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En Cuestión De Segundos

Título original: En cuestión de segundos Primera edición: Junio 2015 © 2015, Abraham Stern © 2015, megustaescribir Ctra. Nacional II, Km 599,7. 08780 Pallejà (Barcelona) España Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia. Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a Thinkstock, (http://www.thinkstock.com) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. ISBN: Tapa Blanda 978-8-4163-3993-8 Libro Electrónico 978-8-4163-3994-5

A mis padres, por el regalo de la vida misma. A mis cuatro hijos, Moi, Jonathan, Shana y Dan, por haber completado todas las piezas de mi corazón. A mi esposa Rina, de quien he aprendido el significado de amar incondicionalmente.

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.” François Mauriac

“Hay quienes dicen que entre cielo y tierra nada se oculta. Es dentro de ese espacio transitorio que deambulan las verdades a medias, las mentirillas blancas, los engaños amorosos, el beso escondido y la mano asesina. Dentro de sus innumerables laberintos se esconde el marido infiel, la esposa ingrata, el hijo desvergonzado y los padres agresores. Es allí donde se exponen las vergüenzas y pecados que tuvieron un comienzo prometedor pero no un buen fin, o las que se levantaron sobre malévolas intenciones pero con resultados extraordinariamente convenientes. Entre cielo y tierra todo se sabe, y es allí donde en cuestión de segundos, nacen las verdaderas historias y mueren la gran mayoría de los engaños.” Ricardo Galán Extracto de la última página de su cuadernillo de terapias.

I Sobre la mesa yacían los residuos de una batalla gastronómica y dos botellas de vino vacías que mostraban el efecto en sus rostros abrasados. Uno frente al otro entrelazaban las manos como con miedo a perderse y conversaban como dos adolescentes enamorados. En un intento por engrosar su propina, el mesero planificó infructuosos avances por mercadear un último aperitivo pero los ojos de los Galán ya tenían el horizonte reservado solo para ellos. —¿No te parece increíble cómo vuela el tiempo? Ya tengo treinta y cuatro años y me siento como si los minutos a tu lado no tuvieran ninguna importancia —recordó Ricardo mientras acariciaba sus manos—. ¿Sabés que te amo con toda mi alma, verdad? —Por supuesto que me amás —dijo Daniela con dicción borrosa—. Creo que se me subieron los vinos. —Pues pidamos la cuenta y nos vamos a casa —le contestó él. No en vano y con cierto aire de desesperación, Ricardo agitó su mano como tratando de conseguir consuelo en uno de los meseros. Sus mejores encuentros pasionales con Daniela fueron siempre el resultado de una buena botella de vino, y en siete años de matrimonio ya había aprendido que era la mejor inversión para 1

Abraham Stern una noche de amor. «Nos la vamos a pasar bien rico llegando a casa», se decía a sí mismo insistiendo en la atención inmediata de un camarero. El tiempo de llegada entre la salida del restaurante y la recámara de su habitación debía ser preciso, ya que un retraso inesperado echaría por la ventana los efectos del mágico brebaje y abriría nuevamente la posibilidad de varias semanas de penitente espera. —Ricky —murmuró Daniela con un timbre de voz somnoliento—, apurate que ya se me están durmiendo hasta las piernas. —¡Mesero! —gritó él con desespero. El viaje de regreso a casa fue una mezcla de ansias pasionales con velocidad temeraria que por poco termina en las laderas de un barranco. Ricardo intercambiaba su mirada entre el volante y su hermosa mujer, quien se balanceaba en el asiento del acompañante haciendo un intento por no cerrar sus párpados. —No te durmás —le decía algo inquieto. —Dejame cerrar un rato los ojos que estoy cansada —replicaba Daniela con más reflejos que intención. Finalmente su cuerpo cayó en un profundo letargo víctima de las muchas noches de desvelo que inocentemente su pequeño Luis Ricardo le prodigaba. Ya en su habitación y justo cuando Ricardo había desechado cualquier posibilidad de coronar lo que hasta ese momento había sido una noche perfecta, Daniela lo sorprendió con un beso tierno que encontró concordancia en sus labios. Se estrecharon en un abrazo sincronizado. El beso inocente se transformó en una cascada de caricias que recordaban una danza exótica ancestral y el anuncio de una guerra de cuerpos en 2

En cuestión de segundos la que solo habría ganadores. Las manos de Ricardo encontraron instintivamente sus pechos, plenos, de piel ardiente y de una suavidad delicada, sobre la cual podía percibir el ritmo de sus latidos. Aún mezclados en el beso, la mano derecha de Ricardo logró desprender la tira del ropaje que aún envolvía su desnudez. El gemido inevitable no tardó en invadir sus gargantas y lentamente subía de tono al tiempo que los dedos de Ricardo palpaban su inequívoca humedad. El escaso vello de Daniela acrecentaba su debilidad y la necesidad intensa de fundirse uno con el otro. Con más apuro que sensatez el dedo índice de Ricardo encontró el camino hacia las profundidades de la gloria. La humedad de su contorno recordaba el rocío de una mañana que recién iniciaba. A pesar del cúmulo de sensaciones que la invadían Daniela recobró por un instante la cordura, interrumpiendo ese tropel de sacudidas que la invadían. —Cerrá la puerta con llave que no quiero que al enano se le ocurra pasarse a nuestra cama y nos agarre en estas —se dejó decir mientras aprovechaba para recuperar el aliento. Ricardo, quien a esas alturas mostraba su torso al descubierto, unos calzoncillos de algodón en los que era imposible ocultar la rigidez y la cintura del pantalón a la altura de los tobillos, se apresuró hacia la puerta de la recámara. —¡No se te ocurra moverte un centímetro! —exclamó justo antes de que Daniela se dejase caer sobre la cama—, te dije que no te movieras, no ves que me cuesta mucho caminar con los pantalones por abajo. Daniela no pudo ocultar su risa al verlo en semejante estado de excitación y con los pantalones al ras mientras hacía acrobacias para escaparse de sus zapatos. Finalmente logró superar el reto y antes 3

Abraham Stern de que ella pudiese decir palabra, se postró desnudo exponiendo orgullosamente su erección al filo de la cama. —¿Mi vida, sabés de qué tengo ganas? —preguntó él tímidamente como si ya supiese de antemano la respuesta. —Dejate de inventos —contestó algo incómoda—. Vos sabés que a mí esas cosas no me hacen... —¡Pero hoy es mi cumpleaños! —interrumpió. —Puede ser el fin del mundo que no pienso meterme eso en la boca —sentenció ella con fastidio. —Bueno pero por lo menos dejame a mí... —suplicaba. —¿Qué es lo que te pasa hoy? —preguntó molesta—. Eso tampoco me gusta y vos ya lo sabés. ¿Por qué la insistencia, hombre? D-os nos regaló el cuerpo para algo y cada cosa tiene un lugar y una razón de ser... Subite a la cama que se me están quitando las ganas. Con su orgullo magullado y aquello a media asta, Ricardo obedeció con más resignación que placer. Su yo íntimo pedía un auxilio lúbrico e impotente y ninguno de sus sentidos clamaba por otra noche de recato de las tantas que ya había experimentado. «¿Será posible mantener intacta una relación en estas circunstancias?», se preguntaba. Y aunque algo de consuelo encontraba en las quejas similares de sus amigos, se recordaba a sí mismo que a pesar de las limitaciones eróticas impuestas, la pureza de su amor se sustentaba en otras virtudes extraordinarias de Daniela. Su amor no fue un amor de alcoba pero sí legítimo y cristalino, inexplicable pero real. Ella se arrinconó a un extremo y Ricardo se recostó a su lado. Lentamente él reinició su peregrinaje hacia ese rinconcito complejo 4

En cuestión de segundos pero apetecido. Acarició con sus labios la redondez perfecta de sus pechos y sin más preámbulo fijó una de sus manos en la entrepierna. Daniela separó lentamente sus extremidades y pudo sentir dentro de sí ese tacto maravilloso del que tanto disfrutaba pero que difícilmente podría reconocerle. Los gemidos regresaron como si hubiesen estado esperando la invitación y sus cuerpos se fundieron de nuevo en uno solo. Tan evidente era la tensión de su miembro como la piel de gallina que se apoderaba de Daniela cada vez que Ricardo movía sus dedos de una forma armoniosa. Los gemidos eran ahora más intensos y descontrolados. Ella lo volteó de espaldas y se encimó sobre él sin resistencia alguna. Recostó sus suaves muslos sobre los de él, tomó su sexo con la mano y lo colocó en el lugar preciso. Ricardo la penetró lentamente produciendo en ambos una conmoción deliciosa. Daniela le tomó sus manos y las colocó sobre sus pechos endurecidos. Él sintió que no podría contener por mucho la explosión de sus entrañas y cambió el ritmo con penetraciones más sutiles y delicadas. La suavidad de sus nuevos movimientos no hicieron mella en sus lascivas percepciones y el descontrol de sus cuerpos continuó intacto. Él percibía con total agrado el roce húmedo que recibía sensiblemente con cada impulso y ella le daba una grata bienvenida a ese cuerpo que había llenado su cavidad más íntima. El placer fue total y por unos instantes olvidaron todo cuanto les rodeaba. Como metal ardiente se unieron el uno con el otro y el tiempo les pareció detenerse. Repentinamente un golpeteo en la puerta interrumpió el momento, seguido del llanto insistente del pequeño Luis Ricardo que se había despertado con una horrenda pesadilla y buscaba el refugio maternal. —...Me lleva putas, esto es increíble... —reclamó Ricardo. —¿Acaso es mi culpa? —preguntó ella mientras apresuradamente cubría sus carnes. 5

Abraham Stern —No, Daniela, es culpa de la vida —se exasperó él. Ricardo le abrió la puerta al niño, lo tomó en sus brazos, le dio un beso en la frente y se lo entregó a Daniela para que lo acurrucase. Sin más que hacer, se refugió en el baño de la habitación y emprendió contra el suelo la rabieta que le brotaba del alma; permaneció tendido sobre el frío suelo marmolado por varios minutos y trató, sin lograrlo, de que la helada superficie le absorbiera las ganas de lo que pudo ser y no se dio. Enfurecido, cerró los ojos y pensó en sus primeros días. Como tantos otros, Ricardo Galán llegó a este mundo por mero accidente y por la ignorancia sexual de unos jóvenes inmaduros y arruinados que, ante la imposibilidad de mantenerlo, renunciaron abruptamente a ese regalo de la existencia y lo abandonaron a las puertas de un orfanatorio cubriendo su cuerpecito con las hojas amarillentas de un viejo periódico. Allí convivió sus primeros meses en compañía de un centenar de almas ignoradas, que aún no entendían sus desdichas pero le sonreían a la vida como si lo tuvieran todo. Los juguetes que ya no causaban gracia a los bienaventurados de las barriadas adineradas, llegaban arruinados a la guardería, para desbordar de emoción su inocencia y hacerlos soñar con lugares inimaginables. Dentro de aquellas paredes húmedas y despintadas respiró sus primeros alientos, saboreó sus primeros bocados, derramó sus primeras lágrimas y proyectó en sus inocentes labios las primeras sonrisas de una vida que no había empezado con buen tino. Dio sus primeros pasos rodeado de hermanos temporales y prestados que repentinamente desaparecían, luego de las visitas semanales de un puñado de extraños, que los obligaba a lucir sus mejores atuendos y a tomar un baño adicional con esa agua helada incómoda que les calaba los huesos y les ponía la piel de gallina. La docena de madres postizas que cambiaban de turno cada ocho horas para cuidarlos y generaban cierto grado de confusión en sus frágiles conciencias, eran las mismas que coordinaban aquellos 6

En cuestión de segundos encuentros: los enfilaban en perfecta formación para que aquellos invitados los pudieran apreciar de primera mano, y así escoger, entre ellos, la tímida mirada que les robare el corazón. En una cálida mañana de enero le tocó su turno, y en medio de un llanto inconsolable se esfumó de aquellos pasillos en compañía de una joven pareja de clase media que lo acogió como propio ante el impedimento de engendrar a los suyos. Fue así como a los tres años, sin ton ni son, dejó de lado todo lo que conocía, cargando consigo una maletita llena de desconcierto y un nudo en su garganta. Aunque en su memoria no guardaba ese recuerdo, en aquel momento pensó que la existencia se le iba, sin saber realmente que en ese preciso instante más bien empezaba. Pasó así de ser un accidente del destino a una oportunidad de vida. En ellos encontró una fuente de amor inagotable y no tardó más que un par de semanas en olvidar para siempre el lugar en donde creyó haber nacido. Los cimientos de su nuevo hogar se apoyaban en las generosas tierras de Santa Bárbara de Heredia, rodeado de una pequeña aldea en donde todos se conocían y compartían alegrías y tristezas, con una solidaridad que contrastaba con la grosera renovación de la ciudad capital. Siempre llevaría en su memoria aquellas calles adoquinadas con un sabor colonial que erizaban la piel con solo caminarlas, las hortensias celestes que adornaban la entrada de su pequeña morada, el olor al pinto, el plátano maduro y la olla de carne, las paredes de adobe y techos rojizos que absorbían mágicamente los calores del verano y los abrigaban de los fríos vientos de diciembre. Tampoco olvidaría lo amplio que se le hacían los escasos sesenta metros cuadrados donde vivió los mejores años de su infancia, el color azulado de las montañas que lo rodeaban y ese olor a vida que brotaba de los puñados de tierra fértil que de vez en cuando recogía con sus pequeñas manos. Luis Galán, el único padre que conoció y amó, trabajó toda su vida en un puesto de gobierno que le robó los mejores años y 7

Abraham Stern lo avejentó a destiempo. Su madre, Julieta, ocupó sus días como enfermera en el Hospital de Niños, cuidando durante más de veinte años a un millar de críos a quienes siempre atendió como si fueran el suyo propio. Con más esfuerzo que vocación lograron llevar una vida acomodada, mas no colmada, y Ricardo experimentó así un comienzo relativamente grato pero sin excesos. Dentro de aquellas limitaciones, siempre recordaría cuando su padre llegó a casa en un viejo carro importado, que había pagado con diez años de ahorro y un puñado de billetes bien trabajados. En aquella carcacha que a ellos se les revelaba como un gran lujo, recorrieron los rincones más hermosos de una Costa Rica llena de monumentos naturales, ríos cristalinos y de playas vírgenes y boscosas que aún no sufrían los embates de un turismo consumidor y destructivo. Sobre el capote de aquel coche pasaron una centena de atardeceres a las orillas del Aeropuerto Juan Santamaría, mirando con admiración y asombro cómo levantaban vuelo los aviones que dejaban en el cielo una estela blanca y bajo sus pies una tierra estremecida. «Algún día subirás al cielo encima de uno de esos aparatos y conocerás tierras nuevas y lugares extraordinarios», decía su padre con algún grado de nostalgia. Años después recordaría aquellas palabras a sabiendas de que al menos le había cumplido uno de sus sueños. Desde siempre sus padres renunciaron a los gustos propios y a un puñado de placeres que nunca conocieron con tal de proveerle a Ricardo la mejor educación y dejarle así las herramientas para que pudiese llevar una vida un tanto más holgada de la que ellos tuvieron. Siguiendo el camino trazado, terminó la secundaria y de inmediato empezó a estudiar Ingeniería Civil en la Universidad de Costa Rica, la academia pública más destacada del país. Con una facilidad natural por los estudios y como si supiera de antemano que de la universidad dependía todo su futuro, Ricardo logró los mejores promedios de su clase y así la admiración y respeto de sus profesores y compañeros de aula. Se graduó con los mayores honores y gracias al apoyo del decano de su facultad, logró una beca en 8

En cuestión de segundos Italia donde obtuvo una maestría en estructuras sismo-resistentes. Se fue a Europa aún jovencito y regresó siendo todo un hombre. En pocos años ya era reconocido como un destacado profesional en su campo y sin mucho esfuerzo, los clientes empezaron a llenar su mesa de trabajo y unos bolsillos que no llevaban la costumbre de cargar tanto billete. Su apariencia física, promedio, poco extravagante –contextura recia, piel acaramelada, castaño oscuro en sus ojos y negro intenso en la cabellera–, le hizo caer en cuenta desde muy joven que aquella no sería elemento suficiente. Fue así como se convenció que en la vida las relaciones se iniciaban con la primera impresión y se terminaban de consolidar por su contenido. No siendo tan guapetón como para robar suspiros, se dispuso entonces a conquistar la vida con un redoble de esfuerzo en todo lo que hiciera, acompañado de un verbo elocuente y refinado y una manera bondadosa de actuar, con la que generalmente lograba conquistar el corazón de las personas. Fue justo en sus primeros años de universitario que Ricardo percibió el dolor de una Costa Rica machista, descarrilada moralmente y que permitía silenciosamente la agresión contra sus mujeres. En su mente quedaría para siempre el recuerdo de aquel domingo de diciembre, y a partir de entonces se prometió a sí mismo que jamás agrediría, física o moralmente, a ninguna dama. Recién terminaba de ver la final del campeonato nacional de futbol cuando un golpeteo incesante estremeció la puerta principal de su casa. —Mamá abrí la puerta —pidió Ricardo mientras escuchaba en el televisor las entrevistas con los jugadores. Solo pasaron algunos segundos para que escuchara el grito de alarma que emitió su madre. Allí frente a la puerta, con la cara 9

Abraham Stern ensangrentada y un ojo moreteado cerrado por la inflamación, se postraba su tía, Catalina Galán. Sin saber hasta ese momento que el asunto era cosa de todos los fines de semana, Ricardo se enteró de que el desgraciado de su marido tenía la odiosa costumbre de salir a beber guaro por la noche y regresar de madrugada a su casa a repartir puñetazos endemoniados contra su mujer. Esa misma noche acompañó a su padre a casa del desdichado, se arrollaron los nudillos de las manos con los cintos de cuero que les sostenían los pantalones y entre los dos le dieron una paliza que nunca olvidaría. Catalina Galán nunca más tuvo que soportar tales abusos y desde ese día se le abrió un rinconcito especial en aquella casa humilde que la acogió como suya. —¿Ricardo estas bien? —le interrumpió Daniela el pensamiento mientras golpeaba sutilmente la puerta. —Dejame un rato a solas —le rogó. —No te enojés conmigo —replicó ella desde el otro lado—. Ven a la cama que no me gusta dormir sin vos. —En unos minutos salgo —le contestó él con apatía. Cuando finalmente logró recuperar la calma, salió del escondite, vio como Luis Ricardo abrazaba afanado a su madre y como ambos dormían placenteros, uno cerca del otro. Apagó las pocas luces que lo iluminaban, se echó a su lado y sin afán por dormir, recordó la noche en que la conoció a ella. Recién cumplía los veintisiete años y en una fiesta de amigos creyó ver a una amiga de barriada con la que había compartido sus primeras experiencias íntimas; con el pudor perdido se acercó desde atrás y sin aviso le pellizcó una de sus nalgas. Menuda sorpresa se llevó cuando descubrió que el rostro asombrado de su 10

En cuestión de segundos vieja amiga revelaba la identidad de una mujer a la que jamás había visto en su vida. —¿Quién diablos se ha creído? —reclamó indignada la señorita, lanzándole simultáneamente una bofetada directa a su pómulo izquierdo. —Lo lamento mucho —dijo ruborizado—. Me he confundido de persona. —¡Definitivamente se ha confundido de persona! —reclamó furiosa, al tiempo que con su mano derecha apaciguaba el ardor que aún sentía en la posadera agredida. No habían transcurrido dos segundos cuando los invitados más cercanos estallaron en una risa burlesca. La risotada agudizó la vergüenza pero Ricardo logró sacar pecho, y luego de tres mil disculpas consiguió que la desconocida le devolviera al menos una ínfima sonrisa. «¿Será posible enamorarse por un pellizco?», se preguntó durante el resto de la noche. Al día siguiente se dio a la tarea de indagar todo sobre ella y en pocas semanas había logrado conseguir su número de teléfono, la dirección de su casa y el origen de sus cepas. Durante varios días le siguió el rastro con astucia detectivesca y se ocupó de que al final de cada día recibiera un ramo de rosas con una tarjeta que decía exactamente lo mismo: «Me confundí de persona pero encontré el amor, ¿será posible que me perdonés? Hasta yo merezco una segunda oportunidad». Aunque al principio a ella el acercamiento le pareció abusado, extraño e incómodo, fue calando de a poco y despertándole un interés fresco. Ante sus amigas confesaba cómo era acosada por aquel extraño que le había puesto mano sin conocerla y, aunque aparentaba lo contrario, el simple recuerdo le causaba un sonrojo 11

Abraham Stern encantador. El galanteo continuó a punta de sutiles mensajes hasta que, finalmente en una tarde de setiembre Ricardo pudo confrontarla. La esperó bajo un torrencial aguacero, sin flores ni tarjetas pero con la esperanza a flor de piel. Su corazón enloqueció cuando la vio acercarse, y a pesar de estar empapado, percibía el sudor que emanaba descontrolado por todos sus poros. Suspiró profundo y fijó sus ojos en los de ella. Se acercó hasta que pudo palpar su respiración y la besó suavemente en los labios. —Esta vez no fue accidente —dijo Ricardo con la voz un tanto quebrada—. Y no pienso disculparme por haberle dado el beso que más he deseado en toda mi vida. —Ya me estaba cansando de las flores —respondió ella sonriente. Sus labios se encontraron nuevamente y disfrutaron con las manos entrelazadas ese instante que la vida regala solo una vez. Ricardo Galán y Daniela Beltrán vivieron desde ese día un amor puro pero un tanto accidentado. El noviazgo transcurrió en medio de forzadas escapadas para liberarse del control desmedido de don Ignacio Beltrán, quien permanentemente protegía a su hija de la misma deshonra que él, en su momento, le había encajado a la que hoy se lucía como su señora. Las restricciones llegaron a ser intolerables y tuvieron que esconderse, como un par de rufianes, pues solo en la clandestinidad encontraban sosiego. Fue tal la intimidación que, con tal de poder respirar un poco de libertad y vivir ya casados un noviazgo al que no pudieron tener acceso, ambos se propusieron matrimonio al mismo tiempo. 12

II La casa de los Galán se alzaba en los altos de una verde colina con abundante vegetación en uno de los residenciales más cotizados de San José. Sin abusar de sus dimensiones, la residencia se adornaba de lujos importados de muy buen gusto y desde sus ventanales se veía una soberbia vista de la ciudad. Los vientos alisios susurraban a sus alrededores con serenidad y frescura e invitaban a respirar ese aire que rejuvenecía el ánimo. Para Ricardo, ese acogedor refugio representaba la esencia misma de un verdadero hogar y en él se sentía completamente a gusto. Todas las mañanas caminaba por sus balcones, cubiertos de helechos, hermosas orquídeas y algunos colibrís que tímidamente se asomaban a saludarlo. Con una taza de café recién chorreado, respiraba ese aire mágico y se recordaba a sí mismo de dónde venía y hacia dónde debía llegar. Con cara de pocos amigos y con una furia interna por el desenlace de su cumpleaños, Ricardo salió de su casa sin tazas de café ni ventoleras que le repararan el enojo. El vehículo importado descapotable del año invitaba a los extraños a pensar que su conductor amasaba más fortuna de la que realmente tenía, ocasionando precisamente la reacción que se pretendía. Su vida transcurría entre derroches, gracias al dinero que le llegaba con cierta facilidad pero que no era inagotable. Ricardo se aprestaba a llegar lo antes posible a su oficina y aplicó afanado la reversa del vehículo; de reojo vio salir de la puerta a Daniela, quien regresaba de su clase diaria de ejercicios. 13

Abraham Stern A pesar de su molestia le resultó imposible ignorar la perfección de sus curvas acentuadas por debajo del leotardo, y disimulado tras unas gafas de sol la deseó una vez más. Ya habían pasado siete años desde que intercambiaron los anillos y a pesar de seguir amándola como el primer día, en ese momento no sentía el mínimo deseo de reiniciar un dialogo que enmudeció la noche anterior. —Esperame para darte un beso —gritó ella. —¿Qué pasó, Daniela? —No, nada, solo quería despedirme. De verdad que me la pasé muy bien anoche —dijo sin lograr mucha atención—, yo sé que no terminó como vos esperabas pero no es mi culpa que Ricardito se haya despertado. Creeme que yo también quería... —Mejor no hablemos del tema —interrumpió él. Por raro que pareciese, su molestia no nacía del enojo. La apatía que mostraba era un acervo de frustraciones por las batallas que perdía constantemente en el reducido espacio de su intimidad. El sexo nunca fue el mejor departamento en su relación de pareja y aunque no era del todo escuálido, se hacía extrañar un tanto de malicia y picardía, de atrevimiento y de entrega total del uno con el otro. Recordaba cómo, en un puñado de ocasiones, había sentido que dormía al lado de una desconocida y no de la esposa aventurera que tanto necesitaba. En el camino de su sexualidad cabalgaba a solas sobre un corcel que ignoraba el jaloneo de sus bridas y el punzón tenaz de sus espuelas. Fue así como desde muy temprano, Ricardo aprendió a cubrir esa carencia con las virtudes no eróticas de Daniela. Su buen vestir, la facilidad de socializar y su buen verbo llenaban de cierta forma ese vacío, al igual que la luz del amanecer eventualmente logra esbozar todos los espacios 14

En cuestión de segundos de un rincón desolado. Con el pasar de los años y con tal de evitar confrontaciones que no lograban ningún cambio, Ricardo renunció voluntariamente a una vida sexual sofisticada, como la que él realmente quería, y cedió sus deseos mundanos a cambio de la compañera amable y educada que sin llenar la alcoba lo hacía sentir como el hombre mejor acompañado del mundo. Y es que la vida había sido generosa con Ricardo y le dio como esposa a una mujer de veinticuatro años increíblemente bella y talentosa. A diferencia de su marido, Daniela poseía una belleza extravagante que embriagaba a quien tuviera la dicha de cruzarse en su camino. Su silueta no tenía nada que envidiarles a las modelos de moda y su rubia cabellera hacía una mezcla perfecta con el tono azul marino de sus ojos. Su estilizada delgadez se mezclaba en armonía con el contorno de sus curvas, y las dos hermosas protuberancias que resaltaban de su tórax despertaban en la misma timidez, pensamientos incontrolables. Con esas ventajas físicas causaba una reacción favorable en las personas, y con el paso de los años desarrolló una personalidad un tanto egoísta y solapada. Aunado a ese derroche de atractivos, la mujer contaba además con una maestría en administración de negocios que había obtenido más por adorno e insistencia de sus padres que por necesidad; su apellido se codeaba con el de las familias más adineradas de la ciudad. Como hija única fue siempre la consentida de su padre, en cuyos brazos encontró permanentemente una respuesta inmediata e ilimitada a sus problemas y necesidades. A diferencia de Ricardo, Daniela tuvo una infancia llena de lujos e ingratos derroches. Subió a un avión por primera vez antes de cumplir los seis meses y más tarde, con la excusa de ir a conocer la tierra de sus abuelos, cruzó el Atlántico en un asiento de primera clase que le quedaba grande. A partir de ese momento sus viajes a Europa fueron cosa de todos los años y con ellos, la empalagosa costumbre de traerse de regreso un par de maletas cargadas de caprichos. Sus zapatos italianos 15

Abraham Stern de charol recorrieron las diez hectáreas de pastizales sobre los cuales se levantaba una de las haciendas más cotizadas del país y que recordaba, con sus ocho columnas blancas en la entrada, las mansiones en las plantaciones del sur de Nueva Orleans. Así vivió Daniela los primeros veinte años de su vida, sumergida en una burbuja de cristal que la protegía de todos, bajo el control militar de un padre que no entendía las artes de educar a una jovencita, con agendas que se planificaban con meses de anticipación, y cursos en internados europeos que la obligaban a ausentarse de casa durante meses. En aquella prisión ostentosa Daniela aprendió francés, inglés e italiano, a montar caballos de alta escuela y a bordar manteles de finos linos, pero extrañó los pequeños detalles que le daban sabor a una existencia carente de sorpresas. No fue casualidad que en Ricardo topara con esa brisa de espontaneidad que desconocía, y que junto a él descubriera un mundo de novedades que la desbordaba. Tampoco fue coincidencia que en Ricardo encontrara el espíritu de lucha para sobrevivir un noviazgo vilipendiado por don Ignacio desde sus inicios; aunque amaba a su padre con toda la fuerza de su corazón, llegó a amar aún más a su pretendiente, y sobre todo, esa nueva forma de libertad que solo lograba vivir junto a él. Su complicado nacimiento le robó a su madre –doña Gloria– la posibilidad de tener más hijos, frustración que compensó sobreprotegiéndola aún más. Dentro de esa perfección casi completa, su único defecto fue haber sido criada en un hogar en donde lo libidinal fue tabú: en su inconsciente Daniela desarrolló una aberración por todo aquello que podía ser considerado sexualmente incorrecto o desmesurado; su virtud siempre fue la belleza; su pecado, el recato. Así que los primeros años de matrimonio fueron tranquilos y agradables, sin sorpresas ni sinsabores. A partir del momento en 16

En cuestión de segundos que intercambiaron sus anillos, las hojas del calendario empezaron a dar vuelta más de prisa. Ricardo había logrado consolidar una importante empresa constructora con ingresos suficientes para independizarse parcialmente del abolengo de sus suegros y, aunque nunca pudo competir con la fortuna de don Ignacio, en tan solo un par de años ya llevaban una vida de comodidades que hacían que Daniela no extrañase las suntuosidades de infancia. Cuando las manecillas del reloj marcaron el cuarto año de matrimonio, la cigüeña tocó la puerta de los Galán y, con casi ocho libras de peso, el color de piel de su padre y los ojos de su madre, Luis Ricardo se instaló como el nuevo habitante de la casa y de los corazones de todos, y se convirtió en el centro de atención de sus padres y abuelos, haciendo que el péndulo marcara su inevitable paso aún más de prisa. Entre las desveladas de cada noche, el cambio de pañales, el gateo de un cuerpecito que mostraba sus primeros signos de independencia y el dulce balbuceo de sus primeras palabras, los siguientes años pasaron totalmente desapercibidos. Ricardo la miró desde el auto, pensando en el tiempo transcurrido junto a ella y a pesar de querer reclamarle por esa apatía sexual que se repetía una y otra vez, se tragó su furia, una vez más. —De verdad no te preocupés Daniela, es parte de la vida y entiendo perfectamente que estas cosas pasen —continuó con más sosiego—. Voy tardísimo para la oficina y no puedo llegar tarde, ¡los amo! —Te llamo en un rato para que me ayudes a organizar el viaje —le recordó ella. Ricardo asomó su cabeza por la ventana y le regaló un beso tímido de despedida. La mañana resultó más fría de lo común, y la capota de lona salió de su retiro con un extraño movimiento 17

Abraham Stern mecánico que rechinaba con la fricción de los tornillos aún adormecidos. El camino hacia la oficina no presentó novedad; un centenar de mortales se enfilaban sobre la autopista como un improvisado batallón de hormigas con rumbo predeterminado y sobre sus espaldas la carga de llevar sustento. En la lentitud del tráfico y refugiado en la intimidad estrecha de su vehículo, inició un monólogo sin percatarse de que un conductor a su costado lo miraba con intriga y sospecha. —¿Nadie te dijo que el matrimonio era fácil, verdad? —se preguntaba en voz alta. —Eso te pasa por meterte en cosas de hombre —continuaba. —¿Estoy siendo malagradecido con la vida? —se cuestionaba nuevamente. Su mente viajaba a más revoluciones que su medio de transporte y repasaba con memoria visual aguda cada momento de la infructuosa celebración. Sus gestos se hacían acompañar de instintivas sonrisas, bravuras y hasta jalones de pelo. «Está completamente loco», pensó el conductor de al lado. Sin darse cuenta del tiempo se encontró frente a las oficinas de la Constructora Galán y Carrillo. Un rótulo de cobre sobre la fachada anunciaba, silenciosa pero efectivamente, a sus fundadores. Su estructura era moderna, minimalista y con un retoque de cubismo clásico. Sus vastos espacios internos se acompañaban de pasillos lineales cubiertos con divisiones de vidrio claro opaco sobre las que se expandían gigantescas fotografías de las edificaciones creadas por el talento de sus profesionales. La recepción resultaba pequeña pero elegante, y detrás de la recepcionista se apreciaba una repisa de granito sobre la que relucía una colección de premios. Ricardo ingresó por la puerta principal llevando un rollo abultado de planos. 18

En cuestión de segundos —Buenos días, Karla, ¿algún mensaje? —preguntó. —Hola, don Ricardo, no hay nada nuevo, la mañana ha comenzado algo tranquila, señor —contestó. —Hágame un favor, envíele de inmediato estos planos al arquitecto Robles y recuérdele que mañana tenemos la presentación con la junta directiva de la cervecería... ¡Ah!, regáleme un cafecito por favor. Su oficina se ubicaba al final del pasillo central, en el mejor espacio del complejo, derecho adquirido al conceptualizar el engranaje de la empresa. Allí se ubicaba un escritorio de vidrio temperado con soportes de acero inoxidable que parecían nacer del mismo piso marmoleado gris. Sobre éste, un computador conectado a una pantalla plasma, no menos de una docena de fotos familiares con finos marcos de plata tallados a mano y el teléfono de rigor. En el centro, una mesa de reuniones de ocho plazas y un sistema de video-conferencias de última generación. A un costado, un sofá rojo de extraña forma, regalo de un famoso arquitecto sueco que conoció en Italia mientras realizaba sus estudios de maestría. Sin prestar atención a su entorno Ricardo encendió la computadora, revisó una veintena de emails de los cuales se vio obligado a contestar tan solo cuatro y chequeó con esmero su agenda. Inmerso en su quehacer no se percató de que su socio, Carlos Carrillo, descansaba sobre el sillón tratando de recuperar algunas horas de sueño. —¿Qué cuenta el marido más oprimido de todos? —preguntó Carlos adormecido mientras Ricardo trataba de sobreponerse al susto de su aparición. —¡Dejá de fastidiarme la vida que estoy que me lleva putas! —sentenció Ricardo—. Tengo treinta y cuatro años, jamás 19

Abraham Stern le he sido infiel a mi esposa y ni siquiera puedo echarme un polvo cuando estoy de cumpleaños. —Cabrón, eso te pasa por ser tan bueno. Llevo años diciéndotelo —aleccionaba Carlos como si estuviera dando cátedra de sociología—, a las mujeres les gusta que las maltraten y siempre hay que tenerlas a mecate corto para que no abusen de uno. —¡No se te ocurra volver a aconsejarme que maltrate a mi mujer! —protestó Ricardo, recordando a su tía—. Ya te he dicho muchas veces que no necesito de tus consejos para ser feliz. —¿Entonces por qué tanto melodrama? Si estás tan contento dejá de llorar como un chiquillo —dijo Carlos con frialdad calculada. Sus palabras se hundían como dedo opresor que invade una herida fresca en la piel. Carlos Carrillo era un hombre con limitadas amistades y un personaje de imaginación refinada. Espontáneamente bravucón y ordinario pero de buen corazón, a pesar de sus extraviados principios. De su boca a menudo salían palabras pasadas de tono y con insinuación burlesca conscientemente destructora. El tamaño de su machismo no cabía en su metro sesenta de estatura. Esa limitada corpulencia generaba un contraste con su complejo de grandeza y lo convertía en un ser odiosamente incómodo. De contextura delgada, a excepción de los centímetros extra de cintura que acumulaba gracias a sus noches de fiesta cargadas con muchas onzas de alcohol, coleccionista versado de aventuras amorosas sobre las que se jactaba indecoroso al grado de faltarse el respeto a sí mismo, sus escasas virtudes humanitarias se compensaban por el manejo militar con el que trataba a los peones de las obras y el control casi perfecto de los tiempos de entrega; elementos que lo hacían un socio ideal mas no el mejor confidente. A pesar de sus defectos y los diez años de más que le 20

En cuestión de segundos llevaba, Ricardo había aprendido a entenderlo y le tenía un aprecio inexplicable. Evidentemente con él podía hablar sin tapujos y limitaciones morales; su verbo hacia él era más relajado y callejero. —Viejo, no tenés idea del antro que encontré ayer con Felipe —dijo Carlos con cierta aceleración en su voz—. En mi vida había visto una colección tan grande de hembras ricas. Pero mejor ni me desgasto que, de por sí, sos medio maricón. —¡No seás tan cabrón! —exclamó Ricardo—, el hecho de que no vaya a esos lugares no significa que sea marica. ¿O acaso ahora para ser hombre hay que andar en esas? Quizás un día de estos me les arrimo. —Dejate de promesas falsas, ¡florcita de manantial! —sentenció Carlos—, si aquí hay alguien que te conoce soy yo y sé que sos puro cuento... —Con esa quejadera te me estás pareciendo cada día más a mi suegro —interrumpió Ricardo. Aunque no era de andar juzgando esas andanzas, Ricardo siempre se había alejado de ellas como si se tratase de algo que hacían otro tipo de personas. Quizás por la frustración que sentía en ese momento o por una mala pasada que le jugaban sus instintos animales, en ese momento sintió ganas de haber vivido con ellos esa aventurilla. No era la primera vez que Carlos subía al podio de su masculinidad y describía con precisión uno de sus tantos enredos sexuales. A pesar del camino andado y de su innata facilidad por compartir sus escapadas, hoy se sentía un tanto más inspirado. Ricardo, quien en innumerables ocasiones había tenido que soportar sus relatos con paternal paciencia, escuchaba a medio oír, ocupando despistadamente su mente en asuntos más productivos. 21

Abraham Stern Sus palabras fluían como el agua de un manantial en espera del animal sediento. «Es el mejor cuchitril de toda la ciudad —decía con convicción genuina—. Con solo pensar las cositas que se ven en ese lugar... ¡No tenés idea! Literalmente hablando es un refrigerio vaginal..., hay culos de todo el mundo: dominicanas, ecuatorianas, colombianitas divinas, y hasta se dieron el lujo de contratar una rusa con un par de tetas perfectas». Ricardo asentía con su cabeza y subía su mirada ocasionalmente para no parecer apático hacia una historia que ya había escuchado un centenar de veces. —Tengo mucho trabajo pendiente —le advirtió Ricardo tratando de dar por terminado el canturreo. —Suave, que eso no es nada —prosiguió Carlos. Ricardo se enfocaba ahora más en la revisión de un presupuesto que en el recital improvisado y a pesar de hacer un esfuerzo por bloquear el retumbo de sus palabras, aún percibía distante el coloquial relato. «En el lugar hay tres pistas de baile. En las dos primeras siempre hay una nena de estás haciendo un baile erótico que te saca la baba —decía Carlos de pie haciendo extraños ademanes—, y en la pista de baile del centro está el mismo paraíso; si lo ves te morís. A eso de la medianoche dan un show de lesbianas que yo en mi vida he visto algo más erótico que eso, ¡esas hembras de verdad se aman!». —Carlitos, no quiero ser grosero pero mañana tenemos que presentar el proyecto de la cervecería, y el presupuesto que mandó Felipe se me hace muy caro —dijo Ricardo. —No me interrumpás que todavía me falta la mejor parte —le contestó él—. En la sección trasera del Night Club tienen como diez cuartos y por la módica suma de ciento cincuenta dólares te podés terminar comiendo a cualquiera de esas ricuras. 22

En cuestión de segundos —¿Cómo se te ocurre cogerte a una puta estando casado? —le preguntó Ricardo—. ¿Estás loco? —Loco estás vos, que llevás siete años de matricidio y todavía te masturbás como un mocoso con tal de no serle infiel a la doña. No me jodás la vida, esas nenitas son bien limpias y con el condón no te pasa nada —contestó enfadado. —¿Y con qué cara ves a tu mujer al día siguiente? —interpeló Ricardo sorprendido con la respuesta. —Con una cara de satisfacción que la pobre debe pensar que es el mejor polvo del mundo —señaló Carlos a carcajadas—. De verdad, no seás tan comehuevos, ¿acaso sería mejor tener una amante a tiempo completo? ¡Eso sí que sería un tremendo problema, mi brother! A pesar de aparentar lo contrario y con una boca de donde solo salían inventos y mentiras, Carlos sabía perfectamente que su vida familiar estaba en ruinas. Su esposa raramente lo determinaba, llevaban más de tres años de no compartir el lecho y cada uno de sus revoloteos sexuales aniquilaban lentamente un matrimonio que desde hacía años no tenía ningún sentido de ser. A Ricardo le resultaba difícil entender cómo dos personas con conductas morales tan opuestas lograban encontrar un espacio físico neutral para llevar una relación profesionalmente exitosa y amena. «Cada uno con su vida y cada quien con su conciencia», pensaba. Daba la impresión de que en el contraste evidente lograban desafiar principios de química básica, y el agua ahora se mezclaba con el aceite como si hubieran renunciado a su propia esencia. El timbre del teléfono empezó a sonar creando un retumbo que calaba en su cabeza. Tomó el auricular cubriendo con su mano la salida de voz para evitar que entre sus líneas se infiltrasen alguno de los improperios que a bocanada suelta difundía su compinche. 23

Abraham Stern Escuchó atento la voz de su recepcionista. «Sosténgame la llamada unos segundos que ya la tomo», le dijo. —Bueno hombre, dejame contestar la llamada, que es mi esposa y tengo que arreglarle un asunto. Carlos se alejó lentamente imitando un caminar afeminado que buscaba una mofa adicional; su salida le ocasionó un sosiego a Ricardo. La luz roja intermitente del teléfono se coló en la retina recordándole la llamada por poco olvidada. —Disculpá que te dejé esperando tanto tiempo pero estaba en larga distancia con unos clientes, ¿qué pasó, mi vida? La distorsionada voz de Daniela se escuchaba sin poder descifrar claramente sus palabras. Era evidente que giraba una serie de instrucciones, seguidas de una cascada de respuestas y afirmaciones aleatorias de Ricardo: «...No, no he llamado..., pero cómo voy a llamar si no sé cuándo es que querés irte y menos cuando es que querés regresar... Despacio que estoy apuntando..., no, con mucho gusto... ¿Y el hotel?... perfecto. Te dejo que estoy ocupadísimo... Un beso... Yo también te amo». Recién empezaba su faena y Ricardo ya se sentía exhausto; decidió finalmente colgar el aparatejo. Suspiró un par de veces y en un afán por liberarse unos segundos oprimió el auxiliar de manos libres que tanto odiaba utilizar. —Karla soy yo otra vez —dijo. —Sí señor, en qué le puedo servir. —Necesito que llame a la Agencia de Viajes y me saque tres tiquetes a Miami para Daniela, Luis Ricardo y doña Gloria —ordenó—. Salen el miércoles de la próxima semana y regresan el miércoles siguiente. Asegúrese de que salgan en el 24

En cuestión de segundos primer vuelo de la mañana y que regresen en el último de la noche, por favor. —¿Necesitan hotel? —preguntó ella precavida. —No, gracias, doña Gloria se va a encargar de eso. —¿Algo más señor? —Sí, que me lo carguen a la cuenta corporativa, que tenemos que meter gastos —señaló—. Apenas tenga la confirmación me la envía. —Con gusto... —Karlita —interrumpió Ricardo sin tanto formalismo—, no me ha traído el cafecito y se me revienta la cabeza. Algunos minutos más pasaron para que su paladar pudiese finalmente deleitarse con unos sorbos de café que se le desplegaban como un regalo ante el comienzo de una atribulada mañana. Su negra esencia le hacía recordar la intensidad de una noche bajo las estrellas, solo, pero acompañado del brillo de los pocos cristales de azúcar que lograban sobrevivir a su calor humeante. El sabor amargo de una cosecha bien trabajada se mezclaba en perfecta sintonía con un puñado de aromas que escalaban el espacio vacío de su olfato. En la soledad de su recinto se sintió mejor acompañado, agradeciéndolo con la simple satisfacción de cada sorbo. 25

III E l resto de la mañana transcurrió sin mayores sorpresas, con los oficios típicos de un día común, las reuniones de planificación con los diferentes equipos de coordinación de obras y una que otra llamada de cortesía buscando captar los nuevos proyectos que se rumoraban en el mercado. Daba la impresión de que el comienzo de una mañana algo accidentada había terminado. Justo cuando Ricardo saboreaba su habitual ensalada del mediodía, un compendio de vegetales, dos huevos duros rebanados y algunos trozos de atún, el timbre del teléfono volvió a sonar. Con sus manos ocupadas y la boca a medio llenar, oprimió obligado el altavoz. —Don Ricardo, disculpe que le interrumpa el almuerzo, pero lo busca don Ignacio Beltrán —advirtió su recepcionista—. Dice que es urgente. «¿Don Ignacio Beltrán? ¡Urgente!», se preguntó al tiempo que su garganta dejaba pasar con obligada plasticidad el puñado de alimentos a medio procesar. La presencia de Ignacio Beltrán en ese lugar no era común, en parte por la relación distante que mantenían y también porque a ninguno de los dos se les hacía agradable frecuentarse. Ricardo hizo un intento sincero por recordar cuándo fue la última vez que su suegro se había dejado ver en la oficina, pero su memoria no le trajo respuesta. Trató de encontrar una explicación que justificara el abordaje sin lograrlo. 26

En cuestión de segundos Se dio por vencido, retiró el almuerzo a medio terminar y le contestó a su secretaria, ya impaciente por la espera. —Hágalo pasar. Con setenta años sobre sus espaldas, don Ignacio Beltrán se mostraba recio y con una entereza envidiable. Sus finos cabellos blancos se ocultaban con disimulo bajo un sombrero chambergo de refinadas pajas. La flacidez de una piel que vivió mejores días se resguardaba en una tradicional guayabera blanca finamente bordada. Ambas prendas fueron uno de los tantos legados que le dejó su padre y le imprimían a su figura un aire de nobleza ya de por sí natural. De caminar firme pero limitado por un accidente que sufrió de niño al caer de un hermoso caballo andaluz mal amansado, el cual terminó pagando su innata reacción con tres balazos que lo dejaron tendido sobre el pasto. Su marcha quebrantada se apoyaba en un suntuoso bastón rojizo de cristóbal y empuñadura de marfil, con el que transmitía más imperio que dificultad de andar. «Nunca dejes escapar a quien te haga daño», le dijo su padre segundos después de la caída y cargándolo sobre sus regazos, al tiempo que jalaba el gatillo aniquilador del caballo. «Cualquiera que intente maltratarte debe ser tres veces castigado», continuaba mientras la sangre del animal cubría el verdor de la yerba. El dolor que le causó aquella bestia terminó de robarle para siempre la amabilidad del rostro y le despedazó la rodilla derecha, justo donde se apoyaba. Fue tal el daño que permaneció hospitalizado cuatro meses, se expuso a cinco operaciones, todas inefectivas, y estuvo a punto de ser amputado por una infección que le fue tiñendo de negro una piel que moría de a poco con el pasar de los días. De no haber sido por la intervención milagrosa de un médico que su padre mandó a traer de Europa, el chiquillo hubiese perdido la pierna. En ese sanatorio perdió la dulzura de una infancia que nunca volvió a ser la misma, dejó extraviada para siempre la cortesía y los buenos modos y floreció en su alma una sed de venganza dispuesta a reclamar 27

Abraham Stern hasta con sangre, derecho que según él se había ganado por ese acontecimiento. Su madre, quien desde que abandonó Europa vivía en un mundo de surrealismo mágico mezclado con algunas onzas de demencia, creía en el ligamen espiritual forjado entre el amo y la bestia. Con ese argumento aseguró durante años que ese día, el caballo se había llevado en su alma la inocencia de su hijo, y que el muchacho heredó para siempre la bravura, el matoneo y la soberbia de aquel animal. Tal fue su convencimiento de aquel cruce de personalidades que cuando el niño Ignacio regresó a casa, luego de permanecer tanto tiempo en el hospital, lo puso a caminar de nuevo a punta de latigazos, usando el mismo con que trataron de domar al potro. Cada vez que el niño se atrevía a quejarse, su madre lo silenciaba a punta de llagas que se le iban cicatrizando en sus piernas. «¡No parí a un varón para que ande llorando como una mujercita! —le gritaba como si lo estuviera domando—. Levántese y camine, que en esta casa no hay espacio para minusválidos». Fue tal el abuso corporal al que fue sometido, que luego de dos meses de recibir semejantes azotes y en medio de una nueva paliza, Ignacio dejó un día tirada la muleta sobre la que se apoyaba, tomó a su madre por el cuello y le dijo: —¡Ya es suficiente! Me vuelve a dar con el látigo y le quiebro el pescuezo. La mujer, que sintió la fuerza de sus manos en la garganta, dejó caer la fusta con una sonrisa y le contestó como si la agresión fuese algo extraordinario para ella: —Se ha completado el ciclo, mi pequeño. Ahora sí lleva la furia de ese animal en las venas y nadie me lo verá jamás como a un desvalido. Ignacio la soltó sin entender bien y antes de que pudiese recobrar la calma recibió un manotazo que lo dejó tendido nuevamente en el piso. 28

En cuestión de segundos —Y no se le ocurra volver a levantarme la mano, que aún soy su madre —sentenció ella mientras se retiraba con el orgullo encrespado. Ese fue el último rasguño que recibió el muchacho y a partir de ese día, nadie se atrevió a tocarlo. Cierta o no la teoría de su madre de que el alma de aquel animal se terminaría amalgamando con la de su hijo, desde entonces Ignacio se comportó como si fuese una fiera salvaje. Su padre, Antonio Beltrán, había tenido la visión de fundar la primera fábrica de cervezas del país, convirtiendo un viejo granero de su hacienda en una empresa pujante y con un futuro prometedor. Para esa época, en Costa Rica solo se consumía el guaro que monopólicamente producía el gobierno a través de la Fábrica Nacional de Licores, y otro centenar de recetas clandestinas que se hervían en las boscosas montañas que rodeaban a la capital, y que con su veneno le quitaron la vida a un millar de almas que lo engullían buscando un escape a sus angustias cotidianas. La ley prohibía, con justa razón y para evitar que su frágil población muriese a causa de alcoholes artesanales comprometidos, la destilación de licores, y don Antonio logró -con medio litro de astucia y otro tanto de principios químicos- demostrar que la cerveza no se destilaba, se fermentaba. Pasaron varios meses de una batalla intelectual entre alquimistas, físicos, abogados, regidores y congresistas, hasta que finalmente el gobierno de la República tuvo que aceptar que aquella cebada se encontraba a derecho. A partir de ese momento la ebullición constante de las calderas fermentó los bolsillos de la familia, y en pocos años el apellido ya se reconocía y respetaba en todo el valle. La muerte anticipada de don Antonio a causa de una neumonía fulminante, les dejó a todos sus hijos una sustancial fortuna y a don Ignacio, el menor de ellos, la obligación de llevar 29

Abraham Stern las riendas del lozano imperio. Con una astucia comercial innata, un temperamento impenetrable y un ansia por acumular más de lo que ya tenía, catapultó los sueños de su padre convirtiendo aquel pequeño granero en una empresa multinacional que ahora exportaba su lúpulo a más de veinte países alrededor del mundo. Su obsesión por amasar fortunas llegó a tal extremo que en forma hostil y desabrida, sacó de a poco a cada uno de sus familiares, quienes terminaron con un cheque simbólico en sus cuentas, la necesidad de buscar vida en otras lides, y sin volver a cruzar palabra alguna con ellos. El dinero era el eje de su vida así como la reputación severa de su nombre. —Pase adelante don Ignacio —dijo Ricardo, mientras le extendía una mano que no fue correspondida. —No vengo de visita familiar —replicó riguroso—. Tenemos que hablar de la nueva planta para la cervecería. La razón de la visita quedaba al descubierto. —No tiene de qué preocuparse, tenemos todo listo para la presentación de mañana —dijo Ricardo—. De hecho acabo de terminar de revisar el presupuesto y bajamos el costo total en... —No me diga nunca de lo que me debo preocupar —interrumpió con aspereza—. ¿Acaso tiene usted idea de lo que es manejar una empresa de la que dependen cientos de personas? —Disculpe, pero no me refería a eso —contestó valiente—. El proyecto está listo... —Se lo advierto Ricardo —interrumpió de nuevo—. No se te ocurra hacerme quedar mal con la junta directiva ni con los socios. Recuerde que está aquí gracias a mis contactos y recomendaciones, y que la única razón en el mundo para que usted haga este trabajo 30

En cuestión de segundos ha sido la insistencia permanente de mi hija. Si no fuera por ella, dejaría que se muriera de hambre. —Siempre le he agradecido sus contactos y recomendaciones —enfatizó Ricardo con molesta serenidad—, pero no estoy aquí por su gentileza, don Ignacio. Todo lo que me he ganado ha sido con el sudor de mi frente y con el trabajo respetuoso y cordial que siempre les hemos dado a todos nuestros clientes. Incluyéndolo a usted, señor. —Cuidado se me pone fresquito Ricardo, ¡cuidado! —dijo apuntalándolo con su bastón al aire. «¡Qué ganas de mandar a este viejo al carajo de una vez por todas!, ¡quién putas se ha creído!», pensó con furia. Ricardo era un hombre que difícilmente perdía sus casillas y ahora se esforzaba por contener su ira. En ese instante recordó la primera vez que se presentó como el novio de Daniela: «¿Novio? —preguntó don Ignacio extrañado—. Yo todavía no les he dado mi consentimiento». Desde ese día supo que con ese hombre nunca iba a tener una relación sincera y familiar, de esas que lo harían sentir en casa propia aunque fuese ajena; y así fue. Evitaba, hasta más no poder, compartir con él, y las visitas se daban solo por la insistencia de Daniela, quien defendía a su padre bajo una desgastada disculpa sin ningún efecto: «Papá sí te quiere pero nunca ha sabido cómo mostrarle cariño a la gente». La verdad es que en don Ignacio nunca germinó el afecto paternal de quien recibe en su casa a un nuevo hijo, y siempre lo vio como el extraño sujeto que a hurtadillas le arrebató a su Daniela. Hay quienes cuentan que algunas horas antes de la boda, le rogaba arrodillado a su hija que la cancelara, ya que merecía a un mejor hombre, de esos con un linaje digno de ser contado, y no a un don nadie que nació de por sí olvidado. Su súplica fue ignorada, reprendida y a regañadientes acompañó a Daniela en su camino al altar, derramando lágrimas de rabia. 31

Abraham Stern —Don Ignacio, con todo el respeto del mundo, no entiendo para qué vino a buscar pelea —dijo Ricardo contenido. —No vine a buscar pelea, jovencito —contestó con aires de grandeza—. Estoy aquí solo para recordarte con quién estás lidiando. —Debería estar lidiando con mi suegro, con el abuelo de mi hijo, pero parece que no somos más que un par de desconocidos —le reclamó Ricardo buscando una vez más un acercamiento—. ¿Por qué le cuesta a usted tanto verme como parte de la familia? Por un instante, la pregunta tomó por sorpresa a don Ignacio. Lo miró fijamente a los ojos, con ganas de abrirle un poco más su alma petrificada, pero no pudo sincerarse y en su lugar recordó nuevamente aquel caballo andaluz, los latigazos de su madre, la infancia que nunca tuvo y esa rabia que desde niño sentía contra todos aquellos que -con o sin razón- le incomodaban la existencia. —En los negocios no hay familia —le rebatió don Ignacio pensando en sus hermanos—, pero eso no creo que usted lo pueda llegar a entender —suspiró con una mirada endiablada y concluyó—: ¡Le recomiendo que repase bien sus cálculos y numeritos! —Copiada la advertencia, mi querido don Ignacio —respondió Ricardo—. Ahora le agradecería me dé un espacio para revisar todo nuevamente. No vaya a ser que lleve razón y termine equivocándome en algo. —¿Me estás echando? —preguntó indignado. —Jamás, don Ignacio —contestó Ricardo jocoso—. ¿Cómo voy a echarlo si todo esto se lo debo a usted? 32

En cuestión de segundos La conversación terminó pues don Ignacio supo en ese momento que había logrado su cometido. «Todavía sabe quién manda», pensó. Sacó del bolsillo de su guayabera un estuche de plata, hermosamente adornado y le prendió fuego a uno sus cigarrillos, sin filtro, como desde joven acostumbraba, y con media sonrisa en su boca se retiró dejando una estela de humo que terminó de asfixiar el ya pesado ambiente. Cerrada la puerta, Ricardo golpeó con furia su escritorio, provocando un breve sangrado en sus nudillos y un estruendo que llegó alegre a los oídos de su suegro. —Llévele un vaso de agua al muchacho, que está algo alterado —le sugirió don Ignacio a la recepcionista. La sangre de Ricardo hervía, provocándole un caldero de rabietas que debió reprimir con esfuerzo. Haciéndosele difícil olvidar lo que acababa de escuchar, respiró profundo, aquietando temporalmente el orgullo herido. Trastornado por el tono de aquellas palabras, volvió a revivir instintivamente un pasaje de su noche de bodas, como si la estuviese repitiendo en carne viva, ocasionándole el mismo sinsabor de aquel momento. La ceremonia religiosa recién terminaba y Daniela le limpiaba con su mano la boca pintorreteada a causa de ese beso que anunciaba el final de un rito pero el principio de una nueva vida. Al igual que en cualquier casamiento, la joven pareja se retiró algunos minutos para que el recuerdo se perpetuara en una sesión fotográfica: con el reflejo de cuatro luces incandescentes esta les empobrecía un tanto la mirada y les dejaba marcado en sus rostros una sonrisa necesaria para sugerir la evidente alegría del momento. Como si se tratara de un tema de rango o distinción, el maestro de ceremonias iba acomodando a los familiares y amigos según la cercanía que tuviesen con los festejados y así no más, los menos importantes encabezaron la fila, dejando de últimos a los que interesaban. Con un ritmo algo acelerado se fue disipando la hilera hasta que solo quedaron doña Gloria y don Ignacio. El camarógrafo midió 33

Abraham Stern la luz para asegurarse una perfecta exposición. Primero fotografió a Daniela a solas con sus padres, de seguido acomodó a doña Gloria al lado de su hija y a don Ignacio junto a su yerno, como buscando la imagen benévola de una nueva familia que nunca se dio y que requirió la intervención forzada de un asistente para entrelazar sus brazos. Finalmente le tocó el turno a Ricardo. Doña Gloria se paró a su lado, esperando instrucciones mientras se retocaba el maquillaje. Don Ignacio tomó el otro extremo sin sentir deseo alguno de hacerlo, y desde el visor el artista cuadró la escena esperando capturar la mejor imagen. «Véngase para acá mi hijo», le dijo don Ignacio a Ricardo buscando un abrazo que fue inmediatamente correspondido. En aquel apretón, don Ignacio le tomó la cara con sus dos manos, como si fuese a darle un beso en la mejilla, se le acercó al oído y le susurró con una sonrisa en su boca: «aproveche mientras pueda desgraciado, que esto no va a durar mucho». Ricardo se quedó perplejo, desanimado y con una herida que no sangraba pero que le descuartizaba el alma. Aún enganchado de esas manos agresoras, Ricardo repitió la escena. Le tomó la cara a don Ignacio, buscó su tímpano y se dejó decirle: «acostúmbrese don Ignacio, que esto es para siempre». La respuesta tomó totalmente por sorpresa al suegro. Jamás se esperó un acto de hombría de aquel desavenido y, aunque trató de alejarse, no pudo. El pequeño forcejeo pasó desapercibido y antes de que terminara, Ricardo le tiró un beso en la mejilla que le dejó saliva en el cachete. El fotógrafo captó el preciso momento dejando sobre el papel una imagen paternal y de afecto que nunca existió, pero que a simple vista se percibía como grata. 34

IV Con excepción de la anunciada presentación en la cervecería, que resultó todo un éxito y por supuesto no contó con gesto alguno de aprobación por parte del distinguido don Ignacio, los siguientes siete días pasaron inadvertidos. La costumbre ya se había apoderado de los Galán, quienes repetían una vida tediosa aprendida de memoria desde hacía años. Como dos cuerpos robotizados cumplían al pie de la letra un guión lleno de escenas repetidas ante una audiencia ya acostumbrada a la cotidiana simpleza de un reparto bien conocido: Mañanas madrugadoras acompañadas del mal aliento de un nuevo día; la deyección de una vejiga a reventar que acumulaba religiosamente las toxinas de una noche mal dormida; la hora rogada de ejercicio en busca de unos años más de vida no garantizados; el desayuno apresurado para evitar llegadas tardías; la laboriosa faena que llenaba a saciedad el alimento de un plato bien comido; la lectura silenciosa de dos cuerpos agotados que aprovechaban su ocio con los últimos destellos de luz y, finalmente, media hora de televisión que cada día perdía algunos segundos en busca de una pizca más de sueño. Los fines de semana presentaban una anatomía similar, con la salvedad de un par de horas adicionales de descanso, el tiempo compartido con el pequeñín de la casa a quien la rutina todavía no lograba alcanzar, unas horas con los amigos de turno que se 35

Abraham Stern quejaban precisamente de la misma monotonía, y quince minutos de pasión que se asomaban ocasionalmente para recordarles que estaban hechos de carne y hueso. La película de sus vidas se proyectaba a diario sobre una pantalla que concluía con la misma leyenda: «Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren»; ésta los perseguía silente, oculta, disfrazada, y los hacía ignorar infantilmente que con el despertar de cada día se acercaban más al desfiladero del último respiro de sus existencias. La emoción de un nuevo viaje resultaba el antídoto para inyectar unas onzas de improvisación a esos días revividos una y otra vez. La aventura de un destino diferente les creaba un sentimiento de liberación espontánea cargado de sorpresas aún por descubrir. La conmoción se había apoderado de Daniela, Luis Ricardo y doña Gloria, mientras Ricardo conducía un todo terreno que se enfilaba apresurado hacia el aeropuerto. Daniela revisaba afanada los documentos de viaje para evitar un atraso de último momento y doña Gloria se maquillaba insistentemente pretendiendo borrar con unas cuantas manos de base el embate de los años. Luis Ricardo hacía simplemente lo que sabía hacer y con una de sus manos imitaba el vuelo del avión que lo llevaría a esa tienda de juguetes que tanto disfrutaba. Aunque no participaría de la travesía, desde el retrovisor Ricardo observaba con emoción la algarabía del pequeño. A pesar de haber sido remozado para provocarles a los turistas un espejismo de primer mundo, en las afueras del Aeropuerto Juan Santamaría se vivía el desorden de un país aún en desarrollo y de pintoresco folclore pueblerino. Después de tres minutos de espera, dos pitazos de advertencia y la mirada amenazante de un oficial de tránsito, Ricardo logró aparcar su vehículo a un costado de la acera. 36

En cuestión de segundos —¿Querés que le pida ayuda a un maletero? —preguntó Daniela al salir apresurada del automóvil. —No, tranquila —contestó él—, son solo dos maletas y además a la suegrita le hace bien hacer un poco de ejercicio. —Yo sabía que no te ibas a poder ir de aquí sin agarrarla conmigo —exclamó risueña doña Gloria—. Eso me pasa por haberte alcahueteado siempre. Además, mientras que Ignacio no se queje, ¿para qué tanto ejercicio? Una intrusiva idea abordó su pensamiento: «De seguro tienen más sexo que nosotros». La imagen de los dos cuerpos maltrechos en la intimidad le resultó insoportable. —Mamá, no le hagás caso —intervino Daniela—, no ves que te está molestando. —No se lo tome tan a pecho, doña Gloria, no ve que usted es mi suegra favorita —dijo Ricardo chisteando. — ¡Cosa más grande es la vida, Ricardo, no sabía que tenías más de una! —contestó ella siguiéndole el juego. —Usted es la única —dijo sonriente con una leve caricia que fue bien recibida—, ¡y ojo que fue por decisión propia! A diferencia de su trato con don Ignacio, Ricardo le profesaba un verdadero cariño a doña Gloria Jiménez de Beltrán. Sus sesenta y cuatro años se diluían mágicamente sobre la delgadez de un cuerpo que denotaba aún una renombrada belleza y que aparentaba un trayecto menor al recorrido; de impecable vestir, un porte europeo y una cabellera castaña ondulada que bajaba con suavidad hasta la altura de sus hombros, la belleza de Daniela provenía definitivamente de su lado, y para un desconocido, doña 37

Abraham Stern Gloria podía hacerse pasar fácilmente como su hermana mayor. En ambas se remarcaba un sorprendente parecido que hacía aún más sencilla y agradable la comparación. Doña Gloria nació bajo el umbral de una familia adinerada pero de entrañable humildad. Su abuelo había salido de Cataluña buscando una mejor vida en el nuevo mundo y se trajo en su fardo el secreto para producir garrafas de todo tipo. Con el transcurso de los años se asentó en el Valle del Guarco y, gracias al consejo desinteresado de su hermano menor, quien desde España lo mantenía al tanto de las últimas novedades, logró reproducir un envase de vidrio que se conocía en el viejo continente como “la botella de cuello Codd”. A partir de ese momento se convirtió en un reconocido productor de frascos y logró desplazar lentamente los obsoletos recipientes que se utilizaban en los poblados del terruño. El pequeño imperio empresarial fue creciendo en manos de aquel aventurero catalán y al heredarlo de su padre, don Roberto Jiménez mantuvo intacta la producción; con una fortuna que aseguraba sobradamente el sustento para sus futuras generaciones, dedicó los últimos días de su vida a un centenar de obras de caridad que lo convirtieron en uno de los filántropos más reconocidos del país. La humanidad de aquel hombre superaba por mucho las hazañas de otros que teniendo más riquezas, eran incapaces de desprenderse de unos pocos centavos sin suspirar adoloridos. Su desprendimiento quedó demostrado por primera vez justo cuando terminaba la segunda guerra mundial. Las mieles de España perdieron de a poco su dulzura en las manos del general Francisco Franco, quien con su movimiento fascista le robó a la península ibérica la esencia misma de una vida en libertad, y a los primos hermanos de don Roberto, una herencia que les había tomado más de dos siglos levantar. Aquella descendencia del tío que le había abierto el camino a su padre, vivía ahora un estado de hambruna y terror que le hacía deambular a él por la noche intranquilo, hasta que decidió retribuir lo que sentía deberles. En una mañana de mayo, 38

En cuestión de segundos rodeado de un sol brillante y el canto de cien pajarillos en el aire, le anunció a su esposa que se iba a España: «Preparará la casa, que me los traigo a todos», le dijo. Con pasaporte diplomático en mano, conseguido gracias a la estrecha amistad con el entonces Presidente de la República, y una maleta llena de sobornos, regresó a la tierra que vio nacer a su padre y que ya no guardaba parecido con los recuerdos de sobremesa que durante años le oyó contar. No le tomó más que un par de semanas poder comprar la libertad de aquellos desvalidos que esperaban impacientes la oportunidad de tomar el navío hacia el nuevo mundo, y que aunque ya no era tan nuevo, se les ofrecía como la única posibilidad de nacer otra vez sin haber muerto. De los veintitrés parientes regresó con veinte, y todos encontraron, con la ayuda de aquel primo hermano salvador y la democracia de una Costa Rica que apenas florecía, la coyuntura necesaria para rehacer sus vidas. Los que no subieron a la travesía se quedaron creyendo que pronto vendrían mejores días y que la fortuna robada sería justamente reintegrada; nunca más se volvió a saber de ellos. Gloria Jiménez entendió, desde niña, el regalo milagroso de la bondad y en manos de su padre aprendió a no juzgar a los demás por lo que ya tenían sino por lo que podían llegar a tener. «El éxito de un hombre no solo depende de su esfuerzo y su trabajo», le enseñaba don Roberto al tiempo que donaba una veintena de casas en Cartago. «Todos necesitamos de un poquito de suerte y del empujón desinteresado de alguien que está mejor que uno», continuaba mientras un grupo de empobrecidos lo abrazaba en agradecimiento. Su enamoramiento con Ignacio Beltrán pareció espontáneo, pero con el paso de los años descubrió que había sido un movimiento calculado para asegurar, en los envases de su padre, un pote necesario para comercializar el preciado fermento de su marido. A pesar de que lo amaba mucho, sabía en el fondo de su corazón que 39

Abraham Stern el amor de Ignacio guardaba más reposo en aquellas botellas que en la compañía incondicional que ella a diario le prodigaba. En Gloria Jiménez de Beltrán sí germinó ese afecto maternal innato, y desde el primer día recibió a Ricardo como a un segundo hijo. En esa compasión que heredó de su padre, ella sí pudo desprenderse de las estirpes, albergándolo no por lo que era sino por lo que podía llegar a ser. Fue la propia doña Gloria quien sermoneó a su marido horas antes de la boda, al punto que amenazó dejarlo si seguía con aquellas posturas feudales e ingratas. A diferencia de su marido, entregó a Daniela en el altar con semblante de orgullo y felicidad, en homenaje póstumo al hombre que la vio nacer y le dejó la semilla de una sencillez esperanzadora. —Ya está bueno —intervino Daniela—, dejen de hablar tantas tonterías que vamos a perder el vuelo. Ricardito, vaya dele un beso bien grandote a papá. —Véngase mi campeón y me da un abrazo de oso —le dijo Ricardo con ganas de no soltarlo—. Hágale caso a mamita y no vea mucha tele. Luis Ricardo respondió con su cabecita y se aferró al abrazo pensando que todavía había tiempo para que papá se les uniera al recorrido. —Ven con “tito” —pidió inocente. — Papito tiene que trabajar —contestó. —Te “quiedo” papito —dijo el niño finalmente. Aquel apretujón de brazos lo hizo pensar en sus padres y un escalofriante recuerdo le inundó todo el cuerpo. Le tocó a la tía Catalina buscar a Ricardo entre los pasillos universitarios para llevarle la noticia. Sin aviso previo, un golpe de infortunio les 40

En cuestión de segundos había arrebatado la vida antes de que pudiesen hacerse viejos. El conductor de un camión de carga se durmió sobre el volante y los embistió de frente. Juntos presenciaron cómo liberaban los cuerpos lacerados de entre un amasijo de metales y eran llevados a la medicatura forense para el análisis de rigor. El patólogo que los recibió en la morgue judicial no tardó en reconocer a aquel joven que hacía algunos años se hacía visitar con un joven psiquiatra y con más humanismo que protocolo le permitió pasar a la sala de examen. A escasos quince metros de las mesas de acero inoxidable, Ricardo vio cómo el bisturí se adentraba en los cuerpos inertes de aquellos padres con quienes en la mañana había compartido el desayuno y de quienes había aprendido todo en la vida. Lloró como nunca antes y cuando ya no pudo derramar más lágrimas, siguió llorando en seco. Con los ojos enrojecidos e hinchados y con el olor a muerte en sus fosas nasales, observó con dificultad al doctor que le había permitido acompañarlos y escuchó su tenue voz explicando lo inexplicable: —Siento mucho tu pérdida —le dijo apesadumbrado—. Sé que no hay nada que pueda hacer para aliviarte el dolor que sentís, pero debés saber que tus padres no sufrieron, la muerte fue instantánea. Ricardo escuchó las palabras sin que le causaran efecto alguno, se levantó de la silla y se acercó a los dos cuerpos cubiertos por un par de bolsas negras, las abrió con una extraña serenidad, miró por unos instantes sus rostros pálidos, y le regaló a cada uno un último beso en la frente. Con el mismo sosiego cerró las coberturas, le dio un abrazo de agradecimiento al médico y salió lentamente del aposento. El funeral fue como cualquier otro, triste, solemne y con una mezcla de sentimientos que no encontraban refugio en los cientos de abrazos que pretendían consolarlo. El dolor de la partida lo acompañó por siempre y a partir de ese día se colgó del cuello un amuleto de plata algo abultado, en el que portaba una 41

Abraham Stern foto de antaño con sus rostros; de esa forma los recordaría a diario y los llevaría más cerca de su corazón. —Ahora le toca a usted suegrita —dijo Ricardo tambaleante y con sus ojos humedecidos—, véngase para acá y me da un buen abrazo. Doña Gloria soltó por un instante su maletín de mano y se le acercó con autenticidad. Aferró la cabeza de su yerno con sus manos y le impregnó un beso en la frente, como la madre que bendice. Ricardo palpaba el cariño sincero que recibía y la abrazó como a su propia madre. —Cuídemelos mucho —comentó—, y no deje que gaste mucha plata en shopping... —Eso va por mi cuenta —interrumpió cariñosa—. Si te da tiempo pasá a visitar a Ignacio, que no soporta quedarse solo. Ricardo asintió sabiendo que esa visita nunca se daría. El estruendo de una sirena emanaba de la grúa policial que rondaba los alrededores, interrumpiendo una despedida que ya llevaba varios minutos de más. —Apúrense que nos van a terminar poniendo multa —advirtió Daniela. A pesar de que solo se ausentarían por unos días, Ricardo ya los empezaba a extrañar y sabía que un silencio macabro lo acompañaría en la soledad de una casa que sin ellos perdía toda importancia. Sin poder evitar lo inevitable, se acercó a Daniela, la abrazó afanadamente y la besó con ternura. Sintió la huella que dejaba la pintura de sus labios y dejó que se le filtrara por los poros de su piel. 42

En cuestión de segundos —Pásenla bonito —gritó mientras se alejaba buscando el asiento de aquel coche que ya no quería conducir—. Me llamás apenas lleguen al hotel. ¡No se te olvide comprarme las corbatas... Los amo! Ya frente al volante, vio cómo sus cuerpos se perdían entre la muchedumbre, extrañándoles aún más. Suspiró un par de veces tratando de recuperar la compostura y se alejó cabizbajo. Sin haber rodado siquiera quinientos metros notó el sonido de su celular que advertía una llamada, «se les habrá olvidado algo», pensó. Se detuvo unos segundos para activar el manos libres y contestó, algo decepcionado al percibir la voz de su recepcionista. —Buenos días, don Ricardo —le dijo Karla como de costumbre—. Don Carlos y don Felipe necesitan reunirse urgente con usted. —Dígales que tengo una inspección en la casa de don José y que llego a la oficina a eso del mediodía. —Perfecto —asintió ella—. Ya les paso el recado. 43

V Luego de una mañana algo crispada y con un hambre que pedía a gritos un bocadillo, Ricardo ingresó a su oficina con familiaridad. Sobre la mesa de reuniones, impecablemente vacía, sobresalían las medias desgastadas de Felipe quien apoyaba sus gordos pies con relajo. A su lado Carlos lanzaba hacia el basurero un puñado de papeles con mala puntería. Su oficina nunca permanecía cerrada pero el abuso permanente de sus socios lo estimulaba a ponerle candado. —¿Cuál es la urgencia? —preguntó Ricardo—. ¿Perdimos algún cliente grande? ¿Se nos cayó algún edificio? ¿Qué pasó? Una mirada amenazadora les advirtió a ambos que reprochaba lo que hacían, Felipe bajó los pies de la mesa y Carlos se levantó a recoger la veintena de papeles arrugados del suelo. —¿Quién habló de urgencia? —preguntó Carlos con sospecha—. Esta no es una reunión de urgencia, es una reunión de ¡necesidad! ¿O acaso no sabés cuál es la diferencia? Ricardo no entendía la dirección de esas palabras. Tratando de evitar una sorpresa, meditaba mientras se acomodaba en una de las sillas, tomó el teléfono y le pidió a Karla su almuerzo. 44

En cuestión de segundos —Hablando de Karlita, le has visto las piernas. Parece una gacela. Estoy por pedirle que me acompañe a hacer una inspección de obra y una prueba de estructuras —continuó Carlos mientras se agarraba afanosamente los genitales. —No se te ocurra meterte con Karla —exclamó Ricardo—. Las tres últimas recepcionistas se fueron por tus inspecciones de obra, ¡cabrón! Además, ¿cuántas veces te tengo que decir que no debés andar manoseando la planilla? —Tiene razón Ricardo —intervino Felipe—, con la nueva ley de acoso sexual hay que tener más cuidado. —Tranquilos, son solo ideas al aire —replicó Carlos sabiendo que el tema no lo llevaría a nada. El crujido que emitían las bisagras de la puerta principal interrumpió el parloteo. —Discúlpenme —dijo Karla, sosteniendo una pequeña bandeja con un plato recalentado de pasta y un fresco de moras espumeante. Sin decir palabra, cruzó cuidadosamente el aposento y acomodó la vianda frente a Ricardo. Sin hacer mucho ruido se marchó, percatándose de la mirada perversa de Carlos. —Ahora sí, ¿me pueden explicar cuál es la urgencia? —preguntó Ricardo con su boca a medio llenar. —¡Necesidad! —corrigió Carlos nuevamente. —Bueno, bueno... entonces explíquenme ¿cuál es la fucking necesidad? —repreguntó molesto. 45

Abraham Stern —En vista de que estas sin la mujer, hoy en la noche vamos a tener el honor de llevarte a una de nuestras escapadas de puro sexo y finalmente vas a poder matar esas necesidades que te tienen tan amargado —contestó Carlos. —¿No me digás que el poco hombre de Ricardo nos va a acompañar? —preguntó Felipe con cierta incredulidad. —Suave, suave... —dijo Ricardo defensivo—. El huevón de Carlos me dice virgo y el gordo de Felipe me titula de poco hombre. La mirada aguda de Ricardo se dirigió a los ojos de Felipe quien algo amedrentado la regresó de reojo. —Yo no soy el que ando de burdel en burdel porque es la única forma de que una mujer soporte semejante barriga —continuó. Sin perder de foco a Felipe, sus ojos se desplazaron hacia Carlos, quien esperaba el inevitable ataque. —Y tampoco me alimento de putas para saciar el ego de un enano mal querido —concluyó con furia. La reacción no tardó en llegar y ambos estallaron en una carcajada sarcástica. Ricardo no reconocía si su molestia nacía del propio irrespeto o de la reacción irónica a sus palabras. Por otra parte, ya entendía la razón de la convocatoria y ahora se tambaleaba entre sus principios y esa presión social que lo invitaba a hacer algo que no quería. En la debilidad de sus instintos, su mente escudriñaba ahora una escapatoria honrosa. En la búsqueda de la respuesta logró detener el tiempo. Rápidamente descartó a Carlos, quien con su agudeza hubiese resultado un rival impenetrable y se enfocó en Felipe, pensando que en él encontraría un campo de batalla más accesible. A pesar de sus esfuerzos la charada continuó 46

En cuestión de segundos y se autorreprochó por tener que jugar ese juego del que no quería participar. —Ya sabés lo que dicen de los enanos, mi querido Ricardo —replicó Carlos formando con el dedo pulgar e índice de su mano la imagen de una pistola—, ¡mucha mecha para tan poca dinamita! —... Y yo regordete pero con los huevos bien cargados de triglicéridos —apuntó Felipe equivocadamente. La observación resultó tan retorcida que los tres enmudecieron por unos segundos. Felipe González era un bonachón con más penurias que glorias. Vivía rodeado de amigos que se le juntaban para burlarse de sus evidentes carencias físicas. Tímido por naturaleza, de verbo truncado que generaba pocas ideas, sin saberlo era el hazmerreír de quienes lo acompañaban. Su cuerpo inmenso se desbordaba en casi trescientas libras que pretendía esconder sin éxito en una estatura igualmente desproporcionada; su amorfa figura hacía recordar a los elefantes de circo que se paseaban por las calles pueblerinas anunciando un espectáculo que todos querían ver, pero sin atreverse a pasar un minuto a solas con aquel gigantesco animal. Comedor insaciable que devoraba cuanto se le pusiera al frente y dejaba los platos tan limpios que ni siquiera hacía falta pasarles una lavada; de sus poros brotaba permanentemente un molesto sudor como anuncio de que su cuerpo no soportaría más abuso y que pronto le cobraría tanto exceso. Su soltería era el resultado lógico de una figura maltratada que espantaba incluso a las mujeres más feotas de la ciudad y quienes, a pesar de sus carencias, aspiraban a un mejor pretendiente. En las mujerzuelas de Carlos, Felipe había encontrado escape a sus alteraciones corporales y recurría a ellas en busca de unos minutos de sexo que de otra forma le hubiesen resultado imposibles. Empero, tenía la habilidad innata por las matemáticas, probidad que logró perfeccionar al 47

Abraham Stern grado de convertirse en un genio a la hora de elaborar presupuestos. Su ingreso en la constructora fue el resultado de una agobiante insistencia de Carlos, que terminó por convencer a Ricardo para que lo recibiera. Comenzó trabajando como un asalariado de alto nivel, pero con el paso de los años y por la presión de Carlos, acabaron por hacerlo socio con un diez por ciento de las acciones de la empresa. El porcentaje no representaba mayor poder de decisión de su parte pero al menos le daba un cierto sentido de pertenencia y con ello, se evitaba que aquel pródigo matemático buscara casa ajena para hacer sus diabluras numéricas. Su relación con Ricardo fue siempre algo rezagada y a pesar de los años que llevaban juntos, nunca llegaron a entablar una verdadera amistad. —Bueno caballeros, a lo que vinimos —reasumió Carlos—. ¿Cómo nos vamos a organizar para hoy en la noche? —No hay nada que organizar —explicó Felipe—. Como de costumbre Carlos alquila el carro... —¿Cómo que alquilar carro? —interrumpió Ricardo buscando una explicación a algo que le resultaba ilógico a todas luces. —Sí hombre, no ves que en el lugar no hay parqueo y tenemos que dejar el carro en media Avenida Segunda “—explicaba Carlos como el general que alista a su tropa antes de la emboscada—. Se imagina que pase algún conocido y reconozca el carro de alguno de nosotros frente a semejante putero. ¡Se nos acaba la vida ahí mismo! Ricardo no podía procesar tan repentina información y fruncía el ceño de tal manera que se le llenaba la frente de arrugas que no llegaban a ninguna orilla. Su intriga era tan vasta como un barco a la deriva que no logra divisar el puerto de su arrepentimiento. «Avenida Segunda, carros alquilados, puteros... ¿A quién se le pueden ocurrir semejantes ideas?», pensó preocupado. Ante el 48

En cuestión de segundos dilema, trataba de concebir una escapatoria honrosa y justificada, de esas que no permiten respuesta al más audaz chismoso. En su búsqueda se encontró a ese diablillo perverso que todos cargamos al hombro, susurrándole un centenar de razones para llevar adelante sus malvadas intenciones. «No seas pendejo, demuéstrales de qué estás hecho, eres más hombre que los dos juntos. ¡Anímate!», percibía imaginariamente en su tímpano izquierdo. A escasos centímetros, el ángel de las buenas obras que se asentaba seguro en su hombro derecho, le rebatía una a una sus debilidades, y le murmuraba centenares de propuestas para compensar su lujuriosa anemia. «No seas cobarde, mantente fiel a tus principios, la hombría verdadera está en la rectitud. ¡Aléjate!», escuchaba como magia a su diestra. El bien y el mal se debatían en una contienda de buenos argumentos que le hacían imposible inclinarse en favor de uno u otro. Ante el empate inapelable, sucumbió débil a su instinto animal, ese que no reprocha ni juzga y que lo acompañaría reservado e indiferente en el camino finalmente elegido. —¿Alguna otra información que necesite saber antes de tomarme un calmante para controlar los nervios? —preguntó Ricardo. —No, tranquilo —contestó Carlos—, el resto es cortesía de la casa. Los condones te los regalan las hembritas y lo único que nosotros tenemos que hacer es pagar el guaro y los ciento cincuenta dolarcitos para poder meterla. —¡Nada de condones, ni de meterla! —exclamó incómodo. —Felipe, por qué mejor no te llevás a este desahuciado a la misa de las seis —apuntó Carlos. —No, en serio. Dejen de andar fastidiándome. Si voy con ustedes es para pasármela bien pero no me presionen para que haga 49

Abraham Stern cosas que no quiero... Ustedes a lo suyo y yo a lo mío. Si no, me les zafo —terció Ricardo suplicando. —Tranquilo Ricardo, ya te dije cincuenta veces que ahí cada quien hace lo que le da la gana. Nadie te va a forzar a nada. Relax my friend —concluyó Carlos con un inglés criollo mal acentuado. Sin haber hecho nada ya se sentía perruno, miserable, avergonzado. La doble moral que jugaba no mezclaba bien con las buenas costumbres que le inculcó aquella madre que no lo vio nacer pero que parió junto a él cada una de sus noches de angustia, y su indiferencia intoxicaba la sangre distinta de aquel padre que durante años le curó sus temores con anticuerpos reconfortantes. «¿Qué pensarían de mí si estuvieran vivos?», cavilaba en el acertijo de su yo íntimo al tiempo que un timbrazo del teléfono desenredaba momentáneamente su sombra atrincherada. Confundido en sus malabares presionó accidentalmente el altavoz. Disculpe que los moleste don Ricardo pero es la señora Daniela de larga distancia —dijo Karla algo apenada. Páseme la llamada por favor. Sin fuerza ni reacción se percató tardíamente de la escucha compartida y con ademanes advirtió un toque de queda obligado. Carlos y Felipe sellaron sus labios y presenciaron estáticos la conversación. —Sorry que te interrumpa —dijo Daniela a la distancia—, pero quería avisarte que ya llegamos al hotel. —Te tengo en el speaker —advirtió Ricardo en procura de evitar alguna palabrota—, es que estamos en reunión de socios. ¿Qué tal el vuelo? 50

En cuestión de segundos —Bastante tranquilo, solo que a Luis Ricardo le dolieron como siempre los oídos —relató—. Estamos en la habitación doscientos cuatro. ¿Me llamás en la noche? —Recordá que hoy tengo la cena de negocios con don José y eso va para largo —mintió avergonzado—, mejor te llamo mañana temprano. —Con suerte y no te toma tanto tiempo. Si no llegás muy tarde nos hablás —insistió Daniela—. Si no, de fijo nos hablamos en la mañana. —Bueno mi vida, un besote a todos. —Te amo —concluyó ella—. Saludos a todos en la oficina. La llamada había quedado atrás con esa resonancia repetitiva que advertía el fin de la comunicación. Sin percatarse, dejó abierta la línea como queriendo retomar una conversación honesta, pero el retintín quisquilloso le hizo caer en cuenta de que la sinceridad había sido burlada por una farsa que recién florecía. En la indiferencia de un pecado cometido reiteradamente, Carlos y Felipe se entrelazaban sus manos en una chota que ya se les había hecho costumbre y que no hacía gracia. La mentira era tan habitual que ya ni notaban la diferencia, y terminaban creyendo lo que era falso y desvirtuando lo que era verdad. —Gorda, eres el amor de mi vida —le decía Carlos a Felipe con timbre afeminado. —Lo sé puchito —susurraba Felipe en reciprocidad. —Ya me tienen harto con tanta jodedera —reclamó Ricardo encrespado—. No puede ser que todo se lo tomen a chiste. ¿Me pueden decir de una vez por todas cuál es el plan? 51

Abraham Stern Carlos notó finalmente que se había sobrepasado y se enfocó para mantener el resto de la charla en un ámbito respetuoso. Trató de separar su mano de la de Felipe pero la gordura de sus dedos generaba un efecto de vacío que las succionaba. «Soltame ya, gordinflón», se le escuchó, mientras Ricardo observaba sin poder pasar por alto la diferencia abismal en el tamaño de sus manos. —Es muy sencillo —contestó Carlos ya liberado de aquella manota—. Te paso a recoger a las nueve de la noche y luego nos topamos con Felipe aquí en la oficina. No llevés mucho efectivo, nada de tarjetas de crédito y, por el amor a D-os, no se te ocurra llevar el celular. 52

VI Aquella noche de agosto resultó particularmente lluviosa para una ciudad acostumbrada a mañanas bien radiantes seguidas de un cielo que lentamente se iba recargando de nubes borrascosas, y que a eso de las dos o tres de la tarde reventaban en un diluvio descomunal que no duraba más de sesenta minutos. Ese miércoles amaneció con una leve llovizna, la tarde fue horriblemente acalorada, con cielos despejados que mostraban el contorno semirredondo de una media luna, y en la noche sobrevino un verdadero acantilado de agua. Carlos conducía un pequeño sedán color azul metálico, algo maltratado, de esos que se veían por cientos a lo largo de la pequeña ciudad. A su lado, Ricardo observaba silencioso el aguacero y pensaba que se podía tratar de una señal divina, advertencia furibunda de las consecuencias de una noche que no debía estar sucediendo. En la parte trasera, Felipe trataba infructuosamente de acomodarse en un espacio estándar pero que a él le apretujaba la existencia. Sus movimientos en procura de un poco de confort no cesaron durante todo el trayecto y su cara denotaba el sufrimiento de casi media tonelada de cuerpo apretujada en una lata de sardinas. Los tres vestían similares ropajes; jeans vaquero azulado, la camisa de punto larga arrollada por las mangas y las faldas a la deriva tratando de ocultar el paso y peso de los años. 53

Abraham Stern Desde la radio se modulaba una pieza de rock de los años setenta, ya desgastada, pero que los regresaba a aquellos años de juventud nunca olvidados y los hacía tararear melodías avejentadas. Ricardo recordó sus viajes de infancia al “puerto” y revivió la escena de sus padres canturreando a galillo esa pieza de un tal Armando Manzanero que llevaba por título “Somos Novios”. Cuando la escuchó por primera vez le pareció anticuada e ingrata a sus oídos, y sintió algo de pesar por ver la algarabía que les provocaba, pero una treintena de años después se reflejó instintivamente en ellos y entendió que la pieza que ahora entonaban, se les hubiera hecho igualmente ingrata y anticuada a los muchachitos de turno. «¡Como te ves me vi, como me ves te verás!», pensó con algo de nostalgia. —Ahora sí papá... ¿listos para una noche de sexo, sudor y lágrimas? —preguntó Carlos. —El que va a lagrimear soy yo, no te das cuenta que no entro en este carrito de mierda —dijo Felipe con evidente dolor—. No he llegado al antro y ya tengo los huevos por la garganta. ¿No podías alquilar algo más grandecito? —Traté, pero ya tenían alquiladas todas las grúas. ¡Eso te pasa por gordo! —contestó. Ricardo permanecía mudo y miraba el goteo incesante de la lluvia. Su cuerpo estaba allí con ellos pero su mente distante, extraviada. Se reclinaba en el asiento como aquel niño de primaria que ante la pregunta ignorada que hacía la maestra, se momificaba encogiendo todos sus músculos en busca de pasar inadvertido. Carlos notó el distanciamiento y trató de romper un hielo que ya se tornaba denso. —¿Y a vos qué te pasa? Parece que viste a un muerto —exclamó. 54

En cuestión de segundos —Dejalo en paz —intervino Felipe en defensa de Ricardo—. Está nervioso. —Ustedes dos me van a terminar matando. Mejor me regresan a casa que me siento muy incómodo con todo esto —apuntó Ricardo pesaroso. —No seas tan pendejo, ya solo estamos a tres cuadras y no pienso regresarme con este torrencial —le recordó Carlos. Ricardo devoraba sus uñas y el borde ya mostraba la carne viva. Se sentía como un extraño ante dos viejos conocidos y su corazón latía con pulsaciones silenciosas pero afligidas, rítmicas pero descoordinadas, fluidas pero llenas de un extraño vacío. —Viejo, en serio..., por favor llevame de regreso. La doña piensa que estoy cenando con uno de mis mejores clientes y en su lugar ando a escondidas con ustedes. Ni siquiera la llamé a ver cómo estaba —recordó acongojado. —¡Ojos que no ven, corazón que no siente! —citó Felipe el viejo refrán en procura de resolver la intriga—. Ya dijiste que solo venís a ver, y eso no tiene nada de malo. Imaginate que alquilaste una porno y la estás mirando en casa. La comparación no le resultó odiosa. Cuántas veces no gozó un manojo de cintas rojas como un escape a sus mundanas necesidades y cuántas otras no recurrió a una gratificación pasajera pero agradable. La estadística de tales encuentros había perdido sentido desde hacía años y no lo agobiaban como ahora. La tranquilidad le regresó al cuerpo y lentamente recuperó el color en la tez pálida. —Sí, hombre, no arruinés la noche —acusó Carlos—. No has hecho nada malo y ya tenés goma moral. Quedate por lo menos un rato y si no te gusta, agarrás un taxi y te devolvés a la casa. 55

Abraham Stern —No te angustiés tanto y disfrutá un rato —reafirmaba Felipe, quien se sentía asombrado de su elocuencia—. Ya sabés lo que dice el dicho, “embarrado el dedo, cagada la mano”. La taquicardia regresó. Le resultaba increíble que una misma persona tuviera la capacidad de serenarlo con un par de palabras y segundos después mortificarlo nuevamente con otro estribillo desentonado. La incandescente luz de un rótulo de neón que parpadeaba una gama de colores pastel, le robó la atención por un instante, y le hizo caer en cuenta de que había llegado a su destino y peor aún, que sus arrepentimientos serían ahora doblemente ignorados. La confrontación con esa realidad que había tratado de evitar por horas lo liberó de sus remordimientos y finalmente decidió vivir el momento sin autocensurarse. En el cristalino de su ojo se percibía el contenido del colorido epígrafe que anunciaba la bienvenida al “PINK PARADISE”. «Al menos el nombre lleva ingenio», pensó en sus adentros. El turbión hacía difícil precisar lo que ocurría en sus alrededores pero Ricardo pudo distinguir no menos de diez carros estacionados al frente del lugarejo y, con ese morbo natural que llevamos dentro, hizo un esfuerzo consciente por tratar de descubrir si uno de ellos le pertenecía a algún conocido. El ejercicio le trajo un nuevo desaliento, «¿qué pasa si me topo con uno de ellos?», se preguntó sabiendo que la duda carecía de importancia; fuera quien fuera estaría igual que él, disfrutando en el anonimato y con una memoria tan estrecha que su nombre sería rápidamente ignorado y olvidado. Sin haberlos visto venir, tres dependientes del escondrijo, vestidos todos con pantalón negro, camisa blanca y un corbatín rojo encendido, abrieron simultáneamente las puertas del vehículo 56

En cuestión de segundos cubriéndolos con gigantescas sombrillas a salvo del constante goteo que aún bajaba del cielo, y avanzaron con ellos hasta alcanzar un pequeño toldo improvisado que cubría la entrada. En el pequeño trayecto, Ricardo olvidó sus congojas y empezaba a disfrutar su atrevimiento. De inmediato reconoció una pista sonora de la película “Del Crepúsculo al Amanecer”, que había memorizado desde la primera vez que vio la cinta y que repetía con buen ritmo —No que no —dijo Felipe asombrado del recital—. Ni siquiera hemos entrado y ya te siento ambientado. —Apuesto lo que sea que no entendés ni una palabra de lo que acabo de decir —le inquirió Ricardo. —¡Qué voy a entender nada! —contestó—. ¿Acaso yo vine a oír música? Ricardo no tardó en tratar de explicarle el argumento de la película; como conocedor de cine lo ilustraba con la intención de que entendiera el significado de lo que acababa de cantar. Después de un par de minutos notó que Felipe perdía interés y se fue directo al grano: —Resulta que los tipos llegan a un antro como este pero en México y el anfitrión, interpretado por “Cheech Marin”, les da la bienvenida con esa pieza que acabás de escuchar. —¿Y de qué trata? —preguntó Felipe. —Pues el hombre está en la puerta del lugar tratando de convencer a los hombres para que entren al Night Club —le explicó Ricardo— ...Y recita toda una colección de diferentes tipos de coños: blancos, negros, amarillos, calientes, fríos, mojados, apestosos, peludos, sangrientos, que crujen... 57

Abraham Stern —¡...Y yo que pensé que estaban hablando de gatitos! —exclamó Felipe con una carcajada. Sobre la entrada al Pink Paradise, se postraba una enorme pérgola curveada de concreto revestido con un centenar de tiras flexibles de luces led que atrofiaban la mirada. Desde el fondo, dos faroles estroboscópicos emitían miles de destellos por segundo que daban la sensación de movimientos en cámara lenta, creando en conjunto una impresión surrealista que terminaba por confundir al resto de los sentidos. En tal barullo visual se hacía difícil distinguir los rostros de quienes ansiosos formaban una pequeña hilera para pagar el derecho de admisión. La voz de uno de los dependientes interrumpió aquel derroche de efectos visuales. —Don Carlos, don Felipe, qué gusto volver a verlos. Veo que traen a un nuevo amigo —dijo cordialmente el gerente del lugar mientras les condonaba la fila y los hacía pasar en directo, sin necesidad de tanto protocolo. —Buenas noches, Octavio Artavia para servirle —dijo Ricardo en un intento por proteger su identidad. —¿Octavio qué? —pregunto Carlos consternado—. No seas tan ridículo, Jaime es de lo más discreto. Aquí las únicas que usan nombres falsos son las chicas, no los clientes. Además te conviene conocerlo bien. Él es el toro que más mea en este lugar y siempre nos da un trato especial. Ricardo no podía creer lo que estaba escuchando y con sus dos manos se cubría la boca haciendo un gesto de desaprobación con su cabeza. Quería pasar desapercibido y de buenas a primeras lo anunciaban dejando desnuda su personalidad. —Jaime, este es mi socio Ricardo Galán —continuó Carlos—. Las disculpas del caso pero es nuevo en estas aventuras. 58

En cuestión de segundos Jaime, quien acumulaba más de veinte años en ese oficio, entendía bien la naturaleza de su trabajo y manejaba a la perfección los seudónimos de la distinguida clientela. Durante su largo trayecto, había hecho pasar por moldeados a un centenar de adolescentes que, sin siquiera haber cumplido los quince años, se paseaban por los corredores con el pecho envalentonado como cualquier adulto. En contraposición, otro tanto igual de abuelos ya bien consagrados, encontraban en él la pubertad que renegaban esos mismos chiquillos mágicamente agrandados y que los hacía sentir, aunque fuese por solo un par de horas, como niños de barrio en busca de su primer lance. Dentro de sus parroquianos se levantaba una larga lista de hombres casados, algunos que, como Carlos, nacieron sin morbo, y muchos otros que resguardaban sus rostros bajo el anonimato. En su elenco se presentaban igualmente varones que lo visitaban en vísperas de sus nupcias y en busca de una despedida memorable a una vida a la que ya nunca más tendrían acceso, pero que con el paso de los años, los hacía regresar con más pena que gloria. En el callo áspero de su amplia experiencia no existía cuento alguno que lo sorprendiera y los aceptaba sin cuestionamientos. —Tranquilo don Octavio —le dijo Jaime a Ricardo con tranquilidad—, aquí adentro cada quien se llama como quiere, hace lo que quiere y cuando salen, dejan su nombre y lo que hicieron en el olvido. Pasen adelante que Candy los va a revisar. Frente a ellos, una hermosísima trigueña que difícilmente había cumplido sus veintidós, se mostraba tentadora con malévola inocencia. Su cabellera rubia de farmacia se mezclaba armoniosamente con el atuendo de fatiga que llevaba encima. Ricardo la examinó de pies a cabeza asombrándose de su evidente belleza. Sobre sus carnes vestía un pantaloncillo militar corto que combinaba a la perfección con las botas militares negras y la boina color vino de medio lado, acentuando unas espigadas piernas color 59

Abraham Stern canela. En su torso una camisa verde olivo, abierta hasta la boca del estómago, dejaba escapar sutilmente el encaje blanco de un pequeño sostén que no ofrecía resistencia a unos pechos torneados a punto de reventar. Sus delicadas manos esculcaban sutilmente el cuerpo de Carlos en un ficticio intento de palpar un arma oculta; Ricardo esperaba nervioso su turno. —A ver ricura, manos arriba y piernitas abiertas —dijo sensualmente. Ricardo obedeció en estricto acatamiento a las órdenes recibidas. Levantó sus manos, extendió sus piernas y palpó sobre su piel el tacto inquisidor de sus manos. El manoseo fue recibido con agrado y de igual forma, el tenue pellizco que sintió sobre una de sus nalgas ocasionándole un brincoteo. —Quieto, caballo, quieto —susurró la joven. La osada pesquisa continuó y sin aviso previo, la mano de ella se posó agradable sobre sus partes nobles apretándole ligeramente su sexo que ya empezaba a reaccionar. —¡Santa Cecilia, madre de D-os!–exclamó ella. Sin soltarlo un segundo y con cara de alarma, su otra mano tomó un walkie-talkie y se lo acercó a sus carnosos labios. —Acá cuarenta y siete a Alfa Zulú, acá cuarenta y siete a Alfa Zulú —repitió afanada. Tenemos un problema, sospechoso porta bazuca llena de municiones, repito, sospechoso porta bazuca llena de municiones. Ricardo perdió por un instante el hilo de lo que acontecía y miró un tanto extrañado a la joven militar, quien ante el asombro 60

En cuestión de segundos le sonrió sensualmente, no sin antes regalarle un tierno beso en su mejilla. —Es una broma cosita rica —murmuró—. Nos vemos adentro. Sus socios miraban a menos de un metro y disfrutaban a más no poder de la manoseada. Carlos, en especial, sintió un aire de orgullo y se reconfortó al pensar que había hecho un acto de bondad y que así liberaba finalmente a Ricardo de tantos años de represión autoimpuesta. —¿Qué pasó, don Octavio, no que solo venía a ver? —preguntó Carlos sonriente. 61

VII Allá, a muchos kilómetros de distancia, el viaje había resultado fatigoso para Daniela y doña Gloria y se vislumbraba en sus rostros desmejorados. Luis Ricardo dormía placenteramente al lado de una de las dos camas de la lujosa habitación. La televisión, situada en el centro de la recámara, transmitía en silencio un canal de dibujos animados y a su costado se amontonaban los residuos de una cena que no tuvo buena acogida. Doña Gloria, con una copa de vino tinto en mano y un cigarrillo en la otra, disfrutaba en el balcón de la luz de la luna que se mezclaba con la inmensidad del océano atlántico y una brisa caribeña relajante y acogedora. Daniela decidió tomarse una ducha en procura de una noche más fresca y salía del baño en una nube de vapor que rápidamente se diluía con la humedad ribereña que se colaba desde el ventanal. Su refinado rostro se escondía bajo una espesa máscara color espinaca que prometía diez años más de juventud y una primera impresión un tanto desagradable. Su cuerpo, aún humedecido, se abrigaba en una bata turca de fino algodón blanco que hacía juego con unas pantuflas. Su prestancia había visto mejores días pero perdían importancia en la comodidad de una compañía familiar con la que había compartido peores facetas. Observó con cierto orgullo el sueño tranquilo del pequeño y sin necesidad de ser convidada, tomó una copa vacía de vino, vertió sobre ella lo poco que aún quedaba y se sentó junto a su madre. 62

En cuestión de segundos —Finalmente se me durmió el enano —dijo Daniela—. ¿Desde cuándo volviste a fumar? —Solo cuando estoy de viaje y a solas —contestó doña Gloria—. Es uno de mis secretitos y de aquí no sale. La imagen de su madre con un cigarro en la boca le causaba un repudio que no podía ocultar y aunque en su juventud la vio fumar un centenar de veces, creía que ya lo había dejado. —Mamá, no soporto verte fumando —reprimió Daniela. —Ya te dije que solo lo hago ocasionalmente y no voy a permitir que me regañés por hacer algo que siempre he disfrutado —contestó—. Además, a tu padre lo ves fumando todo el día y nunca le reclamás. —Ya sabes que le tengo miedo —le recordó Daniela—. No comparés una relación con la otra. Doña Gloria sabía perfectamente las consecuencias de su debilidad, pero no le causaba gracia discutir el tema con una muchacha nacida en una época con valores y costumbres opuestos a los suyos. La explicación, fuese la que fuese, jamás hubiera sido entendida, ya que a pesar de que ambas compartían la misma sangre no iban a poder conjugar las diferencias de dos generaciones criadas con conceptos y prejuicios completamente distintos. «Si supieras que hace tan solo unos años la gente fumaba en los aviones y era bien visto», pensó para sus adentros. La idea le resultó agradable y se percató por un instante de cuánto extrañaba aquellos años. El fumado era inexcusable, tanto ahora como antes, y aunque lo sabía perfectamente, a doña Gloria no se le hacía tan grave el desliz y podía darse el lujo de practicarlo a hurtadillas. Durante su vida había tenido la desdicha de enterrar a un puñado de amistades que jamás tuvieron vicio alguno y a los que simplemente se les fue 63

Abraham Stern la vida porque así estaba escrito. Para ella, la de su generación fue una vida menos sana pero más sabrosa, menos informada pero más espontánea, menos estudiada pero más sorprendente. Era una vida menos calculada que la de ahora y donde la muerte se aceptaba sin retarla o desafiarla, sin pretender esa inmortalidad inexistente que las nuevas generaciones creían poder alcanzar a base de dietas, restricciones y cuerpos definidos. Inhaló fuertemente una última bocanada y dejó caer la colilla en un cenicero improvisado y, con la ayuda de unas gotas de vino, extinguió el vicio y el tema de conversación. —¿Te puedo hablar con confianza? —preguntó doña Gloria—. Así como de madre a hija, sin tapujos. —Por supuesto que podés, siempre has podido mamá —contestó. Daniela era una reconocida escuchadora social pero eso no significaba que les prestara mucha atención a los mensajes que recibía. Su madre sabía muy bien a quién tenía enfrente y la arrogancia de esa personalidad que quizás ella misma había generado. La tarea no se mostraba sencilla pero sí necesaria. —Vos sabés perfectamente que amo a Luis Ricardo como si fuera mi propio hijo... —dijo doña Gloría antes de ser interrumpida. Mamá, al grano, que ya van a ser las doce de la noche y estoy despierta desde las cuatro de la mañana. Un pensamiento invadió la memoria de doña Gloria. «Cuando vino al mundo empecé mi labor de parto a las cuatro de la mañana y terminé cerca de la medianoche —alcanzó a recordar—. Si supieras que esa noche perdí para siempre el regalo de ser madre otra vez.» Entonces, en una mezcla de recuerdos olvidados, 64

En cuestión de segundos revivió el terror de aquella noche. Siguiendo la recomendación de su ginecólogo, dormía recostada de lado apoyando el peso de un abdomen bastante abultado y con una almohada entre sus piernas, que le brindaba algo de soporte a una espalda que ya no podía cargar más peso. Una humedad extraña entre sus piernas la hizo despertar pensando que se había hecho pipí en la cama y avergonzada se fue al baño a cambiar de ropa interior. Ya más aseada, notó que un hilo líquido tibio aún chorreaba de su vientre y fue ahí que cayó en cuenta: «¡Se me ha roto la fuente!», exclamó emocionada. Despertó a un joven don Ignacio, quien en un principio no se percató de lo que sucedía y se rehusaba a abandonar ese sueño cálido en el que se acurrucaba. Quince minutos más tarde y en uno de los pocos Mercedes Benz que se conocían en aquellas tierras, salían en la oscuridad de una noche sin luna con rumbo a la Clínica Santa Rita, el único hospital privado de la ciudad que atendía partos en forma preferencial. Ya en el cuarto, con más ansiedad que comodidad, siguió lo que tenía que seguir: la bata celeste a medio cerrar que fácilmente dejaba al aire el trasero de la primeriza, el ardor agudo de la aguja abriendo el camino de la vía intravenosa, el rasurado obligatorio del vello púbico, el enema en procura de evitar accidentes intestinales y esas contracciones siempre dolorosas. Las siguientes horas se le hicieron eternas y no llegaba la dilatación necesaria para iniciar la labor de parto, mas sí el dolor, que aumentaba con cada segundo. Cada cuarenta y cinco minutos, el doctor repasaba el ritmo cardiaco y los otros signos vitales y, luego de la décima ronda, ordenó aplicarle unos mililitros de oxitocina que aumentaron en forma inmediata la intensidad y duración de las contracciones. Más minutos, más contracciones, más dolor, más de todo y nada; la espera era ya inmanejable. Cerca de las tres de la tarde, once horas después de haber ingresado al hospital, el galeno revisó nuevamente la dilatación de ese cuello uterino que se rehusaba a darle campo a una criatura que desde hacía rato ya debería haber nacido. Con esa amabilidad que solo se adquiere con los años de experiencia, 65

Abraham Stern levantó las sábanas que apenas cobijaban a doña Gloria y sin necesidad de decir palabra sus manos la guiaron a separar sus ya cansadas piernas. Un manto de sangre brotaba abruptamente de sus extremidades y otro de preocupación cubría el rostro del médico. Ella nunca olvidaría esa expresión de angustia y las palabras que le siguieron: «¡traigan la camilla y alisten el quirófano! —gritó el doctor—, ¡necesito operar de inmediato!» Tampoco olvidaría los minutos de zozobra, angustia y confusión que tuvo que soportar hasta que finalmente la anestesia la dejó inconsciente. Cuando despertó se sintió magullada, maltratada, disconforme. Las manos de su Ignacio acariciaban las suyas y escuchaba el retumbo de una voz lejana que se dejaba decir: «Gloria, tuviste una hermosa niña». Trató de levantarse pero le resultó imposible y un cansancio incontrolable la puso a dormir de nuevo. Pasó casi una semana en cuidados intensivos y otro tanto en aquel hospital que nunca más volvería a visitar. Cuando estuvo lista para irse a casa escuchó, con más dolor en su corazón que en su vientre, la explicación del médico, quien apenas tuvo el tiempo suficiente para salvarle la vida. «Tuviste un caso de placenta accreta —le explicaba—. Tu placenta se adhirió a la pared del útero y eso te ocasionó la pérdida excesiva de sangre. Después de que nació la niña, tuvimos que extraerla quirúrgicamente y extirparte el útero». Doña Gloria no sabía mucho de medicina, pero entendió en ese preciso instante que nunca más volvería a tener hijos. —Al grano entonces —dijo doña Gloria con un serio semblante—. Tenés demasiado consentido a Luis Ricardo. Ya tiene tres años y con costos habla. Todo el día quiere que lo estés alzando en brazos, se te pasa a la cama todas las noches y para dormirlo tenés que acostarte junto a él por una hora... Ya lo sé mamá —interrumpió Daniela—. Hemos sido muy suaves y a veces siento que no tengo la menor idea de lo que estoy haciendo con él. 66

En cuestión de segundos Otra vez doña Gloria se sintió cómplice de esa confesión. Cómo iba a tener la menor idea de lo que se debía o no se debía hacer, si Daniela misma había sido criada en una esfera de cristal que la protegía de todo y todos. En su infancia compartió únicamente consigo misma todo cuanto quiso, y cuando eso no fue suficiente, tuvo a su disposición el monopolio de un padre y una madre que rara vez le negaron sus infantiles caprichos. Ese no saber qué hacer con su hijo llevaba nombre y apellido, y era una carga que acrecentaba su peso con cada una de las mimadas que lentamente atrofiaban la personalidad del niño y que se le mostraban a doña Gloria como una amonestación a sus propios errores de antaño. —Creeme que sé lo que sentís —dijo su madre—. No se trata de saber o no lo que estás haciendo. Los niños no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo. —¿Entonces de qué se trata? —preguntó Daniela. La respuesta ponía a doña Gloria en una situación que hubiera preferido evitar. Su semblante se sintió rígido y algo apretado. Un consejo sincero implicaba revelar un pasado oculto que para ella no tenía sentido pero que a don Ignacio se le hacía ingrato. «Daniela jamás se puede enterar de que no pudimos tener más hijos después de su nacimiento —advertía el padre cada vez que se trataba el tema—. No quiero que piense por un segundo que ella tuvo algo que ver con un problema que solo fue tuyo». El pensamiento equivocado de su marido nunca le hizo gracia y en su conciencia no existía razón alguna para secretear un simple accidente del destino y que en lugar de crear vergüenza o morbo, debían más bien ser tomados como lecciones de vida que amoldan mejor a las personas. A pesar de ello y con tal de no causar pelea, doña Gloria se fue tragando de a poco el secreto. Ahora, el mismo destino que en su momento le había jugado una mala pasada, le daba la oportunidad de enmendar más de un cuarto de siglo de un 67

Abraham Stern engaño absurdo y machista. Un fuerte impulso la tentaba a abrirse en completa sinceridad con su hija y otro tanto de aquel miedo a ese marido controlador, la encerraba nuevamente en una prisión emocional que se le hacía difícil de soportar. Respiró profundo, como quien sabe que se sumergirá más de la cuenta bajo el agua, y se dejó decir lo que ya no podía callar más. —Es más sencillo de lo que parece —dijo nerviosa—. Lo único que tenés que hacer es embarazarte nuevamente. —¿Y qué gano quedando embarazada? —contestó Daniela con una pregunta—. —De verdad que todavía sos una chiquilla —replicó doña Gloria con cierta frustración—. Luis Ricardo está como está porque sabe que toda la atención le toca a él solito. En el momento en que tenga un hermanito va a dejar de ser el centro de todos y va a madurar más rápido de lo que te imaginás. Creeme lo que digo. — Ricardo no quiere tener más hijos todavía. La última vez que le traté de sacar el tema terminamos peleados por varios días y la verdad es que él está muy enfocado en el trabajo como para andar pensando en más niños —le contó sin reparo—. Además, ¿qué sabés vos de hermanitos si a mí me criaron sola? Evidentemente, Daniela no sabía el dolor que ocasionaba con ese diálogo. Doña Gloria respiró hondo y con lágrimas en sus ojos le contó su historia, la misma que la había acompañado y que le partía el alma a diario. Fue así como finalmente Daniela escuchó aturdida el relato de la noche en que nació y de cómo su madre perdió para siempre la facultad de volver a engendrar de nuevo. En un principio sintió un extraño enojo por esa falta de sinceridad que le destrozaba el respeto que durante años le había tenido, pero la rabieta fue perdiendo fuerza conforme escuchaba los detalles y, de a poco, abrigó por las palabras de su madre esa compasión innata 68

En cuestión de segundos que solo brota en aquellas mujeres que han tenido la dicha de traer una vida al mundo. La perdonó antes de poder juzgarla y se solidarizó con ella sintiendo en sus entrañas un dolor compartido y un poquito de rencor contra ese padre que reiteradamente se mostraba frío, calculador e indiferente. A pesar del agotamiento de un viaje que ya acumulaba muchas horas, se preguntaron todo lo que se tenían que preguntar, reparando así el daño de un silencio que nunca debió darse, y luego hablaron un puñado de trivialidades. Ya con la idea de un nuevo hijo en su conciencia, Daniela le reveló a su madre la preferencia por una niña y hasta le confesó lo difícil que a ella se le hacía complacer a su marido en esas cosas raras que a él tanto le gustaban. —No son cosas raras cuando hay amor verdadero de por medio —le corrigió su madre, algo asombrada—. ¿Por qué nunca me hablaste de esto antes? —Me daba vergüenza —le confesó Daniela—. Además, papá siempre me hizo sentir que el sexo era algo prohibido. —No es prohibido Danielita —le dijo con un sentimiento de culpa en sus palabras—. Lo que sí es prohibido es lo que le estás haciendo al pobre de Ricardo. Entonces, juntas concibieron cómo rescatar aquella timidez sexual y volver a encender esa llama pasional que de alguna forma había quedado prisionera en las propias limitaciones que Daniela había impuesto. El primer paso sería comprar ropa íntima un tanto atrevida para despertar nuevos bríos y una hombría un tanto atrapada en la cotidianidad. El resto ya sería cuestión de tiempo, un par de gramos de esa infalible astucia femenina y un poquito de suerte. El planeamiento la hizo extrañarlo y se acordó nuevamente de él. «Qué raro que Ricardo no me haya llamado», se preguntó en 69

Abraham Stern silencio. Tomó el teléfono y le marcó con un verdadero deseo de oír su voz. Después de varios timbrazos un mensaje automatizado se dejó escuchar desde el auricular: «El celular al que usted ha llamado se encuentra apagado o fuera del área de servicio, por favor intente su llamada más tarde». No le dio mayor importancia al fallido intento, se fue directo al baño, tomó una de las tres pastillas anticonceptivas que aún le quedaban, a sabiendas de que serían las últimas que tendría que ingerir. Volvió donde su madre y se durmió junto a ella, como cuando era niña. 70

VIII E l interior del Pink Paradise resultó ser menos ordinario y estrecho de lo que se podía prever. El piso, cubierto de una alfombra marrón con un lineado negro, ya mostraba cientos de pequeños agujerillos producto de las colillas de cigarro que terminaban ahogadas entre la suela de sus fumadores. Los espejos que cubrían todas sus paredes, hacían imposible descifrar en dónde comenzaban y terminaban sus espacios, dando la impresión de que el lugar no tenía fin alguno. A pesar del evidente olor a un aerosol desinfectante de baratillo, sobresalía un tufo extraño que mezclaba en un solo respiro el recuerdo de un cenicero añejo con la humedad de cientos de tragos desperdiciados que terminaban colándose en las fibras de un tapete que ya pedía cambio. Una luz tenue, que permitía apenas ver lo suficiente sin necesidad de revelar más de la cuenta, envolvía la poca claridad de un antro que escondía el arduo trabajo de una treintena de chiquillas sin otra forma de ganarse la vida, y el pecado de un centenar de machos agrandados que ocultaban su equivocada hombría en la penumbra. Ricardo inspeccionó visualmente el entorno y recordó la descripción precisa que Carlos le había compartido hacía tan solo unos días; se trataba de un relato hablado en donde no se dejó de lado ningún detalle. Lo primero que le saltó a la vista fueron las tres pistas de baile a unos cuarenta centímetros del suelo, situadas estratégicamente para que todos pudiesen ver el show, sin importar la butaca que les tocara. La primera y más grande de ellas se extendía en el centro 71

Abraham Stern del local y las otras dos en cada uno de sus extremos. Un tubo vertical cromado que guardaba en su brillo las huellas dactilares y el sudor de las chicas que recién terminaban sus bailes, surgía de cada una de las pistas dando la impresión de nacer de la tierra misma y terminar en los bordes del cielo. La tarima central se mostraba vacía pero dejaba la impresión de que era allí donde se desarrollaban los espectáculos más selectos, aquellos por los que realmente se pagaba un derecho de admisión. Igual suerte corrían sus mesas más cercanas, las cuales exponían una desocupación extraña y un rótulo de reservado para una manada de favorecidos. En ambos extremos, se escuchaba una música ruidosa y de géneros diversos que brotaba de una docena de altavoces, y la imagen difusa de dos mujeres haciendo un desnudo en sus ya acostumbradas estaciones de trabajo. Un equipo de luces bien robusto y distribuido las iluminaba en forma intermitente y en todas direcciones, permitiendo ver a ratos lo que se venía a ver, sin exponer aquella desnudez al linchamiento visual de los comensales. Quizás a causa de esa lluvia caprichosa que no dejaba de caer o porque recién iniciaba la noche, de las cuarenta mesas que se mostraban a lo largo y ancho del lugar, solo quince estaban ocupadas. Aunque pareciera descabellado, dentro de la clientela mayoritariamente masculina se dejaban ver los rostros de un pequeño grupo de mujeres que acompañaban a sus hombres o bien, se atrevían a vivir esa aventurilla a solas. De especial curiosidad resultó la mesa que ocupaban más de veinte gringos escandalosos, ya algo borrachos, luciendo coloridas camisas hawaianas que no mezclaban bien con sus pantaloncillos cortos kaki y esas sandalias malolientes que dejaban en su camino algunos granos de arena de su reciente visita a las playas del pacífico central. Y aunque Ricardo ya había leído en los reportes noticiosos que miles de los turistas que nos visitan anualmente, venían a pescar de día y a repescar de noche, fue en ese preciso momento cuando lo comprobó en persona. 72

En cuestión de segundos Como si se tratase de un centro de cuido, las eróticas bailarinas llevaban todas un atuendo de enfermeras con camisas blancas a media manga, abiertas hasta donde la imaginación pudiese seguir, un sostén con más encajes que soporte y una falda del mismo color, bien corta, que prácticamente dejaba ver la entrepierna y de la cual salían dos ligueros que sujetaban unas pantis color piel canela. Sus cabelleras lucían una cofia también blanca con un corazón rojo en el frente que hacía recordar a las sanitarias que asistían a los médicos de la Cruz Roja en la segunda guerra mundial. Sus pies se apoyaban sobre unos zapatos color nieve -tipo plataforma- con un tacón bastante pronunciado que les remarcaba unas piernas generalmente bien formadas y con la carne suficiente para enloquecer a cualquiera. El disfraz le pareció una genialidad artística a Ricardo, quien no podía ocultar el agrado que le ocasionaba a sus sentidos. Los diez meseros del lugar se apoyaban sobre la barra de la fonda esperando la señal precisa para iniciar sus servicios. Ricardo revisó una y otra vez todo cuanto le rodeaba, y se sorprendió de la cantidad de detalles tomados en cuenta para crear en aquel rincón una escenografía tentadora. Perdido en su asombro, dejó extraviado por unos segundos su pensamiento, hasta que la voz de Jaime, el gerente del lugar, le puso los pies de nuevo en tierra. Don Carlos, les reservé la misma mesa de la semana pasada —le dijo señalando con su mano el aposento—. Espero que tengan una noche agradable. La localidad se agrupaba en la primera fila, precisamente frente a la pista principal de baile que aún mostraba mucha oscuridad y nada de exhibiciones. A Ricardo le pareció que la escogencia no había sido la más acertada pero Carlos y Felipe sabían que ahí se expondrían las desnudeces de las más cotizadas y sobre todo, frente a sus narices iban a poder apreciar aquel famoso show de lesbianas que tanto anhelaban. Sin el menor remordimiento, 73

Abraham Stern Carlos sacó un billete de diez mil colones, suma que al tipo de cambio oficial se acercaba a los veinte dólares, y se los entregó a Jaime en reconocimiento por la cortesía. Aunque al principio se rehusó a aceptarlos bajo el ya conocido argumento de: «¡No hombre, don Carlos, si para mí es un gusto!», después de unos segundos inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y se metió la propina en una bolsa del blazer, que generalmente terminaba la noche cargada de retribuciones. —¿Qué tiene de especial esta mesa? —preguntó Ricardo. —En una media hora vas a querer comprarla —contestó Carlos—. Dejate guiar por los que sí sabemos. Los tres tomaron posición en los asientos concedidos. Carlos y Felipe se acomodaron como si supieran de memoria la historieta y Ricardo se amoldó en una mezcla de ansias compartidas con unos gramos de vergüenza que aún no lograba superar. El trío miró con poco disimulo a las jovencitas que se paseaban por los alrededores ofreciendo sus virtudes y que generalmente terminaban la ronda con un guiño de ojo o un beso al aire, y que algo de semejanza tenían con el anzuelo lanzado por el pescador en procura de una buena presa. Antes de que pudiesen cruzar palabra entre ellos, un mesero los abordó presto a escuchar la orden. «Buenas noches caballeros, ¿se les ofrece algo de tomar?», preguntó con hoja de papel y lápiz en mano. Carlos, quien se sentía como dueño en casa ajena, no dio espacio a la discusión y le ordenó un litro de whisky etiqueta negra, un pichel con agua del tubo, cuatro botellas de club soda y una generosa porción de cubos de hielo. —Con gusto señor, en un minuto se lo sirvo —dijo—. ¿Alguna otra cosa? —Ah sí, se me olvidaba, y un paquete de cigarros por favor —contestó Carlos. 74

En cuestión de segundos La repentina iluminación sobre la pista central, acompañada de una espesa cortina de niebla artificial que brotaba del piso, despertó la curiosidad de todos los presentes y particularmente de Ricardo. En los altavoces se escuchaba la voz grave y agradable de un animador, que le daba un ambiente adicional a ese tumulto de percepciones sensoriales. «Damas y caballeros, el grupo Pink Paradise Entertainment les da la más cordial bienvenida al espectáculo erótico más famoso de Centroamérica, y con la ayuda de sus calurosos aplausos le damos la bienvenida a Dominique, quien nos trae desde su tierra natal, República Dominicana, la danza del vientre..., desde un ángulo jamás antes visto». Antes de que se disipara la niebla, una hermosa mulata vestida con un traje que hacía recordar a una princesa persa, pegado a su pequeña y delgada figura, emergió de la bruma y empezó a bailar al ritmo de una música oriental con un cántico arábico sutil y seductor. El velo que cubría su rostro encajaba perfectamente con las faldas de sirena y un cinturón lleno de monedas que llevaba a la altura de su cadera, y que crujían en sintonía con la melodía de fondo. Ricardo observó la exposición con más análisis que gozo y no tardó mucho en descifrar la composición de cada una de las sensuales presentaciones, todas llevadas a escena en tres actos y con tres canciones habitualmente escogidas por las propias mujeres. Con una primera pieza de música pop, la chica entraba en ambiente con movimientos ondulados y sensuales, sin quitarse una sola prenda de encima, y descansando sus manos contra aquel tubo que se le manifestaba como un compañero de baile sobre el cual apoyarse. A continuación entraba en escena una balada musical, de esas que en otras circunstancias se hubieran bailado pegaditas a alguien y con modulaciones blandas, que servían para iniciar un desnudo que no debía durar más de tres minutos y terminar claro está, con un pecho al descubierto y un hilo dental que apenas escondía el último trecho de intimidad. Finalmente se hacía escuchar una pista de rock clásico que creaba el ruido suficiente para que ellas se sintieran a solas o al menos mejor acompañadas, luces menos 75

Abraham Stern intensas, acrobacias tentadoras sobre aquel mástil que ya mostraba el sudor de la faena, y la desnudez total inevitable que hacía babear a más de uno. El resto, lo de costumbre: aplausos, silbidos, billetes sobre el tablado, algunas obscenidades innecesarias y una salida rápida por esa cortina trasera que finalmente les devolvía el aliento y un poquito de la dignidad recién perdida. —La semana pasada estuve a punto de llevármela al matadero —dijo Felipe con los ojos más abiertos que de costumbre—. Pero no sé, se me hace que tiene las tetas muy chiquitas. —¡Y vos las tenés muy grandes, huevón —agregó Carlos—, bueno, eso si las comparás con las de mi doña! Ricardo pensó inmediatamente en Daniela y volvió a sentir un remordimiento agudo que le indisponía el cuerpo y un pedacito del alma. «¿Por qué tienen que hablar de las doñas?», se preguntó en silencio. Algo de aquel cuadro de bifrontismo le jugaba una mala pasada a la dualidad que mostraba su rostro. Ante Carlos y Felipe mostraba una cara de falsa felicidad, como si lo estuviere disfrutando, pero en la intimidad ocultaba una verdad acongojante y una presión social hacia ese machismo anticuado que tanto odiaba y que se resistía a practicar. Dejó su mirada clavada en aquella cortina roja y se dejó perder por unos instantes que se le hacían necesarios. La imagen del mesero cargando una bandeja al hombro interrumpió aquel trance y con una paciencia profesional fue colocando de a poco la orden hasta que todo quedó acomodado. Esperó unos segundos en procura de una propina que nunca llegó y se marchó en busca de otra mesa un tanto más generosa. Carlos abrió la cajetilla de cigarros y le prendió fuego a un rubio con una inhalada abusada. Tomó tres vasos, los llenó de hielo y vertió en cada uno de ellos una generosa porción de ese whisky que tanto disfrutaban. Conociendo los gustos de cada cual, 76

En cuestión de segundos terminó de completar el suyo con agua, el de Felipe así no más, en las rocas, y el de Ricardo con club soda. Los tres tomaron sus vasos y se dijeron un «salud» ya desgastado. Ricardo, con más sed en su espíritu que en su garganta, se hizo tragada la mezcla y esperó a que sus efectos le aflojaran un poco los remordimientos. Antes de que pudieran poner sus tragos sobre la mesa, tres de las enfermeras de tanda tomaron por sorpresa el aposento y los embistieron sin siquiera dar espacio a una ocurrencia que los liberara del abordaje. Jazmín, una dama con más hambre que belleza, pasada un poco de libras y de años, se le sentó a Felipe sobre sus descomunales regazos, sintiendo la suavidad de esa flacidez sobre la que se hundía placenteramente. Con un palmoteo rítmico intentó percibirle su sexo pero le resultó imposible. —Hola baby, ¿te puedo hacer compañía? —preguntó al tiempo que lo manoseaba. No recibió respuesta alguna a la propuesta ni al manual de trucos que realizó de seguido en procura de crear una atracción temporal y poder llevarse así unos reales adicionales. Felipe, quien se desconocía a sí mismo y se jactaba en ese momento de merecer mejor mujer, se sintió ofendido. Pensaba con total honestidad que podía gozar de cierto parecido con los galanes que de noche veía en las telenovelas mexicanas; varoniles, ricos, bigotudos. «Qué desgracia la mía, para variar siempre me terminan mandando a la más fea», pensó con frustración. En la ficción de su cuerpo mágicamente mejorado, no soportó un segundo más a aquella deslucida enfermera y se levantó de su silla llevándosela al aire como si fuera una hojuela de maíz. —Muchas gracias pero todavía estoy calentando motores y quiero estar solo un rato —dijo él finalmente. 77

Abraham Stern — Tranquilo gordito... si cambias de parecer voy a estar aquí cerquita —replicó ella de seguido y un tanto aliviada de lo que hubiese sido pasar la noche con semejante grosería. Jazmín se fue lentamente, reacomodándose el vestido que había quedado maltrecho ante la embestida de aquella mole. Pensó en aquellos años de juventud en donde se le hacía más fácil la conquista pasajera, y con algo de angustia se recordaba a sí misma que sus días de cabaretera estaban prontos a terminar; en las blandas debilidades de su oficio la edad no era relativa y los años cobraban con usura y venganza la hoja de cada calendario. Carlos tuvo mejor suerte y recibió de acompañante a la misma rusa con la que había derramado sus placeres hacía tan solo una semana. Sin preludio alguno se sentó frente a él apoyando las posaderas sobre sus muslos y se recetaron un beso boreal labio a labio, con un revoltijo entre dos bocas que ya se sabían el recorrido. Ricardo los miró sin lograr entender en qué momento se moría el amor y daba inicio ese juego carnal que no tenía sustento alguno. Tomó un nuevo sorbo de ese trago que ya se le iba asentando y simplemente contempló la charada. Sasha, quien en sus tierras era conocida por su nombre de pila, Svetlana, nació en una pequeña ciudad ubicada en las afueras de San Petersburgo y llegó a estas tierras caribeñas bajo la falsa promesa de un cazatalentos que le garantizaba una emergente carrera en la Academia Nacional de Ballet. El hombre tuvo inclusive el atrevimiento de cenar con sus padres, a quienes convenció, contrato en mano, de que Svetlana sería toda una estrella y que pronto la verían en las portadas de los periódicos más respetables de la que sería su nueva ciudad. Ya en estas latitudes y en cuestión de días, comprobó que todo se trataba de un timo y que sus sueños de bailarina iban a terminar en un cabaret de mala muerte en donde nadie le tiraría flores. Con tal de evitarles una deshonra adicional a sus padres, adoptó su nuevo empleo sin arrugar la cara y aunque durante las primeras semanas 78

En cuestión de segundos sintió que le robaron la esencia misma, de a poco fue recobrando su estima y engrosando, en manos de aquellos hombrecillos que la frecuentaban, lo que para ella era toda una fortuna. Su belleza brotaba desde las entrañas y se hacía difícil dejarla pasar inadvertida. El rubio natural de su pelo que difícilmente se podía percibir por estos lados del valle, se fusionaba en armonía con esa piel blanca astral que encerraba en su palidez un crisol de rosados aterciopelados y provocativos. Su cuerpo, de líneas frescas y con un tono muscular que la hacían aún más femenina, terminaba su recorrido en la redondez perfecta de sus pechos. Carlos palpaba con sus manos toda esa perfección y en su diminuto esqueleto se sentía el hombre más grande del mundo. Ambos iniciaron un pequeño diálogo que se interrumpía por la besuqueada y por el acento algo quebrado de la rusa. Él extrañaba su boca siberiana y esa pintura de labios con sabor a cereza que se hacía lamer como si se tratara de un dulce acaramelado. Ella no admiraba absolutamente nada de él y su juego de amor, que en la lejanía se percibía legítimo, llevaba un desarraigo total en su cuerpo y se teñía de una pasión color verde puro dólar americano. Ricardo observaba a aquel par de enamorados sin percatarse de que a su lado tenía a una chiquilla que no aparentaba haber cumplido los dieciocho años y que le acariciaba el muslo izquierdo en procura de al menos una mirada disimulada. La jovencita no tuvo otro remedio que ponerle mano sobre sus genitales para que finalmente la determinara. El roce le retorció la mirada y lo hizo caer en cuenta de que llevaba rato de no estar solo. Aquel hombre, quien probablemente era el más honesto de los alrededores, la miró como un padre, no con los ojos de uno de los tantos depredadores que rondaban el lugar, y le previno: —No quiero ser grosero contigo. Eres una mujer hermosa pero yo no vine a esto, solo estoy acompañando a mis amigos y conmigo no vas sacar nada bueno. 79

Abraham Stern No fue necesario decir palabra alguna para que aquella mujer que aún parecía niña comprendiera que estaba sentada bajo la sombra equivocada. Siguiendo un repertorio que debían cumplir al pie de la letra para evitar una regañada innecesaria de Jaime, le regaló un beso tierno en la mejilla, se marchó boquiabierta y con su orgullo un tanto magullado. Ricardo la vio irse y sintió haber hecho una buena obra, de esas que no se reconocen públicamente pero que terminan exaltando la honra. También sintió en su vejiga el cúmulo de varios tragos y en su cara el calor de un ambiente que con el pasar del tiempo se tornaba más espeso. Se alejó en busca de un lavabo que le permitiera liberar esa presión y refrescarse. Sin dar explicación alguna, Felipe se levantó de su silla, metió su mano en el pantalón y sacó un pequeño frasco. Lo abrió, volteó la cabeza hacia los dos lados asegurándose de que nadie lo estaba espiando, y dejó caer una pócima azulada sobre el trago que Ricardo había dejado a medio terminar. Tomó la botella de whisky, rellenó el vaso y dejó que ambos líquidos se mezclaran. Carlos lo observaba con sospecha y no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Trató de buscar una respuesta en la mirada de Felipe, que revisaba cada dos segundos la bebida para asegurarse de que no quedaría rastro alguno, y ya molesto terminó con un fuerte golpeteo en la mesa. —¿Qué putas estás haciendo? —preguntó Carlos algo sorprendido. —Tranquilo enano, no hay nada de qué alarmarse —contestó Felipe con total sosiego. —¡Cómo que tranquilo! —exclamó Carlos aún más molesto—, ¡o me decís qué le echaste al trago o aquí mismo te reviento el hocico! 80

En cuestión de segundos —Es una viagra y un clonazepam —dijo con rostro ruborizado—. Solo quiero que se relaje un poco. Carlos lo miró con ganas de tirársele encima pero se contuvo para evitar una escena que no terminaría en aquel lugar. Lo miró aún más y sintió algo de pesar al ver a aquella gigantesca figura humana humillada y con la cara propia de un niño sorprendido en una travesura. Contuvo su rabia y respiró más profundo que nunca. El viagra no le pareció un abuso de mayor importancia y hasta se le hizo un tanto simpática la ocurrencia, pero algo le preocupaba del tal clonazepam. Hizo un esfuerzo por tratar de recordar los beneficios de aquel medicamento, y su mente se mantuvo en blanco. Le preguntó inquisitivamente a Felipe y este le dijo que solo era un calmante para los nervios: —Para que se sienta menos tenso y más a gusto —contestó. Menuda mentira la que se dejó decir. Sin siquiera saberlo, le había echado dos miligramos de un potente ansiolítico que hubiese tumbado al propio Felipe con toda su corpulencia, y que de fijo le arrebataría a Ricardo el balance de su conciencia y el equilibrio de su trastabillante voluntad. La noche recién comenzaba. 81

IX Ricardo regresó a su mesa con paso atolondrado y con ganas de no volver jamás. Gracias al chapuzón de agua helada que se echó encima, su rostro se perfilaba un tanto más fresco; aliviado. A pesar de la indiferencia, se percató de que el lugar ya se encontraba abarrotado y que aquellas mesas que inicialmente se mostraban en abandono fueron secuestradas por un centenar de excitados semblantes. Se reacomodó en su puesto y no pudo evitar posar su mirada en la descomunal barriga de Felipe, quien sudaba en abundancia sobre un asiento que desaparecía entre los rollos de grasa que le colgaban, y que daban la ilusión de que aquel hombre flotaba en el espacio sin apoyo alguno. A su lado, Carlos y Sasha se acorralaban uno al otro, en un apretujón desvergonzado, pasado de tono, y que a ratos dejaba a la rusa con un pecho al descubierto. Ante la intersección de las dos escenas, prefirió volver a ese whisky que deseaba recetarse con sorbos cada vez más abultados y gustosos. —¡No te tomés ese trago! —le advirtió Carlos mientras Ricardo lo ignoraba y se lo bebía de golpe, por más que el otro intentó evitarlo. —Dejame tranquilo que es lo único que me gusta de esta pocilga —le contestó, ya algo embriagado. 82

En cuestión de segundos El acoso de las cabareteras que aún no encontraban pareja se repetía en intervalos de diez minutos y un «¿te puedo hacer compañía?» que ya le irritaba. Ninguna de ellas encontró en Ricardo el refugio a sus propuestas y seguían su ronda con cara de tristeza sobreactuada. Dos chicas más tuvieron que pasar por la tarima principal para que se diera cuenta de que el vaso se le mostraba vacío nuevamente y de inmediato intentó servirse una ronda adicional. —Suave con el trago mi hermano que la noche apenas empieza. A ese paso vas a terminar inconsciente —dijo Felipe nervioso. —¡A buena hora venís a advertirle! —replicó Carlos tratando de desenmascarar la trampa una vez más. Ricardo dejó pasar el comentario como si la cosa no fuera con él, y se fue en busca de la botella a medio terminar. Carlos, quien ya se preocupaba por la cantidad ingerida y más aún por el coctel que Felipe le había prescrito, le impidió el tanteo con una sarta de excusas, todas ilógicas, y antes de que pudiera detenerlo, la voz del animador vibró nuevamente desde las bocinas, dejando en el olvido la bronca. «Un fuerte aplauso para Crystal, la bomba de San José. ¿No es una belleza? A ver, que se escuchen esas palmas... Ahora en la pista uno recibimos a Wendy y en la pista central a la más guapa de todas, la única, la incomparable... en exclusiva para el Pink Paradise y con las mejores tetas de todo Medellín, desde Colombia y para ustedes... ¡Scarlett, la paisa!». Un silencio extraño se apoderó del espacio, como si algo extraordinario estuviera a punto de suceder. La niebla y un juego de luces láser verde neón sirvieron de preámbulo para darle la bienvenida a una mujer que ocultaba su cara bajo un casco de autos de carreras y su piel en un traje de cuero rojo tipo fórmula uno. La exquisitez de su figura era evidente 83

Abraham Stern a simple vista, con curvas realzadas que mostraban un cuerpo perfecto, unas pompas de una redondez equilibradamente robusta, y unos pechos balanceados, ni grandes ni chicos, pero llenos de una movilidad que pedían a gritos salir de aquel hacinamiento. Ricardo la observó en la magnitud total de su belleza y por primera vez en toda la noche se inundó de esa hombría innata que llevaba años de encarcelamiento. Se deleitó observándola en ese traje escarlata que envolvía su cuerpo como si fuese la piel misma, del zípper medio abierto, del escote atrevido con rastros de una piel sedosa y de su cabellera trigueña de la que brotaban rubios rayos como un torrente de luz. Tragó en seco, esta vez con sed genuina, se sirvió un nuevo whisky, sin hielo, sin agua, sin soda, sin nada, y lo dejó bajar por esa garganta que ardía por dentro. Le prendió fuego a uno de esos cigarrillos que tanto odiaba pero que en ese momento percibió con gusto, se puso de pie y se dejó admirarla, sin reproches ni remordimientos y en total sosiego consigo mismo. Scarlett se erguía sobre el podio como una diosa sacada de la mitología griega. Estática, con la respiración contenida, y con las piernas lo suficientemente separadas como para notar un pequeño hundimiento en el tallo de su intimidad. El sonido de un vallenato con aires de paseo y merengue, puya, tambora y son, le dieron el impulso suficiente para pegar un salto alto y sujetarse de la parte más elevada del mástil. Lentamente hizo un nudo con sus piernas y se echó de espaldas sin perder altura. Aún boca abajo, tuvo la fuerza suficiente para realizar un torbellino de volteretas mientras se dejaba caer suavemente sobre el piso. Como si fuera una contorsionista de circo, se arrodilló y dejó que la parte trasera de su cabeza se juntara con las plantas de sus pies, formando con su delicado cuerpo un círculo casi perfecto. Manteniendo la pose, se balanceó hacia adelante y cuando sus pies completaron la media vuelta, se puso de pie y se desgarró el traje que llevaba encima. Su sensual figura quedó al descubierto, mostrando una piel color avellana y unos pechos con dos pequeñas areolas rosadas 84

En cuestión de segundos que se erizaban gracias al frío soplo que salía de un ducto justo encima de su mollera. Una braga roja tipo hilo dental cubría el último espacio de su integridad y permitía entrever un tierno rastro de vello púbico algo despoblado. Su cara, aún oculta bajo aquel casco deportivo, creaba una sensación de intriga que pronto sería resuelta. Al ritmo de una romántica balada, se despojó finalmente del taparrabos y del blindaje que cubría su rostro, despejando así la duda, y aclarándole a toda la concurrencia la bondad de sus dotes y la pureza de su desnudo. —Esta es sin duda alguna la mejor hembra del lugar... ¡vean ese par de piernas, ese culito, los pezoncitos... es perfecta! —dijo Carlos sin importarle que Sasha estuviese a su lado. Ricardo permaneció de pie, erecto ante tanta belleza, con vaso en mano y la colilla de aquel cigarro que hacía rato había dejado de arder. Su boca, más abierta que de costumbre, le ayudaba a controlar una respiración que se aceleraba con cada uno de aquellos sensuales movimientos y que le robaban, con cada meneo, el idealismo que durante años presumió. La delicada tonada le dio espacio a esa pieza de pop movida y atrevida que anunciaba el fin de aquel derroche de sensualidades y de un acto que no debía terminar. A sabiendas de que el éxito económico de la noche dependía de esos últimos minutos, Scarlett se dejó mostrar lo inmostrable, regalándoles a los mirones las entrañas mismas de su ser y lo más suave de su descubierta intimidad. Atenta al evidente embobamiento de Ricardo y justo antes de que hiciera su salida, se le acercó a su rostro y lo cacheteó repetidamente con la suave carne de sus pechos. Con la sutil golpiza, Ricardo percibió el sudor que brotaba de su piel, y un olor a mujer que le alegró el olfato y se le coló por las venas. Sintió la presión de su sexo pidiendo salida y un bulto distorsionado que apuntaba al cielo desde su cremallera. Así tal cual y sin otro recurso a mano, se lo reacomodó, ocultando momentáneamente su evidente excitación. Ella dio media vuelta, 85

Abraham Stern caminó unos pasos mostrando toda su retaguardia y se perdió entre las cortinas al igual que lo hace el sol cuando se esconde en el horizonte al finalizar cada día. La explosión de aplausos fue ensordecedora, seguidos de una ovación total que puso de pie a todos los concurrentes y mantenía a Ricardo en un estado de perplejidad. —¡Reaccioná hombre... reaccioná! —le dijo Carlos con un golpeteo fuerte en la espalda—. No te dije que esto era un bufette vaginal. ¿Qué te pareció la colombianita? Antes de que pudiese dar respuesta, y gracias a ese aplauso continuado y resonante que no cesaba, la paisa se vio obligada a salir de nuevo a pista. Se mostraba tal y como D-os la trajo al mundo, sin nada que la cubriese y con una botella de agua que bebía intentando recuperar de a poco el aliento. Ricardo sintió ganas de verla mejor, más cerquita. Pensando que con su mirada la convencería de quedarse un ratito más, se trepó sobre aquella silla que tan solo media hora atrás se le hacía aburrida e incómoda, y aplaudió tan fuerte que sus palmas enrojecidas ardieron como un caldero. Ella lo notó nuevamente y le regaló un beso al aire que lo palpó como recibido en carne propia. Hizo tres movimientos de reverencia y una lluvia de billetes de a dólar flotaron por el aire dejándose caer rendidos a sus pies. —¡Bravo... Bravo... Bravísimo...! —gritó Ricardo enardecido. El chillido que salió de su boca fue tan fastidioso que las miradas de más de ciento cincuenta hombrecillos lo embistieron, seguidas por un silencio cargado de extrañeza y reproche. El animador notó el punto de inflexión y salvó la tanda con un comentario de buen tino: «Iba a pedir un aplauso para esa paisa hermosa pero creo que el caballero de la mesa ya lo hizo por todos nosotros... Ese es el espíritu que nos gusta ver en el Paradise. A 86

En cuestión de segundos ver meseros, un tequila cortesía de la casa para el caballero», dijo mientras la luz de un reflector le apuntaba. La incandescencia le hizo retomar la silla, dejando que su resplandor se llevase el momento. —¿Pero qué te pasa mi brother, te volviste loco? —le preguntó Carlos—. No estamos viendo Carmen ni la Traviata. ¡Esto es un putero por el amor a D-os! Nos estás haciendo pasar vergüenza. El tequila no tardó en llegar. Ricardo lo miró y no hizo intento alguno por saborearlo, quedando intacto en la mesa. Para ese entonces, su mente ya estaba atiborrada, confusa, un tanto extraviada. La música ensordecedora se convirtió en un leve susurro, distante, que ya no irritaba los tímpanos y su vista, un tanto atrofiada, percibía sombras que deambulaban lentamente sin poder distinguirlas. El efecto de aquella pócima se le manifestó en el cuerpo con un mareo que le demolía el equilibrio y que lo hacía percibir los movimientos con una extraña lentitud que dejaban en su camino una estela de imágenes confusas. De su garganta brotó un sabor nauseabundo, que lo hacía eructar repetidamente para evitar un vómito que se trazaba inevitable. A pesar de aquel tropel de extrañas reacciones, se sentía tranquilo, apaciguado y con una paz relajante que se le extendía por todos sus músculos, a excepción de su sexo, que permanecía en un estado de rigidez permanente, y que ya resentía un tanto. Buscando un espacio de sosiego, se arrinconó a un lado de su silla, cerró los ojos y se dejó caer en un sueño forzado e interrumpido que le acrecentó las náuseas y el movimiento de un piso que daba vueltas sin parar. Carlos le clavó la mirada a Felipe, acusando con la ojeada la situación y haciéndole sentir miserable por su atrevimiento. Para evitar la confrontación, Felipe se levantó llevándose la butaca pegada al cuerpo, mientras que con las manos trataba de liberar sus posaderas de aquel estrujamiento. 87

Abraham Stern —Mejor largate antes de que termine dándote una paliza —dijo Carlos. Felipe replicó, como si la cosa no fuera con él: —Me voy a buscar suerte en otro lado, que entre el frío de tu rusa y las novatadas de este medio hombre, voy a terminar la noche sin ninguna hembra que me quiera. Carlos lo vio alejarse sintiendo algo de alivio. Llamó al mesero que atendía al lado y le ordenó un pichel de café negro, bien fuerte, unos vasos de agua helada y una toalla limpia. Miró a Ricardo acurrucado en su cobijo y le pidió a Sasha ayuda para recuperarlo. Unos minutos más tarde dejaba caer el agua helada sobre el paño, asegurándose de que los cubos de hielo quedaran atrapados en el lienzo, mientras la rusa preparaba en un vaso de vidrio un café bien negro cargado de azúcar. El frío intenso que Ricardo sintió sobre su nuca lo hizo despertar del letargo y antes de que pudiese decir palabra, Sasha le recetó unos sorbos del brebaje. La sensación no fue agradable y le dejó la parte trasera de su camisa empapada y en su boca un sabor amargo que le llenó la piel de escalofríos. Ricardo siguió bebiendo el café de manos de aquella mujer que le sostenía la quijada con una dulzura maternal y de a poco lo fue liberando de la trampa cobarde a la que había sido expuesto. Ya más repuesto pero todavía afectado de los sentidos, se irguió y les reveló lo que ya todos sabían: —Creo que se me fue la mano con el trago —dijo con voz temblorosa. —Tranquilo mi hermano que eso a todos nos pasa —dijo Carlos—. Te presento a Sasha, mi novia de los miércoles. Ricardo, con su mirada aún borrosa, volteó un tanto su cabeza haciendo un verdadero esfuerzo para enfocarla. 88

En cuestión de segundos —Mucho gusto Sasha, tiene usted unos ojos muy lindos y un nombre muy...ruso. El comentario fue bien recibido y le sacó una sonrisa. —Si pensás que Sasha es muy ruso, me imagino lo que dirías si supieras el verdadero —dijo ella con su acento remarcado—. En verdad me llamo Svetlana pero a Jaime no le pareció sexy. ¿Te gustó mi amiga Scarlett, verdad? Es muy guapa... —contestó. —¿Quieres que la llame y te acompañe un rato? —repreguntó ella. Ricardo se frotó el cuello ante la interrogante. Por supuesto que le hubiera encantado tenerla cerquita, sobre sus regazos, palpando la suavidad de sus muslos, la carne de sus pompas y sobre todo, percibiendo ese olor a mujer salvaje que aún guardaba en su olfato como un recuerdo que no podía dejar escapar. «Claro que me gustaría», se respondió a sí mismo, pero aún le quedaba un remanente de fuerza, de moralidad y de esa fidelidad que se lo impedía. Saboreó sus mieles desde la lejanía, tragó en seco y se humedeció sus labios con la lengua como si estuviera degustándola. En la confusión de su mente magullada también tuvo recuerdos instantáneos y pasajeros de Daniela, de sus mejores noches, de Luis Ricardo cargado en brazos y de una vida casi perfecta que hubiera preferido dejar en suspenso a cambio de unos minutos a solas con aquella colombianita que le había robado su tranquilidad. «¿Será acaso posible vivir los dos momentos sin hacerle daño a alguien?», se preguntaba en silencio. Tomó el amuleto en el que llevaba colgada la foto de sus padres, lo palpó con sus dedos, miró sus rostros y la respuesta le saltó sin mayor esfuerzo, y en un arrebato de agallas suspiró profundo, y retomó del suelo lo poco de dignidad que aún le quedaba. 89

Abraham Stern —La verdad es que me encantaría, pero no puedo —contestó Ricardo finalmente. Estoy casado y no puedo hacerle esto a mi esposa ni a mi hijo..., no sé ni por qué estoy aquí. Sasha dudó de la veracidad de sus palabras pero las recibió con cierto aire de ternura, como si ese mundo surreal que vivía cada noche aún tuviese una oportunidad de reivindicación, de salvación. Pensó en sus padres, en el frío invierno de la ciudad que la vio nacer, en el hombre que aún amaba y que la esperaba de regreso en casa y sobre todo, en los cientos de machos temerosos que inicialmente la rechazaban con el mismo cuento pero que siempre terminaban rendidos y desbocados entre sus piernas. —Me disculpan pero tengo que alistarme. Salgo a pista en tres piezas —dijo la rusa regándole un nuevo beso a Carlos—. En un rato nos vemos. —¿No te da remordimiento darle besos en la boca a una mujer que ni conocés? —preguntó Ricardo mientras Sasha se alejaba. Y a vos, huevón, no te da vergüenza andar diciéndole a todo el mundo que estás casado. Si querés te pongo un rótulo en la frente y así nos evitamos la misma cantaleta cada tres minutos. —dijo Carlos—. ¡Me lleva putas! Si aquí el único que no está casado es el puerco de Felipe. Al otro lado de la ciudad, sobre una montaña más arriba de las lluviosas nubes, don Ignacio contemplaba las luces que ocasionalmente se dejaban escapar hacia el firmamento. Sentado sobre una cómoda silla mecedora, el hombre fumaba sus cigarrillos sin filtro y bebía diminutos sorbos de un rojizo coñac “Luis XIII” que mantenía reservado únicamente para ocasiones especiales. Sobre sus regazos, contemplaba un viejo álbum familiar de fotografías, y entre las humaredas que salían de su boca, volteaba sus páginas 90

En cuestión de segundos llenas de una infancia que no quería recordar. Repentinamente, sus ojos reconocieron la foto de aquel hermoso caballo andaluz. Lo miró detenidamente y recordó su dolor, el hospital, los latigazos de su madre, el odio que le hacía sentir y la furia que todavía corría por sus venas. Se puso de pie sin ayuda de bastones y con la rodilla que aún crujía cada vez que hacía un movimiento forzado. Inhaló fuertemente el cigarro, alzó la copa y brindó: —¡Esta va por vos desgraciado! —gritó—. Hoy cumplimos un año más de andar jineteando juntos. Luego escupió una espesa flema que salió volando hacia los verdes jardines y con la mente un tanto embriagada, se dijo a sí mismo: «Maldito animal. Ese día me robaste una parte de la vida». Sin pensarlo dos veces volvió a llenar su copa y en una soledad íntima que le calzaba a la perfección brindó de nuevo: —¡Esta va por vos madrecita! —susurró con los ojos cerrados—. De no haber sido por vos, hace rato que habría dejado de cabalgar sobre tus malditos hechizos. Regresó a la silla, se recostó sobre ella y dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad de una noche que ya no se le mostraba serena. Cerró los ojos unos instantes y el sonido de su celular le interrumpió el trance. Tomó el aparato, miró de donde venía la llamada, y la contestó: —¿Qué tiene para mí? —Absolutamente nada. Lo único que ha hecho es tomar whisky. —Si no me consigue la fotografía, no le pago un centavo —le dijo don Ignacio con frialdad—. ¿Entiende lo que le estoy diciendo? 91

Abraham Stern —Sí señor, voy a hacer lo posible —le contestó Felipe, algo amedrentado, antes de dar por terminada la llamada. Para cuando Sasha llegó al reducido espacio de su camerino, se vivía un alboroto de cuerpos expuestos que entraban y salían, pechos al aire, calzones con una paleta de colores tan amplia como un arcoíris radiante en medio del chubasco, y unos percheros llenos de vestimentas eróticas que colgaban esperando que algún alma las adoptara aunque fuese por unos minutos. Un centenar de pequeñas bombillas, alguna de ellas quemadas y otras tantas parpadeando sus últimos centelleos, bordeaban el marco de un tocador desgastado que reflejaba sobre un espejo de vidrio, igualmente maltratado, los perfiles de tres mozas que cubrían sus imperfecciones con un desorden de maquillajes depreciados y polvorientos. Scarlett salía en cueros de una ducha improvisada que había sido construida de mala gana y sin tomar en cuenta el derecho a una intimidad perdida a partir del día en que sus carnes se ofrecieron a la clientela como los trozos suspendidos de una res descuartizada en una carnicería de pueblo. Ante el ligero pudor de una profesión que así lo demandaba, las chicas deambulaban en una desnudez que ya se les había hecho costumbre, natural, cómoda, y que las protegía aun en esa deshonra que iba mucho más allá de sus simples cuerpos. La rusa notó a la colombiana secándose las últimas gotas de agua, provocando en su mirada cierto grado de admiración y envidia ante una belleza cercana a la perfección. Se le acercó buscando una conversación sincera y real, sin tapujos, y que en tales desabrigos se daría en igualdad de condiciones. En un principio platicaron de todo un poco sin llegar a nada. Luego se alejaron un tanto del tumulto, buscando el espacio silencioso para intercambiar esa palabra sincera. Sasha, con su acento virulento, militar, cargado de palabras con una “erre” redoblada y una “o” no acentuada que sonaba más a una “a” tímida o arrepentida 92

En cuestión de segundos que no disminuían el sentido preciso de sus palabras; Scarlett con ese cantadito sabroso, entonado, lleno de “eses” prolongadas y arrastradas, el trato de “vos” que perpetuaba el verbo de un buen amigo, y esa exageración en la punta de la lengua que provocaba en sus carnosos labios un realce adicional. La tertulia entre esas dos mujeres que compartían la profesión más antigua conocida por la humanidad, guardaba algo de parecido con la mezcolanza de estrofas entre un Tolstoi y un García Márquez, opuestas en la forma, el lenguaje y su origen pero cargadas de un contenido extraordinariamente admirable que superaba prejuicios, fronteras e idiomas. —¿Me imagino que te diste cuenta del admirador que tienes afuera? —preguntó Sasha. —Por supuesto que me di cuenta —contestó mientras terminaba de encaramarse el ropaje—, hasta me he puesto roja, y eso que tengo años de andar en estas. —¿Y cómo te ha salido la noche hasta ahora? —repreguntó la rusa. —Más o menos. En tips me he ganado como doscientos dólares y solo me ha tocado ir a los cuartos una vez...; eso suma otros setenta y cinco —dijo pensativa—. Si ese admirador que está afuera no me rescata va a ser otra mala noche. —No es hombre fácil —advirtió la rusa—. Está casado y enamorado. —No, mija, por mí no se preocupe —respondió Scarlett—. Si aplaudió como loco teniéndome a diez metros de distancia, imagínate la que va a hacer cuando lo tenga de frente y agarradito del pescuezo. 93

Abraham Stern Las dos se rieron, esta vez sin acentos o letras arrastradas, con el lenguaje universal de esa risa bien provocada que no requiere traducción. Cada una siguió en lo suyo, como si vegetaran en noches distintas, lugares diferentes y con oficios que generaran ingresos de una fuente disímil a la que realmente compartían. La advertencia de aquel hombre difícil, creyente de familia y de su inviolabilidad, se le desplegó a Scarlett como un nuevo reto, parecido a los muchos otros que a diario se le presentaban, y que superaba gracias a sus seductoras ternuras empalagosas. Se sentó frente al tocador admirándose a sí misma y sabiéndose bella, se maquilló y perfumó apenas lo necesario, sin sobrepasarse, y resguardada en su propia estima, salió a ese campo de batalla en el que había guerreado todas las gestas de su existencia, saliendo generalmente vencedora. 94

X Pasaron varios minutos para que la mesa los tuviera nuevamente reunidos. Carlos, con trago en mano y un cigarrillo, saboreaba el baile que Sasha les regalaba en la pista central. Felipe, quien pagaba una fortuna en cocteles y propinas cada vez que intentaba tocar algo prohibido, había logrado que Dominique, la dominicana, finalmente le hiciera compañía. Al igual que el resto de las chicas, ella también se columpiaba sobre sus mondongos, como apoyada sobre una hamaca a la orilla del mar, y su rostro revelaba una insatisfacción que solo se justificaba por la oleada continua de billetes que de a poco le iba exprimiendo. Ricardo, aún afectado por la reacción traicionera que le ocasionaba el menjunje del alcohol y los fármacos ingeridos, se recostaba entumecido sobre esa silla que desde hacía rato le servía más de cama que de asiento. Sus manos extendidas a los costados, las piernas abiertas apoyándose sutilmente con los talones y la cabeza echada completamente hacia atrás, daban la impresión de que el hombre estaba descompuesto y al borde de un colapso, pero en realidad padecía de una letárgica tranquilidad que le aflojaba los músculos y la voluntad. Scarlett se acercó a la mesa como un pavorreal mostrando con orgullo su hermoso plumaje extendido. Cuando miró a Ricardo en semejante estado de desamparo, pensó por unos instantes en buscar suerte en otros brazos y abandonar la conquista, pero recordó la 95

Abraham Stern advertencia, el reto y las palabras de la rusa. Suspiró profundo, se inclinó justo lo suficiente y le regaló un beso en la mejilla que le dejó sobre la piel un tatuaje rojizo con la silueta perfecta de sus labios. En ese desmayo que vivía, Ricardo soñaba precisamente con ella, con besos apasionados, toqueteos prohibidos, excitaciones que sentía en el latido de su pecho, y el cosquilleo lo hizo despertar con ganas de seguir soñando. Abrió lentamente sus ojos y la vio tan cerca que sintió su aliento, y percibió con agrado el olor llano de su perfume. Cerró sus párpados nuevamente creyendo que aún fantaseaba, y se sintió feliz. Ella le regaló dos nuevos besos, esta vez más delicados, un tanto más húmedos, dejando que la punta de su lengua terminara de arrullarlo, y finalmente despertó, completamente atontado y perdido. Ricardo voceó algunos sonidos sin sentido que se perdieron en la voz del anfitrión, quien desde los altoparlantes anunciaba: —¡Ahora sí!, damas y caballeros, llegó el momento de la noche que todos estaban esperando... A excepción de los pequeños destellos naranja que emitían las brasas ardientes de una veintena de cigarrillos, una oscuridad total se apoderó de la covacha. Un torrente sincronizado de luces que se batían en todas direcciones fue llenando de a poco la penumbra, dejando que la vista descubriera un afelpado sofá azul justo en el medio de la tarima central. El silencio, que también había secuestrado las gargantas de la clientela, se fue evaporando bajo el sonido estruendoso de un arreglo musical que entonaba la marcha inicial de We Will Rock You, acompañado por el golpeteo de zapatos y un palmoteo alternado que acompañaban la pieza de rock con rítmica precisión. Una densa nube artificial cubrió el escenario que se perdía como en un acto de magia ante la mirada atónita de la multitud, la cual, en su gran mayoría, sabía lo que de seguido vendría. 96

En cuestión de segundos —...Ya ustedes conocen las reglas. Nada de vulgaridades. Necesito silencio total para que las muchachas puedan concentrarse. Si alguien se pasa de la raya, suspendemos el show —advirtió el anfitrión—. Sin más preámbulo, los dejo a solas con Bonnie and Clyde. ¡Disfrútenlas! —Por el amor a D-os no se te ocurra aplaudir —le advirtió Carlos. A Ricardo no le interesó la amenaza. Su cuerpo flotaba en otro limbo, su mente sufría un contagio de torpeza que le hacía imposible entender lo que estaba sucediendo y su mirada se disipaba borrosa en los labios de aquella paisa que le había dejado en su rostro una pequeña llaga de pasión. La intensidad de la luz bajó nuevamente, casi por completo, y el albor escarlata de dos gigantescos reflectores se filtró entre la niebla permitiendo entrever la figura de dos mujeres, una frente a la otra, adornadas con lujosos trajes italianos de hombre, de finas lanas, hombreras marcadas, bolsillos asolapados y un sombrero de fedora que les recogía su cabellera. Inspiradas en una versión alargada de “Mujer contra Mujer”, las dos chicas hicieron que los sombreros volaran por el aire, que los trajes terminaran tendidos en el suelo y que sus cuerpos quedasen en una desnudez total. Las puntas de sus pechos se juntaron, carne a carne, y con blandas caricias onduladas, se hundieron una contra la otra, como si fuesen una masa harinosa en manos del pastelero. Un cruce de brazos extendidos encontró apoyo en la parte más baja de sus cinturas y un profundo beso francés las enlazó como si fuesen una sola. La cascada de intimidades que se regalaban las fue llevando de a poco al diván aterciopelado, en donde se dejaron caer, una encima de la otra, en un revoltijo de gemidos, carnes, posturas y lamidos que dejaba a muchos salivando, y al resto, con la mirada enrojecida de la desvergüenza. Tanta lujuria hizo que los minutos se hicieran segundos y que el tiempo volara frente a sus ojos. Scarlett examinó por un instante los rostros desenmascarados 97

Abraham Stern de aquellos machos que disfrutaban cada caricia, cada beso, y que poco les faltaba para unírseles en la travesía. Trató de entender qué los llevaba a sentirse tan atraídos por el roce erótico de dos mujeres, por ese choque de cuerpos, y al igual que cada noche, no encontró explicación. «Me gustaría verles la cara con un par de varones ahí arriba haciéndose lo mismo», pensó. El final de la canción dio por terminada la fricción, deshaciendo con su última tonada ese nudo de piernas y abrazos que tanto gustaba a la afición, y que a ellas en particular, les incomodaba la vida. Nuevamente vinieron los aplausos, los silbidos, los billetes que bailoteaban en el aire y un coro que pedía al grito de un «¡Otra...! ¡Otra...!¡Otra...!», esa pieza adicional que no sería concedida. Ricardo, quien ni siquiera había tenido el ímpetu para observar el famoso show y que nuevamente había caído en una especie de letargo, se despertó con la gritería descontrolada de sus compinches, olvidando por completo que Scarlett aún estaba justo a su lado. Esta vez sí sintió un retumbo desgarrador en sus oídos, un dolor de cabeza que le retorcía las fibras del cuello y un segundo aire de conciencia que le recordó por un instante en dónde estaba. —Me tengo que ir de este lugar —dijo. ¿Cómo que me tengo ir? Nada de eso —interrumpió Carlos—, esto apenas comienza. —Carlos te lo juro que me duelen los huevos, la cabeza, todo —explicó con un enredo de palabras torcidas—. La tengo parada desde hace rato y no hay manera que se me baje. ¡Estoy preocupado! Felipe escuchaba con disimulo la conversa y reventó en una carcajada, como riéndose de sí mismo, de su propia broma. Se levantó de su silla, sacó el celular de su bolsa e intentó tomarle una fotografía. Carlos no pudo más, extendió su mano, tomó impulso y le volteó la cara de una cachetada. 98

En cuestión de segundos —¿Qué estás haciendo con el celular, animal? —le dijo mientras recogía el aparato del suelo, y frunciendo la frente le advirtió—: Me lo voy a dejar por el resto de la noche y no quiero oírte decir una palabra más. Un hervidero sanguíneo le cubrió a Felipe la tez y por un instante sintió ganas de responderle a puñetazos, pero su limitada estima personal le trabó el impulso, quedando todo en una de las tantas vergüenzas que normalmente vivía. «¡Se me fue la oportunidad de ganarme esos diez mil dólares!», pensó sin darle valor a su traición. Ricardo no distinguió el altercado y buscando un poco de alivio a la molestia que sentía, se plantó un vaso cargado de hielo sobre sus genitales. —¿Necesitas que te ayude con eso? —le preguntó Scarlett, con una risita contenida. La ver... la verdad es que... es queee... —dijo él, tartamudeando de la sorpresa. —¡Shhhhh! —le susurró ella, colocándole el dedo índice en su boca. Ricardo quedó agarrotado, de cuerpo entero y de alma. Scarlett le quitó el vaso helado y con una gracia que brotaba de sus sedosas manos le acarició el bulto endurecido. Ella palpó inmediatamente su tensión y él creyó sentir un alivio repentino, inmediato, halagador. No dijo palabra alguna, cerró sus ojos y dejó que el movimiento suave y circular lo desbordara con una marea de escalofríos que culminaban su recorrido sobre su erizado cuello. Se sintió débil, vulnerable, humano. Carlos esperaba ansioso a que la rusa volviese del camerino para reiniciar aquella toqueteadera interrumpida y liquidar la noche esclavizado entre sus blancas piernas siberianas. Felipe intentaba manosear algo por aquí y por allá, sin lograr tocar nada, y cansado de tanto abuso, le propuso a 99

Abraham Stern la dominicana terminar la charanga en aquel cuartito que a ella se le hacía, en ese momento, particularmente tortuoso. Después de cinco minutos de intensas negociaciones, cien dólares por encima de la tarifa regular y una cara de duelo, la mulata accedió al ofrecimiento. Bueno chicos, este gordo va para adentro —dijo Felipe en voz alta. —¡No se te ocurra montártele encima a la pobre flaca, que me la matás! —le advirtió Carlos, algo embriagado y como si el incidente de la bofetada nunca hubiera ocurrido. Felipe puso oídos sordos a la burla, indiferente, resentido, en parte porque estaba harto de esa mofa permanente, y otro tanto por la rabia que sentía de aquel manotazo que aún dejaba una estela sobre su rostro. Como si sus socios fueran unos desconocidos se levantó de la mesa, abrazó a Dominique, que sintió inmediatamente la carga sobre sus hombros, dio unos pasos y se esfumó de a poco entre la muchedumbre. Ricardo miró a Scarlett, admiró su belleza, disfrutó el suave roce que le regalaba y no se atrevió a decir palabra alguna. Que mi D-os le pague por ese aplauso que me regaló, mi amor —le dijo ella rompiendo el silencio—. ¿Y cómo se llama mi admirador? —Octavio... Ricardo, mejor dicho —dijo él, un tanto apenado. Tranquilo papi yo tampoco me llamo Scarlett —aclaró—, pero si me consentís te lo cuento todo. Ricardo sintió ganas de saber todo sobre ella, su nombre, su historia y sobre todo entender como una mujer tan bella, 100

En cuestión de segundos con todo lo que la vida le había regalado, podía terminar en semejantes vilezas. También quiso tocarla, seguir sintiendo la caricia reconfortante de sus manos y saborear las mieles de su piel. Se sintió confundido, sin fuerzas, como si su cuerpo y mente se hubiesen separado por completo. Bajó su cabeza, avergonzado de sí mismo, de su debilidad, y recordando su promesa y compromiso con la mujer que amaba y que no estaba junto a él, le tomó la mano a Scarlett interrumpiendo el manoseo encantador. —Perdoná que te quite la mano pero me prometí a mí mismo que solo vendría a ver y me siento muy incómodo con todo esto —dijo. Scarlett que sabía más de su oficio que cualquier otra, aprovechó la ocasión para tomarle su mano, entrelazó sus dedos con los de él y dejó que su dedo pulgar recorriese su palma, dibujándole figurillas extrañas y recurrentes que se percibían como una invitación a seguir jugando. Se le acercó aún más de lo que ya estaba, dejó que uno de sus muslos se recostara sobre él, y con su otra mano le acarició el cuello, revolviéndole el cabello y provocándole un cosquilleo que le recortaba la respiración. —¿Y por qué a este papi rico no le gusta que lo toquen? —preguntó ella con un susurro. Aquel tropel de agasajos terminaron por confundirle de nuevo la mesura, y como si estuviera frente a una vieja amiga le contó su cuento. Ricardo le habló de Daniela, de Ricardito, de cómo se conocieron y hasta le dio detalles de su luna de miel. Ella escuchaba serena, paciente, atenta. En ocasiones se reía junto a él y en otras, aun mientras hablaba, le regalaba un lengüetazo justo detrás de su oreja que terminaba acalambrándole la punta de los pies. Le platicó sobre sus siete años de matrimonio, de su reciente cumpleaños y de la pesadilla del niño que se trajo al traste una 101

Abraham Stern noche perfecta. Le mostró no menos de cinco veces su anillo de casado, como tratando de convencerse a sí mismo de que la conversación no llevaba malicia, que era pura y sin cuestionables intenciones, y así no más, como si estuvieran bajo la sombra de un árbol en el parque, Scarlett conoció a toda su familia antes de conocerlo bien a él. Del mismo modo ella le confesó lo suyo. Recordó su barriada, Santa Cruz. La mazamorra y esa bandeja paisa que le hacía tragar en seco. Habló de los años de colegio, de su primer beso, de Fernando a quien algún día amó y con quien perdió la virginidad gracias a unos tragos abusados de aguardiente que terminaron enchufándole una barriga a los dieciocho años. Con alguna pena en los ojos, le contó como su padre la hizo echada a la calle por la deshonra, del matrimonio con Fernando que no ganaba lo suficiente ni para mantenerse a sí mismo, de su hermoso hijo y de cómo tuvo, con el consentimiento de su joven esposo, que vender su cuerpo bajo el sistema “Prepago”. Esa forma de ganarse la vida le permitió sostener el hogar y cubrir la matrícula universitaria de aquel hombre que algún día se graduaría de Doctor en Derecho. Entonces le relató el drama de su vida. En una noche de diciembre, días antes de la navidad, regresó a casa luego de uno de sus encuentros sexuales y en lugar de encontrar a Fernando, como usualmente sucedía, se tropezó con una nota sobre la almohada que con sus últimas palabras lo explicaba todo: «Me he enamorado de otra mujer». Nunca más volvió a escuchar su nombre y sufrió en una soledad aterradora los peores tres meses de su vida. Entre llantos, las desveladas del crío y un odio que crecía a diario por la traición de aquel hombre, en una noche de marzo recibió una llamada de una compañera de trabajo que se había mudado a Costa Rica a buscar mejor sustento. La conversación fue corta y la invitación a unírsele se le mostró como un escape a la desdicha. Compró un boleto de ida, sin regreso, le dejó el niño a una tía que amaba más que a su propia madre, y con una maleta a medio llenar se dejó caer en estas tierras. 102

En cuestión de segundos Entre tanta habladuría volvieron los toqueteos que se colaban de vez en cuando entre algunas de las palabras, y en un descuido que pareció más a un mimo, ella se le acercó cara a cara, su nariz tocó la de él y le besó sus labios dejando en silencio el relato aún no contado. Ricardo saboreó su aliento, la humedad de su boca y le confesó: —Nunca le he sido infiel a mi esposa. —¿Acaso yo le puse los cachos al mío? —preguntó ella, sabiendo que la pregunta llevaba trampa—. Ese hombre se graduó gracias a mi profesión y abusó de mí más que todos los hombres juntos a los que les he tenido que abrir las piernas. Si lo piensas, esto no es serle infiel a nadie. No es que yo sea tu amante, por D-os. Simplemente la vamos a pasar bien bueno y luego cada quien con lo suyo. —Es que no puedo... —No hables tanto y tócame —dijo ella finalmente. Sin mayor remordimiento, Scarlett se levantó de su silla, se arrinconó sobre él, y se descubrió uno de sus pechos. Ricardo temblaba en un amasijo de confusión, miedo, emoción y arrepentimiento. Sus manos permanecieron inmóviles, congeladas, con el deseo de tocarla y sentirla, pero no pudo. Con la misma delicadeza de siempre, ella le tomó su mano derecha y dejó que la pusiese justo encima de su redondez. Él percibió la suavidad cálida de su tez, la textura del pezón que se le mostraba como el capullo de una rosa, las diminutas gotas de sudor que brotaban de sus poros, y se rindió ante ella. En un descontrol que hacía años no sentía, apoyó la cabeza sobre su torso, y como el infante que instintivamente busca el néctar de su madre, trató de nutrirse de ella y de robarle a besos ese pedacito de piel al descubierto. 103

Abraham Stern —Tranquilo papito, no ves que si el gerente me pilla en estas me multa —dijo ella con sinceridad—. Eso no lo podemos hacer aquí, pero si quieres te llevo a mi rinconcito y por ciento cincuenta dólares soy toda tuya. Su propuesta tomó a Ricardo por sorpresa, y aunque aún le cojeaba severamente la razón, por un instante se percató de lo que hacía, humillándole la debilidad maldita de su carne. —Mejor la dejamos aquí —dijo mientras sacaba algunos billetes de su bolsa y se los colocaba dentro del escote—. De verdad que no me da la conciencia para esto. —¡Ricardo, no puedo creer que seás tan animal! —intervino Carlos, que seguía paso a paso la odisea—. Entrás al lugar alegando que sos un tal Octavio, no has pasado ni quince minutos con la mejor hembra del lugar, te pela las tetas y salís corriendo como si nunca antes hubieras visto unas. De verdad, no seás tan marica. ¡Cogétela y se acabó el asunto...! —Oye, oye, tranquilo que no necesito de tu ayuda —interrumpió Scarlett molesta—. Usted encárguese de lo suyo que yo aquí la estoy pasando bueno. Además, deberías aprender a tratar bien a una mujer, por más perra que sea. —Ya era hora de que alguien pusiera a ese enano en su lugar —dijo Ricardo aún adormecido. —Es un idiota —contestó ella y a boca de jarro le dijo—: Volviendo a lo nuestro, la verdad es que tienes una esposa hermosa y un niño maravilloso. Creo que eres un hombre especial y te dejo solo, como tú quieres. Eso sí, que la virgencita me libre si fueran todos como tú. ¡Me moriría de hambre! 104

En cuestión de segundos Se acercó nuevamente a él y le dio un último abrazo. «Todavía hay hombres buenos en este perverso mundo», especuló en su mente. Ricardo le acarició su espalda y la apretujó fuerte como queriendo que no se alejase. Ella trató de separarse pero no pudo. Estaba atrapada entre sus brazos que hacían un esfuerzo por no liberarla, por mantenerla un ratito más de cerca y por robarle unos segundos más en busca de una excusa que le permitiera disfrutarla. Su cuerpo le pedía a gritos seguirla hasta donde ella se lo pidiese y su mente, que vagaba perdida en un mundo hechizado, no generaba signos de valentía suficientes como para rechazarla. Volvió a percibir el olor afrutado de su perfume notando como terminaba por tumbarle el último gramo de dignidad, y finalmente le dijo: —Llévame con vos. Scarlett se levantó con el orgullo encumbrado. Miró de frente a Carlos, como retándolo, haciéndole saber que había salido ganadora. Se agachó dejando que Carlos tuviese de frente sus hermosas pompas, que tragara en seco y que supiera que aún en esa cercanía y en la pequeñez de su prostituida existencia, no tenía posibilidad alguna de tocarla. Le regaló un suave beso a Ricardo, le tomó sus manos y con un pequeño jalón lo puso de pie. Él sintió un cambio insólito de presión y la pesadumbre que se le había asentado en aquella silla le escaló las venas con un hormigueo doloroso que se le filtró profundo en su cabeza. Dio un par de pasos a ciegas, hacia un vacío desconocido, y nuevamente se sintió nauseabundo, mareado, maltrecho. Su cuerpo confuso estuvo a punto de caer al suelo y en los hombros de Scarlett encontró el apoyo a un desplome que hubiese terminado en el suelo. Sin saber lo que hacía y menos adonde iba, de a poco fue recorriendo los pasillos, y superando un mar de gentes y de sillas que se le aparecían sin previo aviso. El trayecto se le hizo eterno pero finalmente encontró algo de abrigo en la silla que lo recibió en aquel rinconcito secreto que la paisa le había prometido. Con 105

Abraham Stern una luz tenue pero precisa, Ricardo pudo distinguir con dificultad una pequeña cama de masajes cubierta con sábanas blancas, un retrete que se hacía seguir de un lavamanos y una especie de hidromasaje hechizo e improvisado. Por unos instantes perdió de vista a Scarlett sintiéndose afligido y desorientado. El pequeño cuarto y sus elementos se movían como un péndulo agitado por el oleaje irregular de su convulso estado. Cerró los ojos buscando algo de equilibrio, un tanto de estabilidad, y finalmente sintió como las manos de Scarlett le acurrucaban, volviéndole la tranquilidad. Cuando finalmente logró enfocarla, ella se mostraba desnuda frente a él, y aquel cuerpo que a la distancia se le había presentado maravilloso, de cerca se le mostraba como un ángel caído del cielo, delicado, sutil, perfecto. Sus manos acariciaron el deleite de su piel y sus dedos recorrieron su contorno como el escultor que lentamente le va dando forma a la mezcla húmeda del barro crudo e inexplorado. Palpó sus agraciados pechos, pequeños, redondos, duros como dos frutos recién cortados del naranjal. Sus dedos rozaron instintivamente los labios de su sexo y se empaparon del ámbar que brotaba de ese surco. Tratando de evitar ese manoseo desprotegido e innecesario, ella se arrodilló frente a él, le quitó el cinto de cuero, abrió su cremallera y el repunte empinado de aquella erección de farmacia resaltó como el mástil de un velero apuntando hacia las estrellas. Tras el cinto, vinieron los zapatos, las medias, el jeans vaquero y un par de botones de la camisa para poder controlar mejor la maniobra. Cuando se disponía a quitarle de encima sus blancos calzoncillos algodonados, un suave golpeteo retumbó en la puerta dejando en suspenso el desenlace. Scarlett la abrió con recelo y apenas lo suficiente para que se diese el intercambio. Asomó su cabeza por el estrecho espacio liberado, el dependiente que se escondía tras el madero le entregó un grupo de toallas, algunas botellas de agua y el siempre necesario paquete de preservativos. «Dame un segundo», se le escuchó decir a ella. Cerró nuevamente el portillo 106

En cuestión de segundos y se acercó a Ricardo quien deambulaba entre la excitación y ese millar de imágenes borrosas que se le imprimían como ráfagas de fuego en su retina. —Necesito que me pagues antes de que el tipo de afuera tumbe la puerta —dijo ella. —Sacalos de mi pantalón —contestó él con un enredo de letras que se hacía difícil de entender. Scarlett recogió la prenda del piso metiendo la mano en cada una de sus bolsas delanteras sin encontrar lo que buscaba. Cuando descubrió la billetera en la parte trasera sacó un puñado de billetes que superaban por mucho la tarifa, contó algunos de ellos hasta que la suma le diera el monto exacto, y a pesar de que fácilmente se pudo haber hecho del resto, los puso de regreso sabiendo que hacía lo correcto. Le entregó el peaje obligatorio al celador que aguardaba paciente la paga y le pidió que los dejara a solas. Regresó junto a su pretendiente, quien aún sentado con costos mantenía el equilibrio, lo miró de pies a cabeza, con cierta nostalgia, sabiendo que el pobre hombre no sabía dónde estaba y mucho menos en lo que se había metido, pero ese era su oficio, y de esas revolcadas carnales, conscientes o inconscientes, dependía su subsistencia y la de su crío. Se postró nuevamente frente él, de cuclillas, sin que nada ni nadie se interpusiera entre ellos y en total libertad de hacerse lo que quisieran. Con la punta delicada de sus uñas le recorrió los muslos, las caderas, el tórax y Ricardo lo apreció como si un par de plumas blancas le acariciasen creándole una violenta desbandada de vellos erizados. Por el mismo camino y ahora con la yema de sus dedos, bajó de regreso hasta que sus manos se juntaron en el monte abultado de su hombría. Sin más que hacer o inventar, le quitó a Ricardo el taparrabos, dejándolo en la misma desnudez que desde hacía rato ella mostraba. Ricardo pensaba 107

Abraham Stern por instantes que soñaba y por otros, escasamente comprendía la realidad que vivía. Olvidó por completo la promesa, el compromiso con una fidelidad que ya había sido triturada y en algún escondrijo de su conciencia almacenó el arrepentimiento que hasta hacía algunos minutos lo había hostigado. Scarlett apoyó sus rodillas en el frío suelo, le abrió las piernas a Ricardo y se atrincheró con los brazos apoyados al lado de sus caderas. La cercanía de sus cuerpos había sido reducida a la nada y él notaba con agrado el golpeteo ocasional de sus pechos contra la entrepierna. Ella tomó la envoltura de uno de los preservativos y lo colocó en la cabeza de su sexo. Se remojó sus labios con la lengua, recogió su cabellera hacia atrás y se lo embutió como si fuese un churro relleno de crema pastelera. Ricardo había olvidado desde hacía muchos años el placer que le provocaba aquel acto y no tuvo otra alternativa que cerrar sus ojos, y complacerse de esa sensibilidad que le iba deshaciendo el cuerpo al punto de sentir que se esfumaba con el viento. Scarlett, quien realmente detestaba tales prácticas, se tuvo que acostumbrar a la treta, en parte porque todos sus clientes lo pedían y sobre todo porque era el mejor remedio para que sus varones terminasen lo más pronto posible, pudiendo así cubrir más cuerpos y ganancias en el espacio reducido de cada noche. Para suerte de ella, solo tuvo que darle un par de acometidas para escuchar lo que generalmente esperaba oír ansiosa. —No sigás que me vengo —le explicó—, tengo mucho tiempo de que no me hacían esto. Ella acató la orden con cierto alivio, se levantó con las rodillas enrojecidas, se acercó al lavamanos, tomó un sorbo de agua que no tragó y escupió el embrollo mientras que con una toalla se limpiaba la boca de algo que evidentemente se le hacía grosero. Ambos se acomodaron en una cama que no daba espacio para muchas maniobras y a Ricardo le tomó un poco más de tiempo dominar el equilibrio que en tales angusturas se le dificultaba, 108

En cuestión de segundos como si estuviere caminando sobre una cuerda floja. Scarlett se tumbó boca abajo, apoyando sus rodillas sobre el bastidor y con sus piernas ligeramente separadas. Ricardo, aún impreciso de visión, se acercó a ella y la penetró apoyándole las manos sobre sus caderas. Bastó solo una estocada para que en su cabeza se revelaran las imágenes perfectas de Daniela, de aquel primer beso bajo la lluvia, de Ricardito acurrucado en sus brazos a los pocos días de nacer, de su madre Julieta sirviéndole el último desayuno que compartió con ella, y de su padre dándole consejos de cómo se debía tratar a una mujer justo después de que regresaban de darle la paliza al esposo agresor de su tía, Catalina Galán. Ella gemía falsamente, como si en verdad estuviera disfrutando el lance, y él trataba de hacer desaparecer de su mente ese cúmulo de recuerdos que en ese preciso momento lo abrumaban. La mezcla de aquel placer animal con las figuras de las personas que más amaba se tornó inmanejable y con embestidas violentas intentó terminar con la farsa lo antes posible. No tuvieron que pasar más de unos cuantos segundos para que su cuerpo explotara como un volcán dormido, expulsando de sus entrañas un chorro de lava ardiente que le debilitó las piernas, le agarrotó los dedos de sus pies y le hizo sentir en su vientre un dolor agudo como nunca antes había experimentado. —No pude aguantar más —dijo él, con cierta vergüenza y con un ardor extraño que aún le quemaba los nervios. —No te preocupes que eso le puede pasar a cualquiera —le apaciguó ella aunque fuera poco lo que le importase. Ricardo se dejó tender boca arriba, con el amuleto de sus padres sobre su rostro, agotado del cuerpo pero más consumido por la infamia. Miró como Scarlett se aseaba bajo un chorro de agua que salía tímidamente del hidromasaje y reconoció su pecado, aquel que le calaba cada vez con más fuerza y sin contemplaciones. La observó una vez más y entendió que no sentía absolutamente 109

Abraham Stern nada por ella. La belleza inconfundible de su cuerpo terminaba justo ahí, en los límites de su piel, sin dejar rastro alguno en el alma o en el corazón, y con un vacío en el espíritu que le enlutaba de a pedacitos la vida entera. Herido mortalmente del ánimo, trató de recobrar la postura de su cuerpo, hizo un intento por bajar del lecho pero un hilo de acidez le quemó flagrante la garganta. Bebió un sorbo de agua para limpiar el sinsabor, pero un tornado de fluidos le subió por la boca del estómago, robándole la última pieza de aquel rompecabezas que aún lo mantenía en pie. Palideció, sudó frío y un torrente explosivo de vómito lo puso boca abajo dejándolo vaciar sobre el mundo un líquido desagradable, viscoso y maloliente. Miró hacia arriba como pidiéndole perdón al cielo, sus ojos emblanquecieron como si fuese a dar un último suspiro y cayó inconsciente sobre el suelo. 110

XI R icardo jadeaba con la boca abierta hasta donde le daba la quijada y con un hilo de saliva que se cicatrizaba a media mejilla. Su cuerpo recostado sobre el edredón de la cama se esparcía como una bolsa de víveres que había cedido ante su contenido, y su humanidad se cubría con una mezcla de extrañas vestimentas, las cuales, tanto por su tamaño irregular como por la variedad de colores, hacían indiscutible que en algún momento le pertenecieron a otro dueño. No cargaba sábana encima, y sus pies, que llevaban los mismos zapatos de la noche anterior, colgaban al filo del colchón, como dos botas de guerra cargadas de un espeso lodo. Las cortinas de la habitación, abiertas de par en par, permitían que la luz de una mañana ya adentrada en horas, se expandiera con un brillo cegador. De no ser por el jadeo constante de su garganta, se hubiese pensado que aquel hombre no era más que un cadáver en proceso de descomposición. En su mente vegetaba un hervidero de grotescas vivencias sonámbulas que no llevaban ninguna razón de ser, y en ese laberinto divagaba con el Pink Paradise, pero ahora con mujeres vestidas de finos tejidos, nieblas artificiales de suaves colores, dos tarimas laterales con carruseles de caballitos que subían y bajaban al ritmo de aquellas canciones de cuna que guardaba en el disco duro de su memoria. En la telaraña de su sueño se sentaba junto a Luis Ricardo, quien jugaba con su carrito de siempre y bebía un batido de chocolate con una cereza gigante en la cúspide de una montaña de crema 111

Abraham Stern chantilly. Él le agarraba su manita, como si estuvieran en un parque de diversiones compartiendo