo coloridas camisas hawaianas que no mezclaban bien con sus pantaloncillos cortos kaki y esas sandalias malolientes que dejaban en su camino algunos granos de arena de su reciente visita a las playas del pacífico central. Y aunque Ricardo ya había leído en los reportes noticiosos que miles de los turistas que nos visitan anualmente, venían a pescar de día y a repescar de noche, fue en ese preciso momento cuando lo comprobó en persona. 72

En cuestión de segundos Como si se tratase de un centro de cuido, las eróticas bailarinas llevaban todas un atuendo de enfermeras con camisas blancas a media manga, abiertas hasta donde la imaginación pudiese seguir, un sostén con más encajes que soporte y una falda del mismo color, bien corta, que prácticamente dejaba ver la entrepierna y de la cual salían dos ligueros que sujetaban unas pantis color piel canela. Sus cabelleras lucían una cofia también blanca con un corazón rojo en el frente que hacía recordar a las sanitarias que asistían a los médicos de la Cruz Roja en la segunda guerra mundial. Sus pies se apoyaban sobre unos zapatos color nieve -tipo plataforma- con un tacón bastante pronunciado que les remarcaba unas piernas generalmente bien formadas y con la carne suficiente para enloquecer a cualquiera. El disfraz le pareció una genialidad artística a Ricardo, quien no podía ocultar el agrado que le ocasionaba a sus sentidos. Los diez meseros del lugar se apoyaban sobre la barra de la fonda esperando la señal precisa para iniciar sus servicios. Ricardo revisó una y otra vez todo cuanto le rodeaba, y se sorprendió de la cantidad de detalles tomados en cuenta para crear en aquel rincón una escenografía tentadora. Perdido en su asombro, dejó extraviado por unos segundos su pensamiento, hasta que la voz de Jaime, el gerente del lugar, le puso los pies de nuevo en tierra. Don Carlos, les reservé la misma mesa de la semana pasada —le dijo señalando con su mano el aposento—. Espero que tengan una noche agradable. La localidad se agrupaba en la primera fila, precisamente frente a la pista principal de baile que aún mostraba mucha oscuridad y nada de exhibiciones. A Ricardo le pareció que la escogencia no había sido la más acertada pero Carlos y Felipe sabían que ahí se expondrían las desnudeces de las más cotizadas y sobre todo, frente a sus narices iban a poder apreciar aquel famoso show de lesbianas que tanto anhelaban. Sin el menor remordimiento, 73

Abraham Stern Carlos sacó un billete de diez mil colones, suma que al tipo de cambio oficial se acercaba a los veinte dólares, y se los entregó a Jaime en reconocimiento por la cortesía. Aunque al principio se rehusó a aceptarlos bajo el ya conocido argumento de: «¡No hombre, don Carlos, si para mí es un gusto!», después de unos segundos inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y se metió la propina en una bolsa del blazer, que generalmente terminaba la noche cargada de retribuciones. —¿Qué tiene de especial esta mesa? —preguntó Ricardo. —En una media hora vas a querer comprarla —contestó Carlos—. Dejate guiar por los que sí sabemos. Los tres tomaron posición en los asientos concedidos. Carlos y Felipe se acomodaron como si supieran de memoria la historieta y Ricardo se amoldó en una mezcla de ansias compartidas con unos gramos de vergüenza que aún no lograba superar. El trío miró con poco disimulo a las jovencitas que se paseaban por los alrededores ofreciendo sus virtudes y que generalmente terminaban la ronda con un guiño de ojo o un beso al aire, y que algo de semejanza tenían con el anzuelo lanzado por el pescador en procura de una buena presa. Antes de que pudiesen cruzar palabra entre ellos, un mesero los abordó presto a escuchar la orden. «Buenas noches caballeros, ¿se les ofrece algo de tomar?», preguntó con hoja de papel y lápiz en mano. Carlos, quien se sentía como dueño en casa ajena, no dio espacio a la discusión y le ordenó un litro de whisky etiqueta negra, un pichel con agua del tubo, cuatro botellas de club soda y una generosa porción de cubos de hielo. —Con gusto señor, en un minuto se lo sirvo —dijo—. ¿Alguna otra cosa? —Ah sí, se me olvidaba, y un paquete de cigarros por favor —contestó Carlos. 74

En cuestión de segundos La repentina iluminación sobre la pista central, acompañada de una espesa cortina de niebla artificial que brotaba del piso, despertó la curiosidad de todos los presentes y particularmente de Ricardo. En los altavoces se escuchaba la voz grave y agradable de un animador, que le daba un ambiente adicional a ese tumulto de percepciones sensoriales. «Damas y caballeros, el grupo Pink Paradise Entertainment les da la más cordial bienvenida al espectáculo erótico más famoso de Centroamérica, y con la ayuda de sus calurosos aplausos le damos la bienvenida a Dominique, quien nos trae desde su tierra natal, República Dominicana, la danza del vientre..., desde un ángulo jamás antes visto». Antes de que se disipara la niebla, una hermosa mulata vestida con un traje que hacía recordar a una princesa persa, pegado a su pequeña y delgada figura, emergió de la bruma y empezó a bailar al ritmo de una música oriental con un cántico arábico sutil y seductor. El velo que cubría su rostro encajaba perfectamente con las faldas de sirena y un cinturón lleno de monedas que llevaba a la altura de su cadera, y que crujían en sintonía con la melodía de fondo. Ricardo observó la exposición con más análisis que gozo y no tardó mucho en descifrar la composición de cada una de las sensuales presentaciones, todas llevadas a escena en tres actos y con tres canciones habitualmente escogidas por las propias mujeres. Con una primera pieza de música pop, la chica entraba en ambiente con movimientos ondulados y sensuales, sin quitarse una sola prenda de encima, y descansando sus manos contra aquel tubo que se le manifestaba como un compañero de baile sobre el cual apoyarse. A continuación entraba en escena una balada musical, de esas que en otras circunstancias se hubieran bailado pegaditas a alguien y con modulaciones blandas, que servían para iniciar un desnudo que no debía durar más de tres minutos y terminar claro está, con un pecho al descubierto y un hilo dental que apenas escondía el último trecho de intimidad. Finalmente se hacía escuchar una pista de rock clásico que creaba el ruido suficiente para que ellas se sintieran a solas o al menos mejor acompañadas, luces menos 75

Abraham Stern intensas, acrobacias tentadoras sobre aquel mástil que ya mostraba el sudor de la faena, y la desnudez total inevitable que hacía babear a más de uno. El resto, lo de costumbre: aplausos, silbidos, billetes sobre el tablado, algunas obscenidades innecesarias y una salida rápida por esa cortina trasera que finalmente les devolvía el aliento y un poquito de la dignidad recién perdida. —La semana pasada estuve a punto de llevármela al matadero —dijo Felipe con los ojos más abiertos que de costumbre—. Pero no sé, se me hace que tiene las tetas muy chiquitas. —¡Y vos las tenés muy grandes, huevón —agregó Carlos—, bueno, eso si las comparás con las de mi doña! Ricardo pensó inmediatamente en Daniela y volvió a sentir un remordimiento agudo que le indisponía el cuerpo y un pedacito del alma. «¿Por qué tienen que hablar de las doñas?», se preguntó en silencio. Algo de aquel cuadro de bifrontismo le jugaba una mala pasada a la dualidad que mostraba su rostro. Ante Carlos y Felipe mostraba una cara de falsa felicidad, como si lo estuviere disfrutando, pero en la intimidad ocultaba una verdad acongojante y una presión social hacia ese machismo anticuado que tanto odiaba y que se resistía a practicar. Dejó su mirada clavada en aquella cortina roja y se dejó perder por unos instantes que se le hacían necesarios. La imagen del mesero cargando una bandeja al hombro interrumpió aquel trance y con una paciencia profesional fue colocando de a poco la orden hasta que todo quedó acomodado. Esperó unos segundos en procura de una propina que nunca llegó y se marchó en busca de otra mesa un tanto más generosa. Carlos abrió la cajetilla de cigarros y le prendió fuego a un rubio con una inhalada abusada. Tomó tres vasos, los llenó de hielo y vertió en cada uno de ellos una generosa porción de ese whisky que tanto disfrutaban. Conociendo los gustos de cada cual, 76

En cuestión de segundos terminó de completar el suyo con agua, el de Felipe así no más, en las rocas, y el de Ricardo con club soda. Los tres tomaron sus vasos y se dijeron un «salud» ya desgastado. Ricardo, con más sed en su espíritu que en su garganta, se hizo tragada la mezcla y esperó a que sus efectos le aflojaran un poco los remordimientos. Antes de que pudieran poner sus tragos sobre la mesa, tres de las enfermeras de tanda tomaron por sorpresa el aposento y los embistieron sin siquiera dar espacio a una ocurrencia que los liberara del abordaje. Jazmín, una dama con más hambre que belleza, pasada un poco de libras y de años, se le sentó a Felipe sobre sus descomunales regazos, sintiendo la suavidad de esa flacidez sobre la que se hundía placenteramente. Con un palmoteo rítmico intentó percibirle su sexo pero le resultó imposible. —Hola baby, ¿te puedo hacer compañía? —preguntó al tiempo que lo manoseaba. No recibió respuesta alguna a la propuesta ni al manual de trucos que realizó de seguido en procura de crear una atracción temporal y poder llevarse así unos reales adicionales. Felipe, quien se desconocía a sí mismo y se jactaba en ese momento de merecer mejor mujer, se sintió ofendido. Pensaba con total honestidad que podía gozar de cierto parecido con los galanes que de noche veía en las telenovelas mexicanas; varoniles, ricos, bigotudos. «Qué desgracia la mía, para variar siempre me terminan mandando a la más fea», pensó con frustración. En la ficción de su cuerpo mágicamente mejorado, no soportó un segundo más a aquella deslucida enfermera y se levantó de su silla llevándosela al aire como si fuera una hojuela de maíz. —Muchas gracias pero todavía estoy calentando motores y quiero estar solo un rato —dijo él finalmente. 77

Abraham Stern — Tranquilo gordito... si cambias de parecer voy a estar aquí cerquita —replicó ella de seguido y un tanto aliviada de lo que hubiese sido pasar la noche con semejante grosería. Jazmín se fue lentamente, reacomodándose el vestido que había quedado maltrecho ante la embestida de aquella mole. Pensó en aquellos años de juventud en donde se le hacía más fácil la conquista pasajera, y con algo de angustia se recordaba a sí misma que sus días de cabaretera estaban prontos a terminar; en las blandas debilidades de su oficio la edad no era relativa y los años cobraban con usura y venganza la hoja de cada calendario. Carlos tuvo mejor suerte y recibió de acompañante a la misma rusa con la que había derramado sus placeres hacía tan solo una semana. Sin preludio alguno se sentó frente a él apoyando las posaderas sobre sus muslos y se recetaron un beso boreal labio a labio, con un revoltijo entre dos bocas que ya se sabían el recorrido. Ricardo los miró sin lograr entender en qué momento se moría el amor y daba inicio ese juego carnal que no tenía sustento alguno. Tomó un nuevo sorbo de ese trago que ya se le iba asentando y simplemente contempló la charada. Sasha, quien en sus tierras era conocida por su nombre de pila, Svetlana, nació en una pequeña ciudad ubicada en las afueras de San Petersburgo y llegó a estas tierras caribeñas bajo la falsa promesa de un cazatalentos que le garantizaba una emergente carrera en la Academia Nacional de Ballet. El hombre tuvo inclusive el atrevimiento de cenar con sus padres, a quienes convenció, contrato en mano, de que Svetlana sería toda una estrella y que pronto la verían en las portadas de los periódicos más respetables de la que sería su nueva ciudad. Ya en estas latitudes y en cuestión de días, comprobó que todo se trataba de un timo y que sus sueños de bailarina iban a terminar en un cabaret de mala muerte en donde nadie le tiraría flores. Con tal de evitarles una deshonra adicional a sus padres, adoptó su nuevo empleo sin arrugar la cara y aunque durante las primeras semanas 78

En cuestión de segundos sintió que le robaron la esencia misma, de a poco fue recobrando su estima y engrosando, en manos de aquellos hombrecillos que la frecuentaban, lo que para ella era toda una fortuna. Su belleza brotaba desde las entrañas y se hacía difícil dejarla pasar inadvertida. El rubio natural de su pelo que difícilmente se podía percibir por estos lados del valle, se fusionaba en armonía con esa piel blanca astral que encerraba en su palidez un crisol de rosados aterciopelados y provocativos. Su cuerpo, de líneas frescas y con un tono muscular que la hacían aún más femenina, terminaba su recorrido en la redondez perfecta de sus pechos. Carlos palpaba con sus manos toda esa perfección y en su diminuto esqueleto se sentía el hombre más grande del mundo. Ambos iniciaron un pequeño diálogo que se interrumpía por la besuqueada y por el acento algo quebrado de la rusa. Él extrañaba su boca siberiana y esa pintura de labios con sabor a cereza que se hacía lamer como si se tratara de un dulce acaramelado. Ella no admiraba absolutamente nada de él y su juego de amor, que en la lejanía se percibía legítimo, llevaba un desarraigo total en su cuerpo y se teñía de una pasión color verde puro dólar americano. Ricardo observaba a aquel par de enamorados sin percatarse de que a su lado tenía a una chiquilla que no aparentaba haber cumplido los dieciocho años y que le acariciaba el muslo izquierdo en procura de al menos una mirada disimulada. La jovencita no tuvo otro remedio que ponerle mano sobre sus genitales para que finalmente la determinara. El roce le retorció la mirada y lo hizo caer en cuenta de que llevaba rato de no estar solo. Aquel hombre, quien probablemente era el más honesto de los alrededores, la miró como un padre, no con los ojos de uno de los tantos depredadores que rondaban el lugar, y le previno: —No quiero ser grosero contigo. Eres una mujer hermosa pero yo no vine a esto, solo estoy acompañando a mis amigos y conmigo no vas sacar nada bueno. 79

Abraham Stern No fue necesario decir palabra alguna para que aquella mujer que aún parecía niña comprendiera que estaba sentada bajo la sombra equivocada. Siguiendo un repertorio que debían cumplir al pie de la letra para evitar una regañada innecesaria de Jaime, le regaló un beso tierno en la mejilla, se marchó boquiabierta y con su orgullo un tanto magullado. Ricardo la vio irse y sintió haber hecho una buena obra, de esas que no se reconocen públicamente pero que terminan exaltando la honra. También sintió en su vejiga el cúmulo de varios tragos y en su cara el calor de un ambiente que con el pasar del tiempo se tornaba más espeso. Se alejó en busca de un lavabo que le permitiera liberar esa presión y refrescarse. Sin dar explicación alguna, Felipe se levantó de su silla, metió su mano en el pantalón y sacó un pequeño frasco. Lo abrió, volteó la cabeza hacia los dos lados asegurándose de que nadie lo estaba espiando, y dejó caer una pócima azulada sobre el trago que Ricardo había dejado a medio terminar. Tomó la botella de whisky, rellenó el vaso y dejó que ambos líquidos se mezclaran. Carlos lo observaba con sospecha y no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Trató de buscar una respuesta en la mirada de Felipe, que revisaba cada dos segundos la bebida para asegurarse de que no quedaría rastro alguno, y ya molesto terminó con un fuerte golpeteo en la mesa. —¿Qué putas estás haciendo? —preguntó Carlos algo sorprendido. —Tranquilo enano, no hay nada de qué alarmarse —contestó Felipe con total sosiego. —¡Cómo que tranquilo! —exclamó Carlos aún más molesto—, ¡o me decís qué le echaste al trago o aquí mismo te reviento el hocico! 80

En cuestión de segundos —Es una viagra y un clonazepam —dijo con rostro ruborizado—. Solo quiero que se relaje un poco. Carlos lo miró con ganas de tirársele encima pero se contuvo para evitar una escena que no terminaría en aquel lugar. Lo miró aún más y sintió algo de pesar al ver a aquella gigantesca figura humana humillada y con la cara propia de un niño sorprendido en una travesura. Contuvo su rabia y respiró más profundo que nunca. El viagra no le pareció un abuso de mayor importancia y hasta se le hizo un tanto simpática la ocurrencia, pero algo le preocupaba del tal clonazepam. Hizo un esfuerzo por tratar de recordar los beneficios de aquel medicamento, y su mente se mantuvo en blanco. Le preguntó inquisitivamente a Felipe y este le dijo que solo era un calmante para los nervios: —Para que se sienta menos tenso y más a gusto —contestó. Menuda mentira la que se dejó decir. Sin siquiera saberlo, le había echado dos miligramos de un potente ansiolítico que hubiese tumbado al propio Felipe con toda su corpulencia, y que de fijo le arrebataría a Ricardo el balance de su conciencia y el equilibrio de su trastabillante voluntad. La noche recién comenzaba. 81

IX Ricardo regresó a su mesa con paso atolondrado y con ganas de no volver jamás. Gracias al chapuzón de agua helada que se echó encima, su rostro se perfilaba un tanto más fresco; aliviado. A pesar de la indiferencia, se percató de que el lugar ya se encontraba abarrotado y que aquellas mesas que inicialmente se mostraban en abandono fueron secuestradas por un centenar de excitados semblantes. Se reacomodó en su puesto y no pudo evitar posar su mirada en la descomunal barriga de Felipe, quien sudaba en abundancia sobre un asiento que desaparecía entre los rollos de grasa que le colgaban, y que daban la ilusión de que aquel hombre flotaba en el espacio sin apoyo alguno. A su lado, Carlos y Sasha se acorralaban uno al otro, en un apretujón desvergonzado, pasado de tono, y que a ratos dejaba a la rusa con un pecho al descubierto. Ante la intersección de las dos escenas, prefirió volver a ese whisky que deseaba recetarse con sorbos cada vez más abultados y gustosos. —¡No te tomés ese trago! —le advirtió Carlos mientras Ricardo lo ignoraba y se lo bebía de golpe, por más que el otro intentó evitarlo. —Dejame tranquilo que es lo único que me gusta de esta pocilga —le contestó, ya algo embriagado. 82

En cuestión de segundos El acoso de las cabareteras que aún no encontraban pareja se repetía en intervalos de diez minutos y un «¿te puedo hacer compañía?» que ya le irritaba. Ninguna de ellas encontró en Ricardo el refugio a sus propuestas y seguían su ronda con cara de tristeza sobreactuada. Dos chicas más tuvieron que pasar por la tarima principal para que se diera cuenta de que el vaso se le mostraba vacío nuevamente y de inmediato intentó servirse una ronda adicional. —Suave con el trago mi hermano que la noche apenas empieza. A ese paso vas a terminar inconsciente —dijo Felipe nervioso. —¡A buena hora venís a advertirle! —replicó Carlos tratando de desenmascarar la trampa una vez más. Ricardo dejó pasar el comentario como si la cosa no fuera con él, y se fue en busca de la botella a medio terminar. Carlos, quien ya se preocupaba por la cantidad ingerida y más aún por el coctel que Felipe le había prescrito, le impidió el tanteo con una sarta de excusas, todas ilógicas, y antes de que pudiera detenerlo, la voz del animador vibró nuevamente desde las bocinas, dejando en el olvido la bronca. «Un fuerte aplauso para Crystal, la bomba de San José. ¿No es una belleza? A ver, que se escuchen esas palmas... Ahora en la pista uno recibimos a Wendy y en la pista central a la más guapa de todas, la única, la incomparable... en exclusiva para el Pink Paradise y con las mejores tetas de todo Medellín, desde Colombia y para ustedes... ¡Scarlett, la paisa!». Un silencio extraño se apoderó del espacio, como si algo extraordinario estuviera a punto de suceder. La niebla y un juego de luces láser verde neón sirvieron de preámbulo para darle la bienvenida a una mujer que ocultaba su cara bajo un casco de autos de carreras y su piel en un traje de cuero rojo tipo fórmula uno. La exquisitez de su figura era evidente 83

Abraham Stern a simple vista, con curvas realzadas que mostraban un cuerpo perfecto, unas pompas de una redondez equilibradamente robusta, y unos pechos balanceados, ni grandes ni chicos, pero llenos de una movilidad que pedían a gritos salir de aquel hacinamiento. Ricardo la observó en la magnitud total de su belleza y por primera vez en toda la noche se inundó de esa hombría innata que llevaba años de encarcelamiento. Se deleitó observándola en ese traje escarlata que envolvía su cuerpo como si fuese la piel misma, del zípper medio abierto, del escote atrevido con rastros de una piel sedosa y de su cabellera trigueña de la que brotaban rubios rayos como un torrente de luz. Tragó en seco, esta vez con sed genuina, se sirvió un nuevo whisky, sin hielo, sin agua, sin soda, sin nada, y lo dejó bajar por esa garganta que ardía por dentro. Le prendió fuego a uno de esos cigarrillos que tanto odiaba pero que en ese momento percibió con gusto, se puso de pie y se dejó admirarla, sin reproches ni remordimientos y en total sosiego consigo mismo. Scarlett se erguía sobre el podio como una diosa sacada de la mitología griega. Estática, con la respiración contenida, y con las piernas lo suficientemente separadas como para notar un pequeño hundimiento en el tallo de su intimidad. El sonido de un vallenato con aires de paseo y merengue, puya, tambora y son, le dieron el impulso suficiente para pegar un salto alto y sujetarse de la parte más elevada del mástil. Lentamente hizo un nudo con sus piernas y se echó de espaldas sin perder altura. Aún boca abajo, tuvo la fuerza suficiente para realizar un torbellino de volteretas mientras se dejaba caer suavemente sobre el piso. Como si fuera una contorsionista de circo, se arrodilló y dejó que la parte trasera de su cabeza se juntara con las plantas de sus pies, formando con su delicado cuerpo un círculo casi perfecto. Manteniendo la pose, se balanceó hacia adelante y cuando sus pies completaron la media vuelta, se puso de pie y se desgarró el traje que llevaba encima. Su sensual figura quedó al descubierto, mostrando una piel color avellana y unos pechos con dos pequeñas areolas rosadas 84

En cuestión de segundos que se erizaban gracias al frío soplo que salía de un ducto justo encima de su mollera. Una braga roja tipo hilo dental cubría el último espacio de su integridad y permitía entrever un tierno rastro de vello púbico algo despoblado. Su cara, aún oculta bajo aquel casco deportivo, creaba una sensación de intriga que pronto sería resuelta. Al ritmo de una romántica balada, se despojó finalmente del taparrabos y del blindaje que cubría su rostro, despejando así la duda, y aclarándole a toda la concurrencia la bondad de sus dotes y la pureza de su desnudo. —Esta es sin duda alguna la mejor hembra del lugar... ¡vean ese par de piernas, ese culito, los pezoncitos... es perfecta! —dijo Carlos sin importarle que Sasha estuviese a su lado. Ricardo permaneció de pie, erecto ante tanta belleza, con vaso en mano y la colilla de aquel cigarro que hacía rato había dejado de arder. Su boca, más abierta que de costumbre, le ayudaba a controlar una respiración que se aceleraba con cada uno de aquellos sensuales movimientos y que le robaban, con cada meneo, el idealismo que durante años presumió. La delicada tonada le dio espacio a esa pieza de pop movida y atrevida que anunciaba el fin de aquel derroche de sensualidades y de un acto que no debía terminar. A sabiendas de que el éxito económico de la noche dependía de esos últimos minutos, Scarlett se dejó mostrar lo inmostrable, regalándoles a los mirones las entrañas mismas de su ser y lo más suave de su descubierta intimidad. Atenta al evidente embobamiento de Ricardo y justo antes de que hiciera su salida, se le acercó a su rostro y lo cacheteó repetidamente con la suave carne de sus pechos. Con la sutil golpiza, Ricardo percibió el sudor que brotaba de su piel, y un olor a mujer que le alegró el olfato y se le coló por las venas. Sintió la presión de su sexo pidiendo salida y un bulto distorsionado que apuntaba al cielo desde su cremallera. Así tal cual y sin otro recurso a mano, se lo reacomodó, ocultando momentáneamente su evidente excitación. Ella dio media vuelta, 85

Abraham Stern caminó unos pasos mostrando toda su retaguardia y se perdió entre las cortinas al igual que lo hace el sol cuando se esconde en el horizonte al finalizar cada día. La explosión de aplausos fue ensordecedora, seguidos de una ovación total que puso de pie a todos los concurrentes y mantenía a Ricardo en un estado de perplejidad. —¡Reaccioná hombre... reaccioná! —le dijo Carlos con un golpeteo fuerte en la espalda—. No te dije que esto era un bufette vaginal. ¿Qué te pareció la colombianita? Antes de que pudiese dar respuesta, y gracias a ese aplauso continuado y resonante que no cesaba, la paisa se vio obligada a salir de nuevo a pista. Se mostraba tal y como D-os la trajo al mundo, sin nada que la cubriese y con una botella de agua que bebía intentando recuperar de a poco el aliento. Ricardo sintió ganas de verla mejor, más cerquita. Pensando que con su mirada la convencería de quedarse un ratito más, se trepó sobre aquella silla que tan solo media hora atrás se le hacía aburrida e incómoda, y aplaudió tan fuerte que sus palmas enrojecidas ardieron como un caldero. Ella lo notó nuevamente y le regaló un beso al aire que lo palpó como recibido en carne propia. Hizo tres movimientos de reverencia y una lluvia de billetes de a dólar flotaron por el aire dejándose caer rendidos a sus pies. —¡Bravo... Bravo... Bravísimo...! —gritó Ricardo enardecido. El chillido que salió de su boca fue tan fastidioso que las miradas de más de ciento cincuenta hombrecillos lo embistieron, seguidas por un silencio cargado de extrañeza y reproche. El animador notó el punto de inflexión y salvó la tanda con un comentario de buen tino: «Iba a pedir un aplauso para esa paisa hermosa pero creo que el caballero de la mesa ya lo hizo por todos nosotros... Ese es el espíritu que nos gusta ver en el Paradise. A 86

En cuestión de segundos ver meseros, un tequila cortesía de la casa para el caballero», dijo mientras la luz de un reflector le apuntaba. La incandescencia le hizo retomar la silla, dejando que su resplandor se llevase el momento. —¿Pero qué te pasa mi brother, te volviste loco? —le preguntó Carlos—. No estamos viendo Carmen ni la Traviata. ¡Esto es un putero por el amor a D-os! Nos estás haciendo pasar vergüenza. El tequila no tardó en llegar. Ricardo lo miró y no hizo intento alguno por saborearlo, quedando intacto en la mesa. Para ese entonces, su mente ya estaba atiborrada, confusa, un tanto extraviada. La música ensordecedora se convirtió en un leve susurro, distante, que ya no irritaba los tímpanos y su vista, un tanto atrofiada, percibía sombras que deambulaban lentamente sin poder distinguirlas. El efecto de aquella pócima se le manifestó en el cuerpo con un mareo que le demolía el equilibrio y que lo hacía percibir los movimientos con una extraña lentitud que dejaban en su camino una estela de imágenes confusas. De su garganta brotó un sabor nauseabundo, que lo hacía eructar repetidamente para evitar un vómito que se trazaba inevitable. A pesar de aquel tropel de extrañas reacciones, se sentía tranquilo, apaciguado y con una paz relajante que se le extendía por todos sus músculos, a excepción de su sexo, que permanecía en un estado de rigidez permanente, y que ya resentía un tanto. Buscando un espacio de sosiego, se arrinconó a un lado de su silla, cerró los ojos y se dejó caer en un sueño forzado e interrumpido que le acrecentó las náuseas y el movimiento de un piso que daba vueltas sin parar. Carlos le clavó la mirada a Felipe, acusando con la ojeada la situación y haciéndole sentir miserable por su atrevimiento. Para evitar la confrontación, Felipe se levantó llevándose la butaca pegada al cuerpo, mientras que con las manos trataba de liberar sus posaderas de aquel estrujamiento. 87

Abraham Stern —Mejor largate antes de que termine dándote una paliza —dijo Carlos. Felipe replicó, como si la cosa no fuera con él: —Me voy a buscar suerte en otro lado, que entre el frío de tu rusa y las novatadas de este medio hombre, voy a terminar la noche sin ninguna hembra que me quiera. Carlos lo vio alejarse sintiendo algo de alivio. Llamó al mesero que atendía al lado y le ordenó un pichel de café negro, bien fuerte, unos vasos de agua helada y una toalla limpia. Miró a Ricardo acurrucado en su cobijo y le pidió a Sasha ayuda para recuperarlo. Unos minutos más tarde dejaba caer el agua helada sobre el paño, asegurándose de que los cubos de hielo quedaran atrapados en el lienzo, mientras la rusa preparaba en un vaso de vidrio un café bien negro cargado de azúcar. El frío intenso que Ricardo sintió sobre su nuca lo hizo despertar del letargo y antes de que pudiese decir palabra, Sasha le recetó unos sorbos del brebaje. La sensación no fue agradable y le dejó la parte trasera de su camisa empapada y en su boca un sabor amargo que le llenó la piel de escalofríos. Ricardo siguió bebiendo el café de manos de aquella mujer que le sostenía la quijada con una dulzura maternal y de a poco lo fue liberando de la trampa cobarde a la que había sido expuesto. Ya más repuesto pero todavía afectado de los sentidos, se irguió y les reveló lo que ya todos sabían: —Creo que se me fue la mano con el trago —dijo con voz temblorosa. —Tranquilo mi hermano que eso a todos nos pasa —dijo Carlos—. Te presento a Sasha, mi novia de los miércoles. Ricardo, con su mirada aún borrosa, volteó un tanto su cabeza haciendo un verdadero esfuerzo para enfocarla. 88

En cuestión de segundos —Mucho gusto Sasha, tiene usted unos ojos muy lindos y un nombre muy...ruso. El comentario fue bien recibido y le sacó una sonrisa. —Si pensás que Sasha es muy ruso, me imagino lo que dirías si supieras el verdadero —dijo ella con su acento remarcado—. En verdad me llamo Svetlana pero a Jaime no le pareció sexy. ¿Te gustó mi amiga Scarlett, verdad? Es muy guapa... —contestó. —¿Quieres que la llame y te acompañe un rato? —repreguntó ella. Ricardo se frotó el cuello ante la interrogante. Por supuesto que le hubiera encantado tenerla cerquita, sobre sus regazos, palpando la suavidad de sus muslos, la carne de sus pompas y sobre todo, percibiendo ese olor a mujer salvaje que aún guardaba en su olfato como un recuerdo que no podía dejar escapar. «Claro que me gustaría», se respondió a sí mismo, pero aún le quedaba un remanente de fuerza, de moralidad y de esa fidelidad que se lo impedía. Saboreó sus mieles desde la lejanía, tragó en seco y se humedeció sus labios con la lengua como si estuviera degustándola. En la confusión de su mente magullada también tuvo recuerdos instantáneos y pasajeros de Daniela, de sus mejores noches, de Luis Ricardo cargado en brazos y de una vida casi perfecta que hubiera preferido dejar en suspenso a cambio de unos minutos a solas con aquella colombianita que le había robado su tranquilidad. «¿Será acaso posible vivir los dos momentos sin hacerle daño a alguien?», se preguntaba en silencio. Tomó el amuleto en el que llevaba colgada la foto de sus padres, lo palpó con sus dedos, miró sus rostros y la respuesta le saltó sin mayor esfuerzo, y en un arrebato de agallas suspiró profundo, y retomó del suelo lo poco de dignidad que aún le quedaba. 89

Abraham Stern —La verdad es que me encantaría, pero no puedo —contestó Ricardo finalmente. Estoy casado y no puedo hacerle esto a mi esposa ni a mi hijo..., no sé ni por qué estoy aquí. Sasha dudó de la veracidad de sus palabras pero las recibió con cierto aire de ternura, como si ese mundo surreal que vivía cada noche aún tuviese una oportunidad de reivindicación, de salvación. Pensó en sus padres, en el frío invierno de la ciudad que la vio nacer, en el hombre que aún amaba y que la esperaba de regreso en casa y sobre todo, en los cientos de machos temerosos que inicialmente la rechazaban con el mismo cuento pero que siempre terminaban rendidos y desbocados entre sus piernas. —Me disculpan pero tengo que alistarme. Salgo a pista en tres piezas —dijo la rusa regándole un nuevo beso a Carlos—. En un rato nos vemos. —¿No te da remordimiento darle besos en la boca a una mujer que ni conocés? —preguntó Ricardo mientras Sasha se alejaba. Y a vos, huevón, no te da vergüenza andar diciéndole a todo el mundo que estás casado. Si querés te pongo un rótulo en la frente y así nos evitamos la misma cantaleta cada tres minutos. —dijo Carlos—. ¡Me lleva putas! Si aquí el único que no está casado es el puerco de Felipe. Al otro lado de la ciudad, sobre una montaña más arriba de las lluviosas nubes, don Ignacio contemplaba las luces que ocasionalmente se dejaban escapar hacia el firmamento. Sentado sobre una cómoda silla mecedora, el hombre fumaba sus cigarrillos sin filtro y bebía diminutos sorbos de un rojizo coñac “Luis XIII” que mantenía reservado únicamente para ocasiones especiales. Sobre sus regazos, contemplaba un viejo álbum familiar de fotografías, y entre las humaredas que salían de su boca, volteaba sus páginas 90

En cuestión de segundos llenas de una infancia que no quería recordar. Repentinamente, sus ojos reconocieron la foto de aquel hermoso caballo andaluz. Lo miró detenidamente y recordó su dolor, el hospital, los latigazos de su madre, el odio que le hacía sentir y la furia que todavía corría por sus venas. Se puso de pie sin ayuda de bastones y con la rodilla que aún crujía cada vez que hacía un movimiento forzado. Inhaló fuertemente el cigarro, alzó la copa y brindó: —¡Esta va por vos desgraciado! —gritó—. Hoy cumplimos un año más de andar jineteando juntos. Luego escupió una espesa flema que salió volando hacia los verdes jardines y con la mente un tanto embriagada, se dijo a sí mismo: «Maldito animal. Ese día me robaste una parte de la vida». Sin pensarlo dos veces volvió a llenar su copa y en una soledad íntima que le calzaba a la perfección brindó de nuevo: —¡Esta va por vos madrecita! —susurró con los ojos cerrados—. De no haber sido por vos, hace rato que habría dejado de cabalgar sobre tus malditos hechizos. Regresó a la silla, se recostó sobre ella y dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad de una noche que ya no se le mostraba serena. Cerró los ojos unos instantes y el sonido de su celular le interrumpió el trance. Tomó el aparato, miró de donde venía la llamada, y la contestó: —¿Qué tiene para mí? —Absolutamente nada. Lo único que ha hecho es tomar whisky. —Si no me consigue la fotografía, no le pago un centavo —le dijo don Ignacio con frialdad—. ¿Entiende lo que le estoy diciendo? 91

Abraham Stern —Sí señor, voy a hacer lo posible —le contestó Felipe, algo amedrentado, antes de dar por terminada la llamada. Para cuando Sasha llegó al reducido espacio de su camerino, se vivía un alboroto de cuerpos expuestos que entraban y salían, pechos al aire, calzones con una paleta de colores tan amplia como un arcoíris radiante en medio del chubasco, y unos percheros llenos de vestimentas eróticas que colgaban esperando que algún alma las adoptara aunque fuese por unos minutos. Un centenar de pequeñas bombillas, alguna de ellas quemadas y otras tantas parpadeando sus últimos centelleos, bordeaban el marco de un tocador desgastado que reflejaba sobre un espejo de vidrio, igualmente maltratado, los perfiles de tres mozas que cubrían sus imperfecciones con un desorden de maquillajes depreciados y polvorientos. Scarlett salía en cueros de una ducha improvisada que había sido construida de mala gana y sin tomar en cuenta el derecho a una intimidad perdida a partir del día en que sus carnes se ofrecieron a la clientela como los trozos suspendidos de una res descuartizada en una carnicería de pueblo. Ante el ligero pudor de una profesión que así lo demandaba, las chicas deambulaban en una desnudez que ya se les había hecho costumbre, natural, cómoda, y que las protegía aun en esa deshonra que iba mucho más allá de sus simples cuerpos. La rusa notó a la colombiana secándose las últimas gotas de agua, provocando en su mirada cierto grado de admiración y envidia ante una belleza cercana a la perfección. Se le acercó buscando una conversación sincera y real, sin tapujos, y que en tales desabrigos se daría en igualdad de condiciones. En un principio platicaron de todo un poco sin llegar a nada. Luego se alejaron un tanto del tumulto, buscando el espacio silencioso para intercambiar esa palabra sincera. Sasha, con su acento virulento, militar, cargado de palabras con una “erre” redoblada y una “o” no acentuada que sonaba más a una “a” tímida o arrepentida 92

En cuestión de segundos que no disminuían el sentido preciso de sus palabras; Scarlett con ese cantadito sabroso, entonado, lleno de “eses” prolongadas y arrastradas, el trato de “vos” que perpetuaba el verbo de un buen amigo, y esa exageración en la punta de la lengua que provocaba en sus carnosos labios un realce adicional. La tertulia entre esas dos mujeres que compartían la profesión más antigua conocida por la humanidad, guardaba algo de parecido con la mezcolanza de estrofas entre un Tolstoi y un García Márquez, opuestas en la forma, el lenguaje y su origen pero cargadas de un contenido extraordinariamente admirable que superaba prejuicios, fronteras e idiomas. —¿Me imagino que te diste cuenta del admirador que tienes afuera? —preguntó Sasha. —Por supuesto que me di cuenta —contestó mientras terminaba de encaramarse el ropaje—, hasta me he puesto roja, y eso que tengo años de andar en estas. —¿Y cómo te ha salido la noche hasta ahora? —repreguntó la rusa. —Más o menos. En tips me he ganado como doscientos dólares y solo me ha tocado ir a los cuartos una vez...; eso suma otros setenta y cinco —dijo pensativa—. Si ese admirador que está afuera no me rescata va a ser otra mala noche. —No es hombre fácil —advirtió la rusa—. Está casado y enamorado. —No, mija, por mí no se preocupe —respondió Scarlett—. Si aplaudió como loco teniéndome a diez metros de distancia, imagínate la que va a hacer cuando lo tenga de frente y agarradito del pescuezo. 93

Abraham Stern Las dos se rieron, esta vez sin acentos o letras arrastradas, con el lenguaje universal de esa risa bien provocada que no requiere traducción. Cada una siguió en lo suyo, como si vegetaran en noches distintas, lugares diferentes y con oficios que generaran ingresos de una fuente disímil a la que realmente compartían. La advertencia de aquel hombre difícil, creyente de familia y de su inviolabilidad, se le desplegó a Scarlett como un nuevo reto, parecido a los muchos otros que a diario se le presentaban, y que superaba gracias a sus seductoras ternuras empalagosas. Se sentó frente al tocador admirándose a sí misma y sabiéndose bella, se maquilló y perfumó apenas lo necesario, sin sobrepasarse, y resguardada en su propia estima, salió a ese campo de batalla en el que había guerreado todas las gestas de su existencia, saliendo generalmente vencedora. 94

X Pasaron varios minutos para que la mesa los tuviera nuevamente reunidos. Carlos, con trago en mano y un cigarrillo, saboreaba el baile que Sasha les regalaba en la pista central. Felipe, quien pagaba una fortuna en cocteles y propinas cada vez que intentaba tocar algo prohibido, había logrado que Dominique, la dominicana, finalmente le hiciera compañía. Al igual que el resto de las chicas, ella también se columpiaba sobre sus mondongos, como apoyada sobre una hamaca a la orilla del mar, y su rostro revelaba una insatisfacción que solo se justificaba por la oleada continua de billetes que de a poco le iba exprimiendo. Ricardo, aún afectado por la reacción traicionera que le ocasionaba el menjunje del alcohol y los fármacos ingeridos, se recostaba entumecido sobre esa silla que desde hacía rato le servía más de cama que de asiento. Sus manos extendidas a los costados, las piernas abiertas apoyándose sutilmente con los talones y la cabeza echada completamente hacia atrás, daban la impresión de que el hombre estaba descompuesto y al borde de un colapso, pero en realidad padecía de una letárgica tranquilidad que le aflojaba los músculos y la voluntad. Scarlett se acercó a la mesa como un pavorreal mostrando con orgullo su hermoso plumaje extendido. Cuando miró a Ricardo en semejante estado de desamparo, pensó por unos instantes en buscar suerte en otros brazos y abandonar la conquista, pero recordó la 95

Abraham Stern advertencia, el reto y las palabras de la rusa. Suspiró profundo, se inclinó justo lo suficiente y le regaló un beso en la mejilla que le dejó sobre la piel un tatuaje rojizo con la silueta perfecta de sus labios. En ese desmayo que vivía, Ricardo soñaba precisamente con ella, con besos apasionados, toqueteos prohibidos, excitaciones que sentía en el latido de su pecho, y el cosquilleo lo hizo despertar con ganas de seguir soñando. Abrió lentamente sus ojos y la vio tan cerca que sintió su aliento, y percibió con agrado el olor llano de su perfume. Cerró sus párpados nuevamente creyendo que aún fantaseaba, y se sintió feliz. Ella le regaló dos nuevos besos, esta vez más delicados, un tanto más húmedos, dejando que la punta de su lengua terminara de arrullarlo, y finalmente despertó, completamente atontado y perdido. Ricardo voceó algunos sonidos sin sentido que se perdieron en la voz del anfitrión, quien desde los altoparlantes anunciaba: —¡Ahora sí!, damas y caballeros, llegó el momento de la noche que todos estaban esperando... A excepción de los pequeños destellos naranja que emitían las brasas ardientes de una veintena de cigarrillos, una oscuridad total se apoderó de la covacha. Un torrente sincronizado de luces que se batían en todas direcciones fue llenando de a poco la penumbra, dejando que la vista descubriera un afelpado sofá azul justo en el medio de la tarima central. El silencio, que también había secuestrado las gargantas de la clientela, se fue evaporando bajo el sonido estruendoso de un arreglo musical que entonaba la marcha inicial de We Will Rock You, acompañado por el golpeteo de zapatos y un palmoteo alternado que acompañaban la pieza de rock con rítmica precisión. Una densa nube artificial cubrió el escenario que se perdía como en un acto de magia ante la mirada atónita de la multitud, la cual, en su gran mayoría, sabía lo que de seguido vendría. 96

En cuestión de segundos —...Ya ustedes conocen las reglas. Nada de vulgaridades. Necesito silencio total para que las muchachas puedan concentrarse. Si alguien se pasa de la raya, suspendemos el show —advirtió el anfitrión—. Sin más preámbulo, los dejo a solas con Bonnie and Clyde. ¡Disfrútenlas! —Por el amor a D-os no se te ocurra aplaudir —le advirtió Carlos. A Ricardo no le interesó la amenaza. Su cuerpo flotaba en otro limbo, su mente sufría un contagio de torpeza que le hacía imposible entender lo que estaba sucediendo y su mirada se disipaba borrosa en los labios de aquella paisa que le había dejado en su rostro una pequeña llaga de pasión. La intensidad de la luz bajó nuevamente, casi por completo, y el albor escarlata de dos gigantescos reflectores se filtró entre la niebla permitiendo entrever la figura de dos mujeres, una frente a la otra, adornadas con lujosos trajes italianos de hombre, de finas lanas, hombreras marcadas, bolsillos asolapados y un sombrero de fedora que les recogía su cabellera. Inspiradas en una versión alargada de “Mujer contra Mujer”, las dos chicas hicieron que los sombreros volaran por el aire, que los trajes terminaran tendidos en el suelo y que sus cuerpos quedasen en una desnudez total. Las puntas de sus pechos se juntaron, carne a carne, y con blandas caricias onduladas, se hundieron una contra la otra, como si fuesen una masa harinosa en manos del pastelero. Un cruce de brazos extendidos encontró apoyo en la parte más baja de sus cinturas y un profundo beso francés las enlazó como si fuesen una sola. La cascada de intimidades que se regalaban las fue llevando de a poco al diván aterciopelado, en donde se dejaron caer, una encima de la otra, en un revoltijo de gemidos, carnes, posturas y lamidos que dejaba a muchos salivando, y al resto, con la mirada enrojecida de la desvergüenza. Tanta lujuria hizo que los minutos se hicieran segundos y que el tiempo volara frente a sus ojos. Scarlett examinó por un instante los rostros desenmascarados 97

Abraham Stern de aquellos machos que disfrutaban cada caricia, cada beso, y que poco les faltaba para unírseles en la travesía. Trató de entender qué los llevaba a sentirse tan atraídos por el roce erótico de dos mujeres, por ese choque de cuerpos, y al igual que cada noche, no encontró explicación. «Me gustaría verles la cara con un par de varones ahí arriba haciéndose lo mismo», pensó. El final de la canción dio por terminada la fricción, deshaciendo con su última tonada ese nudo de piernas y abrazos que tanto gustaba a la afición, y que a ellas en particular, les incomodaba la vida. Nuevamente vinieron los aplausos, los silbidos, los billetes que bailoteaban en el aire y un coro que pedía al grito de un «¡Otra...! ¡Otra...!¡Otra...!», esa pieza adicional que no sería concedida. Ricardo, quien ni siquiera había tenido el ímpetu para observar el famoso show y que nuevamente había caído en una especie de letargo, se despertó con la gritería descontrolada de sus compinches, olvidando por completo que Scarlett aún estaba justo a su lado. Esta vez sí sintió un retumbo desgarrador en sus oídos, un dolor de cabeza que le retorcía las fibras del cuello y un segundo aire de conciencia que le recordó por un instante en dónde estaba. —Me tengo que ir de este lugar —dijo. ¿Cómo que me tengo ir? Nada de eso —interrumpió Carlos—, esto apenas comienza. —Carlos te lo juro que me duelen los huevos, la cabeza, todo —explicó con un enredo de palabras torcidas—. La tengo parada desde hace rato y no hay manera que se me baje. ¡Estoy preocupado! Felipe escuchaba con disimulo la conversa y reventó en una carcajada, como riéndose de sí mismo, de su propia broma. Se levantó de su silla, sacó el celular de su bolsa e intentó tomarle una fotografía. Carlos no pudo más, extendió su mano, tomó impulso y le volteó la cara de una cachetada. 98

En cuestión de segundos —¿Qué estás haciendo con el celular, animal? —le dijo mientras recogía el aparato del suelo, y frunciendo la frente le advirtió—: Me lo voy a dejar por el resto de la noche y no quiero oírte decir una palabra más. Un hervidero sanguíneo le cubrió a Felipe la tez y por un instante sintió ganas de responderle a puñetazos, pero su limitada estima personal le trabó el impulso, quedando todo en una de las tantas vergüenzas que normalmente vivía. «¡Se me fue la oportunidad de ganarme esos diez mil dólares!», pensó sin darle valor a su traición. Ricardo no distinguió el altercado y buscando un poco de alivio a la molestia que sentía, se plantó un vaso cargado de hielo sobre sus genitales. —¿Necesitas que te ayude con eso? —le preguntó Scarlett, con una risita contenida. La ver... la verdad es que... es queee... —dijo él, tartamudeando de la sorpresa. —¡Shhhhh! —le susurró ella, colocándole el dedo índice en su boca. Ricardo quedó agarrotado, de cuerpo entero y de alma. Scarlett le quitó el vaso helado y con una gracia que brotaba de sus sedosas manos le acarició el bulto endurecido. Ella palpó inmediatamente su tensión y él creyó sentir un alivio repentino, inmediato, halagador. No dijo palabra alguna, cerró sus ojos y dejó que el movimiento suave y circular lo desbordara con una marea de escalofríos que culminaban su recorrido sobre su erizado cuello. Se sintió débil, vulnerable, humano. Carlos esperaba ansioso a que la rusa volviese del camerino para reiniciar aquella toqueteadera interrumpida y liquidar la noche esclavizado entre sus blancas piernas siberianas. Felipe intentaba manosear algo por aquí y por allá, sin lograr tocar nada, y cansado de tanto abuso, le propuso a 99

Abraham Stern la dominicana terminar la charanga en aquel cuartito que a ella se le hacía, en ese momento, particularmente tortuoso. Después de cinco minutos de intensas negociaciones, cien dólares por encima de la tarifa regular y una cara de duelo, la mulata accedió al ofrecimiento. Bueno chicos, este gordo va para adentro —dijo Felipe en voz alta. —¡No se te ocurra montártele encima a la pobre flaca, que me la matás! —le advirtió Carlos, algo embriagado y como si el incidente de la bofetada nunca hubiera ocurrido. Felipe puso oídos sordos a la burla, indiferente, resentido, en parte porque estaba harto de esa mofa permanente, y otro tanto por la rabia que sentía de aquel manotazo que aún dejaba una estela sobre su rostro. Como si sus socios fueran unos desconocidos se levantó de la mesa, abrazó a Dominique, que sintió inmediatamente la carga sobre sus hombros, dio unos pasos y se esfumó de a poco entre la muchedumbre. Ricardo miró a Scarlett, admiró su belleza, disfrutó el suave roce que le regalaba y no se atrevió a decir palabra alguna. Que mi D-os le pague por ese aplauso que me regaló, mi amor —le dijo ella rompiendo el silencio—. ¿Y cómo se llama mi admirador? —Octavio... Ricardo, mejor dicho —dijo él, un tanto apenado. Tranquilo papi yo tampoco me llamo Scarlett —aclaró—, pero si me consentís te lo cuento todo. Ricardo sintió ganas de saber todo sobre ella, su nombre, su historia y sobre todo entender como una mujer tan bella, 100

En cuestión de segundos con todo lo que la vida le había regalado, podía terminar en semejantes vilezas. También quiso tocarla, seguir sintiendo la caricia reconfortante de sus manos y saborear las mieles de su piel. Se sintió confundido, sin fuerzas, como si su cuerpo y mente se hubiesen separado por completo. Bajó su cabeza, avergonzado de sí mismo, de su debilidad, y recordando su promesa y compromiso con la mujer que amaba y que no estaba junto a él, le tomó la mano a Scarlett interrumpiendo el manoseo encantador. —Perdoná que te quite la mano pero me prometí a mí mismo que solo vendría a ver y me siento muy incómodo con todo esto —dijo. Scarlett que sabía más de su oficio que cualquier otra, aprovechó la ocasión para tomarle su mano, entrelazó sus dedos con los de él y dejó que su dedo pulgar recorriese su palma, dibujándole figurillas extrañas y recurrentes que se percibían como una invitación a seguir jugando. Se le acercó aún más de lo que ya estaba, dejó que uno de sus muslos se recostara sobre él, y con su otra mano le acarició el cuello, revolviéndole el cabello y provocándole un cosquilleo que le recortaba la respiración. —¿Y por qué a este papi rico no le gusta que lo toquen? —preguntó ella con un susurro. Aquel tropel de agasajos terminaron por confundirle de nuevo la mesura, y como si estuviera frente a una vieja amiga le contó su cuento. Ricardo le habló de Daniela, de Ricardito, de cómo se conocieron y hasta le dio detalles de su luna de miel. Ella escuchaba serena, paciente, atenta. En ocasiones se reía junto a él y en otras, aun mientras hablaba, le regalaba un lengüetazo justo detrás de su oreja que terminaba acalambrándole la punta de los pies. Le platicó sobre sus siete años de matrimonio, de su reciente cumpleaños y de la pesadilla del niño que se trajo al traste una 101

Abraham Stern noche perfecta. Le mostró no menos de cinco veces su anillo de casado, como tratando de convencerse a sí mismo de que la conversación no llevaba malicia, que era pura y sin cuestionables intenciones, y así no más, como si estuvieran bajo la sombra de un árbol en el parque, Scarlett conoció a toda su familia antes de conocerlo bien a él. Del mismo modo ella le confesó lo suyo. Recordó su barriada, Santa Cruz. La mazamorra y esa bandeja paisa que le hacía tragar en seco. Habló de los años de colegio, de su primer beso, de Fernando a quien algún día amó y con quien perdió la virginidad gracias a unos tragos abusados de aguardiente que terminaron enchufándole una barriga a los dieciocho años. Con alguna pena en los ojos, le contó como su padre la hizo echada a la calle por la deshonra, del matrimonio con Fernando que no ganaba lo suficiente ni para mantenerse a sí mismo, de su hermoso hijo y de cómo tuvo, con el consentimiento de su joven esposo, que vender su cuerpo bajo el sistema “Prepago”. Esa forma de ganarse la vida le permitió sostener el hogar y cubrir la matrícula universitaria de aquel hombre que algún día se graduaría de Doctor en Derecho. Entonces le relató el drama de su vida. En una noche de diciembre, días antes de la navidad, regresó a casa luego de uno de sus encuentros sexuales y en lugar de encontrar a Fernando, como usualmente sucedía, se tropezó con una nota sobre la almohada que con sus últimas palabras lo explicaba todo: «Me he enamorado de otra mujer». Nunca más volvió a escuchar su nombre y sufrió en una soledad aterradora los peores tres meses de su vida. Entre llantos, las desveladas del crío y un odio que crecía a diario por la traición de aquel hombre, en una noche de marzo recibió una llamada de una compañera de trabajo que se había mudado a Costa Rica a buscar mejor sustento. La conversación fue corta y la invitación a unírsele se le mostró como un escape a la desdicha. Compró un boleto de ida, sin regreso, le dejó el niño a una tía que amaba más que a su propia madre, y con una maleta a medio llenar se dejó caer en estas tierras. 102

En cuestión de segundos Entre tanta habladuría volvieron los toqueteos que se colaban de vez en cuando entre algunas de las palabras, y en un descuido que pareció más a un mimo, ella se le acercó cara a cara, su nariz tocó la de él y le besó sus labios dejando en silencio el relato aún no contado. Ricardo saboreó su aliento, la humedad de su boca y le confesó: —Nunca le he sido infiel a mi esposa. —¿Acaso yo le puse los cachos al mío? —preguntó ella, sabiendo que la pregunta llevaba trampa—. Ese hombre se graduó gracias a mi profesión y abusó de mí más que todos los hombres juntos a los que les he tenido que abrir las piernas. Si lo piensas, esto no es serle infiel a nadie. No es que yo sea tu amante, por D-os. Simplemente la vamos a pasar bien bueno y luego cada quien con lo suyo. —Es que no puedo... —No hables tanto y tócame —dijo ella finalmente. Sin mayor remordimiento, Scarlett se levantó de su silla, se arrinconó sobre él, y se descubrió uno de sus pechos. Ricardo temblaba en un amasijo de confusión, miedo, emoción y arrepentimiento. Sus manos permanecieron inmóviles, congeladas, con el deseo de tocarla y sentirla, pero no pudo. Con la misma delicadeza de siempre, ella le tomó su mano derecha y dejó que la pusiese justo encima de su redondez. Él percibió la suavidad cálida de su tez, la textura del pezón que se le mostraba como el capullo de una rosa, las diminutas gotas de sudor que brotaban de sus poros, y se rindió ante ella. En un descontrol que hacía años no sentía, apoyó la cabeza sobre su torso, y como el infante que instintivamente busca el néctar de su madre, trató de nutrirse de ella y de robarle a besos ese pedacito de piel al descubierto. 103

Abraham Stern —Tranquilo papito, no ves que si el gerente me pilla en estas me multa —dijo ella con sinceridad—. Eso no lo podemos hacer aquí, pero si quieres te llevo a mi rinconcito y por ciento cincuenta dólares soy toda tuya. Su propuesta tomó a Ricardo por sorpresa, y aunque aún le cojeaba severamente la razón, por un instante se percató de lo que hacía, humillándole la debilidad maldita de su carne. —Mejor la dejamos aquí —dijo mientras sacaba algunos billetes de su bolsa y se los colocaba dentro del escote—. De verdad que no me da la conciencia para esto. —¡Ricardo, no puedo creer que seás tan animal! —intervino Carlos, que seguía paso a paso la odisea—. Entrás al lugar alegando que sos un tal Octavio, no has pasado ni quince minutos con la mejor hembra del lugar, te pela las tetas y salís corriendo como si nunca antes hubieras visto unas. De verdad, no seás tan marica. ¡Cogétela y se acabó el asunto...! —Oye, oye, tranquilo que no necesito de tu ayuda —interrumpió Scarlett molesta—. Usted encárguese de lo suyo que yo aquí la estoy pasando bueno. Además, deberías aprender a tratar bien a una mujer, por más perra que sea. —Ya era hora de que alguien pusiera a ese enano en su lugar —dijo Ricardo aún adormecido. —Es un idiota —contestó ella y a boca de jarro le dijo—: Volviendo a lo nuestro, la verdad es que tienes una esposa hermosa y un niño maravilloso. Creo que eres un hombre especial y te dejo solo, como tú quieres. Eso sí, que la virgencita me libre si fueran todos como tú. ¡Me moriría de hambre! 104

En cuestión de segundos Se acercó nuevamente a él y le dio un último abrazo. «Todavía hay hombres buenos en este perverso mundo», especuló en su mente. Ricardo le acarició su espalda y la apretujó fuerte como queriendo que no se alejase. Ella trató de separarse pero no pudo. Estaba atrapada entre sus brazos que hacían un esfuerzo por no liberarla, por mantenerla un ratito más de cerca y por robarle unos segundos más en busca de una excusa que le permitiera disfrutarla. Su cuerpo le pedía a gritos seguirla hasta donde ella se lo pidiese y su mente, que vagaba perdida en un mundo hechizado, no generaba signos de valentía suficientes como para rechazarla. Volvió a percibir el olor afrutado de su perfume notando como terminaba por tumbarle el último gramo de dignidad, y finalmente le dijo: —Llévame con vos. Scarlett se levantó con el orgullo encumbrado. Miró de frente a Carlos, como retándolo, haciéndole saber que había salido ganadora. Se agachó dejando que Carlos tuviese de frente sus hermosas pompas, que tragara en seco y que supiera que aún en esa cercanía y en la pequeñez de su prostituida existencia, no tenía posibilidad alguna de tocarla. Le regaló un suave beso a Ricardo, le tomó sus manos y con un pequeño jalón lo puso de pie. Él sintió un cambio insólito de presión y la pesadumbre que se le había asentado en aquella silla le escaló las venas con un hormigueo doloroso que se le filtró profundo en su cabeza. Dio un par de pasos a ciegas, hacia un vacío desconocido, y nuevamente se sintió nauseabundo, mareado, maltrecho. Su cuerpo confuso estuvo a punto de caer al suelo y en los hombros de Scarlett encontró el apoyo a un desplome que hubiese terminado en el suelo. Sin saber lo que hacía y menos adonde iba, de a poco fue recorriendo los pasillos, y superando un mar de gentes y de sillas que se le aparecían sin previo aviso. El trayecto se le hizo eterno pero finalmente encontró algo de abrigo en la silla que lo recibió en aquel rinconcito secreto que la paisa le había prometido. Con 105

Abraham Stern una luz tenue pero precisa, Ricardo pudo distinguir con dificultad una pequeña cama de masajes cubierta con sábanas blancas, un retrete que se hacía seguir de un lavamanos y una especie de hidromasaje hechizo e improvisado. Por unos instantes perdió de vista a Scarlett sintiéndose afligido y desorientado. El pequeño cuarto y sus elementos se movían como un péndulo agitado por el oleaje irregular de su convulso estado. Cerró los ojos buscando algo de equilibrio, un tanto de estabilidad, y finalmente sintió como las manos de Scarlett le acurrucaban, volviéndole la tranquilidad. Cuando finalmente logró enfocarla, ella se mostraba desnuda frente a él, y aquel cuerpo que a la distancia se le había presentado maravilloso, de cerca se le mostraba como un ángel caído del cielo, delicado, sutil, perfecto. Sus manos acariciaron el deleite de su piel y sus dedos recorrieron su contorno como el escultor que lentamente le va dando forma a la mezcla húmeda del barro crudo e inexplorado. Palpó sus agraciados pechos, pequeños, redondos, duros como dos frutos recién cortados del naranjal. Sus dedos rozaron instintivamente los labios de su sexo y se empaparon del ámbar que brotaba de ese surco. Tratando de evitar ese manoseo desprotegido e innecesario, ella se arrodilló frente a él, le quitó el cinto de cuero, abrió su cremallera y el repunte empinado de aquella erección de farmacia resaltó como el mástil de un velero apuntando hacia las estrellas. Tras el cinto, vinieron los zapatos, las medias, el jeans vaquero y un par de botones de la camisa para poder controlar mejor la maniobra. Cuando se disponía a quitarle de encima sus blancos calzoncillos algodonados, un suave golpeteo retumbó en la puerta dejando en suspenso el desenlace. Scarlett la abrió con recelo y apenas lo suficiente para que se diese el intercambio. Asomó su cabeza por el estrecho espacio liberado, el dependiente que se escondía tras el madero le entregó un grupo de toallas, algunas botellas de agua y el siempre necesario paquete de preservativos. «Dame un segundo», se le escuchó decir a ella. Cerró nuevamente el portillo 106

En cuestión de segundos y se acercó a Ricardo quien deambulaba entre la excitación y ese millar de imágenes borrosas que se le imprimían como ráfagas de fuego en su retina. —Necesito que me pagues antes de que el tipo de afuera tumbe la puerta —dijo ella. —Sacalos de mi pantalón —contestó él con un enredo de letras que se hacía difícil de entender. Scarlett recogió la prenda del piso metiendo la mano en cada una de sus bolsas delanteras sin encontrar lo que buscaba. Cuando descubrió la billetera en la parte trasera sacó un puñado de billetes que superaban por mucho la tarifa, contó algunos de ellos hasta que la suma le diera el monto exacto, y a pesar de que fácilmente se pudo haber hecho del resto, los puso de regreso sabiendo que hacía lo correcto. Le entregó el peaje obligatorio al celador que aguardaba paciente la paga y le pidió que los dejara a solas. Regresó junto a su pretendiente, quien aún sentado con costos mantenía el equilibrio, lo miró de pies a cabeza, con cierta nostalgia, sabiendo que el pobre hombre no sabía dónde estaba y mucho menos en lo que se había metido, pero ese era su oficio, y de esas revolcadas carnales, conscientes o inconscientes, dependía su subsistencia y la de su crío. Se postró nuevamente frente él, de cuclillas, sin que nada ni nadie se interpusiera entre ellos y en total libertad de hacerse lo que quisieran. Con la punta delicada de sus uñas le recorrió los muslos, las caderas, el tórax y Ricardo lo apreció como si un par de plumas blancas le acariciasen creándole una violenta desbandada de vellos erizados. Por el mismo camino y ahora con la yema de sus dedos, bajó de regreso hasta que sus manos se juntaron en el monte abultado de su hombría. Sin más que hacer o inventar, le quitó a Ricardo el taparrabos, dejándolo en la misma desnudez que desde hacía rato ella mostraba. Ricardo pensaba 107

Abraham Stern por instantes que soñaba y por otros, escasamente comprendía la realidad que vivía. Olvidó por completo la promesa, el compromiso con una fidelidad que ya había sido triturada y en algún escondrijo de su conciencia almacenó el arrepentimiento que hasta hacía algunos minutos lo había hostigado. Scarlett apoyó sus rodillas en el frío suelo, le abrió las piernas a Ricardo y se atrincheró con los brazos apoyados al lado de sus caderas. La cercanía de sus cuerpos había sido reducida a la nada y él notaba con agrado el golpeteo ocasional de sus pechos contra la entrepierna. Ella tomó la envoltura de uno de los preservativos y lo colocó en la cabeza de su sexo. Se remojó sus labios con la lengua, recogió su cabellera hacia atrás y se lo embutió como si fuese un churro relleno de crema pastelera. Ricardo había olvidado desde hacía muchos años el placer que le provocaba aquel acto y no tuvo otra alternativa que cerrar sus ojos, y complacerse de esa sensibilidad que le iba deshaciendo el cuerpo al punto de sentir que se esfumaba con el viento. Scarlett, quien realmente detestaba tales prácticas, se tuvo que acostumbrar a la treta, en parte porque todos sus clientes lo pedían y sobre todo porque era el mejor remedio para que sus varones terminasen lo más pronto posible, pudiendo así cubrir más cuerpos y ganancias en el espacio reducido de cada noche. Para suerte de ella, solo tuvo que darle un par de acometidas para escuchar lo que generalmente esperaba oír ansiosa. —No sigás que me vengo —le explicó—, tengo mucho tiempo de que no me hacían esto. Ella acató la orden con cierto alivio, se levantó con las rodillas enrojecidas, se acercó al lavamanos, tomó un sorbo de agua que no tragó y escupió el embrollo mientras que con una toalla se limpiaba la boca de algo que evidentemente se le hacía grosero. Ambos se acomodaron en una cama que no daba espacio para muchas maniobras y a Ricardo le tomó un poco más de tiempo dominar el equilibrio que en tales angusturas se le dificultaba, 108

En cuestión de segundos como si estuviere caminando sobre una cuerda floja. Scarlett se tumbó boca abajo, apoyando sus rodillas sobre el bastidor y con sus piernas ligeramente separadas. Ricardo, aún impreciso de visión, se acercó a ella y la penetró apoyándole las manos sobre sus caderas. Bastó solo una estocada para que en su cabeza se revelaran las imágenes perfectas de Daniela, de aquel primer beso bajo la lluvia, de Ricardito acurrucado en sus brazos a los pocos días de nacer, de su madre Julieta sirviéndole el último desayuno que compartió con ella, y de su padre dándole consejos de cómo se debía tratar a una mujer justo después de que regresaban de darle la paliza al esposo agresor de su tía, Catalina Galán. Ella gemía falsamente, como si en verdad estuviera disfrutando el lance, y él trataba de hacer desaparecer de su mente ese cúmulo de recuerdos que en ese preciso momento lo abrumaban. La mezcla de aquel placer animal con las figuras de las personas que más amaba se tornó inmanejable y con embestidas violentas intentó terminar con la farsa lo antes posible. No tuvieron que pasar más de unos cuantos segundos para que su cuerpo explotara como un volcán dormido, expulsando de sus entrañas un chorro de lava ardiente que le debilitó las piernas, le agarrotó los dedos de sus pies y le hizo sentir en su vientre un dolor agudo como nunca antes había experimentado. —No pude aguantar más —dijo él, con cierta vergüenza y con un ardor extraño que aún le quemaba los nervios. —No te preocupes que eso le puede pasar a cualquiera —le apaciguó ella aunque fuera poco lo que le importase. Ricardo se dejó tender boca arriba, con el amuleto de sus padres sobre su rostro, agotado del cuerpo pero más consumido por la infamia. Miró como Scarlett se aseaba bajo un chorro de agua que salía tímidamente del hidromasaje y reconoció su pecado, aquel que le calaba cada vez con más fuerza y sin contemplaciones. La observó una vez más y entendió que no sentía absolutamente 109

Abraham Stern nada por ella. La belleza inconfundible de su cuerpo terminaba justo ahí, en los límites de su piel, sin dejar rastro alguno en el alma o en el corazón, y con un vacío en el espíritu que le enlutaba de a pedacitos la vida entera. Herido mortalmente del ánimo, trató de recobrar la postura de su cuerpo, hizo un intento por bajar del lecho pero un hilo de acidez le quemó flagrante la garganta. Bebió un sorbo de agua para limpiar el sinsabor, pero un tornado de fluidos le subió por la boca del estómago, robándole la última pieza de aquel rompecabezas que aún lo mantenía en pie. Palideció, sudó frío y un torrente explosivo de vómito lo puso boca abajo dejándolo vaciar sobre el mundo un líquido desagradable, viscoso y maloliente. Miró hacia arriba como pidiéndole perdón al cielo, sus ojos emblanquecieron como si fuese a dar un último suspiro y cayó inconsciente sobre el suelo. 110

XI R icardo jadeaba con la boca abierta hasta donde le daba la quijada y con un hilo de saliva que se cicatrizaba a media mejilla. Su cuerpo recostado sobre el edredón de la cama se esparcía como una bolsa de víveres que había cedido ante su contenido, y su humanidad se cubría con una mezcla de extrañas vestimentas, las cuales, tanto por su tamaño irregular como por la variedad de colores, hacían indiscutible que en algún momento le pertenecieron a otro dueño. No cargaba sábana encima, y sus pies, que llevaban los mismos zapatos de la noche anterior, colgaban al filo del colchón, como dos botas de guerra cargadas de un espeso lodo. Las cortinas de la habitación, abiertas de par en par, permitían que la luz de una mañana ya adentrada en horas, se expandiera con un brillo cegador. De no ser por el jadeo constante de su garganta, se hubiese pensado que aquel hombre no era más que un cadáver en proceso de descomposición. En su mente vegetaba un hervidero de grotescas vivencias sonámbulas que no llevaban ninguna razón de ser, y en ese laberinto divagaba con el Pink Paradise, pero ahora con mujeres vestidas de finos tejidos, nieblas artificiales de suaves colores, dos tarimas laterales con carruseles de caballitos que subían y bajaban al ritmo de aquellas canciones de cuna que guardaba en el disco duro de su memoria. En la telaraña de su sueño se sentaba junto a Luis Ricardo, quien jugaba con su carrito de siempre y bebía un batido de chocolate con una cereza gigante en la cúspide de una montaña de crema 111

Abraham Stern chantilly. Él le agarraba su manita, como si estuvieran en un parque de diversiones compartiendo el mejor tiempo de sus vidas, y los meseros se les presentaban con algodones de azúcar y tupidas bandejas con dulces y caramelos. Con un redoble de tambores y vestido como un cirquero de antaño, don Ignacio apareció entre las luces de la tarima central, sin bastón y con un firme caminar, con los cabellos negros como la oscuridad de una noche sin luna, renovado, lleno de juventud, y bajo un diluvio de aplausos se dejó decir: «Ahora sí, damas y caballeros, llegó el momento de la noche que todos estábamos esperando, sin más preámbulo, los dejo a solas con Daniela, la viuda negra. ¡Disfrútenla!». En el confort de su lecho el cuerpo de Ricardo dio una violenta voltereta pero siguió soñando. Daniela salió a escena con el mismo traje de novia de la noche de bodas, blanco, con los hombros descubiertos, lleno de bordados delicados, lentejuelas perladas y un velo que le cubría sutilmente el rostro. Al ritmo de Tchaikovsky y su Vals de las Flores, el mismo que bailaron juntos hacía solo siete años, ella empezó a menear sus caderas en formas sensuales que jamás le había conocido y su cuerpo se fue arrinconando en aquel tubo que no invocaba misa dominguera. El retumbo de los tambores aumentó, preciso, repetitivo, permanente, y Daniela se desvistió de aquellas blancas telas, quedando totalmente desnuda. Luis Ricardo asustado se acurrucó entre los brazos de su padre que le tapaba la mirada con sus manos y se lamentaba de algo que no debía estar sucediendo. Don Ignacio disfrutaba la algarabía a más no poder y en medio de carcajadas se dejaba columpiar desde un campanario que con un estridente repique los ensordecía, una y otra vez, y una vez más, hasta que Ricardo no pudo más con el bullicio y abrió sus ojos despertando de aquel oscuro y extraño pasaje. Pasaron algunos segundos para que entendiera que no había campanazos, ni cirqueros, ni suegros rejuvenecidos y que el estruendo no venía de aquel desafortunado sueño sino del teléfono que desde hacía rato timbraba. Ricardo extendió su brazo en busca 112

En cuestión de segundos del artefacto y en su camino se trajo al suelo un vaso de vidrio que se fragmentó en mil pedazos. Cuando finalmente lo tuvo en sus manos, se lo ubicó al oído, usando la almohada de respaldo, y con una voz gangosa, pesada y adormilada contestó. Daniela lo escuchó sorprendida, extrañada, y sin demora se fue al grano: —¿Qué pasó gordo? —le cuestionó, cariñosa—. Ayer estuve tratando de llamarte pero me resultó imposible ubicarte. —Me quedé sin batería —contestó él, sin ganas de hablar mucho. —¿Sabés que ya son casi las diez de la mañana? —repreguntó Daniela—. Te llamé a la oficina pero Karla me dijo que aún no habías llegado. Las vibraciones de aquellas palabras se le infiltraban por el tímpano y le prensaban el cráneo que reclamaba con un millar de punzadas el abuso de la noche anterior. Sintió un nudo en su garganta y algunas palpitaciones de ansiedad. Sin sopesarlo mucho, en parte por el enredo mental que tenía, y otro tanto por la estrechez de un recuerdo nada claro, le contestó: —Ya sabés cómo es don José —mintió al recordar instintivamente la coartada—. Abrió una botella de whisky especial que tenía reservada y no me soltó hasta pasadas las dos de la mañana. Estoy trasnochado y con una goma que me va a terminar reventando la cabeza. —Bueno, al menos disfrutaste de un buen rato —dijo ella inocente. —Ni tanto —engañó otra vez—. Ya sabés que no soy de andar tomando y casi me vuelve loco con sus cuentos chinos. De haber 113

Abraham Stern podido me habría regresado temprano a casa pero es un buen cliente y tuve que aguantármelo. A Daniela la pareció válida la explicación y no hizo intento por sonsacarle mayor información. Y es que en los años de conocerlo, Ricardo extrañamente se había pasado de tragos y no le recordaba llegadas a deshoras, ni una sola noche abusada en la que se hubiera ido de parranda con sus amigotes de barrio. Por el contrario, en ocasiones ella misma se sorprendía por ese apego forzado a la casa, a la puntualidad de la cena, a la rutina diaria, a una vida libre de abusos y desusos, que anulaba la posibilidad de cualquier sospecha en su contra. Habiendo entendido con el tono de su voz que Ricardo estaba aún más dormido que despierto y que la conversación no tendría mayor sustento, se despidió con un leve recuento de los planes que tenían para el resto del día, le sugirió darse una ducha con agua helada que le levantara el ánimo y le recordó con un beso a la distancia que le telefoneara al final del día. Ricardo trató fallidamente de colgar el aparato sin atinar, optando por dejarlo tumbado a su lado. Cerró los ojos buscando un rato más de sueño, pero las venas de sus sienes rebotaban con un dolor agudo que empeoraba con la luz cegadora que se filtraba desde los ventanales. Fue ahí cuando notó esa presión abominable en su vejiga y la necesidad urgente de liberar aquel manantial de toxinas que le inflaban la barriga a más no poder. Se deslizó lentamente de la cama, puso los pies en tierra, levantó su encorvada espalda, y sin notar que llevaba calzado, dio un par de pasos triturando aún más los fragmentos de vidrio que quedaron dispersos en el suelo. Ya de pie, una fatiga le inundó el cuerpo, haciéndolo sentir como si llevara sobre su lomo un par de sacos cargados de plomo. Caminó despacio hasta el baño, se topó de frente con el escusado, y ante la carga opresora que lo afligía, se bajó los pantalones y se hizo sentado sobre el retrete. Con los ojos a medio abrir presionó un tanto el abdomen y sintió 114

En cuestión de segundos un alivio reconfortante. Fue entonces cuando sintió un atasco que le interrumpió por un segundo la descarga y de seguido un sonido que le recordó el golpe que hacían las piedras que de niño tiraba cerca del arroyo que bordeaba su casa. Aquel eco terminó de despertarlo, ahora por completo, alertándolo de que algo no andaba bien. A primera vista reconoció los rincones de su casa pero no tenía la menor idea de cómo había llegado a ella. Se notó cubierto con ropas que jamás había visto, que no le pertenecían, y así no más, sentado sobre el inodoro, se las quitó de encima en un arranque de confusión que estuvo cerca de llevarlo a un ataque de pánico. Igualmente se despojó de los mugrientos zapatos, cubiertos con una costra de vómito resquebrajada que a pesar de haber secado, aún expelía ese olor a acidez nauseabunda e insoportable. Le siguieron las medias y el taparrabos que se escondía entre sus piernas arrinconadas, quedando finalmente con un cuerpo al desnudo que temblaba ante un ataque de variadas temperaturas. Un manchón color terracota que sobresalía en el frente de aquel calzoncillo de algodón blanco le robó la atención, y estiró sus brazos hasta alcanzarlo. Lo palpó con la yema de sus dedos, percibiendo su humedad, el olor a hierro, a metal fundido, y con el trazo que quedó dibujado en sus dedos, entendió que aquella huella rojiza no era otra cosa que el relente goteo de sangre fresca recién derramada. Rodeado de su propio silencio dejó caer la prenda al piso, se levantó y prendió la luz para ver mejor, centró su mirada en el residuo amarillento que reposaba sobre el estanque y sintió que una parte de su alma se hendía cuando avistó un monumental coágulo de sangre que flotaba sobre aquellas biliosas aguas como una ninfa de verano. Vencido por la sangrienta evidencia, Ricardo empezó a recordar pasajes fragmentados de su injuria, y en el recuerdo divisó la cara de Scarlett, su piel desnuda y el dulce sabor de su cuello, el toqueteo, el cuartito dando vueltas y el momento preciso de la detestable infidelidad. Repasó una y otra vez aquellas imágenes, 115

Abraham Stern tratando de ir un poco más lejos, más allá, pero todas terminaban siempre en el mismo abismo y sin tener indicio alguno de lo que había acontecido después del ultraje. Entonces le regresó la náusea, el desánimo y una carga de culpabilidad que le hizo sudar frío y palpar una arritmia opresora en su pecho. Miró nuevamente aquella masa sanguínea que reposaba sobre las aguas cambiando de formas con el leve movimiento de la corriente, y que con su vaivén le hacía muecas como si se estuviera burlando de su pecado. Cansado de ver aquel cuajo, bajó la cadena y vio como un remolino se llevaba el recuerdo de su vergüenza. —¡Tengo sida, D-os mío! —se dijo a sí mismo y a viva voz—. ¡No puedo creer que esa mujer me haya contagiado! Desde muy joven y quizás a una herencia de aquella madre biológica que nunca conoció, Ricardo desarrolló el miedo a enfermarse. «Jamás he tratado a un paciente más hipocondriaco. Te aseguro que cuando murás va a ser de una tontería», vaticinaba su médico de cabecera cada vez que lo visitaba sin una razón de peso. Le costó un mundo recuperarse de sus trastornos y por más ilógico que resultase, vivía atormentado de que en cualquier momento contraería la peor de todas las enfermedades, seguida de una muerte lenta, prolongada y sufrida. No existía límite en su lista de contagios: le temía tanto a un simple resfrío como al peor de los cánceres; evitaba tener contacto con cualquier persona que, a su juicio, resoplara aires contagiosos, y una simple picadura de mosquito se podía convertir en una pavorosa epidemia. En la higiene absurda y desproporcionada encontró un refugio de paz, gastando importantes horas del día en rituales irracionales que practicaba en su intimidad. Cada vez que la idea difusa de la muerte lo merodeaba, optaba por largas sesiones de limpieza bajo una ducha hirviendo, abundante jabón y un cepillo que restregaba sobre una piel que terminaba enrojecida e irritada. En público se mostraba seguro y sólido, mas en la soledad era 116

En cuestión de segundos temeroso y blando. Siempre supo que algo no andaba bien en su cabeza y buscando una ayuda que a él se le hacía desesperada, visitó una decena de psicólogos y psiquiatras que le recetaron una variedad de medicamentos inefectivos que lo único que lograban era robarle un poco de su razón. Tuvo que esperar varios años para que al fin lo diagnosticaran correctamente. «Padecés de trastorno obsesivo compulsivo», sentenció un psiquiatra que recién regresaba de obtener su especialidad en el Norte. El joven loquero acertó finalmente con el medicamento y de inmediato lo sometió a una terapia de exposición. Las siguientes semanas fueron un verdadero suplicio y, en lugar de reprimirlos mentalmente, se vio obligado a confrontar en carne y hueso cada uno de sus miedos. Dentro de sus desafíos y sin siquiera poder echarse una pizca de agua sobre sus manos, se vio obligado a reposar sobre ataúdes, visitar cementerios, compartir veladas con enfermos terminales y presenciar largas horas de estudio en la morgue judicial de la ciudad. La acertada intervención no tardó en hacer sus efectos, reparando parcialmente su terrible aflicción. «No tiene cura, pero podemos aliviar sus síntomas», le explicaba su médico. Con el paso de los años llegó a olvidar aquellos temores y aunque en su cabeza aún quedaban rastros de una enfermedad terca y pegajosa, finalmente llegó a pensar que la había superado. Fue tal la recuperación que, sin siquiera consultarlo con aquel psiquiatra, dejó por voluntad propia los medicamentos, guardando en su inconsciente las irracionalidades que durante años le robaron la tranquilidad. Y así no más, sin aviso o advertencia alguna, como si el tiempo fuese realmente relativo y los años se hubieran quedado petrificados, le regresaron aquellos miedos de adolescente que le perturbaban la tranquilidad y que con obsesiones irracionales se le adherían a los sesos como estampillas sobre un viejo sobre. Entonces su cuerpo se desbordó de una contaminación imaginaria que lo hizo sentirse sucio y enfermo, con un cosquilleo de infección 117

Abraham Stern que le destruía sus venas y una piel que se llenaba de extrañas manchas apocalípticas. Perdido en un violento ataque de ansiedad, se puso un calzoncillo recién lavado, tomó las prendas contagiadas, las medias, los zapatos, la pieza ensangrentada y bajó las escaleras de su casa. Cruzó la cocina sin percatarse de que la muchacha de servicio lo miraba aterrada mientras él salía al patio y les prendía fuego en el interior de un viejo estañón que durante años les había servido de basurero. Miró como las llamaradas consumían lentamente la evidencia y regresó a la cocina como si llevase puesto un traje entero. Mercedes, que tenía varios años de trabajar con ellos, jamás lo había visto deambular en ropa interior y sintió tal vergüenza que no le fue posible mirarlo de frente. —Regáleme un café negro sin azúcar —le pidió él con apuro mientras ella torcía el pescuezo para evitarlo—. ¿Tenemos vinagre? —preguntó acelerado, sin dar espacio al diálogo, y suspirando demandó—: Deme todas las botellas que tengamos. Ahí frente a ella, sin notar que le daba la espalda, se atragantó la humeante bebida y sintió de inmediato como la cafeína le distribuía algunos gramos de fuerza en el organismo vilipendiado. Tomó las dos botellas de vinagre que aquella laboriosa y siempre atenta mujer nicaragüense le había conseguido y subió a su habitación. Como si se tratase de un cirujano preparándose para entrar al quirófano, abrió unas cuantas repisas, sacó dos barras de jabón nunca usadas, algunos cepillos de dientes ya algo desgastados, y con las botellas de aliño se refugió en una amplia ducha forrada por vidrios temperados ahumados que ofrecían el suficiente aislamiento para tomarse un baño a solas. Se sacó los calzoncillos, y como si fuese un fantasma que lo perseguía, aparecieron sobre sus tejidos los rastros de aquella sangre fresca que no cesaba de brotar. «Definitivamente tengo sida», pensó nuevamente. Sin sopesarlo mucho, agarró una de las botellas y derramó el ácido 118

En cuestión de segundos líquido sobre sus genitales. Un ardor infernal le atacó aquella piel no acostumbrada a tales abusos; apretó los dientes aguantando el dolor y dejó que el castigo se le fuese diluyendo con el tiempo. Repitió el procedimiento no menos de cinco veces y antes de encender la ducha se roció aquel líquido sobre el resto del cuerpo que reaccionó como un millar de llagas en carne viva. Cuando finalmente abrió la llave de la regadera, sintió con cierto alivio el agua hirviendo que le rebotaba sobre la espalda y se quedó inmóvil disfrutando de la cálida sensación. Tomó la primera barra de jabón, se frotó todo el cuerpo hasta que una densa capa de espuma lo cubriese y con cepillo de dientes en mano, empezó a restregarse con saña los pellejos de su piel. En medio de aquel ritual de higiene desmesurada, recordó aquel beso en la boca con la colombiana desconocida, ese choque de labios que dio inicio a todo, y sintió un asco que le llegaba hasta el borde de la garganta. Se aferró a la segunda pastilla de jabón, se la metió entre los dientes y sintió el odioso sabor a perfume sobre su lengua, el amargo endemoniado de su sebo y la pegajosa mezcolanza que se le colaba entre las encías. Tragó en seco, tratando de que aquel sabor a infierno lo despojase del pecado y lo liberase del millar de bacterias que le carcomían ficticiamente los intestinos, pero aun así no se sintió desinfectado. Repitió el lavado con la misma precisión, el mismo protocolo una y otra vez, con otro cepillo, con los restos de jabón que aún quedaban con vida, y así lo siguió haciendo hasta que el agua se tornó helada, y su tez machacada se mostró rojiza y lastimada. Agotado de tanto esfuerzo se tumbó en el suelo, dejó que el manantial frío le golpease la cabeza y se echó a llorar de angustia y arrepentimiento. Se restregó los ojos y cuando logró controlar el abandono que sentía, vio como una nueva gota de sangre brotaba desde la punta de su sexo hasta la loza, al igual que un gotero ante la gravedad, y que entre el rebose del agua se perdía lentamente en la desembocadura. 119

Abraham Stern Secarse no le tomó más que unos segundos. Cuando miró el reloj entendió que ya era el mediodía y que había pasado casi dos horas en aquellos actos de higiene absurdos y abusados, pero que en ese momento no podía controlar. Con un hilo de vergüenza abrió el estante en donde Daniela guardaba sus cosas de aseo personal, las que iban ligadas a su intimidad, y con un rebusque grosero que dejó la repisa en total desorden, finalmente encontró lo que buscaba. Sin entender cómo funcionaba la cosa, tomó con sus manos una toalla sanitaria blanca y algodonada. La examinó tratando de ver por dónde le entraba y finalmente descubrió que uno de sus lados venía cubierto con un pliego protector. Lo removió como si estuviera descubriendo un mundo nuevo y con sus dedos notó las cintas adhesivas que le seguían. Por un instante dudó de cuál lado debía dar al frente y cuál contra la braga, pero pronto entendió que la goma estaba hecha para la prenda, no para la piel, y fue así como sin pasar por ciclos menstruales se la tuvo que poner encima, y aunque en un principio lo sintió un tanto abultado, le tranquilizó saber que aquel goteo de sangre ya no dejaría rastro en sus calzoncillos. Se terminó de vestir lo más informal que pudo, se despidió de Mercedes, quien sintió que volvía a nacer al verlo finalmente cubierto, y se fue directo a su oficina en busca de una explicación. Su mente estaba tan ocupada con la artificial enfermedad que lo había contagiado que no notó el recorrido, y en un abrir y cerrar de ojos su vehículo se aparcaba frente a la constructora. Esta vez no tuvo tiempo de apreciar el rótulo de cobre, ni los laureles de distinción; simplemente se dejó entrar como si aquel lugar no tuviese relación alguna con él. Un ataque de nervios lo iba consumiendo de a poco y pasó frente a Karla sin saludarla. Ella pensó que era uno de esos días malos, muy poco frecuentes..., quizá un problema serio de la empresa que le había robado por unos instantes la cortesía y la bondad que generalmente mostraba. Sabiendo que en la vida existían los estratos sociales y que su 120

En cuestión de segundos puesto no daba para personalizar los arranques malhumorados de sus jefes, lo vio pasar de largo y antes de que se perdiera entre los pasillos le dijo: —Buenas tardes, don Ricardo. Perdone que lo moleste pero su esposa llamó temprano en la mañana. —Sí, ya lo sé —contestó desanimado y de inmediato preguntó—: ¿Dónde está Carlos? —En su oficina —dijo ella con una sonrisa que no llegó a ningún lado. Ricardo se fue directo al punto, esquivando a un grupo de dibujantes que conversaban en uno de los pasillos, y sin tocar la puerta ni dar aviso entró con una palidez en su rostro y una cara larga que no anunciaba nada bueno. A Carlos le bastó mirarlo a los ojos para saber que se le vendría encima una tormenta y que esta vez no le iba a ser fácil sacar a relucir su jocosa personalidad. Bebió un sorbo del té frío que tenía al frente y esperó paciente el ataque. —Decime qué pasó anoche, Carlos —le increpó con tono alzado. —Te cogiste a la colombianita —dijo él, campante—, y de paso, me arruinaste a mí la noche. No era la respuesta que esperaba pero sabía que antes de conocer la verdadera historia iba a tener que pasar por unos minutos de chota, de reproche y aleccionamiento, y antes de que pudiese volver a abrir la boca, tuvo que escucharlo. Entonces Carlos se desbocó en un torbellino de reclamos y quejas que a Ricardo esta vez sí le llamaron la atención. Fue así como le recitó lo que no recordaba. Le habló del desmayo que tuvo en aquel cuartito, de la vomitada que debió limpiar con sus propias manos, de la vergüenza que pasó 121

Abraham Stern al tener que desvestirlo, ya que su ropa había quedado chorreada de aquel reflujo, del baño que tuvo que darle con la ayuda de Scarlett y Sasha, de las ropas que Jaime gentilmente les prestó y de cómo no pudo tirarse a la rusa por tener que andar cuidándolo como si fuera un mocoso con el rabo embarrado. Le contó también del viaje de regreso, sin Felipe, del esfuerzo que tuvo que hacer para dejarlo tendido sobre su cama, del vaso de agua que le dejó sobre la mesa de noche por si se levantaba sediento y, para terminar, de cómo tuvo que regresarse a las tres de la mañana a recoger a Felipe que fue incapaz de tomar un taxi. A pesar de la avalancha de improperios que le oyó decir, Ricardo entendió finalmente que detrás de aquel pequeño hombre, lleno de complejos y defectos, de aberraciones sexuales y de un machismo desmesurado, había un buen amigo, y que a pesar de su egoísmo, fue capaz de dejar todo a un lado y de cuidarlo cuando había quedado reducido a la nada. Se le acercó, le tomó los hombros y con una voz a punto de resquebrajarse le dijo: —No sabés lo que te agradezco por haberte ocupado de mí. —Para eso estamos los amigos, huevón —le dijo Carlos. —¿Qué fue lo qué pasó anoche? —preguntó Ricardo confundido—. Con costos recuerdo a la colombiana y nunca antes me había pegado el trago tan duro. —Te pasaste con el whisky... —le recordó Carlos. —Carlos, te quiero como a un hermano, pero si no me decís la verdad, voy a mandar esta relación para la mierda —lo interrumpió, violento—. No tenés idea del problema en el que me he metido. Y aunque no se lo había preguntado, Ricardo le contó su parte de la historia. Le confesó la enfermedad que desde joven había padecido, de cómo había logrado superarla, del calzoncillo 122

En cuestión de segundos impregnado de sangre, de la toalla femenina que llevaba puesta y de cuán seguro estaba de que se había contagiado con una enfermedad de trasmisión sexual. En un principio, a Carlos le pareció un tanto gracioso el relato, pero percibió el dolor que irradiaba desde su mirada y entendió que esta vez no iba a poder esquivar la verdad y menos aún, salvarle el pellejo a Felipe por su infracción. Suspiró profundo y le reveló el secreto. Le detalló con claridad lo que había sucedido, le habló de la botella, del menjunje de viagra con el ansiolítico que Felipe le echó a su whisky en una de sus idas al baño, de cómo trató de advertirle para que no se lo bebiera, de cómo fue perdiendo la conciencia, de la bofetada que le mandó al gordo por tratar de tomarle una fotografía y de lo mal que se sentía por no haber hecho más para evitarlo. Cuando terminó, Ricardo movía su cabeza hacia los lados como si finalmente terminara de completar el rompecabezas de su fragmentada memoria. Calló por unos segundos, se sentó frente a Carlos, tomó una hoja de papel, un lapicero, y con una seriedad que jamás antes le había visto, le dijo: —Llamá a ese desgraciado. Carlos le marcó a Karla, pidió por Felipe y le explicó que lo estaban esperando en su oficina. Durante un par de minutos no se cruzaron palabra alguna. Ricardo esperaba ansioso la llegada y Carlos estaba convencido de que aquel barullo iba a terminar en una pelea callejera. La anticipación se le hizo inmanejable y rompió el silencio: —No vayás a hacer una locura —le advirtió. Ricardo le respondió sin abrir la boca y con una mirada asesina. Unos segundos más pasaron y finalmente Felipe entró campante por la puerta, pensando que iban a recordar los graciosos momentos de la reciente aventura, que hablarían del Pink Paradise, 123

Abraham Stern de sus mujeres y de la planificación para la próxima escapada. Jamás se imaginó lo que vendría. Se sentó junto a Ricardo, sudando prolífico como de costumbre, con esa camisa de botones a punto de reventar, y antes de decir palabra notó la pesadez en el ambiente, la seriedad de Ricardo y la preocupación de Carlos, que hacía un esfuerzo sobrehumano por controlar la respiración. —¿Qué pasó? —preguntó preocupado. —Ricardo sabe lo que hiciste anoche —anticipó Carlos, en busca de suavizar la sorpresa. —Fue solo una broma... —dijo Felipe antes de ser interrumpido, esperando que el complot con don Ignacio no fuese descubierto. —Cállese malnacido —se exasperó Ricardo con un golpe en el escritorio—. No sé qué hubiera pasado anoche si no me envenena con sus inventos, pero usted me robó el poder de decidir por mí mismo, y eso no se lo perdono. ¿Para qué diablos trató de tomarme una foto? ¿Acaso está pensando en chantajearme? —Jamás Ricardo —le contestó—. Me pareció gracioso el recuerdo. Con una tranquilidad antinatural y conteniendo el deseo de agarrarlo a trompadas, Ricardo se volteó un tanto, justo lo suficiente para destruirlo con la mirada, y con su mano derecha le puso al frente la hoja de papel y el bolígrafo. Tosió un par de veces, asegurándose de que lo que iba a decir se escuchara fluido, claro: —¿Ve este papelito? —preguntó como si fuera un mafioso—. Tiene hasta el final del día para escribir cuánto quiere por sus acciones. No pienso compartir esta sociedad un minuto más con usted. 124

—Pero... —rogó Felipe. —Nada de peros. ¡Hasta aquí llegamos nosotros! —sentenció Ricardo. —Pensá lo que estás haciendo Ricardo —intervino Carlos, tratando de buscar un punto medio en la discordia—. ¡Felipe es el mejor presupuestista del país! —Podrá ser el mejor presupuestista del mundo, pero es el ser humano más aberrante que he conocido en la faz de la tierra—concluyó, dando por terminada cualquier posible negociación—. O se va él o me voy yo. ¡No puedo tener a un socio que fue capaz de drogarme! ¿Acaso no lo entendés? Vos decidís Carlos. —No hace falta que discutan —dijo Felipe, entendiendo que su diez por ciento en la empresa no tenía ningún peso y que la suerte estaba marcada hacía rato—. En unas horas te doy la cifra. Como un perro recién botado a la calle Felipe se levantó, tomó la hoja en blanco, el bolígrafo, y se retiró por la misma puerta que tanta veces lo vio pasar. En su mente no entendía la gravedad de lo que había hecho y seguía creyendo -en su ficticia inocencia-, que todo era una simple broma, un malentendido, y que la reacción era desproporcionada. Tan convencido estaba de que su salida se debía a otras razones, que llegó a pensar que Ricardo había utilizado eso de excusa para finalmente librarse de una relación profesional que nunca había logrado consolidarse, y sin saber lo que en realidad estaba perdiendo, pensó que sería una buena oportunidad para sacarle a ese engreído una pequeña fortuna y recuperar aquellos reales que don Ignacio ya no le entregaría. Ya a solas, Carlos trató de revertir la decisión pero Ricardo se mantuvo sellado, intacto. Lo previno de las consecuencias de dejar En cuestión de segundos 125

Abraham Stern libre a Felipe, de cuán fácil sería para él andar hablando en la calle de lo que había ocurrido aquella noche y que la única forma de mantener el secreto protegido sería teniéndolo bien cerca de ellos. Ninguna de las advertencias le hizo cambiar de parecer y con una convicción inquebrantable le anticipó: —Si Daniela se llega a enterar de lo que ocurrió anoche va a ser de mi propia boca. Nadie me va andar chantajeando por esto. Fue entonces cuando Carlos entendió que no habría vuelta de hoja y, aunque en realidad le tenía un cariño especial a aquel gordo, sabía que Ricardo era el que producía los clientes, el que conseguía los proyectos, que de otra suerte nunca hubieran estado a su alcance, y con ello un flujo de caja mensual que le permitía darse una vida de abundancias. Sin que le remordiera mucho la conciencia, como si fuese un simple visitante de esos que vienen y van sin dejar huella alguna, y habiendo puesto sus prioridades en orden, lo desterró de su mente y empezó a escribir un listado de posibles nombres para sustituirlo. Lo miró haciéndole saber que lo apoyaba y antes de poder compartirle algunas ideas del reemplazo, Ricardo tomó el teléfono y le pidió a Karla que llamara a su abogado. —Dígale que lo necesito aquí al final del día —le instruyó. Se levantó cabizbajo con el ánimo desinflado y se alejó hacia la puerta sin lograr quitarse de encima la culpa que lo inundaba. —Conseguime una cita con tu urólogo —le demandó a Carlos antes de retirarse—. Necesito que me vea hoy mismo. 126

XII Pasaron tan solo un par de horas para que Ricardo se sentara en la sala de espera del consultorio de Alejandro Jaramillo, el urólogo de Carlos y de otros cientos de pacientes que lo visitaban de vez en cuando para que con su ciencia les aliviara los padecimientos de esa compleja red de cañerías íntimas. También tuvieron que pasar treinta y cuatro años, y una noche desafortunada, para que Ricardo entendiera la importancia de una especialización médica que él pasaba por alto, y que más bien se prestaba para bromas de enamoramientos a punta de tactos, y de dedos largos y gordos capaces de enredar a cualquiera, pero que ahora se le tornaba en una necesidad de vida. Con cierta pena se acercó a la recepcionista que justo terminaba de cobrar una consulta y apuntaba en una vieja agenda de papel la siguiente cita de control. Tosió suave, dos veces, para llamar su atención y le dejó saber su nombre. Ella lo miró como si fuera uno más de tantos otros, sin cuidados especiales ni buenos tratos, le entregó un formulario para que lo completara y le pidió tomar asiento hasta que pudiera ser atendido. Ricardo se sentó justo en medio de dos hombres ya entrados en años. Comprendió entonces que había llegado a aquella cita a destiempo, antes de que fuera su turno, y de no haber sido por un niño que lloraba a causa de un intenso dolor en su vejiga, se hubiera sentido como un jovencito compartiendo una jugada de ajedrez en un asilo de ancianos. Tomó el formulario y empezó a rellenar sus espacios blancos llenos 127

Abraham Stern de preguntas personales y un listado de enfermedades extrañas que jamás siquiera había escuchado. Justo cuando estaba a punto de terminar la primera página, se topó con una pregunta que le hurtó por un segundo la tarea: «¿Ha padecido de alguna otra enfermedad no indicada en el listado anterior?». Y aunque por unos instantes se sintió tentado a compartir con el mundo su trastorno obsesivo, pensó que aquellos delirios mentales que sufría nada tenían que ver con la visita, y con una mano que temblaba, terminó escribiendo: «Ninguna». Llegó al final de aquella prueba que se le hizo extensa y abusada, no sin antes completar una última pregunta: «¿Motivo de la visita?», leyó. Aquella obsesión intrusiva le invadió nuevamente la cabeza y sintió un impulso casi incontrolable de garabatear la palabra «sida». Apoyó la punta del lapicero sobre el papel, miró a sus alrededores, como tratando de asegurarse de que nadie estuviera fisgoneando, cerró los ojos, percibió un nuevo tsunami de ansiedad, de la misma desgraciada ansiedad que de joven le robaba el sueño y la tranquilidad, y fue justo ahí, en ese preciso instante de agonía total que recordó al loquero que le había salvado la vida hacía ya años. Abrió sus ojos, suspiró profundo en busca de un aliento pasajero y escribió con una terrible pesadez en su mano: «sangrado del pene». Algunas partículas de sudor brotaban de su frente y tuvo que hacer ejercicios de respiración para controlar el ataque de zozobra que sentía. En medio de aquel desbarajuste de nervios, se levantó confuso, le entregó a la recepcionista el formulario y le pidió con voz débil una guía telefónica. Ella ni siquiera lo determinó y con cierta extrañeza abrió una de las gavetas en busca de aquel añejo compendio de números que desde hacía rato había entrado en desuso, y que año tras año se tiraba a la basura sin siquiera quitarle el cobertor plástico. Se lo entregó mientras contestaba una llamada y Ricardo se fue directo a lo que buscaba. No tardó más de quince segundos en hallarlo y con cierto brote de esperanza, sus ojos se centraron en un pequeño recuadro que rezaba: «DR. 128

En cuestión de segundos PEDRO VILLANUEVA, PSIQUIATRA ESPECIALISTA EN TRASTORNOS DE LA ANSIEDAD». Tomó su celular y marcó el número que se anunciaba. Escuchó una respetuosa voz femenina y le pidió una cita de emergencia. Ella apenada le explicó que no tenía espacio hasta el siguiente mes y él, con una demanda de auxilio que le salió del alma, le suplicó verlo inmediatamente, recordándole que había sido uno de sus primeros pacientes y que por eso merecía un mejor trato. Fue tal su insistencia que la mujer no tuvo otra opción que interrumpir al médico, que recién iniciaba una sesión de terapia, y cuando este escuchó el nombre de Ricardo Galán, le abrió de inmediato un espacio para el siguiente día. Separados en cuerpo y alma por los mil ochocientos kilómetros de distancia, y justo cuando Ricardo aguardaba con conformismo agobiante a que el urólogo lo atendiera, Daniela se desvestía en un pequeño probador de una de las tiendas de lencería más finas de Miami. Mientras Luis Ricardo jugaba en el foyer del reconocido comercio, sin atender ni entender lo que sucedía, doña Gloria buscaba, entre las lujosas vitrinas, aquel conjunto de noche sensual y provocativo que tuviese la magia suficiente para desmoronarle a Daniela sus prejuicios íntimos y avivara en su yerno la fogosidad que se había ido perdiendo con los años, y sobre todo, el camuflaje para que Ricardo se atreviera a amarla sin preocuparse de un posible embarazo. Daniela, quien no tenía la paciencia para adornarse de coloridos encajes, contaba los minutos para que su madre diera finalmente con la prenda adecuada y empezaba a dudar si aquellos inventos darían algún resultado. Finalmente, un “babydoll” color gris perlado le cautivó la mirada y doña Gloria supo que había conseguido lo que buscaba. Cuando Daniela se lo puso, percibió con agrado las sedas que le ajustaban el contorno y remarcaban perfectamente las curvas de su cuerpo. Los bordados, llenos de florecillas de primavera, permitían entrever la puerta abierta a una intimidad que revelaba apenas lo necesario, dejando 129

Abraham Stern el resto de la hazaña al simple encanto de la imaginación. Para completar aquel derroche de sensualidad, el hermoso conjunto italiano se hacía acompañar de un cachetero con un color gris un tanto más opaco, de lienzos satinados, transparentes y floreados, que se asomaban tímidamente como la luciérnaga que intenta esconderse, y se admiró en el espejo, sintiéndose atraída por sí misma y convenciéndose finalmente de lo que buscaría a su regreso. Para cuando el urólogo abrió la puerta y llamó finalmente a Ricardo, la violenta sacudida de pánico ya había pasado, y dentro de la oscuridad que lo envolvía, la cortesía de aquel psiquiatra que a pesar de los años aún lo recordaba, le brindó algo de fuerza sobre la cual apoyarse. Ya adentro, se sentó frente al urólogo que revisaba con atención el formulario y hacía algunas anotaciones al margen, creando con ello una acongojante incógnita. —¿Entonces, es amigo de Carlos? —preguntó el doctor con una sonrisa que revelaba algo más que el recuerdo de un paciente. —Sí —contestó Ricardo con apuro—. No sabe lo que le agradezco que me haya atendido así tan a la carrera. —Con gusto, pero se imagina usted lo que es tener a Carlos encima de uno con esa jodedera que le agarra —dijo el médico, bromeando—. Y cuénteme, ¿cuándo y cómo le empezó el sangrado? —preguntó, retomando la seriedad. Por un segundo Ricardo sintió un nudo en su garganta y una cobardía que le cubría la cara con bochorno. Las primeras palabras fueron las más difíciles e incómodas, algo trabadas, tímidas, y como el viejo motor de un auto, tuvo que tomar impulso para poder decir lo que sentía. Entonces le contó casi todo, dejando de lado únicamente el defecto mental del que sufría. El doctor, 130

En cuestión de segundos que entendió el desahogo, lo dejó hablar hasta que la boca se le puso seca y resquebrajada. Terminada la anécdota, Ricardo fue guiado a un pequeño baño en donde se quitó toda la ropa y avistó nuevamente aquella toalla sanitaria que perdía su blancura con algunas moléculas resecas de sangre. Se cubrió sus carnes con la bata azulada que colgaba del perchero, abierta completamente en la parte trasera y desgastada a más no poder por haber cubierto tantos fondillos amedrentados. Sin saber todavía lo que vendría, salió tratando de cubrirse la espalda de unas ingratas ráfagas heladas, y antes de que pudiera protegerse de la ventolera, el doctor lo empotró de rodillas en un extraño artefacto que no era ni silla ni mesa, parecido más a un híbrido de confesionario espacial inclinado que lo dejaba con las piernas separadas y con el trasero expuesto al aire. —Vamos a empezar por revisarle la próstata —le explicó el doctor mientras se ponía un guante de látex y untaba sus dedos con glicerina—. Va a sentir un poco de incomodidad y quizás ardor, pero necesito que no se mueva mientras realizo el procedimiento. Ricardo sintió el dedo medio hundirse en esa cavidad que hasta ese día solo había tenido para él el oficio de desechar y no de recibir cuerpos extraños en su angostura. También palpó el movimiento simétrico que le presionaba un pequeño bulto interno que rebotaba con cierta blandura, y justo cuando pensó que aquella inconveniencia estaba por acabar, el galeno le dijo: —Necesito que respire profundo y aguante la respiración hasta que yo le diga. Ricardo respiró una, dos, tres veces, y con cada respiro le rogaba a ese D-os que en apariencia lo había abandonado que por favor diera por terminado aquel inhumano atropello. Cuando el doctor finalmente sacó aquel dedo transgresor, apreció un alivio 131

Abraham Stern que iba mucho más allá de una sensación física o metafísica y dos nalgas embarradas de una sustancia viscosa. —Está perfecto de la próstata —le informó mientras se quitaba el guante, se colocaba unos nuevos y lo recostaba boca arriba sobre una camilla cubierta de un áspero papel desechable. Entonces el médico levantó aquella bata desteñida y ya descobijado, se le fue directo a los testículos. Como si fueran un par de canicas chinas los meneó en todas direcciones, apretando un poco por aquí y otro tanto por allá, y salvo la piel machacada a causa de aquel vinagre antiséptico, no encontró irregularidad alguna. Luego le tomó el pene que arrepentido se escondía entre sus pliegues como la cabeza de una tortuga asustada, lo estrujó con una presión que a Ricardo se le hizo dolorosa y una nueva gota de sangre se desbordó desde la cresta. —¿Por qué tiene la piel tan irritada? —le preguntó el doctor, intrigado. —¡Ayer tuve relaciones con una mujerzuela y me limpié con vinagre blanco! —exclamó Ricardo, como si fuera cosa de todos los días. El médico se quedó atónito con la respuesta, pero pensó que quizás se trataba de una usanza pueblerina, y que como tantas otras que había visto, se heredaban de generación en generación convirtiéndose en un mito inefectivo pero practicado. —Para eso existe el jabón. Tiene la epidermis quemada y no puede seguir usando vinagre para estas cosas. No sé de dónde sacó esa idea pero para lo único que sirve es para que le salgan lesiones en la piel —le advirtió en tono de reprimenda. 132

En cuestión de segundos Ricardo lo escuchó sabiendo que con sus rituales podía engañar a mucha gente por mucho tiempo pero no podía engañar a todo el mundo siempre, y aceptó con disimulo la recomendación, prometiendo como un niño sermoneado no volver a hacerlo. Angustiado con la espera, tomó la iniciativa y preguntó tajante sobre su padecimiento. —Tomando en cuenta que anoche tuvo una erección prolongada y actividad sexual, mi diagnóstico inicial es que se trata de una uretrorragia —adelantó el médico. —¿Y qué es eso? —preguntó Ricardo. —Es un sangrado que sale de la uretra y aunque no es muy común, en ocasiones suele darse luego de tener relaciones sexuales; pero para estar seguro necesito hacerte una cistoscopia —dijo. Como si le estuviese explicando la situación a un ignorante, tomó un modelo plástico del órgano reproductor masculino con un corte transversal que permitía visualizar con variados colores sus diferentes canales y cavidades, y con la punta del lapicero le señaló el canal uretral en donde podría ubicarse la lesión que estaba provocando el sangrado. De seguido, le explicó que la cistoscopia consistía en introducir una sonda especial con una cámara pequeña en su extremo que recorrería toda la uretra hasta llegar a la vejiga, permitiéndole ver la ubicación y la magnitud de la herida. Ricardo percibió una sensación de peligro inmediato y cerró sus piernas como negándose a la propuesta. Para tranquilizarlo, le garantizó que el procedimiento no sería doloroso, que se haría bajo anestesia local y que lo más incómodo sería una fuerte y molesta necesidad de orinar que generalmente ocurría cuando el cistoscopio inyectaba una solución salina para llenar la vejiga. Fue así como Ricardo conoció en multicolor, en una velada de imágenes de video y sin palomitas de maíz, los profundos laberintos de su órgano. 133

Abraham Stern De no haber sido por el ojo clínico de un médico que había recorrido aquellas grutas cientos de veces, la pequeña fisura hubiera pasado desapercibida. Detuvo la sonda, echó marcha atrás unos milímetros y se la mostró a Ricardo que observaba todo desde un monitor de alta resolución. —¿Ve esa pequeña línea? De ahí viene el sangrado —le dijo. El resto del procedimiento no tardó más de cinco minutos y una vez concluido, tenía la vejiga repleta y unas ganas de orinar como nunca antes había sentido. —Le va a arder mucho —le avisó el doctor mientras Ricardo corría apresurado hacia el baño. La advertencia no fue suficiente. El tímido chorro fue el comienzo de un tortuoso viaje que le hizo sentir que de su cuerpo salía un alambre de púas herrumbrado y retorcido. Fue tal el dolor que tuvo que morderse la mano, gritar sin ser escuchado y derramar punzantes lágrimas que lo dejaron abatido y casi en el suelo. Le tomó un par de minutos reponerse y cuando salió, ya vestido, el doctor lo esperaba en su escritorio listo para indicarle el tratamiento. —Como lo anticipé, tiene una leve uretrorragia. Le voy a mandar unos antiinflamatorios —sentenciaba, mientras escribía el medicamento y su dosis sobre un recetario—. Tiene que tener abstinencia sexual completa durante las próximas tres semanas y si el sangrado no para en las próximas cuarenta y ocho horas me llama de inmediato. —¿Doctor, y el ardor al orinar? —preguntó, recordando lo recién vivido. —Tiene que tomar mucha agua y en un par de días ya no va a sentir ninguna molestia. 134

En cuestión de segundos «¡Un par de días!», pensó con la anticipación del sufrimiento en su memoria. Y aunque esa no era la principal preocupación, el solo pensar que tendría que vivir nuevamente tales desgarros, lo apretujó un tanto más. —¿Y está seguro de que este sangrado no tiene nada que ver con el sida? —inquirió Ricardo, inocentemente. El médico quedó perplejo con la pregunta y comprendió que ese hombre necesitaba más de la ayuda de un psicólogo que la de un urólogo. Lo miró directamente a los ojos, con ganas de zarandearlo, pero no tuvo el impulso suficiente para hacer leña de un árbol caído. Y con una paciencia infinita le explicó una docena de razones por las cuales el sangrado no tenía relación alguna con el virus que Ricardo tanto temía. Entendiendo que la explicación no sería suficiente, continuó enumerándole toda una colección de estadísticas que hacían prácticamente imposible aquel contagio. —Preferiría hacerme un examen de sida para estar tranquilo... —dijo Ricardo. —Pues va a tener que esperarse tres meses —interrumpió el doctor ya algo impaciente—. Si estuviera contagiado, al cuerpo le toma no menos de doce semanas producir los anticuerpos suficientes para que salgan reflejados en un examen de sangre. La noticia le destruyó a Ricardo el plan de tener resuelta la incógnita antes de que Daniela regresara del viaje, y un nuevo ataque de pánico se apoderó de ese cuerpo que colgaba al filo de un barranco. Tomó su celular, abrió la agenda y contó las doce semanas. Cuando llegó a la fecha que correspondía, escribió «examen de sangre» y se aseguró de activar tres alarmas que le recordarían, a punta de bullicios, la llegada de aquel día. A pesar de que entró a aquella consulta con la idea de rescatar su vida, salió 135

Abraham Stern de ella completamente desamparado y sin tener la menor idea de lo que debía hacer de ahí en adelante. Para cuando llegó de regreso a su oficina ya eran pasadas la seis de la tarde, y sobre el firmamento se ocultaban los últimos destellos de un sol adornado con un abanico de hermosas nubes rosadas que en cualquier otro momento se le hubieran mostrado como el final de un buen día pero en ese instante le oscurecían aún más su existencia. Entró cabizbajo, confundido, y antes de que pudiera cerrar la puerta se topó con Karla, quien salía agotada de una extenuante jornada, haciéndole saber antes de despedirse, que el abogado lo esperaba en la sala de reuniones. Caminó unos cincuenta pasos, arrastrando los pies al igual que un condenado a muerte, y cuando llegó al punto de encuentro sintió ganas de echar hacia atrás, de perdonar a Felipe y asumir por primera vez su propia cuota de responsabilidad, pero por más que lo intentó no pudo. Se sentó en la cabecera, como de costumbre, a su lado izquierdo estaba Felipe quien ni siquiera lo volvió a ver, y a su derecha Carlos que compartía algunas palabras con el licenciado Esteban Solís, el abogado de la empresa. «A lo que vinimos», le escuchó decir a Felipe, quien le extendía una hoja de papel doblada a Ricardo y que al abrirla revelaba la suma de quinientos mil dólares. —¡Se ha vuelto loco! —se exasperó Ricardo—. Esta empresa no vale cinco millones de dólares. —Me dijiste que te pusiera mi precio y eso es lo que te va a costar mi salida —dijo Felipe con una tranquilidad que no se le conocía. —¿Y vos qué opinás? —le preguntó Ricardo a Carlos. —A mí no me metás en este enredo —contestó. Yo estoy tranquilo con mi cuarenta y cinco por ciento. 136

En cuestión de segundos —Me está robando, desgraciado —le dijo Ricardo, apuñando la hoja de papel—, pero prefiero quedarme en la ruina antes que seguir compartiendo oficina con usted. Estas son mis condiciones. Va a endosar sus acciones en un fideicomiso que Esteban va a manejar por cinco años, y le voy a pagar esta locura que está pidiendo en sesenta meses. No se puede llevar ningún cliente, y si abre la boca o le cuenta a alguien lo que ocurrió anoche, le dejo de pagar y Esteban me entrega sus acciones —suspiró para retomar aire, y concluyó—: Después de los cinco años, va a tener que darme una garantía real que me asegure que va a mantener el hocico cerrado, ¡cabrón! —No hay problema —dijo Felipe sonriendo. Los siguientes treinta minutos pasaron en medio de una avalancha de preguntas y proposiciones que formulaba el abogado para asegurarse de que el acuerdo quedaría sellado, sin dejar puntos a medio cubrir, cabos sueltos o grietas, y que el documento final garantizaría las exigencias que ambos pretendían. Ricardo no dejaba de pensar en la sobredosis, en la fotografía y en la cantidad de dinero que estaba a punto de perder. Barajó nuevamente sus opciones, las alternativas, las consecuencias, y como si una fuerza superior lo guiara, finalmente reaccionó y sentenció: —Discúlpame Esteban pero no vamos a firmar ningún fideicomiso. ¿Puedo despedir a este malnacido? —Siempre y cuando Carlos esté de acuerdo —le contestó. —Carlos está de acuerdo —afirmó Ricardo antes de que alguien pudiese abrir la boca—. Prepárele la carta de despido. —No entiendo lo que estás haciendo —indagó Carlos asombrado. 137

Abraham Stern —Botando a este irresponsable a la calle, por deshonesto y por desleal. Que se quede con su diez por ciento pero que nunca vuelva a poner un pie en esta oficina. Eso es lo que estoy haciendo —dijo Ricardo endemoniado—. Para cuando quiera vender su participación, lo voy a haber diluido tanto que sus acciones no valdrán un cinco. Me va a tener que ver la cara todos los años y saber en su limitada existencia que no pudo extorsionarme. —Carlos, ¡ayúdame por favor! —imploró Felipe. —No puedo hacer nada gordo —le contestó con nostalgia—. Vos te lo buscaste. —Son más de treinta mil dólares en prestaciones laborales —advirtió el abogado. —No hay problema —le dijo Ricardo, algo aliviado—. Le puedo hacer el cheque inmediatamente, Felipe no pudo entender lo sucedido y enmudeció ante un planteamiento que jamás vislumbró dentro de sus cálculos. Se levantó de la silla, recogió una caja de cartón con sus cosas personales, y sin despedirse de nadie se marchó de aquel lugar para siempre. Carlos sintió ganas de seguirlo para darle un abrazo, un hasta luego, pero se contuvo sabiendo que no contaba con esa posibilidad, y cuando escuchó el ruido de la puerta al cerrar, se volteó hacia el licenciado Solís y le dijo: —Yo voy a pagar la mitad de las prestaciones. —Gracias Carlos, de verdad que aprecio lo que hacés —le dijo Ricardo. —¡No me agradezcás una mierda! —exclamó—. Me acabás de hacer gastar mucho dinero. 138

En cuestión de segundos Segundos después Ricardo quedaba a solas en aquella sala que ahora se le hacía inmensa, más grande que nunca. Miró a sus alrededores pensando que todo lo que hasta ese momento había logrado no valía absolutamente nada, y por primera vez sintió que aquello ya no le pertenecía, que algo había cambiado para siempre, y que como granos de arena entre sus manos, su vida se le iba desapareciendo por más que intentara aferrarse a ella. Cerró sus ojos en un agotamiento que ya no podía soportar más y por unos minutos se inventó un sueño con todas las virtudes que dejó perdidas en aquel cabaret, con besos y abrazos sinceros de la mujer que realmente amaba, lleno de votos de fidelidad, y en donde no había existido traición que le trastornara la vida. Cuando despertó la noche había caído y la vejiga le pedía nuevamente una descarga que pretendió evitar pero tuvo que repetir a punta de gritos y lágrimas desgarradoras, y entre aquel dolor que le recordaba la debilidad de su carne, pensó en Daniela, en Luis Ricardo y de cuán cerca estaba de perderlos. Recordando las palabras del doctor y sabiendo que pronto tendría que sufrir de nuevo, se hizo tragado un vaso lleno de agua, tomó el teléfono y le marcó a su esposa. Su voz lo alivió, olvidando temporalmente sus miedos, sus desdichas y a sabiendas de que mentía, le contó de una tarde llena de trabajo, de la sorpresa que se llevó por la salida intempestiva de Felipe, de un Carlos desesperado por ello, y del problema que eso le representaba a la empresa. Ella lo escuchó asegurándole que todo iba a salir bien, que en la vida nadie era indispensable y que pronto encontrarían a un reemplazo que podría resultar inclusive mejor que Felipe. Pero Daniela también mintió, y en lugar de contarle que había tomado la decisión de quedar embarazada nuevamente, le habló de la paciencia hacia su madre, quien pasó media mañana comprando cremas para la cara. Como si se tratare de un juego de mentirillas blancas, no le habló de aquella tarde de encajes de seda y seductores cacheteros. Así pasaron los minutos –como la vida misma- en 139

Abraham Stern una conversación llena de engaños y de fabricaciones mentales. Y mientras ella hablaba, a Ricardo se le quemaba la lengua por confesarle la verdad y su corazón le pedía a gritos desenmascararse, y en alguna parte de su inconsciente, una voz le aseguró que ella lo perdonaría, que entendería el desliz, la deslealtad, la traición. Y mientras él hablaba, Daniela a su vez tenía el deseo de ser sincera, de contarle la sorpresa que se llevaría al verla vestida con sensuales bordados, del nuevo hijo que pronto engendrarían y de lo bien que todo esto le haría a Ricardito. Pero ninguno de los dos tuvo la entereza, y con un beso a la distancia se dijeron una vez más cuánto se amaban, dejando para otro momento revelar la mentira, por ahora victoriosa. 140

XIII Sus párpados oscurecidos evidenciaban los rastros de una mala noche y la irritación en sus ojos, el llanto que aún no cesaba. Ricardo recién comenzaba a contarle al doctor Pedro Villanueva los tropiezos que lo llevaron a llamarlo de nuevo y con un sorbo de agua, trató de tragar el mal sabor que sentía con cada palabra. El psiquiatra se sentó en un sillón de cuero rojo amplio y bien acolchonado. Aquella libreta que en otrora registró los trastornos de sus enfermos, era ahora sustituida por un ordenador portátil. A excepción de las modernas instalaciones de una clínica totalmente renovada, una lista de espera que antes no existía y un centenar de canas que blanqueaban parcialmente su robusta cabellera, el loquero, que con el pasar de los años había dejado extraviada su juventud en alguna intersección de la vida, aún mantenía la misma calidad humana que Ricardo guardaba en su memoria. Sabiendo que el trastorno de Ricardo podía pasar desapercibido por años y reaparecer de la noche a la mañana, lo dejó que se desahogara con una avalancha de recuerdos que con el pasar de los minutos se convirtió en un monólogo de lamentos; ante el evidente desmoronamiento emocional, se le acercó con una caja de pañuelos desechables y lo abrazó en un sincero gesto de consuelo. Por esas cosas de la vida que nacen espontáneas y sin explicación, con aquel estrujón de brazos Ricardo recordó a aquel padre que de niño lo acurrucaba y que perdió para siempre en una tarde trágica. Nuevamente sus ojos se humedecieron y el doctor 141

Abraham Stern Villanueva lo miró con solidaridad, le tomó la mano como si fuera un niño y le dijo: —Ya hemos pasado por esto Ricardo. Recordá que vamos a salir adelante y es solo cuestión de volver a retomar el camino perdido. —No es como antes —le dijo con cierto autorreproche—, ahora tengo una esposa a la que he engañado y a un hijo que piensa que soy el mejor padre del mundo. —No te voy a discutir eso —respondió el doctor—. La infidelidad es real y vas a tener que vivir con esa culpa hasta que logrés superarla. Les has faltado el respeto a tu mujer, a tu hijo y sobre todo a vos mismo, pero eso no te convierte en un animal salvaje. Todos somos de carne y hueso, y a veces caemos en estas tentaciones. Hay circunstancias de la infancia, del diario vivir, del complejo enredo del matrimonio que nos terminan empujando hacia un lado o hacia el otro, y es lo que es, Ricardo. Lo hecho, hecho está, pero esa idea en la cabeza de que tenés sida es totalmente irracional y te la tenés que quitar de encima. ¿O acaso voy a tener que llevarte nuevamente al hospital a que pasés tocando a personas que están realmente contagiadas para que te des cuenta de esta locura? El simple recuerdo de esos días le erizó la piel y revivió las imágenes de aquel grupo de hombres y mujeres que agonizaban con sus cuerpos cubiertos de llagas expuestas, amoratados, quebrantados, frágiles y delgados, y sobre todo, la sombra de la muerte que merodeaba sus semblantes. Recordó también el pavor que sintió la primera vez que los tuvo que tocar, sin guantes ni cubrebocas, expuesto a sus contagios inexistentes, indefenso ante los gérmenes imaginarios que revoloteaban en la sala. Experimentó otra vez en su memoria aquellos baños que les regalaba con una 142

En cuestión de segundos esponja blanda y humedecida, y de la prohibición absoluta de siquiera lavarse las manos con jabón luego de ayudarlos. Dentro de la angustia que le provocaba aquella vivencia, rememoró el alivio que empezó sentir después de algunos días, de la forma en que fue olvidando el pánico a los contagios, a los gérmenes, a sus propios delirios, y de cómo terminó de compenetrarse con cada uno de ellos hasta el punto de que su única preocupación fue saber si lograría verlos con vida al siguiente día. Fue una prueba durísima que le quitó el sueño pero le reparó sus miedos, le robó por unas semanas la tranquilidad pero le otorgó un nivel de compasión y humanismo que nunca hubiera podido conocer, y aunque solo cosas buenas resultaron de aquella experiencia, algo en su corazón le pedía a gritos no revivirla. —No doctor, no hace falta —contestó Ricardo convencido. —Entonces esto es lo que vamos a hacer —dijo el psiquiatra—. Vas a volver con el medicamento, las dos primeras semanas con una dosis baja, luego me la subís a dos pastillas. Te voy a agregar un ansiolítico para que te ayude a dormir en estas primeras semanas. Debés seguir el tratamiento al pie de la letra Ricardo, y no podés dejar de tomar los medicamentos sin antes consultarme. ¿Me entendiste? —Claro que le entiendo —contestó, pensando que eso sería todo. —Además necesito que cerrés tus ojos y te imaginés que realmente tenés la enfermedad —continuó el doctor, mientras le entregaba un pequeño cuaderno—. Vas a imaginarte que estás infectado, al borde de la muerte. Quiero que recordés las lesiones de aquellos pacientes que visitamos, el olor a muerte, su angustia, la preocupación de sus familiares, el dolor de sus cuerpos. Necesito que visualicés absolutamente todo y que lo escribás en esta libreta 143

Abraham Stern como si fueras uno de ellos. Escribilo como tu diario, como tu último recuerdo. Necesito que revivás en carne propia la vida en aquel hospital, y quiero que pongás a Daniela y a tu hijo a tu lado... —No puedo involucrarlos a ellos en esto —interrumpió Ricardo, con la ansiedad al tope. —Si realmente querés superarlo, no hay alternativa —le respondió el doctor—. Yo voy a estar aquí a tu lado. Sé que vas a sentirte terrible al principio pero necesito que confiés nuevamente en mí y en lo que te estoy pidiendo. La propuesta le resultó realmente incómoda pero Ricardo no tenía argumento alguno para cuestionar al doctor Villanueva y menos aún sus tortuosas fórmulas de curación. A pesar de conocer el dolor que vendría, sabía perfectamente que sus recetas antifóbicas daban resultado, y en un temblor tomó el pequeño cuaderno y empezó a esbozar su relato. Como si fuera un guionista de Hollywood desarrolló en su mente una trama llena de angustias, padecimientos, tragedias inevitables y personajes que guardaban una relación estrecha con su vida. Fue así como en cuestión de media hora, escribió sobre aquellas hojas de papel la historia de su propio final y de un fallecimiento que solo podía tener espacio en su mente quebrantada. Los diálogos se tiñeron con las lágrimas de Luis Ricardo, quien le pedía a gritos que no se fuera al cielo, de Daniela que constantemente le reprochaba la infidelidad y de un don Ignacio que se alegraba de verlo postrado en su lecho de muerte: «Te dije que esto no iba a durar mucho desgraciado», escribió sobre un reglón, subrayándolo varias veces. No en vano se sintió extenuado al terminar de escribir aquel drama cargado de incongruencias y miedos irracionales, y cuando su imaginación no dio más espacio a semejante inventiva, dejó caer al piso el cuadernillo, pensando que con ello se liberaría de la tortura. 144

En cuestión de segundos —Recogelo del piso que aún no hemos terminado —le ordenó el doctor con una voz firme pero cordial. —¿Qué más quiere de mi vida? —preguntó Ricardo furioso—. ¿Acaso no se da cuenta que esto me afecta? —Por supuesto que te afecta y esa es precisamente la idea —le contestó—. Esa es la primera señal de que lo que estoy haciendo nos va a dar resultados. Ahora, tomá el cuaderno del piso y leé lo que escribiste en voz alta. Y si no te gusta, te podés marchar por la misma puerta por la que entraste. Esto no es un juego. Estás enfermo y si no vas a hacer lo que te digo será mejor que busqués ayuda en otro lado. Nunca antes lo había escuchado hablarle con un tono de voz tan autoritario, y por un instante se sintió intimidado con la orden. «¿Acaso habría perdido la dulzura de carácter con el paso de los años? ¿Quizás ya no era el mismo de antes?», se preguntó en silencio. Ignorando la interrogante, recordó que todo esto era parte de una terapia de exposición y sin ánimo de iniciar una nueva discusión, tomó la libreta del suelo, abrió su primera página y comenzó a leer con desgano. —Tenés que sentirlo en carne propia —lo interrumpió el doctor—. Es tu vida la que estás leyendo, no la de un desconocido. Empezá de nuevo. —Necesito ir al baño —pidió Ricardo, quien llevaba minutos tratando de contener la explosión en su vejiga. Se levantó cabizbajo, entró en el pequeño sanitario, se bajó los pantalones, los calzoncillos y se sentó en el retrete esperando impaciente el intempestivo ataque de dolor que le seguiría. Notó que ya no había sangrado y aunque el ardor fue intenso, sintió que el malestar iba cediendo y que la molestia ya era al menos tolerable. Regresó con un mejor semblante, agradecido de que las 145

Abraham Stern cosas fueran mejorando, y con los músculos un tanto más relajados se sentó nuevamente frente al loquero. Esta vez su voz fue más firme y aunque en sus venas sentía el latido acelerado de su corazón, siguió leyendo, cada vez con más fuerza, con más convicción, con más ímpetu. Y antes de que pudiese reconocerlo, su mente se hundió en los oscuros pasajes de aquel cuento macabro, al punto de que olvidó por completo su propia existencia y empezó a vivir el contenido de aquellas palabras como si fueran una realidad paralela. Pasaron los segundos, los minutos, y con cada estrofa que leía se le arrugaba un tanto el alma y otro poco más el corazón, y con cada letra que salía de su boca, una lágrima se escurría ocasionalmente de sus ojos. Y así fue pasando las hojas de aquel cuadernillo, con la ansiedad al borde de una explosión que con el pasar de los minutos iba cediendo lentamente a una cierta tranquilidad con el aire necesario para seguir adelante. Cuando finalmente terminó, se sintió extenuado. —¿De uno al diez, cuál fue el grado de ansiedad que sentiste mientras leías? —preguntó el doctor Villanueva. —Empecé con un tres o cuatro, y fue subiendo hasta llegar a veinte —contestó Ricardo, con un suspiro que se hizo sentir en la habitación—. Luego fue bajando de a poco y terminé con un ocho o nueve. —Excelente —dijo él—. Es un buen comienzo. Cada vez que sintás que la idea de la enfermedad se te mete en la cabeza, vas a leer nuevamente lo que acabás de escribir, una y otra vez, hasta que sintás que la ansiedad empieza a bajar. No me importa el lugar en el que estés, ni la hora, debés llevar el cuaderno a todas partes y leerlo cada vez que esa idea absurda te ataque. ¡Y bajo ninguna circunstancia te podés bañar o despedazarte la piel cuando pensés en esto! ¿Estamos claros? 146

En cuestión de segundos —Sí, doctor —contestó Ricardo, ya con ganas de terminar el encuentro que él mismo había provocado. —Me podés llamar las veinticuatro horas del día y si entrás en una crisis te venís directo a la oficina, que yo te atiendo de inmediato —le dijo sabiendo que no era tarea fácil lo que le estaba ordenando—. Te prometo que vamos a salir adelante. Un abrazo juntó nuevamente a la ciencia con la desesperación, al médico con el enfermo, y Ricardo trató de aferrarse a aquel cuerpo como si en él encontrase el refugio mágico que tanto necesitaba. El doctor dejó que pasaran algunos segundos y se separó sabiendo que tal apego no era correcto. «Tengo que dejarlo que enfrente esto a solas», se dijo a sí mismo. Se volteó hacia un gabinete en el que guardaba un centenar de muestras médicas y le entregó un puñado de cajas. —Aquí tenés varias semanas de medicamentos. No quiero que gastés en prescripciones hasta estar seguros de que te van a caer bien —dijo el doctor—. De todas formas son las mismas que tomaste la última vez del episodio y no creo que tengás ningún problema. Te tomás media pastilla del ansiolítico en la noche antes de dormir y una de fluoxetina en la mañana. Solo recordá que te vas a sentir un poco cansado los primeros días y con algo de sequedad en la boca. La cita había terminado pero recién iniciaba un largo camino de terapia reconstructiva, y Ricardo sabía que antes de poder recuperar el control de su mente le esperarían días difíciles. Se tomó la primera dosis justo antes de salir del consultorio y se fue directo a su casa buscando recuperar algunas de las muchas horas de sueño perdidas. El fin de semana estuvo preso de incontrolables ataques de ansiedad, de lecturas interminables de aquel cuaderno lleno de tragedia y muerte, de baños apresurados que siempre 147

Abraham Stern le pedían un poco más de higiene, y de noches que a pesar del ansiolítico solo permitían un sueño interrumpido y un par de horas de medio dormir. Aquella casa que con el trascurso de los años se le había hecho pequeña, se convirtió en un castillo medieval de gigantescas proporciones, de largos pasillos abandonados, cuartos en un silencio sepulcral donde solo se percibía la respiración de un Ricardo que deambulaba como zombi en busca de alguna señal de vida que lo reconfortara. En varias ocasiones se vio sentado en la cama de Luis Ricardo leyendo en voz alta las líneas del relato final de su vida y haciéndose abrazar de aquel osito de peluche para sentirse acompañado. En una soledad que se le hacía inmanejable, y sin darse cuenta del abuso, se desahogó llamando constantemente a Daniela, a quien después de la sexta llamada se le hizo extraña la insistencia y empezó a inquietarse. —¿Estás bien? —le preguntó—. Me tenés algo preocupada. Ricardo entendió que estaba usando a su mujer como un escudo a sus delirios y de que había buscado en ella una tranquilidad temporal que no podía endosársela a nadie más que a sí mismo. —Creo que la salida de Felipe me tiene un poco afectado —le contestó avergonzado—. Me he sentido muy solo estos días y el simple hecho de escucharte me hace sentirme mejor. —Me podés llamar cuando querrás —le dijo Daniela, sintiendo algo de culpa—, pero como nunca llamás tanto me has asustado un poco. —Tranquila Dani, todo está bien —contestó él sabiendo que no era cierto—. Nos hablamos luego. Dale un besote a Ricardito ¡Me muero de ganas de que estén pronto en casa! 148

En cuestión de segundos —Solo faltan cuatro días —le recordó ella—. Nosotros también te extrañamos un mundo. Un beso por el teléfono dio por terminada la conversación y Ricardo volvió a su maldita soledad. Como si fuese un reloj suizo, siguió con exactitud las recomendaciones del doctor Villanueva, y entre las dosis diarias de medicamentos y las lecturas forzadas de aquel insólito cuento, fue encontrando de a poco alguna paz. En la madrugada del lunes y algunas horas antes de que el sol se asomara por la ventana, se levantó agradeciéndole a la vida el comienzo de una nueva semana y de una jornada de trabajo que le ayudaría a que el tiempo fuera más de prisa. Llegó a su oficina un par de horas antes que lo de costumbre y en la oscuridad de su santuario se tropezó con algunos muebles cuya ubicación no guardaba en su memoria. Prendió algunas luces y por primera vez en muchos años preparó su propia taza de café, no sin antes dejar un reguero en la pequeña cocineta que ni siquiera recordaba. Luego entró a su oficina, prendió el computador y con una paciencia envidiable fue contestando uno a uno un centenar de correos olvidados. Antes de que pudiese dar respuesta a los últimos, Karla abrió la puerta cargando en una de sus manos una nueva taza de café y en la otra un compendio de hojas de vida que Carlos le había dejado desde el viernes. —Buenos días don Ricardo. ¿Acaso me lo hicieron echado de su casa? —preguntó ella inocente y sin saber los remolinos de una crisis personal que lo habían obligado a llegar antes que cualquiera. —Casi no pude trabajar el jueves ni el viernes, y decidí venir hoy un poco más temprano para poder ponerme al día —le contestó Ricardo, serio pero con su acostumbrada amabilidad. 149

Abraham Stern —Aquí le dejo los currículos de los presupuestistas que está recomendando don Carlos —le dijo ella mientras dejaba sobre el escritorio más de una treintena de fólders. —Gracias, Karla, los voy a revisar. Cuando llegue Carlos dígale que pase a mi oficina, para que lo hablemos. Sin pensarlo dos veces y consciente del cansancio que acumulaba su cuerpo, se tragó la segunda taza de café, reconociendo que esta última le supo mucho mejor. Terminó de contestar los dos últimos correos y de inmediato se puso a revisar las acreditaciones de aquellos desconocidos, cuyo nuevo trabajo dependía de un simple detalle que le llamara la atención. Como si fuera un D-os caído del Olimpo, guardián de la verdad y con conocimiento absoluto, fue descartando a la gran mayoría de ellos y acumulando a su derecha aquellos pocos en los que había visto alguna posibilidad. Para cuando Carlos entró en su oficina, el reloj ya marcaba pasadas las once y Ricardo dormía tranquilo encima de un tumultuoso bulto de hojas dispersas sobre su escritorio. Carlos no pudo desaprovechar la oportunidad. Se acercó despacio hacia él sin hacer mucho ruido, y cuando llegó justo a su lado, se agachó lo suficiente para estar tan solo a unos centímetros de su cabeza, lo miró con ojos endiablados y justo cuando Ricardo terminaba de atragantarse uno de sus propios ronquidos, le propinó un estruendoso silbido que lo hizo levantado de su letargo. — ¡¿Qué te pasa animal?! —le gritó Ricardo, tembloroso, con un remolino de papeles que volaban por el aire y con todos los pelos de punta. —“Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David, a las muchachas bonitas...” —le cantó Carlos, sin entender que Ricardo no estaba para semejantes bromas. 150

En cuestión de segundos —No podés hacerme esto, Carlos —le reclamó—. Estoy tomando medicamentos para la ansiedad, tengo los nervios completamente alterados y varias noches de no dormir. —¿Y acaso soy adivino para saber que la nena está enfermita? —preguntó él, excusándose como siempre de la majadería de sus chotas. Ricardo se sentó nuevamente en su silla, sacó de su maletín una fracción del ansiolítico que solo debía tomar antes de dormirse, y sin importarle el destiempo se lo tragó a secas. Fue entonces cuando Carlos comprendió que de verdad su socio estaba descompuesto y desalineado. Se sentó frente a él y con una seguidilla de preguntas y respuestas, se fue enterando de a poco de la uretrorragia, de la cistoscopia, del ardor cada vez que tenía que evacuar sus riñones y del psiquiatra. Sin entender mucho de aquellas cosas, pero un tanto preocupado, le ofreció ayudarlo en lo que estuviera a su alcance y le brindó algunas palabras de apoyo asegurándole que todo se iba a resolver en tan solo un par de semanas. Ricardo, a sabiendas de que eso no iba a suceder y que Carlos no podría ayudarlo por más que quisiera, cambió abruptamente de tema. —He revisado las hojas de vida de los presupuestistas —le dijo, dejando a Carlos con la palabra en la boca—. De todos los nombres solo hay cuatro que realmente me llamaron la atención y de esos el que más me gusta es el de Roberto Obregón. —Yo había pensado también en él —le contestó Carlos—, pero ya tiene más de cuarenta años y puede que venga amañado. Me hubiera gustado contratar a alguien más joven que podamos moldearlo y que no traiga pulgas de sus otros trabajos. Ricardo revisó nuevamente los otros nombres en busca de alguno con menos kilometraje y de la nada se acordó del sida, del 151

Abraham Stern contagio, del agobio, y sintió la ansiedad subir por el cuerpo como un ejército de hormigas que de a poco lo cubrían por entero con un millar de picaduras, todas dolorosas. Tuvo la tentación de sacar el cuaderno delante de Carlos pero no tuvo el coraje para confesarle la vergüenza de sus atípicas terapias, y perdido en la agitación de aquella idea intrusa, le entregó de regreso todas las hojas de vida. —Escogé vos —le indicó sin importarle—. ¡Solo te pido que lo contratés por salario y que no se te ocurra ofrecerle participación como socio, que a mí el sida no me lo pegan dos veces! —exclamó Ricardo sin poder creer lo que acababa de salir de su boca, enredado en su propia telaraña—: Necesito que me hagás un último favor personal. —¿Y ahora qué ocurrencia tenés en la cabeza? —le preguntó. —Necesito que hablés con Scarlett y me averigüés si al menos me puse un condón. —¿Que si te pusiste condón? —exclamó Carlos con una sonrisa sarcástica en su boca—. ¡Cuando te tuve que bañar todavía lo llevabas puesto, animal! —le dijo con el recuerdo de la escena aún fresca en su memoria, y con un suspiro de reproche concluyó—: Que quede bien claro que no fui yo el que te lo quitó de encima. Además, no sé lo que le hiciste, pero Scarlett decidió regresar a Colombia. Sin necesidad de que se dijesen más, Carlos salió algo espantado de lo oficina. Entonces Ricardo tomó nuevamente el cuadernillo, enllavó la puerta, se recostó sobre el sillón y empezó a leer una vez más esas líneas que ya se iba aprendiendo de memoria. Lo leyó un par de veces, y con cada página que pasaba notaba como de a poco se le diluía la desazón y recuperaba parcialmente la razón. Justo cuando se sintió un tanto más aliviado, se topó con aquel renglón en donde don Ignacio, con una satisfacción en sus ojos, le decía: 152

En cuestión de segundos «Te dije que esto no iba a durar mucho, desgraciado». Ricardo miró nuevamente la línea, subrayada tres veces, se acordó de su noche de bodas, de la fotografía, y como si tuviese al viejo de frente se levantó y le gritó: —Se equivoca don Ignacio, esto va a durar para siempre. La terapia empezaba a hacer de las suyas. 153

XIV L a noche había caído hacía un par de horas y a diferencia de otras veces cuando daba una docena de vueltas en su vehículo esperando a que salieran de la terminal de llegadas, esta vez Ricardo se tomó el cuidado de llegar al menos con media hora de anticipación. Se aparcó en el estacionamiento de enfrente y se perdió en un tumulto de personas que esperaban ansiosas la llegada de sus familiares. La salida del aeropuerto era desordenada y entre los taxistas informales y los maleteros improvisados que se ganaban la vida a punta de un puñado de monedas sueltas, la gente se iba arrinconando contra un grueso vidrio lleno de manchas que apenas les permitía ver, de cerquita, cuando salían los afortunados viajeros. Ricardo no tuvo la intención de meterse en semejante barullo y por unos minutos se apoyó sobre una barrera de tubos metálicos pintados de amarillo chillón que no advertían nada, y que solo servían para apretujar aún más a los espectadores. Miró su reloj no menos de seis veces, caminó por intervalos los quinientos metros de frente que ofrecía el renovado aeródromo y ante el frío de la noche que ya soplaba con fuerza, se refugió por unos instantes en un pequeño restaurante. Pidió un café negro doble con bastante azúcar y volvió a caminar el trayecto esperando poder abrazar pronto a Daniela y a Luis Ricardo. Nuevamente se recostó sobre aquel alineado de acero amarillo y le repugnó el sabor a quemado de un café que ya llevaba horas de chorreado. Permaneció allí analizando los rostros de la gente, la emoción de sus corazones, los 154

En cuestión de segundos abrazos de bienvenida, y se sintió algo contagiado de la algarabía. Justo cuando más disfrutaba de aquellas muestras de amor familiar espontáneo, un golpeteo sobre su hombro derecho le hizo voltear la mirada. Nada halagado por lo que se le mostraba en sus ojos, pudo ver a don Ignacio que con su bastón al aire le oprimía con algo de dureza la espalda, buscando llamarle la atención. —¿Qué pasó, don Ignacio? —le preguntó Ricardo algo sorprendido—. No sabía que usted iba a venir a recoger a doña Gloria. —Cómo va a saber si usted a mí solo me llama cuando hay un trabajito en la cervecería —sentenció don Ignacio pensando en Felipe y en lo cerca que estuvo de triturarlo. Quizás por el ansiolítico y el antidepresivo de los que ya venía abusando un tanto, Ricardo ignoró el ataque, sintiendo una inédita paz dentro de sí. No le contestó palabra alguna y le mostró con su mano un espacio vacío a su lado. Don Ignacio aceptó el ofrecimiento y recostó sus posaderas sobre el frío metal. Los dos permanecieron uno a la par del otro, silenciosos, distantes, ignorándose mutuamente, y como si la vida en común no tuviese nada que ver con ellos, esperaron que los rostros de Daniela, de doña Gloria y de Luis Ricardo se asomaran de una vez por todas para dar por terminada aquella comedia. Solo pasaron algunos minutos para que los tres se dejasen ver al otro lado del mugroso vidrio. Ricardo se fue directo hacia ellos, alzó a Luis Ricardo, y lo abrazó como si lo hubiese dejado perdido desde hacía años, zampándole un chorro de besos mientras el pequeño le mostraba el nuevo carrito con luces de colores que llevaba en sus manos. Aún con Luis Ricardo en brazos, se acercó a Daniela, la envolvió con la mano que le quedaba libre y le regaló un suave beso en la boca, haciéndola sentir bienvenida. Don Ignacio le giraba instrucciones a su chofer para que tomara las piezas del equipaje de doña Gloria 155

Abraham Stern y a punta de bastonazos alejaba a los maleteros improvisados que inoportunamente intentaban ganarse alguna extrilla. Sin mostrar mucho cariño y buscando una rápida salida, le dio un abrazo sin beso a su esposa, un beso en la mejilla a su hija y un revolcón de pelo a su nieto quien le abría sus brazos. No le quedó otra que cargarlo y por unos segundos se mostró interesado en aquellas luces rojas, azules y blancas del nuevo juguete. Ricardo aprovechó el descuido para saludar a doña Gloria. La abrazó con fuerza, demostrándole que realmente la había extrañado, y como si fuese su propia madre le regaló un beso en la frente. —Bueno, bueno, ya es suficiente de tanta besuqueadera —dijo tajante don Ignacio—. No entiendo por qué tanto drama si solo estuvieron unos días fuera. —¡Hay gente en este mundo que todavía le demuestra cariño a los que extrañan! —exclamó doña Gloria con sarcasmo. —Pues te vas conmigo a casa o que te lleven ellos —sentenció molesto don Ignacio, mientras se alejaba no sin antes concluir—: Danielita, te espero mañana en casa para que almorcemos y me contés cómo les fue. A doña Gloria no le quedó más remedio que seguirle los pasos al gruñón de su marido. Se alejó junto a él con un gesto de manos que pedía disculpas por la malacrianza y con una cara de mimo triste que rogaba una explicación. Y es que a don Ignacio nadie se atrevía a confrontarlo, y aunque sus arrebatos le incomodaran a Raimundo y todo el mundo, el miedo que infundía se apoderaba hasta del más envalentonado, desterrando cualquier reclamo o disputa, y haciendo creer a aquel hombre que sus modos eran la forma correcta de relacionarse con la gente. Ricardo los vio perderse en la lejanía y no pudo dejar de sentir un poco de lástima por doña Gloria: «no debe ser fácil convivir todos los días con ese hombre», pensó. 156

En cuestión de segundos Cuando Ricardo llegó finalmente a casa, su hijo dormía con placidez en el asiento trasero del coche y Daniela le terminaba de contar los últimos detalles del viaje. Como si fuese algo ensayado miles de veces, él tomó las maletas y Daniela se echó al hombro al pequeño, cubriéndolo de una noche fría con la chaqueta del papá. Cada uno tomó su camino y Ricardo aprovechó los minutos que le tomaría a Daniela dejar al niño bien acurrucado en su cama, para engullirse el ansiolítico que escondía en su mesita de noche y leer apresuradamente la historieta del cuadernillo camuflado entre las hojas de un viejo libro que nunca terminó de leer. Cinco minutos después Daniela entraba en la habitación y Ricardo ya se recostaba sobre la cama con su camisa blanca y una pijama azulada a cuadros que utilizaba a diario. Ella se recostó a su lado mientras él cerraba apresurado el libro nunca leído, le regaló un beso y le hizo saber cuánto lo había extrañado. Se abrazaron por unos segundos y sin mucha prisa Daniela se apartó en busca del equipaje. Tomó el pequeño bolso en el que guardaba sus cosas de aseo personal, una que otra prenda y se refugió por unos minutos en el baño. Para cuando Daniela salió, Ricardo observaba las noticias en el televisor. Ella se ubicó justo en el medio, tapándole la pantalla, y llevando encima la misma bata de dormir de tantas otras veces. Ricardo la miró y se hizo a un lado para poder seguir viendo el noticiero. Daniela se movió otro tanto bloqueando nuevamente el aparato y después de varios acomodos, le dijo: —Dani, estoy tratando de ver las noticias, ¿Me dejás? —Te tengo una sorpresa —le dijo ella con tono sensual y atrevido. Sin poder creer lo que veían sus ojos, Ricardo se quedó congelado al ver como su mujer se desprendía de aquella vieja bata y revelaba aquel “babydoll” color gris perlado. Al igual que ella cuando se lo probó por primera vez, Ricardo no pudo ignorar 157

Abraham Stern las sedas que le perfilaban perfectamente las curvas. Notó con agrado los bordados, las florecillas de primavera y los trazos de tela transparente que le dejaban ver esa intimidad que después de los primeros años de matrimonio pensó no volver a ver. «Se me había olvidado lo realmente hermosa que sos», pensó. Daniela con solo mirarlo supo que ya lo tenía enganchado y dio media vuelta dejando que su marido terminara de derretirse con la redondez de sus pompas adornadas con aquel cachetero lleno de lienzos satinados. Por un instante Ricardo se olvidó de la uretrorragia, de los sangrados, del dolor al orinar, del sida, del doctor Villanueva, del cuadernillo, de la colombianita y de toda la culpa que lo había agobiado desde aquella noche, y sin pensarlo dos veces, se bajó de la cama con la única intención de hacerle el amor a aquella diosa divina. Se acercó a ella, la besó en los labios apasionadamente, luego a un lado del cuello, al otro, y mientras él la besaba, la piel de Daniela se erizaba; él palpaba con sus manos la redondez de sus pechos que se endurecían bajo las sedosas telas italianas. Entonces, justo cuando más disfrutaba del sabroso toqueteo, un pensamiento le invadió la cabeza y recordó las palabras tajantes del urólogo: «Tiene que tener abstinencia sexual completa durante las próximas tres semanas...». Como un niño asustado se apartó de Daniela unos cuantos centímetros, le tomó la cara con sus manos, cariñoso, sabiendo que quería amarla más que nunca y sin pensarlo dos veces le dijo: —No puedo acostarme con vos. —¿Cómo que no podés acostarte conmigo? —preguntó Daniela totalmente sorprendida—. ¡Soy tu esposa! —Lo sé, mi amor —le contestó Ricardo mientras ella le quitaba las manos del rostro—. Tengo una infección urinaria y el doctor me prohibió tener relaciones sexuales por tres semanas. Me muero de ganas..., pero no puedo... 158

En cuestión de segundos —Me llamaste a Miami cuarenta veces, me contaste de Felipe, de la oficina, de lo solo que te sentías y no se te ocurrió siquiera contarme nada de esto —reclamó ella molesta—. ¿Qué diablos pasa Ricardo? —Simplemente se me olvidó contarte —dijo Ricardo mientras Daniela se volvía a cubrir el cuerpo con la vieja bata desaliñada—. —¿Se te olvidó contarme? —Repreguntó ella con tono de reproche y con una enorme sospecha en su corazón—. Esas cosas no son de las que se olvidan y menos con la persona con la que compartís la cama. —De verdad lo siento, Dani —dijo él tratando de calmar la cosa. —¡Nunca antes me habías hecho sentirme tan poca mujer como hoy! —sentenció ella mientras regresaba al baño a ponerse su vieja pijama de dormir. Sabiendo el dolor que le había ocasionado y avergonzado nuevamente de su desliz, se sentó sobre el borde de la cama, cabizbajo, esperando paciente a que la ansiedad lo envolviera como de costumbre. Pocos segundos después su cuerpo temblaba por dentro y su corazón latía descontrolado. Se tomó una dosis adicional del ansiolítico que ya se le iba acabando y esperó a que Daniela regresara con una avalancha de preguntas que probablemente no podría contestar: «¿Cómo se llama tu doctor?, ¿Cómo se te pegó la infección?, ¿Hace cuánto tiempo te diste cuenta?», pensó nervioso. Cuando Daniela regresó, se arrecostó en el lado de su cama, y sin decir palabra se cubrió con las cobijas, apagó la televisión y se volteó lo justo para darle la espalda a Ricardo. 159

Abraham Stern —No te enojés conmigo —le dijo él a sabiendas de que tenía todas las razones del mundo para molestarse con él por el resto de su vida. —No quiero hablar del tema Ricardo —contestó Daniela—. Es casi la una de la mañana y estoy agotada. La oscuridad de la noche se apoderó de la habitación y la mente de Ricardo se iluminó con reproches y autocensuras que le dificultaron conciliar el sueño. «En algún momento voy a tener que sincerarme con ella», se dijo a sí mismo mientras observaba la silueta de su cuerpo, muriéndose de ganas por abrazarla. A la mañana siguiente, ya con los ánimos menos caldeados, se despidieron como siempre. Daniela aún se mostraba un tanto dolida, pero haciendo eco de la fuerza interna que la caracterizaba, se mostró erguida, intacta. Ricardo, despedazado por dentro, se fue con el rabo entre las piernas, débil, derrumbado. Unas horas después y aprovechando que su padre todavía no llegaba a almorzar, Daniela le contó a su madre del incidente, del rechazo aun en semejantes encajes, de la infección urinaria y por primera vez se dejó decir algo que jamás le había pasado por la cabeza: —¿Será posible que Ricardo me esté dando la vuelta? —¿Ricardo? —preguntó doña Gloria extrañadísima—. Jamás en la vida Daniela. No es el tipo de hombre que anda en esas. —¿Y cuál es el tipo de hombre que sí anda en esas? —preguntó Daniela. «Los hombres como tu padre», pensó doña Gloria mientras recordaba las innumerables veces en que lo había cogido con las manos en la masa, de capa caída, una y otra vez a lo largo de los años. Se acordó entonces de las secretarias, de aquella asistente 160

En cuestión de segundos personal con un trasero de pato que la llamó un día a casa a informarle que Ignacio la amaba a ella y que pronto todo entre ellos terminaría. Rememoró las guerras de palabras en innumerables ocasiones, los platos rotos, las amenazas de divorcio, las citas con abogados y las forzadas reconciliaciones únicamente porque en esas épocas era lo que hacían las mujeres decentes como ella. Sintió una rabieta interna al recordar las palabras constantes de su madre: «no importa con cuántas putillas se revuelque durante el día, lo que importa es que en la noche siempre regrese a dormir a casa con vos». Y así fue durante mucho tiempo, sin disculpas ni arrepentimientos, y simplemente con la cantaleta constante de un Ignacio que sin vergüenza alguna le decía: «Así somos los hombres. Ninguna de ellas ha significado nada para mí». Así vivió doña Gloria gran parte de sus días; humillada pero bien vestida, desamada pero bien viajada, irrespetada pero adornada de radiantes diamantes que se acumulaban en una esquina de la caja fuerte al mismo ritmo que don Ignacio iba desechando, una a una, a las concubinas de turno. —Hay hombres a los que se les ve la pinta de perro a un kilómetro de distancia —dijo doña Gloria luego de una extensa pausa—, y Ricardo no me parece que sea uno de ellos. Perfectamente puede tener una infección. Esas cosas pasan Daniela. Por el amor a D-os, no seás tan paranoica. —Se me hace muy raro que no me haya dicho nada —le contestó. —Pues se le pudo haber olvidado —le replicó su madre—. Esperate el par de semanas y si se te sigue negando entonces nos preocupamos. Un chillido en las bisagras les interrumpió la conversación, era don Ignacio; puntual como siempre, serio como de costumbre y adúltero como solo su esposa lo sabía. 161

Abraham Stern —Aquí están las dos mujeres de mi vida —dijo sonriendo—. Vamos a comer que me muero de hambre. El almuerzo no tuvo nada de especial; a excepción de Ricardo cada uno se sentó en su sitio, en una mesa adornada con finos manteles, cubiertos de plata y una lujosa vajilla europea con incrustaciones de oro que resplandecían a la luz del día. Con una pequeña campana de plata de sonido delicado pero agudo, don Ignacio le avisaba a su gente del servicio que era el momento de retirar el primer plato, y como un ejército en perfecta formación, las muchachas, todas uniformadas, entraban a retirar las entradas y a colocar oportunamente el plato principal. Similar a una sesión parlamentaria, conversaban entre ellos siguiendo siempre un orden de participación que era inconscientemente moderado por don Ignacio y así, sin sorpresas ni sobresaltos, se dijeron todo lo que tenían por contarse. Las siguientes tres semanas pasaron habitualmente, con la rutina y las desveladas de Luis Ricardo que ahora eran interceptadas a tiempo por su padre, quien había perdido la costumbre del buen dormir, y terminaba recostado junto a su hijo hasta que se le cerraran sus ojitos. Daniela, con un semblante que se le refrescaba a diario, no tardó en agradecerle a su marido esas horas extra de sueño, sin sospechar la verdadera razón de sus insomnios. En medio de su ajetreo, Ricardo encontró el tiempo para visitar una vez más al doctor Villanueva, y hacerle saber que iba mejorando. —De no haber sido por la cita ni siquiera me hubiera acordado del tema —le dijo justo antes de salir por última vez de su consultorio. Por su parte, Daniela marcaba en su agenda cada día, esperando que pasara el período de abstinencia para reiniciar la conquista amorosa de su marido y la búsqueda de ese embarazo 162

En cuestión de segundos que para ella ya era irreversible. Y así pasaron los días, ella esperando ansiosa y él sintiéndose cada vez menos agobiado y torturado. Fue tal su mejoría, que olvidándose por completo de su pecado y adelantándose incluso algunos días al plazo de las tres semanas, Ricardo le propuso a Daniela que se pusiera aquel hermoso encaje. Se amaron una y otra vez hasta quedar los dos rendidos en la intimidad de una desnudez acogedora. Esa noche Ricardo recuperó nuevamente el sueño y después de más de un mes de no conocer tales lujos, se fue despertando hasta pasadas las diez de la mañana. Daniela, quien hasta esa noche había dudado de todo, perdió la sospecha que rondaba en su cabeza y volvió a creer en la nobleza de su compañero. Durante los siguientes meses se amaron como un par de adolescentes que recién descubrían los dulces secretos de sus cuerpos. Noche tras noche terminaban rendidos en un enredo de sábanas que se mezclaban con el sudor de sus poros, y por primera vez desde que se conocieron, Daniela logró entregársele a Ricardo sin pudores, recatos o límites, descubriendo finalmente una sexualidad maravillosa que hasta ese momento había dejado encerrada en la irracional cárcel de sus prejuicios. Sin entender las razones de esa nueva llama pasional y llegando a pensar incluso que los infortunios de aquella noche en el Pink Paradise algo tenían que ver con aquel derroche, Ricardo se sintió como el mejor amante y el hombre más afortunado del mundo. No pasó mucho tiempo para que en su memoria se borrara por completo aquella carga de culpa y sus días volvieron a ser vibrantes y con un futuro que solo auguraba buenas cosas. Fue así como en los primeros días de noviembre y justo cuando las cosas mejor andaban, que el celular de Ricardo sonó con extraños retumbos. A pesar de estar en medio de una reunión de trabajo, no pudo evitar ojear la razón y, como si entrara en un recuerdo perdido, pudo leer el mensaje en la pantalla que decía: 163

Abraham Stern «examen de sangre». Bastaron tan solo esas palabras para que durante el resto del día recordara una y otra vez todo aquello que había olvidado y en su mente reaparecieran las imágenes difusas de Scarlett, del sangrado, del urólogo, del doctor Villanueva y del sida. No sintió mayor ansiedad pero sí se perdió en aquellas imágenes y aunque en un principio no le dio mayor importancia, una voz interna lo empujaba sutilmente a sacarse la duda de una vez por todas. Leyó el cuadernillo una vez más como buscando una razón para librarse de aquellas tentaciones y al final de un análisis interno, se convenció de que con aquel examen terminaría de cerrar de una vez por todas ese capítulo negro que aún merodeaba en su conciencia. La luz del día terminaba justo cuando Ricardo ingresó, minutos antes de que cerraran, al laboratorio clínico que desde hacía años operaba a tan solo seis cuadras de su casa. Como si fuese la cosa más normal del mundo, sin vergüenza alguna, le indicó a la recepcionista que quería hacerse una prueba de sida. Ella hizo algunas anotaciones en la computadora, cobró el importe del examen, imprimió unas cuantas etiquetas adhesivas, las colocó sobre un grupo de tubos de ensayo y se retiró algo apresurada. Unos minutos después apareció una microbióloga con una bata impecablemente blanca y lo invitó a pasar a uno de los cuartos de examen. Sin mucho de qué hablar y con la premura de llegar temprano a casa, colocó el brazo derecho de Ricardo sobre un apoyador que sobresalía de la mesa, le amarró una liga plástica en la parte superior del brazo y esperó unos segundos hasta que alguna vena resaltara por debajo de la piel. Cuando logró palparle la vía, retiró la liga, tomó la jeringa que había preparado y dejó que su punta afilada penetrara levemente. Sin sentir más dolor que un simple punzón, Ricardo percibió como pronto brotaba su sangre y se llenaban, uno a uno, los tubos de ensayo que llevaban bien marcados su nombre y apellido. 164

En cuestión de segundos —¿Prefiere pasar a recoger los resultados personalmente o que se los mandemos por correo electrónico? —preguntó la microbióloga. —Por correo electrónico —le contestó Ricardo. —¿Me lo facilita por favor? —pidió ella—. Generalmente el dato lo toma la recepcionista pero estamos cerrando y ella hoy debía salir unos minutos antes. —No hay problema —le dijo Ricardo mientras le dictaba la información. Sin darse cuenta de que había caído nuevamente en uno de los vicios de su odiosa enfermedad mental, salió de aquel laboratorio con un algodón cargado de alcohol sobre un pequeño brote de sangre que aún salía de la vena punzada y, en su mente, un parche ficticio que le hacía creer que había hecho lo que correspondía. Cuando llegó a casa, Luis Ricardo jugaba con una colección de juguetes regados por toda la sala y aprovechando que había llegado al menos una hora antes, se tumbó en el suelo para jugar con el pequeño. Pasaron juntos media hora entre abrazos y carcajadas; Ricardo se dio el gusto de su vida. En medio de aquel jolgorio, se acordó de Daniela y le llamó un tanto la atención su ausencia. —¡Mercedes! —gritó Ricardo, buscando la ayuda de la laboriosa empleada. Como si fuese un mandato divino, la señora no tardó más que veinte segundos en estar junto a ellos mientras que con un trapo húmedo se limpiaba las manos de los quehaceres a medio terminar en la cocina. —¿Me llamaba, don Ricardo? —preguntó ella. 165

Abraham Stern —Sí, Merce. ¿De casualidad has visto a Daniela? —La señora está recostada en su habitación —dijo—. Al parecer le ha caído pesado el almuerzo y se ha sentido indispuesta. Ricardo se levantó de inmediato, subió las escaleras para ver qué era la cosa y cuando entró en la recámara, Daniela dormía cubierta con un edredón bordado que su madre le había regalado de niña. Él se le acercó algo preocupado, se sentó a su lado, le acarició la mano y le susurró: —¿Te sentís bien, mi vida? —Tengo muchas náuseas y he vomitado varias veces —le contestó ella muy pálida—. De fijo me ha caído mal el almuerzo. —¿Querés que le diga a Mercedes que te prepare algo especial para cenar? —preguntó Ricardo mientras se cambiaba la ropa y se alistaba para salir a hacer su rutina nocturna de ejercicios. —No gracias, lo que quiero es descansar un poco —concluyó Daniela. Los cuatro kilómetros que Ricardo corría todas las noches le tomaban no más de cuarenta minutos; desde hacía años había descubierto que no era hombre mañanero, y aprovechaba el final del día para sudar un poco las toxinas de un cuerpo que llegaba desgastado del trabajo y que pedía a gritos esos minutos de rejuvenecimiento. Daniela, que sabía bien que las náuseas y el vómito no guardaban relación con ningún almuerzo, aprovechó la ejercitada de su marido para telefonearle a su madre. —Mamá —le dijo con un tono de voz bajo— ¡Creo que estoy embarazada! 166

En cuestión de segundos —Bendito sea Danielita —exclamó su madre emocionada—. ¿Estás segura? —Tengo casi una semana de atraso —replicó ella—. Hoy he pasado con náuseas todo el día. —Me avisás en cuanto sepas algo —concluyó doña Gloria. —No le digás nada a papá hasta que esté segura —le recordó Daniela antes de despedirse. 167

XV A driana Montes desconocía la importancia de su oficio. La joven estudiante de farmacia se había visto obligada a suspender temporalmente sus estudios universitarios para atender y mantener a su madre enferma, quien en sus mejores tiempos hizo no menos de dos trabajos y dieciséis horas de laboriosas faenas para darles a sus dos hijas todo lo necesario. La pobre mujer ahora deambulaba perdida en la demencia de un Alzheimer que le había desvalijado de a poquitos los recuerdos y le hurtaba las vivencias que alguna vez logró guardar en su memoria. La noche anterior y minutos antes de que Ricardo se hiciese su examen, Adriana recibió una llamada de su única hermana quien con impotencia le hacía saber que no iba a poder pasar la noche en casa. Como si fuese un animal furtivo, la joven dejó su puesto de trabajo a destiempo y con una lista interminable de asuntos pendientes. Sus compañeras, sabiendo de las complicaciones que enfrentaba para mantener un oficio mal pagado y aun así ocuparse de las demencias de su madre, le cubrían todas las ausencias, aliviándole con el simple gesto de esa ayuda desinteresada, una carga emocional que estaba a punto de estallar en mil pedazos. Aquella noche fue particularmente difícil para ella. Su madre, que hacía algunas semanas había perdido la noción del tiempo, dormía ahora durante el día mientras que en la noche se paseaba por la pequeña casa hablando incongruencias con un manojo de personajes ficticios que solo encontraban espacio en su quebrantado 168

En cuestión de segundos universo. A duras penas y con paciencia franciscana, la siguió durante horas, evitando que se lastimase, dándole una espesa sopa cargada de proteínas cada vez que abría la boca, y como su misma sombra, le siguió cada uno de sus pasos hasta que la oscuridad de la noche cedió ante los primeros rayos de luz de la mañana. Entonces las dos quedaron rendidas; la joven de agotamiento y su madre pensando que el sol se acostaba cuando en realidad apenas se asomaba por el horizonte. No fue hasta pasadas las diez de la mañana y con tres horas de un sueño mal dormido que Adriana logró llegar a su trabajo. Sobre su escritorio se acumulaban notas escritas por distintas manos y un listado de pacientes y resultados que debían procesarse. En estado de semiinconsciencia fue completando el trabajo acumulado, interrumpiéndolo ocasionalmente con siestas de cinco minutos incluso sentada, haciendo ver que miraba a la pantalla y con sus manos apoyadas sobre el teclado. Cuando faltaba media hora para las cinco de la tarde logró finalmente ingresar los resultados de la jornada, y entre aquel listado de números y fórmulas, las respuestas a las dudas que llevaron a Ricardo a aquel pequeño laboratorio comunal. Solo le tomó una fracción de segundo pulsar el botón de Send de la pantalla para que el programa de cómputo se encargara de enviar por correo electrónico los treinta y siete resultados de laboratorio que se habían verificado desde el día anterior. Adriana se quedó mirando cómo uno a uno salían hacia las direcciones que ella misma había digitado hacía tan solo unos minutos y en su consumido cuerpo sintió un alivio por haber sobrevivido un día más. Ricardo revisaba los planos preliminares de un pequeño anteproyecto cuando el sonido alertador de su ordenador le avisó la entrada de un nuevo mensaje. Le tomó un par de minutos para que finalmente pudiera revisar la casilla de correos entrantes y cuando vio el remitente supo que en esa comunicación encontraría la 169

Abraham Stern respuesta definitiva a sus irracionales angustias. En un principio no entendió nada y solo logró ver la línea que leía: «GCH: RANGO mIU/ml 1500, POSITIVO». Como si de la pantalla misma hubieran salido vientos huracanados, Ricardo sintió que la vida se le derrumbaba por completo. Se imaginó mil y una excusas para explicarle a Daniela lo sucedido e inmediatamente le volvieron las taquicardias, las sudoraciones excesivas y un temor a desafiar una muerte que aún no estaba en sus planes. En medio de aquel ataque de desasosiego y sabiendo que en ese momento solo podía confiar en una persona, tomó el teléfono y le marcó al doctor Villanueva. —Es Ricardo Galán, páseme al doctor por favor —le dijo Ricardo a la recepcionista, sin protocolos ni amabilidades. —Está con un paciente —le contestó ella, igualmente fría. —Es una emergencia de vida o muerte —gritó él—, necesito hablarle inmediatamente. Pedro Villanueva tomó el teléfono pensando que se trataba de un nuevo ataque de ansiedad y antes de que pudiera terminar de decir unas cuantas palabras fue interrumpido por Ricardo quien con voz de ultratumba le reveló a rajatabla que había contraído la enfermedad. —¿Y cómo sabés que tenés sida? —preguntó el doctor con incredulidad. —¡Me hice un examen y salió positivo! —exclamó Ricardo, todavía pegando gritos. —Tranquilizate, Ricardo —le dijo—. ¿Me podés leer lo que dice el resultado de la prueba? 170

En cuestión de segundos Con una voz temblorosa, quebrantada y llena de angustia le leyó lentamente lo que decía: «GCH: RANGO mIU/ml 1500, POSITIVO». El doctor Villanueva suspiró de alivio y no pudo contener la carcajada. —No me parece que te estés riendo de esto —le reclamó Ricardo totalmente confundido. —Claro que me puedo reír —le contestó el doctor—. No tenés sida Ricardo. ¡Estás embarazado! Lo que tenés positivo es la Gonadotropina Coriónica Humana, conocida popularmente como la hormona del embarazo. Definitivamente te enviaron un resultado equivocado del laboratorio... —trató de advertirle antes de que lo dejara hablando solo en el teléfono. Ricardo revisó nuevamente la pantalla, esta vez con detenimiento, con cuidado, y fue entonces cuando cayó en cuenta que el doctor Villanueva llevaba la razón. El correo iba dirigido hacia él pero no su contenido. «Señora Daniela Galán. Adjunto sírvase encontrar el resultado del examen realizado. Le agradecemos su confianza en nuestros servicios. Atentamente, Adriana Montes. Laboratorios Castro Ventura», leyó como si un ángel caído del cielo le hubiese rescatado de las profundidades de un abismo. De seguido, se cuestionó esa gestación no planificada, pero al percatarse que segundos atrás había resucitado de las garras propias de la muerte, no le dio mayor pensamiento a algo que ya no importaba. Fue así como en menos de un segundo pasó de la agonía a un estado de éxtasis y emoción casi descontrolado y, aunque ni siquiera tenía idea del cuándo, el cómo y el dónde, ni de las pastillas anticonceptivas que mágicamente habían dejado de funcionar, la noticia le llenó de alegría el alma. Trató de llamarla una, dos, tres veces, hasta que finalmente le contestó el teléfono. 171

Abraham Stern —Hola mamá —le dijo Ricardo entusiasmado. —¿Mamá? —le contestó Daniela intrigada. —¡Vamos a ser padres de nuevo! —le gritó Ricardo exaltado. —¿Y cómo te enteraste? —repreguntó ella con asombro. —¡Se equivocaron, maravillosamente se equivocaron! — exclamó emocionado—. ¡Me han enviado a mi correo los resultados de tu prueba! Daniela, me has hecho el hombre más feliz del mundo, estoy emocionado... ¡es una bendición caída del cielo! —Me tomaste totalmente por sorpresa —le dijo Daniela, aliviada de una explicación que ya no debía dar—. ¡Yo también estoy feliz de la vida! —Alistate que hoy mismo salimos a celebrarlo —le dijo el finalmente—. Los amo con toda mi alma. Daniela dejó colgar el teléfono, se tomó el vientre con sus manos, derramó unas lágrimas de alegría y le marcó a su madre. — ¡Mamá, vas a ser abuela de nuevo! —Lo sabía, tenía la intuición en el alma —gritó emocionada—. ¡Que felicidad Danielita! —Avisale a papá que Ricardo quedó de pasar por mí y aún tengo que bañarme —le dijo ella apresurada—. Después hablamos con más calma. El estado de algarabía que vivía Ricardo lo hizo olvidarse de todo y en su mente solo esperaba el momento para disfrutar junto a Daniela de la noticia. Dejó a medio terminar la revisión del anteproyecto y salió de su oficina vociferando de júbilo: 172

En cuestión de segundos —¡Voy a ser papá nuevamente! —le dijo a Karla con un abrazo que nunca antes le había dado—. Me voy a casa. Subió a su vehículo pensando en la cuna, en las pañaleras, en el nuevo coche para la criatura, en los chupetes, y añoró en su mente que fuese una niña, tan hermosa como Daniela y con el corazón blando e inagotable de Julieta, la única madre que vivía aún en su corazón. La pureza de ese pensamiento lo llenó de gozo y a pesar de la prisa que llevaba, tuvo el tiempo suficiente para comprar treinta y seis rosas, con el capullo cerrado listo para florecer y de tallo largo, sin espinas, como la vida misma de esa criatura que estaba por nacer. Y fue así como llegó a casa con la fe de besar a la mujer que siempre amó. Tomó el amuleto de plata que colgaba de su cuello, lo besó, le agradeció a sus padres por la bendición y abrió la puerta. En el vestíbulo de su casa, recostadas como estatuas, yacían algunas maletas a punto de reventar y otro tanto igual de cajas cargadas con los juguetes de Ricardito. Ahí, en el sofá de la sala principal, como si alguien hubiese muerto, lloraba Daniela desconsolada. Allá, al borde de la escalinata, Mercedes terminaba de empacar algunas cosas que habían quedado de lado. Ricardo no comprendió el drama, pensando por un instante que algo terrible le había sucedido a doña Gloria, a don Ignacio, al bebé. Miró nuevamente a su alrededor y barajó en su mente las razones para tal desenlace, pero dentro de aquella anarquía mental que se tenía, no le ajustaron las maletas, las cajas, absolutamente nada, y sin tener la menor idea de lo que sucedía se fue en su auxilio. Cuando estuvo frente a ella se hincó, para consolarla de cerca, a su altura, le extendió sus brazos esperando que ella encontrase en él un hombro sobre el que apoyarse, y antes de que pudiese decir palabra alguna, sintió una tremenda bofetada que lo estremeció. Era la segunda vez que Daniela le mandaba semejante 173

Abraham Stern manotazo, pero a diferencia de la primera, en esta ocasión no recordaba motivo alguno para semejante embate. —¡Sos un maldito desgraciado! —le gritó Daniela, exasperada. —Daniela, mi amor, no tengo la menor idea de lo que hablás —le dijo Ricardo realmente confundido. —¿No entendés? —preguntó crispada mientras le tiraba en la cara una hoja de papel apuñado. Ricardo no entendió o no quiso entender el ataque, y estando todavía en el suelo se alejó, procurando con ello evitar a toda costa una nueva embestida de aquel animal enfurecido. Tomó el papel arrugado y lo fue extendiendo con la esperanza de encontrar alguna explicación a lo que sucedía. Cuando finalmente pudo descifrar las letras, comprendió el porqué de la arremetida. «ANTI-VIH I/ II – NO REACTIVO - NEGATIVO», leyó con incredulidad. En ese momento Ricardo comprendió el horror que habían cometido en aquel pequeño laboratorio de barrio. —No es lo que parece Daniela —le dijo Ricardo tímidamente, asustado. —¿Ah no? —preguntó ella endemoniada—. ¿¡Explicame entonces qué hace un hombre con siete años de casado haciéndose exámenes de sida, a ver explicame!? También se equivocaron conmigo Ricardo. ¿Sabés acaso la vergüenza que he pasado con el laboratorio? Y lo peor de todo es que sí estoy embarazada nuevamente —continuó con un desahogo desesperado antes de poder finalmente decir—: ¡Me lo quiero hacer sacado de mi vientre, maldigo el día en que dejé de tomar las pastillas anticonceptivas! 174

En cuestión de segundos —Entendeme Daniela, me volvieron las obsesiones —contestó él, como tratando de desenredar la cosa con una mentira más—. Podés llamar a mi psiquiatra si querés. —No necesito llamar a nadie, lo tengo todo claro. Sos una basura de hombre. El cuento de la infección justo después del viaje, las llamadas constantes el fin de semana, todo calza perfectamente —dijo ella, tratando de controlar el llanto—. ¿O acaso creés que Mercedes no me ha contado lo de la ropa que quemaste, del vinagre? ¿Creés que soy estúpida? —La semana que te fuiste de viaje tuve una crisis muy seria con mi trastorno obsesivo compulsivo —continuó Ricardo, evadiéndola nuevamente—. El examen, la ropa, el vinagre, todo esto es por eso. —Mirame a los ojos, y jurame por tu único hijo y por la memoria de tu madre que no me fuiste infiel Ricardo —insistió ella ya sin derramar una sola lágrima—. ¡Jurámelo! Un silencio lúgubre enmudeció a Ricardo, quien ante el careo no tuvo el valor de deshonrar al niño, a sí mismo ni a su madre, y mucho menos seguir con un juego de mentiras que ya no lo llevarían a ningún lado. «Es hora que acepte mi responsabilidad», pensó devastado. La miró con los ojos entristecidos, con lágrimas, con el corazón triturado, y no pudo decir palabra alguna. —Lo sabía —acusó Daniela, desecha, pero con una determinación de hierro—. Me llevo a Luis Ricardo donde mis padres. No quiero volver a saber nunca más de vos. La próxima vez que sepás algo mío, va a ser a través de mi abogado. Cruzó la puerta sin mirar hacia atrás, con el orgullo hecho añicos, pero erguida, convencida de que nunca más regresaría y a 175

Abraham Stern sabiendas de que dejaba a sus espaldas a un hombre que aún amaba pero que no merecía perdón alguno. Y así como se desmoronan los castillos de arena contra el ímpetu de una marea alta, se le derrumbó a Ricardo una vida que creyó tener controlada. Miró como Daniela se alejaba con ganas de volver el tiempo atrás pero sabiéndose impotente, con el orgullo despedazado pero convencido de que merecía una segunda oportunidad, arrepentido. Ricardo no pudo tolerar el abandono. Se echó a morir en la soledad de una casa que ya no quería, rodeado de fotos que con cada imagen le resquebrajaban su dolor y de aromas que aún le recordaban la eterna inocencia de Luis Ricardo y la piel sedosa de la mujer que fue pero dejó de ser. En la desesperación de una vida que ya no quería vivir, se abrazó a aquel frasco de ansiolíticos como el alcohólico a la botella. No contestó llamada alguna, cerró todas las cortinas de la casa, asegurándose de que entrara la menor cantidad de luz y al igual que un murciélago, se refugió en la oscuridad de su desoladora cueva. Debieron pasar cuatro días de desaparición y la pericia de un cerrajero para que su amigo Carlos pudiera ingresar al fortín emocional en el que Ricardo se había refugiado. Cuando lo encontró, ya había perdido al menos cinco kilos de peso y en su rostro se marcaba el crecimiento de una frondosa barba que lo hacía verse aún más sucio y desaliñado. Ricardo yacía seminconsciente en el suelo, maloliente, cubierto con una franela y agarrando en su mano derecha el pote con las pocas pastillas que aún le quedaban. Carlos trató de hacerlo reaccionar pero salvo algunas palabras perdidas y sin sentido, el hombre no mostró ninguna intención de querer despertar. Con una preocupación sincera, rebuscó alarmado en la billetera de Ricardo hasta que finalmente dio con 176

En cuestión de segundos la tarjeta de un tal Pedro Villanueva: «Especialista en Trastornos de la Ansiedad». Solo pasó una hora para que aquel doctor y Carlos Carrillo se estrecharan las manos por primera vez, junto al cuerpo medio muerto de un Ricardo que seguía perdido en alguna dimensión de lo desconocido. Algunas horas después, sumergido en una tina de agua helada, Ricardo Galán volvía lentamente a la vida. Se fue incorporando de a poco, dando pequeños avances por aquí y por allá, hasta que al fin logró gesticular algunas palabras. —Daniela se enteró de todo —dijo somnoliento. Le siguieron varias tazas de café, una charla sincera entre Carlos y el doctor, quien se enteró de boca del pequeño amigo sobre algunos detalles escabrosos de aquella noche que el propio Ricardo no recordaba tal cual, y como dos parientes sentados en la sala de espera de un hospital, atendieron a que Ricardo se levantara del coma que se había recetado a sí mismo. Cuando finalmente recuperó la conciencia, se desplomó en llanto y en medio de una cadena de reproches. Un sentimiento de culpa ahogaba cada palabra y les dijo a sus dos únicos amigos que había perdido a su mujer. —Esto no puede estar sucediendo —dijo Carlos consternado—. Si hay un hombre en este mundo que no se merece esto, ese sos vos, Ricardo. —¿Cómo que no puede ser? —preguntó Ricardo desanimado—. Carlos, le fui infiel a mi esposa. Me merezco todo esto y más. —No estoy tan seguro de eso —intervino el doctor Villanueva—. Si Felipe no te hubiera drogado de la forma en que lo hizo, ¿hubieras terminado revolcándote con la colombiana? 177

Abraham Stern —¿Qué importancia tiene eso ahora? —respondió Ricardo derrotado—. Lo hecho, hecho está, y para Daniela no tiene importancia si lo hice drogado, consciente o con una pistola sobre la cabeza —pero reflexionó, suspiró profundo y exclamó—: Sí. Igualmente me hubiera metido con ella. Estaba harto de la monotonía, de su apatía sexual, de hacer siempre lo mismo y de la misma forma. Por supuesto que me hubiera revolcado con la colombiana o con cualquier otra mujer que se me hubiera atravesado esa noche. Estaba decepcionado de muchas cosas y nunca tuve el valor de decírselo a Daniela. Pagué con una infidelidad mi silencio y mi cobardía. —Pues entonces tiene toda la importancia del mundo —advirtió el psiquiatra, mientras Carlos escuchaba como si todo esto fuese algo nuevo—. Ricardo escuchame. ¿Acaso no te has dado cuenta de lo que acabás de lograr? Recién diste el paso más importante de tu vida. Finalmente reconociste tu error, puro y simple, sin cómplices, sin excusas baratas. Acabás de sincerarte vos y eso vale más que mil palabras. Si así son las cosas, tenés que levantarte de esa cama, ir a buscarla, hablarle como nunca lo has hecho y luchar por reconquistarla. No podés rendirte sin al menos tratar de explicarle lo que sentías en ese momento. ¡Tenés que abrirle tu corazón al igual como te lo acabás de abrir a vos mismo! Aquellas palabras lo reconfortaron. Envalentonado, intentó ponerse de pie pero cayó en cuenta de que estaba débil, físicamente arruinado, y sin el menor deseo de hacerlo, pidió que le dieran algo de comer. —Voy a ir a la farmacia a comprarle algunos litros de suero —dijo el doctor—. No está en condiciones de ingerir alimentos sólidos —advirtió mientras se alejaba, y sin transición ordenó—: Carlos, ayudalo a que se dé una ducha, que volviendo de la farmacia lo vamos a llevar a casa de sus suegros. 178

En cuestión de segundos No era la primera vez que Carlos se veía en la obligación de ponerle mano a los cueros desnudos de Ricardo y sin tocar aquellas partes, llegó a pensar, algo molesto, que este asunto de estar bañando a su amigo ya se le estaba convirtiendo en costumbre majadera. Intentó convencerlo de que se afeitara, pero Ricardo se negó rotundamente, pensando que aquel desorden facial le ablandaría a Daniela un poco el corazón. Fue así como ya caída la noche, con el pelo mojado y alborotado, una barba dispareja, flacuchento y tambaleante, y en compañía de Carlos Carrillo y Pedro Villanueva, Ricardo dejó que lo llevaran a la casa en donde haría el último intento de rescatar lo que en tan solo segundos había perdido. La casa de don Ignacio se ubicaba en diez hectáreas sobre la cúspide de una montaña con una leve planicie desde donde se visualizaban las luces intermitentes de las tres principales ciudades de Costa Rica; San José, Heredia y Alajuela. Alejada de todo, la mansión era permanentemente custodiada por una veintena de peones con machete en la cintura y pistola en mano, obedientes a un hombre que desde siempre ordenaba disparar primero y preguntar después. Cuando llegaron al portón principal, un fortachón de campo, labriego sencillo, se aproximó con la intención de que dieran media vuelta y se regresaran. —Hola, Jacinto —le dijo Ricardo reconociéndolo—. Nos están esperando en la casa. —Diay, don Ricardo, tremendo susto me han pegado —le contestó, cuando a duras penas le verificó el rostro en la oscuridad —. Pásenle sin miedo que usted es de la casa. Evidentemente Jacinto no sabía nada de lo acontecido y mucho menos de que estaba a punto de perder su trabajo por haber dejado pasar a un Ricardo que, aunque nunca fue bien recibido, hasta 179

Abraham Stern hacía tan solo cinco días podía entrar y salir de aquellas tierras sin problema. —Espérenme en el carro —les dijo Ricardo al llegar a la casa—, esto es algo que debo enfrentar a solas. Cuando Ricardo oprimió el timbre de la puerta principal, don Ignacio leía un viejo libro en la comodidad de su habitación, Daniela se reclinaba junto a Luis Ricardo en el mismo cuarto en que creció, y doña Gloria bordaba en la sala de tejido de aquel gigantesco palacete. Quizás por la proximidad o por una cuestión del destino, fue la misma doña Gloria la que atendió el timbrazo. Abrió la puerta y sin poder sobreponerse de la sorpresa, le dijo: —Ricardo, no tenés nada que hacer aquí. Mejor marchate antes de que Ignacio cometa alguna locura. —Doña Gloria, no me voy a ir de aquí hasta que pueda explicarle a Daniela qué fue lo que pasó —le contestó decidido—. Sin Daniela y sin Luis Ricardo mi vida no vale nada, así que me importa un bledo lo que don Ignacio decida hacer conmigo —no titubeó un segundo, y mientras se escurría forzadamente dentro de la casa, exclamó—: Llámeme a Daniela por favor. Daniela bajó a confrontarlo enfurecida, desquiciada y con un desaforado grito le dijo: —¡Largate que no quiero volver a verte! El alarido llegó a oídos de don Ignacio. Dejó su libro, se puso las pantuflas, abrió la gaveta de su mesa de noche, tomó el revólver que tenía siempre listo a su lado, y con bastón en mano se acercó lo más pronto que pudo. 180

En cuestión de segundos —No voy a largarme a ningún lado hasta que escuchés lo que vine a decirte —le contestó Ricardo a Daniela sin saber que don Ignacio pronto aparecería—. Sí, Daniela, te fui infiel y nunca debí hacerlo. Me arrepiento cada segundo por el irrespeto que les ocasioné; lo que hice no tiene excusa y te pido que me perdonés. —No me interesan tus ruegos... ya es demasiado tarde para venir a buscar otra oportunidad —interrumpió Daniela, aún exasperada—. ¡Largate! —Ya escuchó lo que dijo la señora de esta casa —intervino don Ignacio, quien apareció en el tumulto apuntando a Ricardo con su revólver. —Papá, te lo ruego, bajá esa pistola —le imploró Daniela asustada. —¡Ignacio por favor no hagás una locura! —subrayó enérgica doña Gloria. A Ricardo poco le importó que don Ignacio tuviera el arma en sus manos, y en lugar de amedrentarse tomó un segundo aire de valentía. Ignorando por completo la amenaza, se acercó aún más a Daniela, le tomó su mano y le contó todo lo que tenía para contarle. Como si solo tuviera unos pocos minutos para descargar todo el peso que soportaba su alma, le recordó la noche frustrada de su cumpleaños, de la cantidad de veces que le había hecho saber el vacío sexual que él en ocasiones sentía y del error que cometió al acompañar a Carlos y a Felipe al Pink Paradise. De a poco Ricardo se fue adentrando en los detalles de una historia que iba ablandando a Daniela. —Si no te largás vas a terminar con un balazo en la cabeza —lo amenazó don Ignacio—. Te lo advertí desde el primer día, muerto de hambre. ¡Esto no iba a durar para siempre! 181

Abraham Stern —Callate de una vez por todas, Ignacio —le dijo doña Gloria enfurecida pero preocupada por el arma de fuego—. Al menos Ricardo si tiene la hombría de venir a pedir disculpas y no como vos, que me hiciste toda la vida lo mismo sin siquiera darme dos palabras de consuelo. Daniela se volteó hacia su padre y por primera vez en su vida don Ignacio no fue capaz de sostenerle la mirada. «Las cosas que se viene a enterar uno a estas alturas de la vida», pensó en la inmensidad de su dolor. Luego, sin pensarlo, Ricardo se adentró aún más en sus vivencias y como si estuviera extrayendo un trozo de carbón de las profundidades de una mina, le habló de Scarlett, de la bochornosa infidelidad que no significó nada para él pero que le alteró la tranquilidad. Le contó de la uretrorragia, del doctor Villanueva, del cuadernillo, y sobre todo de cuánto la amaba. Le pidió perdón cien veces y ante el rechazo le volvió a pedir perdón cien veces más. Y entre llantos, intentos de un abrazo que diera al menos la noción de una posibilidad y palabras llenas de sinceridad y de humildad, Daniela no pudo controlar la congoja y, desesperada, se cayó al piso en medio de un llanto cargado de odio y al mismo tiempo de un deseo casi innato de perdonarlo. A don Ignacio le bastó ver a su hija tendida en el suelo para que reviviera aquel accidente que le robó para siempre el buen andar y le destruyó la dulzura que de niño todavía sobrevivía en su corazón. Como si los años no hubieran pasado, revivió el momento preciso en el que aquel hermoso y mal amansado caballo andaluz se levantó sobre sus patas traseras lanzándolo por el aire como una pluma al viento. Recordó a su madre flagelándolo, una y otra vez, de día y de noche, con el punzón de ese látigo que le despedazaba la piel y le hundía la ilusión de una vida que nunca más volvió a ser la misma. Sintió a su padre justo a su lado, cargándolo sobre sus regazos ante su inmenso dolor y hasta escuchó cómo le decía: «Nunca dejés escapar a quien te haga daño. Cualquiera que intente 182

En cuestión de segundos maltratarte debe ser tres veces castigado». Entonces perdió por completo el control, sintió que en sus venas corría la sangre de aquel animal rebelde, furibundo, desbocado, y en un instante de locura total le fijó la mirada a Ricardo, cerró los ojos y jaló tres veces del gatillo. El estruendoso sonido de los balazos dejó a todos enmudecidos, congelados, y para cuando don Ignacio retomó el control de lo que había hecho, se percató, tardíamente, de que esta vez la sangre del animal no cubría el verdor de la yerba, y que en su lugar era la sangre de Ricardo la que brotaba cubriendo los tejidos de una alfombra sobre la cual convulsionaba adolorido. Daniela no tardó una fracción de segundo en auxiliarlo y como si nada hubiera pasado entre ellos, le tomó la cabeza, lo acarició y le pidió que no se muriese. Pedro Villanueva y Carlos Carrillo tampoco tardaron mucho en reaccionar. Con el sonido de la pólvora el médico llamó inmediatamente a una ambulancia y ambos salieron del coche despavoridos en su auxilio. Cuando Carlos tuvo enfrente a don Ignacio, se le lanzó encima, evitando que hiciera algún daño mayor y doña Gloria desesperada buscaba por dónde manaba la sangre del cuerpo de Ricardo. —Tiene una herida en el muslo, otra en el brazo y la última en el pecho —logró decir la señora antes de abrazar a su hija con angustia. —Nunca he amado a nadie más en mi vida Daniela, únicamente a vos —dijo Ricardo antes de perderse por completo en la oscuridad. 183

Uno...

Dos...

Tres...

Cuatro... Entre cielo y tierra nada se oculta. Dentro de ese espacio transitorio deambulan las verdades a medias, las mentirillas blancas, los engaños amorosos, el beso escondido y la mano asesina. En sus innumerables laberintos se esconde el marido infiel, la esposa ingrata, el hijo desvergonzado y los padres agresores. Es allí donde se exponen las vergüenzas y pecados que tuvieron un comienzo prometedor pero no un buen fin, o las que se levantaron sobre malévolas intenciones pero con resultados convenientes. Entre cielo y tierra se encuentra ese rinconcito donde se almacenan los puntos medios, las aguas tibias, la luz de la noche y la oscuridad del día. Bajo su penumbra descubren refugio temporal las almas que esperan penitentes el veredicto celestial o aquellas que, a pesar de haberlo recibido, se resisten a someterse al irrevocable mandato. Ricardo había escuchado en innumerables ocasiones el famoso refrán pero jamás se imaginó que podría ser inquilino pasajero de sus senderos. Como muchos otros, se atrevió a desafiar ese espacio ajeno, afirmando incrédulo que podía salir del caos y que solo se trataba de una leyenda urbana. Nunca estuvo tan alejado de la realidad. Desde sus entrañas reconoció cómo su cuerpo perdía toda noción de espacio, tiempo y realidad. Se sintió prisionero de sí mismo; inerte, inactivo, ineficaz. Comprendió entonces que su voluntad no tenía injerencia alguna en el destino que le correspondía, y que su permanencia dependía de una fuerza superior sobre la cual no tenía control. Con el transcurso del tiempo, sus desdichas se tornaron en una sensación de independencia que jamás había experimentado. Su corazón palpitaba en silenciosa quietud y su cuerpo, a pesar de inmóvil, se sentía libre, liviano, sutil. Ahora vivía en un mundo desconocido pero que extrañamente le agradaba y lo hacía feliz. En cuestión de segundos 191

Abraham Stern El trance desconocido le permitía un derroche de poderes nunca antes imaginados. Las manecillas del reloj ya no marcaban su paso y el tiempo se esfumaba en las páginas de un calendario espiritualmente estático. Sus sentidos se agudizaron distinguiendo absolutamente todo. Lo que antes se le presentaba confuso ahora se le mostraba con impecable claridad. No sintió remordimientos o cuestionamientos, y el yugo de la explicación adeudada perdió su peso. Entre cielo y tierra nada se oculta, y en ese preciso lugar se encuentra la intersección de la vida misma; su esencia y su razón de ser. Dentro de su majestuosa inmensidad no hay mayor verdad que la mentira oculta. Entre cielo y tierra todo se sabe y es allí donde, en cuestión de segundos, nacen las verdaderas historias y mueren la gran mayoría de los recuerdos. 192

Cinco...

Seis...

Siete...

Ocho... Fue allí, justo, entre cielo y tierra, donde Ricardo volvió a tomar conciencia de lo que había sucedido. Aunque el dolor había desaparecido por completo, su primera reacción fue revisarse el muslo, el antebrazo, el pecho. No encontró nada, ni un solo rasguño, ni un vestigio de cicatriz, ni un recuerdo siquiera remoto de aquellos tres balazos que lo habían tumbado. Ya más tranquilo y sin saber realmente dónde estaba, empezó a percibir una bandada de sensaciones extrañas que jamás antes había experimentado. Miró hacia abajo y pudo ver con perfecta claridad su cuerpo tendido en el suelo. Vio a Daniela sosteniéndole la cabeza y pidiéndole al cielo que no se lo llevase. Miró a Carlos sentado en un rincón sollozando por la tragedia y pensando -por primera vez en años-, en su esposa, en el abandono en que la tenía y en lo egoísta que había sido con ella y con sus hijos. También notó al doctor Villanueva haciendo todo cuanto la medicina le había enseñado para evitar que se muriera. Fue desde ahí que aprendió por primera vez lo que era un torniquete y que el cinto de cuero tenía más usos que simplemente llevarlo por encima de la cintura y proteger los nudillos de la mano antes de una paliza. Igualmente percibió el rostro de don Ignacio; preocupado y angustiado. No tanto por lo que había hecho sino por las consecuencias que él sufriría. Sintió su miedo, sus días de cárcel, la vergüenza de la explicación adeudada y la incomodidad de vivir el resto de sus días encerrado en una pequeña celda rodeado de un montón de hombrecillos y delincuentes con los que no tenía nada que compartir. También revivió el chantaje con Felipe, los diez mil dólares que el viejo nunca tuvo que pagar, y se burló de sí mismo, por su inocencia y por la falta de malicia. Apreció el dolor que llevaba el suegro en su corazón, el daño que le había ocasionado aquella madre agresora y lunática, la infancia nunca vivida y la oscuridad de su aterradora soledad. Y a pesar del inmenso daño que le había causado durante tanto tiempo, se asombró de no querer desearle mal alguno. Percibió En cuestión de segundos 199

Abraham Stern la presencia de Scarlett, en su tierra, carcajeándose con su hijo y comenzando una nueva vida llena de dignidad. Giró su cuerpo un tanto y vio a Luis Ricardo acurrucado. Dormía plácido, soñando precisamente con él, con el juego de carritos que jugaban todos los domingos, con el helado de chocolate que tanto amaba, y aunque quiso acariciarlo no pudo. Fue entonces cuando cayó en cuenta que no era cuerpo y que las sensaciones que percibía venían de su alma que divagaba entre la vida y la muerte, y sintió entonces un miedo aterrador. Buscó su cuadernillo tratando de encontrar consuelo a la impotencia que vivía, pero por más que intentó no logró alcanzarlo. Se lo imaginó como si lo tuviera en frente y leyó de memoria cada una de sus páginas, por una última vez, escribiendo en el aire algunos pensamientos que en ese momento le desbordaban la consciencia. Finalmente lo cerró, llevándose para siempre en su memoria aquellas últimas palabras. 200

Nueve...

Diez... De no haber sido por la aparición de sus padres, Luis y Julieta Galán, se hubiera perdido en la desesperación al saberse más cerca de la muerte que de la vida. Como en sus mejores años, ambos se le presentaron jóvenes, llenos de vida, alegres y tranquilos. Los abrazó durante horas que no avanzaban y en los riachuelos de un agua dulce que no mojaba, se contaron todo lo que habían dejado de contarse desde aquel fatídico accidente. Compartieron en aquel espacio momentos que nunca pudieron vivir juntos y los disfrutaron como si los hubieran saboreado miles de veces. —¿Sabés por qué estás aquí? —le preguntó su madre. —Porque no he sido un buen hombre —le contestó él. —No, hijo mío —le dijo ella—. Estas aquí porque te han dado una segunda oportunidad. —¿Y por qué a mí? —preguntó Ricardo. —Porque así está escrito tu destino —concluyó—. Simplemente no es tu tiempo. Veo que aún llevás puesto el amuleto con nuestras fotos —exclamó ella sonriente, mientras lo sostenía con sus manos, y le dijo—: Nunca te lo quités de encima. —¿Y cómo regreso? —cuestionó apresurado mientras las figuras borrosas de sus padres desaparecían entre un bosque frondoso de árboles nubosos. En cuestión de segundos 203

Once...

Doce...

Trece... Ricardo permaneció sentado allí junto al riachuelo, admirando la belleza de todo cuanto le rodeaba, de la paz, del silencio casi imperceptible de las cosas, de los lirios agigantados que le daban una sombra permanente y de un mundo en donde no había noche ni día, en donde el cansancio no se sentía y el tiempo no tenía la más mínima importancia. Fue en aquel momento de tranquilidad absoluta cuando pensó nuevamente en Daniela, en cuánto la amaba, en el daño que le había hecho y de cuánto deseaba poder regresar junto a ella. Intentó dejarse caer hacia ella pero no lo logró y en un intento de decirle cuánto la amaba, arrancó un lirio blanco, como una hoja de papel y le escribió: Si acaso he pensado lo impensable, ha sido porque en mi memoria tan solo hay espacio para tus recuerdos. Si acaso he derramado la última de mis lágrimas, ha sido porque mi alma se reseca con tu ausencia. Si acaso te he llamado en el mayor de los silencios, ha sido porque la voz de tu corazón se escucha en mi penumbra. Si acaso he sentido tus manos en el viento, ha sido porque tus caricias se mantienen inmortales en mi cuerpo. Si acaso he preferido el ayer antes que el mañana, ha sido porque tu recuerdo siempre será mejor que un futuro incierto. En cuestión de segundos 209

Abraham Stern Si acaso he buscado la claridad de mi desconsuelo en la oscuridad de la noche, ha sido porque la luz de tu mirada siempre ilumina mi camino. Si acaso he cerrado por un instante mis ojos, ha sido porque en mis párpados aún guardo el más vivo recuerdo de nuestro último adiós. Si acaso he perdido por un momento la mirada, ha sido porque en el horizonte siento tu reconfortante presencia. Si acaso tuviera que decir las dos últimas palabras, de mi boca tan solo escucharías un te amo. Si acaso no existiera la distancia, la felicidad ya se hubiera apoderado de todos los rincones de mi sufrimiento. Si acaso me concedieran tres deseos; al mar le pediría tu regreso, a la lluvia que rocíe nuestros mejores momentos y al cielo que me deje volver de nuevo. 210

Catorce...

Quince... Justo cuando Ricardo terminaba de escribir el último verso, una fuerza extraordinariamente acogedora lo hizo caer de nuevo al suelo, allí junto a los brazos de Daniela. Inmediatamente le volvió el dolor y sintió el desgarre en su piel, la apretazón de los torniquetes, y las lágrimas de Daniela que caían sobre su rostro. Abrió los ojos, la miró a ella con media sonrisa y le dijo: —Te escribí un poema. —Ya lo sé —le exclamó Daniela entre sonrisas y llantos—. Se tocó el pecho que en ese momento le ardía como una llamarada. Recordó las últimas palabras de su madre y se fue en busca de aquel amuleto que desde hacía años cargaba. Lo palpó con sus dedos y lo percibió desfigurado, maltrecho. Se lo arrancó para verlo de cerca, y comprendió lo que realmente había pasado. La bala que iba directo hacia su corazón, se atravesó en aquel voluminoso talismán, transformándolo en un añico de metal que le salvó la vida. Al verlo que aún respiraba y pensando únicamente en él, don Ignacio se desprendió de Carlos, y como si fuera un condenado a muerte se le acercó, tembloroso y aterrado, le tomó una de sus manos y le dijo: —!Por favor perdóname Ricardo, no sabía lo que estaba haciendo! —No mienta don Ignacio que sabía perfectamente lo que hacía... pero no se preocupe tanto que he visto el dolor que lleva en su corazón. Sé lo que le hizo su madre, el látigo, el caballo andaluz, hasta sé lo que tramó con Felipe —le contestó esforzando su voz mientras don Ignacio se alejaba asustado y sorprendido por En cuestión de segundos 213

Abraham Stern la revelación—. Ahora que lo he visto todo, sé que lo que usted necesita es ayuda, alguien que le repare el alma, que le devuelva esa infancia que le robaron, y aunque no lo voy a perseguir por esto, debe saber que es el último accidente que usted y yo tenemos; simplemente no voy a permitir un solo abuso más de su parte. Entonces entendió todo lo que debía comprender de esta vida, que al igual que todas las demás, estaba rodeada de complicaciones. Comprendió la importancia de los pequeños detalles, de las vivencias y de las miles de oportunidades que pasan frente a nuestras narices sin que siquiera nos demos cuenta. Vislumbró la importancia del lapso, de los segundos sagrados que lentamente van marcando su paso y de cómo nos van formando en lo que somos y en lo que seremos. Finalmente reconoció que absolutamente todas las cosas importantes de su existencia se habían materializado en un simple abrir y cerrar de ojos, en una fracción de segundo, insignificante en la inmensidad de un universo infinito pero vital en una vida estrecha y limitada. El abandono en aquel orfanatorio, la mirada que cautivó a sus padres adoptivos y la embestida que brutalmente les quitó la vida, el pellizco accidental que le permitió conocer a Daniela y su primer beso, el llanto primerizo de Luis Ricardo, la desafortunada decisión de buscar un poquito de diversión en un lugar en donde no encontraría nada bueno, la vergüenza del pecado cometido, la enfermedad que le agobiaba, el error de una joven mujer que por cansancio extremo y sin estar ligada a su vida fue capaz de cambiarlo todo, la envidia, la codicia, el jalón de un gatillo, las balas en el aire, el amuleto protector, la propia vida y la misma muerte; todo eso y mucho más, sucedía siempre en una inmaterial, insignificante e inoportuna fracción de segundo. — ¿Te vas a poner bien? —le preguntó Daniela, interrumpiéndole el pensamiento. 214

En cuestión de segundos —Eso espero —le contestó Ricardo con un dolor que le mutilaba la respiración—. ¿Me vas a perdonar por lo que hice? —No lo sé —le confesó ella, sincera—. Necesito tiempo para pensar... me rompiste el alma y el corazón. —Lo entiendo —dijo él arrepentido, y creyendo finalmente que el tiempo era verdaderamente relativo y que en la vida todo era posible, le susurró—: Pase lo que pase, decidas lo que decidas y a pesar de todos mis horrores y errores, debes saber que para mí lo nuestro sí fue para siempre. 215

Sobre el autor Abraham Stern nos deleita con su primera obra de ficción titulada «En cuestión de segundos». Es abogado especialista en Derecho Comercial y autor de diversos artículos de opinión en sus diferentes áreas de especialización. Recuerda tener una pluma sobre su mano desde que tiene memoria y la escritura siempre ha sido la pasión de su vida. Ha escrito multitud de cuentos, poemas y tiene sobre su tintero dos nuevas novelas sobre las que se encuentra trabajando. A pesar de que durante años ha sido el escritor de confianza de muchos amigos, clientes y colegas, a quienes les redactó sus historias de vida, discursos y hasta declaraciones de amor, fue hasta hace poco más de un año que decidió compartirle al mundo esta vocación que corre por sus venas; su hijo mayor leía algunos poemas que le había escrito a su esposa durante su noviazgo y fue él quien le propuso sacarlos a la luz pública. Impulsado por ese entusiasmo, escribió aquellas primeras palabras y hoy, con un orgullo que le llena el pecho, tiene la dicha de poder presentarles su primer trabajo. Este es, sin lugar a duda, su primer proyecto de envergadura y la primera vez que ha alcanzado el nivel literario necesario para publicarlo. Los años de escribir para otros y para sí mismo han quedado en el pasado, sirviéndole esa auto-restricción para valorar mejor cada una de sus palabras, la trama, los tiempos, la evolución de los personajes, y para conseguir así, la madurez para revelarse públicamente como escritor. 217


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